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La Reina de la Oscuridad

Электронная книга - «La Reina de la Oscuridad». Краткое содержание книги:

La guerra contra los dragones siervos de la Reina de la Oscuridad sigue su curso. Armados con los misteriosos y mágicos Orbes de los Dragones y con la resplandeciente Dragonlance, los compañeros se convierten en la esperanza del mundo. Pero ahora, cuando amanece un nuevo día, los oscuros secretos que han ensombrecido los corazones de este grupo de amigos salen a la luz. La traición, el engaño, la debilidad estarán a punto de destruir todo lo que ya han conseguido.
Les queda por librar la más grande de las batallas: cada uno consigo mismo.
Y al final, serán héroes.
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—¿Cómo lo sabes? —preguntó Flint, también con voz queda, mientras lanzaba una nerviosa mirada a su alrededor.

—Visitaba Kalaman con frecuencia cuando era niño —explicó Tas. Una vez hubo encontrado el estrecho alambre que había de servirle en su propósito, sus pequeñas pero hábiles manos lo introdujeron en el ojo metálico. Mis padres solían traerme, y siempre entrábamos y salíamos por este conducto.

—¿Por qué no utilizabais la puerta principal? ¿Os parecía quizá demasiado sencillo? —gruñó Flint.

—¡Date prisa! —ordenó Laurana, presa de una incontenible impaciencia.

—Nos habría gustado hacerlo —dijo Tas sin cesar de manipular el alambre—. ¡Ya está! —exclamó de pronto y, retirando el fino instrumento, lo devolvió cuidadosamente al saquillo. Empujó entonces la vieja puerta, mientras continuaba—: ¿Dónde estaba? ¡Ah, sí! Nos habría causado un gran placer poder utilizar el acceso principal, pero los kenders tenían prohibido entrar en la ciudad.

—¡Eso no os impidió visitarla! —replicó el enano, siguiendo a Tas hasta un angosto tramo de escaleras de piedra. Apenas prestaba atención al kender, pues estaba demasiado ocupado en espiar los movimientos de Bakaris. A su entender se comportaba con excesiva docilidad, y por otra parte Laurana se había encerrado en sí misma y sólo despegaba los labios para proferir desabridas órdenes.

—Verás, lo cierto es —contestó Tas mientras escalaba los empinados peldaños con su proverbial buen humor— que los habitantes de la ciudad siempre pasaron por alto ciertas irregularidades. Quiero decir que era absurdo incluir a los kenders en la misma lista que a los goblins y, sabedores de este hecho, no nos molestaban una vez en el interior. Pero mis padres juzgaban una incorrección discutir con los guardianes, que estaban obligados a detenemos, y para evitar situaciones incómodas decidieron valerse de este discreto acceso lateral. Resultaba más fácil para todos. Ya estamos arriba. Abrid esa puerta, no suelen cerrarla con llave. ¡Cuidado! Hay un centinela, tendremos que esperar hasta que se aleje.

Acurrucándose junto a la pared, se refugiaron en las sombras mientras el soldado avanzaba a trompicones por el corredor. Se diría que iba a dormirse en plena ronda. Al fin desapareció y el sigiloso grupo recorrió el mismo pasillo que dejara minutos antes el centinela para atravesar una nueva puerta en el extremo opuesto, bajar a toda prisa un tramo de escalera y encontrarse al otro lado de la muralla.

Estaban solos. Flint examinó su entorno, mas no descubrió vestigios de vida en la media luz que procedía al alba. Al sentir un ligero estremecimiento se arropó en la capa, presa de una creciente aprensión. ¿Y si Kitiara decía la verdad? No era imposible que Tanis estuviese con ella, quizá moribundo como afirmaba.

Irritado contra sí mismo, se obligó a desechar tan lóbregos pensamientos. Casi esperaba que les hubieran tendido una trampa. Aunque le resultaba difícil dejar de cavilar, le ayudó a liberarse de sus vagos temores un áspera voz que resonó en el aire, tan cercana que sustituyó su inquietud por un aterrorizado sobresalto.

—¿Eres tú, Bakaris?

—Sí. Me alegro de volver a verte, Gakhan.

Flint giró la cabeza, aún turbado, y vio surgir una oscura figura de las sombras de muro. Se cubría con una gruesa capa y con ropajes de abundantes pliegues, que le recordaron la descripción hecha por Tas del draconiano.

—¿Portan otras armas? —preguntó Gakhan dirigiendo una recelosa mirada al hacha de Flint.

—No —contestó lacónicamente Laurana.

—Regístralos —ordenó el recién llegado a Bakaris.

