Juegos De Azar
- Автор: Spencer LaVyrle
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Juegos De Azar». Краткое содержание книги:
Scot, dueño de una taberna en la que el juego y el alcohol son el pan de cada día, oculta tras su vida de libertinaje un corazón destrozado y un espíritu apasionado, capaz de albergar una increíble grandeza…
El día no había sido bueno para Collinson. A la mañana, una vaca enloquecida le había aplastado la pierna contra una cerca antes de que pudiese sacarla del paso. A la tarde, el chico apareció con plumas pegadas a la camisa y admitió que había estado merodeando otra vez por la casa de la entrometida sombrerera, nada menos que ayudándole a limpiar la casa.
Y a la noche, la suerte empeoró.
Perdió ocho manos seguidas, y el vaquero que estaba al lado se llevó la banca de los últimos tres cuencos. Hasta Doc, con su cerebro obnubilado, logró ganar dos de las últimas seis.
Loretto las tenía contra él, como todos los demás en esa taberna, y Collinson tenía la impresión de que, en cierto modo, sacaba naipes de la manga. «¡Sabelotodo inútil!, -pensó-. Hace seis meses, todavía se hacía pis en la cama y ahora está ahí sentado, con su chaqueta negra de fantasía y la corbata de cordón, haciendo trampas a los que solía llamar amigos».
Contó el dinero: tenía para dos manos más y, si no ganaba, quedaría en bancarrota. Trasegó otra medida de whisky y se pasó el dorso de la mano por la boca, para luego dar un codazo a Doc.
– Eh, Doc, ¿no te sobra un cigarro?
«Doc» Adkins no era doctor en absoluto, sino un autodenominado veterinario que viajaba por el país «haciendo nacer» terneros y «desagusanando» cerdos, mezclando cenizas y trementina en el alimento. El negocio no iba muy bien desde que suministró tintura de opio a una de las marranas de Sam Brewster provocándole un sueño eterno en lugar de curarle la enteritis.
Se decía que Doc Adkins tenía la costumbre de probar él mismo la tintura de opio, a lo cual atribuían la expresión distante de los ojos amarillentos y sus torpes reacciones ante la vida en general.
Pese a todo, era agradable, y un amigo fiel para el desdichado Collinson. Doc encontró un cigarro y se lo entregó al compañero de bebidas. Mientras lo encendía, el rostro enrojecido de Collinson observó al tallador.
Loretto daba con tal agilidad que los naipes casi no se curvaban. Los arqueaba en dirección contraria, y caían en línea como por arte de magia.
– Así que a tu madre no le entusiasma que seas croupier aquí -comentó Collinson.
– Tengo veintiuno -respondió Loretto con sencillez.
– Tiene veintiuno. -Collinson codeó a Doc en el brazo con la mano que sostenía el cigarro-. ¿Oíste eso, Doc? Ya le salió bigote y todo. -Collinson rió con desdén y contempló la muestra rubia que Dan lucía bajo la hermosa nariz-. Parece un retazo de ese trigo duro que les gusta a los saltamontes, ¿no?
Toda la noche, Dan estuvo percibiendo que se formaba una tensión subyacente. Collinson estaba buscando pelea, y Dan tenía órdenes. Acomodó el mazo y alzó dos dedos haciéndole una señal a Jack, que estaba en la barra, y que sirvió al instante dos medidas de whisky dobles. Jack le hizo una seña a Scotty, que la captó e, interrumpiendo una conversación con dos vaqueros, fue a servir las bebidas.
– Caballeros, ¿no les molesta si me siento a jugar un par de manos? -dijo con estudiada indiferencia.
– Claro que no.
El joven tejano vecino de Collinson vio, aliviado, que Gandy tomaba una silla que estaba cerca con la bota y la arrimaba a la mesa.
– Tu bebida, Dan.
Se estiró para colocar uno de los tragos ante el croupier y puso el otro ante sí mismo.
– ¿Cuál es el juego? -preguntó sacando unos billetes del bolsillo.
– Blackjack -respondió Loretto-. ¿Quién juega?
Collinson empujó su penúltimo dólar al centro de la mesa.
Loretto pasó el mazo a la izquierda y Collinson observó, para estar seguro de que todas las manos estaban sobre la mesa cuando se cortara. El novato era bueno pero, tarde o temprano, se le escaparía un error y, cuando eso ocurriese, Collinson estaría viéndolo. Entretanto, se mostraría frío como una rana en un macizo de lirios.
