El secreto de Mona Lisa
- Автор: Калогридис Джинн
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El secreto de Mona Lisa». Краткое содержание книги:
Las calles que conducían a Santa Maria del Fiore estaban atestadas, pero cuanto más nos acercábamos a la catedral, más tranquilas nos sentíamos. La cúpula de ladrillos rojos seguía recortándose contra el cielo florentino.
– ¡Estupideces! -murmuró Zalumma-. Desvaríos fomentados por ese loco.
Loco, pensé. El término perfecto para fray Girolamo, pero que no me atrevía a emplear en mi propia casa… y dada la maníaca devoción de sus seguidores, tampoco podía manifestarse en las calles.
La plaza estaba llena de carruajes y personas a pie que habían ido a ver la destrucción. No era de la magnitud que había dicho el carnicero, pero un rayo había caído en la linterna que coronaba la inmensa cúpula. También había algunos daños en la estructura. Habían caído dos nichos a tierra; uno había agrietado la cúpula, y el otro había abierto un boquete en el tejado de una casa vecina. Había trozos de mármol que habían caído por el lado oeste del templo y rodado hasta la plaza. Los curiosos se congregaban a su alrededor a prudente distancia; un niño se adelantó para tocar uno de los trozos, y su madre se apresuró a apartarlo, como si el mármol estuviese maldito.
Un hombre de cabellos blancos señaló al oeste, hacia la vía Larga.
– ¿Lo veis? -gritó como si se dirigiese a toda la multitud-. Han rodado hacia el palacio Médicis. ¡Dios ha advertido al Magnífico que se arrepienta de sus maldades, pero Él ya no puede contener más su cólera!
Caminé de vuelta al carruaje, donde el cochero observaba todo desde el pescante.
– Ya he visto más que suficiente -dije-. Llévanos de regreso a casa, rápido.
Me fui a la cama después de avisar a mi padre de que me sentía mal y que no podría acompañarlo a misa aquella tarde. Pasé aquel día y el siguiente a la espera de una carta de Giuliano que no llegó.
Bajé a cenar a última hora a petición de mi padre. En un primer momento creí que solo deseaba insistir en que fuese a misa con él a la mañana siguiente, e intenté por todos los medios mostrar mi peor aspecto. Pero solo quería compartir conmigo una noticia sorprendente.
– Los leones del palacio de la Signoria -comenzó. Yo sabía de su existencia; había sido un regalo de Lorenzo. Exhibían a los dos leones en unas jaulas como símbolos del poder de Florencia-. Después de tanto tiempo, uno ha matado al otro. Son señales, Lisa. Señales y portentos.
Era la noche del 8 de abril. Me desnudé y me acosté, pero mis ojos no se cerraban; di vueltas en la cama hasta que intenté hablar con Zalumma, que murmuró una somnolienta protesta.
Oí el ruido de un carruaje que se detenía en el patio trasero de la casa, y me apresuré a ponerme la camicia. Salí al pasillo corriendo para espiar a través de la ventana. El cochero bajaba del pescante. Apenas podía ver más que las siluetas de los caballos y a un hombre que caminaba alumbrado por la antorcha que sostenía en alto. La posición de los hombros, y la velocidad de sus pasos, hablaban de una desgraciada urgencia.
El hombre caminaba hacia el porche. Me aparté de la ventana y fui al rellano, con el oído atento. El desconocido llamó a la puerta y gritó el nombre de mi padre. Hubo unos momentos de confusión mientras los sirvientes se despertaban y uno de ellos iba a abrir la puerta para dejar entrar al cochero.
Después de un rato, escuché la voz severa de mi padre, y la ininteligible respuesta del cochero.
Cuando las pisadas de mi padre -las presurosas pisadas de un hombre arrancado de su sueño- sonaron en la escalera, yo ya me había envuelto en mi mantello. No llevaba ninguna vela, así que él se sobresaltó al verme. Su rostro alumbrado por la luz de la vela que sostenía en la mano parecía el de un fantasma.
– Veo que estás despierta. ¿Te has enterado?
– No.
– Vístete a toda prisa. Ponte la capa, la que tiene capucha.