—Cuentas con mi palabra de honor —protestó la muchacha, más enojada a cada instante—. Soy una Princesa de Qualinesti...

El oficial dio un paso hacia ella, mientras declaraba:

—Los elfos respetan un código del honor muy particular, o al menos así lo afirmaste la noche en que traspasaste mi brazo con tu maldita flecha.

Laurana se ruborizó, mas no despegó los labios ni retrocedió ante su avance.

Plantándose frente a ella, Bakaris alzó el miembro tullido con la mano izquierda para a continuación dejarlo caer.

—Destruiste mi carrera, mi vida.

—He dicho que no estoy armada —insistió Laurana en una rígida postura donde no se adivinaba la más mínima emoción.

—Puedes registrarme a mí si lo deseas —se ofreció Tas, interponiéndose de forma accidental entre Bakaris y la joven—. ¡Mira! —Volcó el contenido de una de sus bolsas a, los pies de Bakaris.

—¡Maldito seas! —lo imprecó el oficial, golpeando el kender en un lado de su cabeza.

—¡Flint! —advirtió Laurana al enano con los dientes apretados, pues había visto su rostro encendido de ira. Al oír su orden, el hombrecillo hizo un esfuerzo para contenerse y no correr en auxilio de su amigo.

—Lo lamento —dijo Tas mientras buscaba sus pertenencias, esparcidas por el suelo.

—Si tardáis mucho no necesitaremos alertar a la guardia —les recordó Laurana fríamente, resuelta a no temblar cuando sintiera el desagradable contacto de aquel individuo—. El sol brillará en el cielo y nos descubrirán de inmediato.

—La mujer elfa tiene razón, Bakaris —intervino Gakhan con su sibilante voz de reptiliano—. Quítale el hacha al enano y vayámonos cuanto antes.

Tras contemplar el ya claro horizonte y al encapuchado draconiano, Bakaris clavó en Laurana una agresiva mirada y se apresuró a arrancar el arma del brazo de Flint.

—No supone ninguna amenaza. ¿Qué podría hacernos un anciano como él? —farfulló el oficial una vez cumplido su deber.

—Muévete —apremió Gakhan a Laurana, ignorando a Bakaris—. Encamínate a esa arboleda y permanece oculta. No trates de llamar la atención de los centinelas; soy mago y mis hechizos resultan mortíferos. La Dama Oscura me dio instrucciones de respetar tu vida, general, pero nada me dijo respecto a tus amigos. Procura no olvidarlo.

Siguieron a Gakhan por la lisa explanada que circundaba la muralla en pos del bosquecillo, cobijándose en las sombras siempre que les era posible. Bakaris andaba junto a Laurana, quien mantenía la cabeza erguida con el firme propósito de no reconocer ni siquiera su presencia. Al llegar al límite de la arboleda Gakhan señaló con el dedo hacia su interior y anunció:

—Aquí están nuestras monturas.

—¡No os acompañaremos a ninguna parte! —se rebeló la Princesa elfa, mirando alarmada a las criaturas que el otro indicaba.

Al principio Flint creyó que se trataba de pequeños dragones, pero quedó sin resuello cuando se acercaron a los animales.

—¡Salamandras aladas! —exclamó con un hilo de voz.

Pertenecientes a la familia de los dragones, las salamandras de Krynn eran menos corpulentas y pesadas que éstos, razón por la que los secuaces de la Reina de la Oscuridad las utilizaban a menudo para llevar mensajes como hacían los príncipes elfos con los grifos. Carentes de la inteligencia de los máximos exponentes de su raza, estos reptiles se distinguían por su naturaleza cruel y destructiva. Las que ahora se hallaban posadas entre los árboles espiaban a los compañeros con los ojos enrojecidos y sus colas de escorpión enroscadas en actitud amenazadora. Su apéndice, terminado en una punta venenosa, podía matar a un enemigo en pocos segundos.

—¿Dónde está Tanis? —preguntó Laurana.

—Ha empeorado —respondió tajante Gakhan—. Si quieres verle, debes ir con nosotros al alcázar de Dargaard.

—No. —Laurana hizo ademán de retroceder, pero al instante sintió cómo la mano de Bakaris se cerraba firme sobre su brazo.

—No se te ocurra pedir ayuda —la amenazó—, pues si lo haces morirá uno de tus amigos. Bien, parece que vamos a realizar un corto viaje a Dargaard. Tanis es un amigo entrañable, y lamentaría mucho que no pudiera reunirse contigo como es su deseo. —Se volvió entonces hacia el draconiano para ordenarle—: Gakhan, regresa a Kalaman y notifícanos cuál es la reacción de sus habitantes cuando descubran que su general ha desaparecido.

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