Juegos De Azar
- Автор: Spencer LaVyrle
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Juegos De Azar». Краткое содержание книги:
Scot, dueño de una taberna en la que el juego y el alcohol son el pan de cada día, oculta tras su vida de libertinaje un corazón destrozado y un espíritu apasionado, capaz de albergar una increíble grandeza…
Gandy permaneció junto a ella, y vio que las cejas adquirían expresión de abatimiento. Se dio cuenta de que estaba abrumada. Tenía buenos motivos para estar asustada: una mujer sola, con un enemigo tan peligroso. Lo sorprendió el impulso de protección hacia ella que lo asaltó.
– Agatha.
Levantó los claros ojos verdes, todavía asustados.
– Podría ser cualquiera -admitió, en voz chillona y temblorosa.
Gandy se dirigió a Cowdry:
– Tiene razón. Podría ser Mustard Smith, Didier, Reed, Dingo… cualquiera de ellos. Casi el único que se podría descartar es Jesús García: no creo qué sepa escribir en inglés.
– Haré que el agente pase una o dos veces por noche por el callejón. Hasta que tenga pruebas concretas, no es mucho más lo que puedo hacer. Por eso, manténgame al tanto de cualquier hecho peculiar, por favor.
Agatha le aseguró que lo haría, y le dio las buenas noches. Cuando se fue, Gandy mandó a Jack y a Dan abajo, con instrucciones de hacer subir a Jubilee. Después, se dirigió a Agatha.
– Junte lo que necesite para pasar la noche. Vendrá conmigo.
– Por favor, Scott… no me parecería bien entrometerme con Jubilee.
– No la dejaré aquí, sola. Haga lo que le dije.
– Pero a mi cama no le pasó nada. Tengo otra almohada, y…
– Muy bien. Si usted no junta las cosas, lo haré yo. -Hizo un movimiento hacia el ropero-. ¿Están aquí?
Empezó a abrir la puerta.
– Está bien, ya que insiste. Pero si me parece que Jubilee tiene la menor objeción, volveré derecho aquí.
Gandy rió y le cedió el paso para que pudiese buscar el camisón y la bata. Sus ojos la siguieron mientras iba hacia la cómoda. Pero la parte de arriba había sido arrasada, y rebuscó con tristeza el cepillo entre los objetos tirados en el suelo, y levantó un recipiente para hebillas. Estaba roto. Juntó las dos partes y las sostuvo un momento. El rostro estaba apesadumbrado.
Levantó la vista y los ojos de ambos se encontraron.
– Lo siento, Gussie. -Como le pareció que iba a llorar otra vez, dijo-: Vamos -y la tomó del codo.
Agatha se detuvo junto a la lámpara y dio una inspección a la habitación que siempre mantenía fastidiosamente pulcra.
– ¿Quién pudo hacer algo así?
– No sé. Pero no quiero que esta noche se preocupe por eso. -La tomó del brazo-. Por la mañana vendremos y la ayudaremos a limpiar. Ahora, apague la lámpara.
Lo hizo, y la oscuridad se cernió sobre ellos. Fueron hacia la puerta, que Gandy cerró lo mejor que pudo, después de dejarla pasar.
– El de Jube es el último a la izquierda.
La jaula dorada estaba baja, y la puerta trampa estaba abierta en medio del pasillo. Por la abertura, un cono de luz iluminaba el techo, donde se rizaba el humo de los cigarros. Se oían con claridad los sones del piano y del banjo. Agatha echó un vistazo al bar de abajo, mientras pasaba junto a la abertura. Al llegar a la puerta de Jube, esperó. Gandy la abrió y entró sin hacer gala del menor embarazo. Sabía bien dónde estaba la lámpara. Agatha oyó raspar la cerilla y, a continuación, el rostro de Gandy apareció sobre la llama vacilante. Colocó de nuevo el tubo y volvió junto a ella.
– Jube subirá en un minuto. ¿Estará bien?
– Sí.
– Bueno… -Por primera vez esa noche, Agatha se sintió incómoda con él. Nunca la habían acompañado hasta el dormitorio. Y él nunca había acompañado a una dama para luego marcharse-. Cerraré un poco más temprano, para que el ruido no le impida dormir.
– Oh, no, por favor. No por mí.
– Jube subirá en cuanto termine esta canción.
Se dio la vuelta y desapareció antes de que pudiera darle las gracias.
