El secreto de Mona Lisa
- Автор: Калогридис Джинн
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El secreto de Mona Lisa». Краткое содержание книги:
– ¡Giuliano! -Medio corrí hacia él, y él hacia mí. Nuestros respectivas escoltas -el suyo ceñudo y con una gran espada- permanecieron dos pasos detrás de nosotros.
Me cogió la mano -esta vez con cierta torpeza- y se inclinó para besarla. Sus dedos eran largos y delicados, como seguramente habían sido los de su padre antes de que la enfermedad y los años se los deformasen. Nos miramos el uno al otro, y nos quedamos sin habla. Él tenía las mejillas arreboladas y bañadas en lágrimas.
En cuanto consiguió recuperar la compostura, dijo:
– Padre está muy grave y apenas puede hablar; hoy no me ha reconocido. Los médicos están preocupados. Tenía miedo de dejarlo.
Apreté su mano para darle ánimos.
– Lo siento, lo siento mucho… pero ya ha estado grave en otras ocasiones y se recuperó. Rezaré por él, pediré a Dios que lo cuide.
Giuliano movió la barbilla hacia la iglesia.
– ¿Es verdad lo que dicen? ¿Qué Savonarola predica contra él? ¿Que dice cosas desagradables?
– No ha mencionado su nombre -respondí a regañadientes-. Pero condena a aquellos que son ricos, tienen poder y aman el arte.
Giuliano agachó la cabeza; sus rizos castaños, largos hasta la barbilla, cayeron hacia delante.
– ¿Por qué odia a mi padre? Ahora sufre tanto… No soporto sus gemidos. ¿Por qué alguien querría destruir todo lo que mi familia ha hecho por Florencia? Toda la belleza, la erudición, las pinturas y las esculturas… Mi padre es un hombre bondadoso. Siempre ha dado generosamente para los pobres. -Alzó la cabeza y me miró-. Tú no crees esas cosas, ¿verdad, madonna? ¿Eres ahora uno de los piagnoni?
– ¡Por supuesto que no! -Me sentí ofendida hasta tal punto por la pregunta que mi enfado lo convenció en el acto-. No estaría aquí de ningún modo si no fuese por la oportunidad de verte. Detesto a fray Girolamo.
Sus hombros se aflojaron un poco, relajados por mis palabras.
– Me alegra saberlo, Lisa. ¿Puedo llamarte así? -Ante mi gesto de asentimiento, continuó-: Lisa, lamento que mi dolor estropee nuestro encuentro. Porque he venido para hablarte de algo que quizá consideres absurdo…
Respiré profundamente y retuve el aire en los pulmones.
– La noche que viniste a visitarnos… No he pensado en otra cosa. Solo he pensado en ti, Lisa. Sé que soy demasiado joven, y aunque mi padre pueda poner objeciones, yo solo quiero…
Sintió vergüenza y bajó la mirada mientras luchabas por encontrar las palabras adecuadas. Por mi parte, apenas podía creer lo que oía, pese a que había soñado con ello muy a menudo.
Aún retenía mi mano; aumentó la presión, y sus dedos comenzaron a hundirse en mi carne. Por fin me miró y dijo atropelladamente:
– Te quiero. Es terrible. No puedo dormir por las noches. No quiero vivir sin ti. Quiero casarme contigo. Soy joven, pero lo bastante maduro para saber lo que pienso; he asumido muchas más responsabilidades que cualquier otro chico de mi edad. Estoy seguro de que mi padre querría un matrimonio más conveniente, pero cuando esté mejor, seguramente podré explicarle mis deseos. Quizá tendríamos que esperar un año o más, pero… -Se quedó sin aliento, respiró profundamente y añadió con los ojos brillantes, no por las lágrimas, sino por el miedo-: Por supuesto, primero debo saber cuáles son tus sentimientos.
Respondí sin pensarlo:
– No hay nada que desee con más fervor.
Su sonrisa me deslumbró.
– ¿Qué me dices de tus sentimientos?
– Son los mismos que los tuyos. Pero -continué en voz baja- mi padre nunca lo permitiría. Es uno de los piagnoni.
Su entusiasmo no tenía límite.
