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Электронная книга - «Juegos De Azar». Краткое содержание книги:

Agatha es una joven sombrerera que vive marcada por una vida sombría y sin amor. Un accidente ocurrido durante la infancia la ha dejado lisiado, pero eso no le ha impedido luchar por una vida mejor. Las circunstancias la han llevado a convertirse en adalid de la moral y defensora de la Ley Seca.
Scot, dueño de una taberna en la que el juego y el alcohol son el pan de cada día, oculta tras su vida de libertinaje un corazón destrozado y un espíritu apasionado, capaz de albergar una increíble grandeza…
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– Lo haré, Marcus. -Le estrechó el dorso de las manos-. Y gracias.

Llevó la mano al bolsillo como para sacar el dinero, pero Agatha lo detuvo.

– No, no es nada. Gracias otra vez, por arreglarme la máquina.

Sonrió, saludó con el sombrero y salió.

Después de eso, el ánimo de Agatha se suavizó pero, a la hora de la cena, en vez de comer, durmió más de la cuenta y llegó tarde a la reunión de los miembros de la U.M.C.T. para la ronda nocturna.

Al dar las diez, estaba ansiosa a más no poder.

La conciencia no la dejaba en paz.

Fuiste áspera y desagradable con todo el mundo, todo el día, y sabes por qué. Es por ese maldito agujero que perforaste en la pared. ¡Si no lo soportas, tápalo!

Pero la atrajo como la lámpara de Aladino.

En mitad de la noche, arrastró los pies en la oscuridad de la familiar trastienda, pasó los dedos por el maderamen. Otra vez, los dedos percibieron el ritmo de la música que estremecía la pared. Le llegaba débilmente a través de los zapatos. Con cuidado, quitó la muestra. En medio de su mundo silencioso y solitario, parecía un diminuto punto de luz. Se acercó y puso un ojo en el orificio. Ahí estaban Jubilee, Ruby y Pearl bailando el cancán.

Las espléndidas faldas, de negro resplandeciente por fuera y con pliegues rojos por dentro, se agitaban a izquierda y derecha. Las largas piernas formaban pantallazos de red negra por triplicado. Con botas hasta el tobillo de color ébano, hacían cabriolas, se pavoneaban, meneaban las pantorrillas y las levantaban. Los pies apuntaban al cielo. Los torsos se inclinaban hacia adelante, luego atrás, después giraban, gritaban y sacudían las cabezas, haciendo temblar los tocados de plumas.

Era una danza pícara, pero Agatha veía más allá de su audacia, y encontraba en las piernas largas la simetría, la gracia y la agilidad que ella no poseía desde los nueve años de edad.

La música se acalló, y Jack Hogg fue obligado a actuar como presentador, gritando para ser oído por encima del barullo. Aunque Agatha no distinguió las palabras, miró todo. Las muchachas circulaban por la taberna, atrapando manos de seis hombres de rostros radiantes, ansiosos, que arrastraron hacia la barra. Ruby y Jube acomodaron a los vaqueros en una fila, a intervalos regulares, y alinearon con coquetería los sombreros en las cabezas. Jack sacó un par de címbalos e imitó una fanfarria a la que se unieron los instrumentos.

Y allá fue Pearl con las faldas levantadas hasta la cintura, las largas piernas flexibles y fuertes, girando frente a los hombres alineados.

Chocaron los címbalos. Pearl lanzó un pie al aire formando un arco, y el primer sombrero cayó al suelo. Giró, alzó la pierna, y cayó otro.

Recorrió la fila hasta que los seis Stetson quedaron a los pies de los hombres.

El corazón de Agatha palpitó con fuerza. El entusiasmo la hizo cerrar el puño y proyectarlo al aire junto con las dos últimas patadas increíbles. Por la pared, oyó el estruendo de los aplausos, los agudos silbidos y el golpear de los pies contra el suelo.

Jubilee y Ruby se unieron a Pearl para un coro final, rematando con una pose de lo más impúdica en la que las tres separaron las piernas, levantaron las faldas sobre los traseros y espiaron al público entre las rodillas. Unas últimas contorsiones impactantes, un floreo final de pliegues rojos, y las tres cayeron al suelo con las piernas separadas y los brazos levantados.

Agatha quedó tan agitada como las bailarinas. Vio cómo los pechos casi desnudos subían y bajaban bajo los breves corpiños de seda y las sienes perladas de transpiración. Se sintió como si hubiese bailado con ellas. El cuerpo se le aflojó contra la pared. Se dejó deslizar y cayó sobre el taburete de Willy.

