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Электронная книга - «Juegos De Azar». Краткое содержание книги:

Agatha es una joven sombrerera que vive marcada por una vida sombría y sin amor. Un accidente ocurrido durante la infancia la ha dejado lisiado, pero eso no le ha impedido luchar por una vida mejor. Las circunstancias la han llevado a convertirse en adalid de la moral y defensora de la Ley Seca.
Scot, dueño de una taberna en la que el juego y el alcohol son el pan de cada día, oculta tras su vida de libertinaje un corazón destrozado y un espíritu apasionado, capaz de albergar una increíble grandeza…
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Existía una sola manera en que podía cumplir la promesa, y era apartarse de la tentación: George se dedicó a juntar huesos de búfalos. Como en los quince años que siguieron a la Guerra Civil fueron masacradas setenta y cinco mil de esas criaturas, la pradera parecía un inmenso osario que esperaba ser cosechado. La mañana siguiente a la firma del compromiso, se vio a George conduciendo hacia el oeste, con un rocín de lomo hundido, enganchado a una carreta destartalada. Al día siguiente, se lo vio yendo hacia el este a vender lo recogido a los fabricantes de abonos y de porcelana de hueso de la ciudad de Kansas. Si bien la venta de los huesos no restauró a George en la posición de barón del oro que una vez tuvo, Evelyn estaba satisfecha. Por un tiempo, se dulcificó.

Ese verano, las filas de la U.M.C.T. se desbordaron. Crecieron demasiado para reunirse en el salón de Agatha, y comenzaron a hacerlo los lunes, en el edificio de la escuela. A comienzos de agosto, Annie Macintosh apareció en la reunión con un ojo negro, el labio cortado y dos costillas rotas. Cayó en brazos de las «hermanas», y les contó la verdad, llorando: el esposo, Jase, le pegaba cada vez que se embriagaba.

Eso dio por terminado el período de moderación de Evelyn Sowers. Esa misma noche, encabezó la marcha hacia el Sugar Loaf Saloon, arrastrando consigo a Annie, rodeada de un muro protector de mujeres frenéticas, enfurecidas. Se dirigió hasta Jase Macintosh, enarboló el puño y le asestó un golpe en el que puso sus ciento trece kilos y que dio a Jase en la mandíbula y lo hizo caer de espaldas de la silla. De pie sobre él, le plantó el zapato negro de tacón alto en medio del pecho, y siseó:

– ¡Esto fue por Annie, aliado de Satán empapado de ron! ¡Eres un excremento gangrenoso, que envenena la vida de esta comunidad! -Señaló a Annie y vociferó, para la concurrencia, en general-: ¿Ven lo que le causó esto a una buena esposa que no hizo nada para merecerlo, excepto criar los dos hijos de él, lavarle la ropa y limpiar la casa? -Echó a Jase una mirada colérica-. Bueno, se acabó. Ahora, Annie vivirá con George y conmigo, y nunca más le pondrás una mano encima. -Al pasar por la barra, apoyando todo el peso sobre Macintosh, a riesgo de quebrarle las costillas, dijo-: En cuanto a usted -le espetó a Mustard Smith, con los puños en las caderas gruesas- ¡pedazo de canalla! ¡Destructor de hogares! ¡Es la causa de la ruina humana que ve ante usted casi todos los días! ¡Me asombra que pueda mirarse todas las mañanas en el espejo!

Mustard Smith sacó una Colt 45, y apretó el cañón contra la nariz de Evelyn:.

– ¡Salga, perra! -refunfuñó, en tono gutural.

A Evelyn no se le movió una pestaña. Apretó hacia adelante, hasta que el cañón de la pistola le aplastó la nariz en forma grotesca y, cuando habló, no le salía aire de las fosas nasales.

– Vamos, dispáreme, lagartija resbaladiza. No me asusta ni usted, ni ninguno de los otros propietarios de tabernas de este pueblo. Dispáreme, y brotarán miles como yo, y se arrastrarán encima de usted como gusanos sobre una calavera.

Sin alterarse, Smith apretó el gatillo.

El arma estaba descargada.

Evelyn permaneció impávida ante el aterrador patrón de la taberna, pero sus compañeras de la unión lanzaron una exclamación ahogada.

– La próxima vez, estará cargada.

– Puede matar a un miembro de la U.M.C.T. o a una docena, pero no podrá matar a toda la legislatura, Smith. -Evelyn se volvió con una sonrisa satisfecha, en la punta de la nariz, la marca roja circular del caño-. Vamos, hermanas. ¡Al próximo vendedor de estricnina!