– Podríamos negociar con él. Si no pedimos una dote… Si le pagásemos lo suficiente para que no tuviese que trabajar nunca más… He conocido a ser Antonio. Siempre ha sido muy respetuoso y parece un hombre razonable. -Hizo una pausa y permaneció en silencio mientras reflexionaba-. Mi padre está demasiado grave para ocuparse de esto, pero hablaré con mi hermano mayor, Piero. Puedo razonar con él. Cuando mi padre se recupere, se anunciará el compromiso. Nunca me ha negado nada y esta vez no será distinto.
Hablaba con tanto optimismo que me dejé convencer.
– ¿Es posible?
– Es más que posible. Dalo por hecho; yo me ocuparé de que así sea. No me dejaré persuadir. Hablaré con Piero esta noche, e insistiré por la mañana si es necesario. Mañana te informaré de mi éxito. ¿Dónde nos encontraremos, y cuándo?
– Aquí. -No se me ocurría mejor lugar para un encuentro secreto-. A esta misma hora.
– Entonces, hasta mañana. -Con un movimiento repentino, se inclinó hacia delante y me besó en los labios; sorprendida, retrocedí un poco, pero mentiría si dijese que no correspondí inmediatamente a su ardor.
Ese fue, por supuesto, el momento en que nuestros respectivos escoltas se apresuraron a separarnos. El guardia se llevó a Giuliano hacia el carruaje, mientras Zalumma me arrastraba de nuevo hacia la iglesia.
– ¿Estoy loca, o es posible? -le susurré a Zalumma.
Sin apartar la mano de mi hombro, y con la mirada fija en la multitud que llenaba la plaza, respondió:
– Nada es imposible.
Esta vez, no tuve que fingir el paso inseguro.
30
No dormí en toda la noche, consciente de que también Giuliano probablemente yacía despierto en su lecho al otro lado del Arno. Me olvidé de la pena que me había producido saber que Leonardo prefería a los hombres; me dije a mí misma que su mirada de admiración había sido la de un artista que estudiaba un posible tema, y nada más. «Amigo», había escrito, y eso era exactamente lo que significaba.
Pero Giuliano era apuesto, inteligente, amante de las artes, y joven, como yo… No podía soñar con un marido mejor. El amor que me profesaba aumentaba el mío hacia él. Sin embargo, no podía imaginar ningún soborno terrenal -oro, joyas, propiedades- que pudiese convencer a mi padre para que me entregase a un Médicis.
Aquella noche recé a Dios para que curase a ser Lorenzo y que este diese el consentimiento a mi boda con Giuliano; que ablandase el corazón de mi padre e hiciese posible la unión. También recé para que el retrato encargado por el Magnífico se hiciese realidad.
Muy poco antes del alba, cuando la oscuridad comenzaba a adquirir un color gris, me sorprendió una desagradable revelación: el extraño que me había saludado en el templo era el mismo hombre que estaba detrás de mí, y me ayudó a levantarme, en San Marcos, el día de la muerte de mi madre.
Aquella mañana, mi padre se mostró muy complacido al saber que asistiría de nuevo a misa en San Lorenzo. Estaba cansada por la falta de sueño, y apenas probé bocado por los nervios; mi evidente palidez, esperaba, me proporcionaría la excusa que necesitaba para escabullirme del templo e ir al jardín.
Era el 6 de abril. Recuerdo la fecha claramente, dado lo que sucedería después.
La mañana había sido clara, pero al atardecer el cielo se cubrió de negros nubarrones, y el viento traía el olor de la lluvia. De no haber estado tan impaciente por ver a Giuliano, o mi padre tan deseoso de escuchar las enseñanzas del profeta, probablemente nos habríamos quedado en casa para librarnos del inminente diluvio.
En el exterior de San Lorenzo, el número de fieles era mayor que el día anterior; la amenaza de mal tiempo no había conseguido desalentarlos.
Una vez más, me vi forzada a mirar al conde Pico, que nos saludó con su habitual untuosa cortesía, y a fray Domenico, que vigilaba nuestro lugar junto al púlpito; luego desapareció. Apenas recuerdo la ceremonia o el sermón debido a los nervios que me dominaban, pero las primeras palabras de fray Girolamo sonaron con tanta fuerza que nunca las olvidaré.