Era una danza traviesa, sugestiva y audaz. Pero alegre y llena de fervor por la vida. Agatha cerró los ojos e intentó imaginarse sacándole el sombrero a un hombre de un puntapié. De pronto, le pareció el talento más deseable. ¡Si pudiera hacerlo, se sentiría la mujer más dichosa! Se frotó la cadera y el muslo izquierdos, preguntándose cómo sería sentirse bella, íntegra y desinhibida… reír, saltar y provocar un alboroto, con faldas rojas y negras.

Suspiró, y abrió los ojos en la oscuridad.

Agatha, estás poniéndote chocha, mirando bailar el cancán por un agujero de la pared.

Pero, por un rato, contemplándolas, se volvió joven, feliz, y llena de alegría de vivir. Por un momento, contemplándolas, hizo lo que jamás había hecho. Por un rato, ella también bailó.

Capítulo 10

El verano siguió su curso. En la pradera, la hierba del búfalo y el maicillo se tornaron secos como yesca. De noche, estallaban los relámpagos con falsas promesas. En todo el perímetro de Proffitt, los vecinos hicieron una ancha barrera contra incendios. El polvo levantado por el ganado que llegaba se infiltraba en todas partes: las casas, la ropa, hasta en la comida. Parecía que el único lugar húmedo en kilómetros a la redonda era en la base del molino de viento, en el centro de la calle principal, donde una bomba mantenía lleno el tanque para que bebiera el ganado sediento. Con tanto estiércol, aumentó la cantidad de moscas. También prosperó una colonia de perros de la pradera que decidió hacer su morada en la calle principal. De vez en cuando, una vaca se quebraba una pata en alguna de sus cuevas, y tenían que matarla allí mismo, y carnearla. Si esto sucedía entre martes y jueves, se convertía en causa de celebración, porque los viernes eran los días habituales de matanza en el Mercado de Carnes de Huffman, y con esas temperaturas, nadie se atrevía a comprar carne después del lunes.

Una banda de indios Oto acamparon en el límite sur del pueblo. Hacia el norte, la pradera estaba salpicada por las carretas de los inmigrantes, que esperaban para presentar reclamos sobre las tierras del gobierno. Todos los días, los agentes inmobiliarios alquilaban una gran cantidad de aparejos en los establos de caballos e iban a mostrar las secciones aún no reclamadas a los inmigrantes de ojos ávidos. En tren, llegaban los viajantes vendiendo de todo, desde medicinas hasta corsés para las señoras.

Gandy y Agatha veían menos a Willy. Corría descalzo con una banda de muchachos que merodeaban por la estación vendiendo bizcochos, huevos duros y leche a los pasajeros cuando los trenes paraban media hora a cargar agua. A veces, comía con Gandy, pero Agatha sospechaba que la base de su alimentación consistía en bizcochos escamoteados, leche y huevos duros y se consolaba pensando que, a fin de cuentas, no era una dieta tan desequilibrada.

El cuatro de julio, la fecha patria, los «secos» hicieron un desfile. Los «mojados», otro.

En una esquina, el editor del Wichita Tribune abogó en favor de la ratificación de la enmienda de prohibición presentada por el senador George F. Hamlin en febrero de 1879, y firmada por el gobernador en marzo de ese mismo año.

En otra esquina, un partidario del licor vociferaba: «¡La taberna es un elemento indispensable en un pueblo de frontera, y el licor mismo resulta un medio de comunicación tan poderoso como la tinta de imprenta!».

Un partidario de la templanza, con la cinta blanca, exclamaba:

– Las cadenas de la intoxicación son más pesadas que las que siempre llevaron los hijos de África.

Desde el campo de los mojados, se oía:

– Beber simboliza la igualdad. En el bar, todos los hombres son iguales.

A medida que avanzaba la plenitud del verano, el tema de la prohibición iba caldeándose junto con el clima. Desde el púlpito de la Iglesia Presbiteriana, el reverendo Clarksdale pedía bendiciones para «todos los nobles actores en el escenario humano de la templanza».

La asamblea del pueblo organizó un debate a fines de julio entre las fuerzas de la templanza y del licor. La distinguida oradora y predicadora metodista cuáquera Amanda Way fue al pueblo a hablar en nombre de los secos. La señorita Way fue tan convincente que antes de terminar la velada, las damas del capítulo Proffitt de la U.M.C.T. tuvieron un importante motivo para celebrar: George Sowers había firmado el compromiso de abstinencia.

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