Sin tener idea de qué ocurría, regresé a mi habitación y desperté a Zalumma. Medio dormida, no entendió mis confusas explicaciones, pero me ayudó a vestirme.
Bajé la escalera. Mi padre me esperaba con un candil.
– No importa lo que él te diga -comenzó, pero se interrumpió dominado por una fuerte emoción. Cuando se controló, repitió-: No importa lo que él te diga, eres mi hija y te quiero.
32
No respondí, porque no sabía qué decir. Me llevó al exterior, a través del porche, hasta donde nos esperaba un carruaje con el cochero. Me detuve un instante al ver el escudo con las palles en la portezuela. ¿Giuliano? Era imposible; mi padre nunca me entregaría a él sin más.
Mi padre me ayudó a subir, cerró la portezuela y después me cogió la mano a través de la ventanilla. Parecía dudar si debía acompañarme. Por fin, dijo:
– Ten cuidado. Intenta que no te vean y no hables con los demás. No le digas a nadie lo que veas o escuches. -Dicho esto, se apartó y le hizo un gesto al cochero para que se pusiera en marcha.
A esa hora de la madrugada era incapaz de pensar con claridad, pero mientras el carruaje traqueteaba por las losas del ponte Vecchio, comprendí que me habían llamado.
El viaje duró más de lo esperado. No nos dirigimos al palacio Médicis, sino fuera de la ciudad, un recorrido de más de una hora por el campo. Finalmente entramos en una calzada de grava flanqueada por las negras siluetas de los árboles, y seguimos hasta que el cochero sofrenó a los caballos entre un jardín y el frente de una casa.
A pesar de la hora, todas las ventanas estaban iluminadas; parecía que allí nadie dormía.
Los hombres que montaban guardia en la entrada habían abandonado sus puestos y estaban sentados al aire libre a la luz de las antorchas conversando entre ellos en voz baja. Mientras el cochero me ayudaba a bajar, uno de ellos se pellizcó el puente de la nariz apenas por debajo de la frente y comenzó a sollozar. Los demás se apresuraron a hacerle callar. Uno de ellos se acercó para abrirme la puerta de la casa.
En el interior, una joven criada me esperaba en el amplio y lujoso vestíbulo.
– ¿Cómo está? -pregunté, mientras me guiaba a paso rápido por un pasillo.
– Agoniza, madonna. Los médicos no creen que sobreviva a esta noche.
Me sentí profundamente dolida por la noticia, y muy apenada por Giuliano y su familia. Las obras de arte que vi al pasar -pinturas llenas de vida con su extraordinario colorido, y las delicadas esculturas policromadas- me parecieron crueles.
Al llegar delante de la puerta del dormitorio de Lorenzo vimos que estaba cerrada. En la antecámara, como en la del palacio de la vía Larga, había una exposición de joyas, copas y camafeos de oro. La esposa de Piero, madonna Alfonsina, estaba desplomada en una silla, preñada y fea a pesar de sus hermosos rizos dorados. Vestía una sencilla camicia con un chal sobre los hombros. Junto a ella se encontraba Miguel Ángel, que sujetaba su gran cabeza con las dos manos; ni siquiera me miró cuando entré.
Alfonsina, en cambio, me dirigió una mirada de odio cuando la saludé con una reverencia y me presenté. Volvió la cara despectivamente. Era obvio que había asumido el papel de matriarca de la familia y parecía más agitada que dolida. No había ni una lágrima en sus ojos encendidos de furia, y daba la impresión de estar muy enojada con su suegro por causarle tantos inconvenientes.
El viejo filósofo Marsilio Ficino, de pie junto a la puerta, oficiaba de intermediario.
– Madonna Lisa -dijo amablemente, aunque luchaba para contener las lágrimas-. Me alegra verte de nuevo, y me duele que sea en estas circunstancias.
Me cogió del brazo para hacerme pasar al dormitorio, pero nos detuvimos al oír los gritos que sonaban en el pasillo, y que se acercaban a nosotros junto con el ruido de unas presurosas pisadas. Al volverme vi a Giovanni Pico, que guiaba a Savonarola hacia nosotros, escoltado por Piero y Giovanni de Médicis.