Cuando Agatha volvió a su apartamento, a las diez de esa noche, estaba débil de emoción y de miedo. Tal vez Evelyn no temiera a enemigos como Mustard Smith y Jase Macintosh, pero ella sí.

Mientras subía las escaleras, sintió en las piernas doloridas cada minuto de tensión de las tres horas pasadas. Había ocasiones en que se sentía hondamente cansada de la batalla por la templanza. Esa noche era una de ellas. Ansiosa, se acercó a la puerta con la llave en la mano.

Estaba abierta.

En la oscuridad, golpeó con la punta del pie algo que rodó: era el picaporte.

Se le escapó un breve alarido de miedo. Se oprimió la mano contra el corazón que martilleaba y sintió que una garra de miedo le estrujaba el pecho. Vacilante, estiró una mano y abrió más la puerta. Chocó con algo y se detuvo. ¿Un hombre? No pensó, se limitó a reaccionar: ¡impulsó la puerta con todo el peso del cuerpo! Pero en lugar de lastimar a alguien, tropezó con un escalón, se cayó y se lastimó. Quedó tendida en el suelo, con el dolor atenaceándole la cadera, y el miedo explotándole en todo el cuerpo. Esperaba que alguien la pateara, le clavase un hacha, la matara.

Nada sucedió.

De abajo llegaban los sones de «Pop Goes the Weasel». Del interior de su pecho, el palpitar de su propio corazón. Se incorporó, y se abrió paso hasta la mesa, arrastrando los pies entre objetos duros y blandos. Encendió una cerilla con mano temblorosa y lo sostuvo sobre la cabeza.

¡Dios del cielo, qué desastre!

Todo había sido revuelto. Ropa, adornos, la cama, papeles. Cristales rotos y sillas volteadas, como restos después de un tornado.

La cerilla le quemó los dedos y la tiró. Con la siguiente, encendió la lámpara. Pero se quedó inmóvil, demasiado atónita para gritar, demasiado petrificada para moverse. En treinta segundos, el impacto le sacudió el cuerpo; le entrechocaban los dientes, los espasmos le estremecían los miembros, tenía los ojos vidriosos. Cuando pudo moverse, lo hizo sin una idea consciente, atraída por la posibilidad de obtener ayuda, no porque fuese lo más prudente sino porque había perdido la capacidad de idear otra cosa.

Dan Loretto cantaba los números del keno [4] en la mesa más cercana a la puerta trasera cuando ella apareció. Alzó la vista y se levantó de un salto.

– Señorita Downing, ¿qué le pasa?

– Alguien en… entró en mi a… apartamento.

Le rodeó con un brazo los hombros trémulos.

– ¿Cuándo?

– No sé.

– ¿Está usted bien?

Temblaba tanto que parecía que se le iba a desarmar el esqueleto.

– Yo…, s… sí… Esta… ba fuera… No sabía qué hacer.

– Espere aquí. Iré a buscar a Scotty.

Gandy estaba jugando al póquer cerca de la entrada, de cara a la puerta vaivén. Dan se deslizó tras él y le murmuró en el oído:

– Está aquí la señorita Downing. Alguien irrumpió en su apartamento.

Antes de que saliera la última palabra de los labios de Dan, los naipes de Gandy azotaron la mesa.

– Cúbreme. -Hizo chirriar la silla cuando se levantó, ignorando que había dejado dinero en el cuenco, sobre el paño verde de la mesa. Echó un vistazo a Agatha, que esperaba cerca del pasillo del fondo, y viró bruscamente hacía la barra. Sin detenerse, le ordenó a Jack Hogg-: Trae la pistola y ven conmigo. -Al pasar junto al piano, ordenó en voz baja-: Sigue tocando, Ivory… Tú también, Marcus. Que las chicas sigan bailando.

Cenicienta de tan pálida, Agatha parecía un fantasma.

– Agatha -dijo, antes de llegar junto a ella-. ¿Está herida?

– No.

Con un brazo sobre los hombros, la llevó a la puerta del fondo, seguido por Jack y Dan.

– ¿Hay alguien allá arriba?

– Ya n… no…

¿Por qué no dejaban de castañetearle los dientes?

– ¿Está segura?

Sin aliento, asintió, esforzándose por andar al paso de las largas zancadas de él.

– Estoy segura. Pero está todo… revuelto.

Gandy se precipitó por la puerta trasera, arrastrándola de la mano, irritado por tener que adaptarse al paso de ella. Ya la había visto subir la escalera y no había tiempo que perder.

– Sujétese -le advirtió y, sin ceremonias, la alzó en brazos-. Arriba, muchachos.

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[4] El Keno, tambien llamado Bingo o Loto, es un juego de azar que consiste en acertar números. (N. de D.)

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