El cuarto de Jube daba a la calle. La doble ventana estaba abierta y la brisa de verano hacía ondular las cortinas blancas hacia adentro, como velas hinchadas. Aunque nada estaba ordenado, ese desorden resultaba tranquilizador. Sobre el borde de un biombo de brocado, había vestidos de baile, medias dered negras, portaligas. Las puertas del guardarropa estaban abiertas de par en par. Dentro, colgaban los numerosos vestidos blancos de Jube. Junto a él, el tocador estaba repleto de tocados de plumas, cremas, lociones y maquillajes de varias clases. Agatha no pudo contener una sonrisa al ver el cenicero y una cigarrera de metal, que parecía completamente fuera de lugar entre la parafernalia femenina. La cama de bronce, no estaba tendida.
Se abrió la puerta e irrumpió Jubilee.
– ¡Agatha, Scotty acaba de contármelo! ¡Dios mío, debes tener los nervios de punta! Imagina: ¡que alguien entre así en tu casa! Pero no te preocupes por nada. Esta noche, dormirás aquí, conmigo.
El abrazo fue rápido y tranquilizador. De repente, Agatha se sintió feliz de tener la compañía parlanchína de Jubilee. Habría sido enervante pasar la noche en medio del desorden de al lado, oyendo cada crujido del edificio, pensando si no oía pasos en la oscuridad.
– En verdad, lo aprecio, Jubilee.
– ¡Oh, bah! ¿Para qué están los amigos? -Se sentó en una silla y comenzó a soltar los botones de los zapatos con un gancho-. Además, esta noche me duelen los pies. Me alegró terminar un poco más temprano. Scotty dice que echará al último cliente más o menos a medianoche.
– Le dije que no tenía por qué hacerlo.
– Ya lo sé, pero cuando Scotty está decidido, no puedes hacerle cambiar de opinión. Podríamos prepararnos para ir a la cama.
Agatha miró alrededor, con timidez. Jubilee ya estaba quitándose las plumas del cabello, y Agatha la imitó con las hebillas. Para su horror, Jubilee se puso de pie junto a la silla y se quitó el escueto traje de baile, y al levantar la vista vio que Agatha estaba parada, vacilante, junto a la cama.
– Si prefieres, puedes usar el biombo.
Mientras se desvestía, oyó que Jube canturreaba: «Un pájaro en una jaula dorada», después encendía un cigarro y manipulaba cosas sobre la mesa del tocador. El humo del cigarro llegó hasta el biombo, y Agatha no pudo contener una sonrisa. Recordó el día en que vio por primera vez a Jubilee que llegaba en la carreta. Si alguien le hubiese dicho que terminaría pasando la noche en el cuarto de ella, lo habría tildado de loco. Pero ahí estaba.
Salió de atrás del biombo vestida con el camisón de cuello alto y una bata blanca calada.
Y ahí estaba Jubilee. De pie junto al espejo del tocador, rascándose el vientre y los pechos blancos, sin otra prenda que los calzones. Tenía el cigarro entre los dientes y hablaba sin quitárselo.
– Malditos corsés. -Se rascó más fuerte, dejándose marcas rojas en la piel pálida-. ¿No te parece fastidioso cómo pican cuando te los quitas? Vosotras, ya que estáis luchando por los derechos de las mujeres, podríais hacer una campaña que nos librara para siempre de los corsés. -Se sujetó los pechos llenos con las manos y los levantó, haciendo desaparecer el lunar que tenía en el surco entre ambos-. ¿Te imaginas? -Rió entre dientes, como si estuviese sola-. Andar por la calle con un vestido sin corsé con ballenas. ¿No sería bueno?
Giró y Agatha bajó la vista. Nunca había visto a una mujer desnuda, y mucho menos una que exhibiera sin pudor los pechos delante de otra. Jube exhaló el humo y cruzó el cuarto hasta la tumbona. Se recostó, los pechos colgando, y revolvió entre las prendas tiradas hasta encontrar la bata turquesa. Cuando se incorporó para pasarla por los brazos, los pezones rosados parecieron destellar como faros en la habitación.
Desbordada, Agatha no supo a dónde mirar.
Al parecer, Jube no se daba cuenta. Despreocupada, se ató el cinturón y exclamó con entusiasmo:
– ¡Agatha, tienes un cabello maravilloso! ¿Puedo cepillártelo?
– ¿Ce-cepillármelo?
Ninguna mujer le había cepillado el cabello desde que murió la madre.