Mientras se daban las dos primeras rondas de naipes, inició una conversación aparentemente casual con el vaquero.
– ¿Cómo te llaman, muchacho?
– ¿A quién, a mí?
Collinson asintió, y guiñó a través del humo del cigarro.
– Slip, el Resbalizo. -El muchacho tragó saliva-. Slip McQuaid.
Collinson miró sus naipes: un par de ases. Eso era mejor. Los abrió y advirtió que el croupier también exhibía un as junto con el naipe bajado. El maldito novato tenía que haberlo sacado de la manga, pues nadie podía ser tan afortunado con tanta frecuencia, pero lo que más enfureció a Collinson fue no haber podido sorprenderlo. Se enjugó la boca con el borde de un dedo áspero y empujó su último dólar para cubrir la doble apuesta. Loretto le ganó dos veces: un nueve y un cuatro.
Los ojos de Collinson se achicaron más aún. Pasó el cigarro al otro extremo de la boca y clavó los ojos en el croupier mientras hablaba con McQuaid:
– Espero que eso no tenga nada que ver con cómo juegas a los naipes. No me gustaría jugar con alguien que tuviese reputación de dejar resbalar algún naipe.
Lanzó una risa tensa, y observó cómo Loretto revisaba la carta que había bajado sin despejar el paño verde.
– N… no, señor. Me resbalé de una montura húmeda cuando empezaba a cabalgar, y me quebré la clavícula. Mi papá me puso ese apodo.
– ¿Cartas? -le preguntó Loretto a McQuaid, ignorando la insinuación de Collinson.
Gandy advirtió el leve movimiento de las caderas de Dan bajo la mesa al cruzar el tobillo izquierdo sobre la rodilla derecha, para tener a mano la pistola escondida.
McQuaid tomó una carta y pensó, mientras Collinson seguía interrogándolo:
– ¿Qué aperos usas para cabalgar?
Gandy se abstuvo de intervenir, pese a que estaba quebrando una regla fundamental del juego: distraer a McQuaid durante el juego.
– En Rocking J., allá en Galveston.
– ¿Ahí aprendiste a jugar a los naipes?
McQuaid se puso tenso, pero trató de disimularlo.
– Jugué un poco en la barraca, con los muchachos… Uno más -le dijo a Loretto, y maldijo cuando contó veintidós.
Gandy movió una mano sobre los naipes que le quedaban, indicando que se plantaba en los trece. Enfrentó la mirada beligerante de Collinson y se obligó a relajar cada músculo. Aflójate, Gandy. Prepárate.
– ¿Y dónde aprendiste tú, Loretto? Trataré de adivinar: aquí. -Golpeó con los nudillos el cuatro dado vuelta. Loretto descubrió un siete. Los dientes manchados de Collinson mordieron la punta del cigarro mientras pensaba, y el sudor le brotaba de las axilas-. Otra vez. -El rey lo derrotó y su temperatura subió un grado. ¡Ese maldito novato no podía ser tan afortunado! Todavía tenía veinte en el otro juego, pero esperaba acertar doble en esta mano-. Sí, señor, me acuerdo cuando Danny, aquí presente, no era más alto que una lombriz. En aquel entonces, usaba mangas cortas. -Miró con los ojos entrecerrados las mangas negras que le llegaban a Dan hasta los nudillos-. ¿Te acuerdas, Doc?
– Lo recuerdo -respondió Doc con vaguedad, aunque le llevó cierto tiempo-. Dame, Danny.
Loretto lanzó ágilmente un naipe en su dirección. Doc se tomó su tiempo para pensar.
– ¡Date prisa! -le espetó Collinson-. No sé qué demonios te lleva tanto tiempo.
Gandy se contuvo una vez más. Cuando Collinson explotara, sería duro. Entretanto, Doc por fin se decidió.
– Otro -farfulló.
Con un giro de la muñeca, le mandó otro naipe. Doc lo miró con ojos miopes, suspiró, y se fue al mazo:
– Estoy fuera.
El rostro de Collinson se puso purpúreo.
– Quedo yo solo contra la banca, ¿no? ¿Cuánta suerte tiene que tener un tipo para ganar aquí?
– Si tiene algo que decir, dígalo, Alvis.