Tiempos de gloria [Glory Season - es]
- Автор: Брин Дэвид
- Год: 1996
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-6585-7
- Переводчик: Rafael Marin
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Tiempos de gloria [Glory Season - es]». Краткое содержание книги:
La lenta y compleja órbita de este planeta presenta desafíos especiales, como exceso de ultravioletas cada vez que la compañera enana, la Estrella Wengel, se acerca. Tal vez encontremos útil esta variación estacional, tal vez nos proporcione pistas medioambientales para nuestro ciclo reproductivo planeado en dos fases. Pero primero tenemos que aseguramos que los humanos y otros animales que introduzcamos aquí sean lo bastante fuertes para sobrevivir.
LYSOS, Discurso del Día del Aterrizaje
9
Habían tallado una extensa cavidad en el monolito de la montaña para crear una red de habitaciones y corredores. Probablemente las trabajadoras habían aprovechado cavernas o fisuras ya existentes; sin embargo, para cuando terminaron con sus máquinas y explosivos, la red de túneles y cámaras de almacenamiento debía poco a la naturaleza. El santuario de los hombres estaba casi terminado cuando todos los trabajos fueron bruscamente cancelados. Quedó un cascarón vacío, habitado sólo por ecos.
La visión que Maia obtuvo del exterior fue breve y apresurada cuando sus captoras hicieron subir la carreta por una larga rampa de tierra que conducía a una enorme puerta de madera. Una de ellas bajó para llamar a la puerta con golpes graves y resonantes que reverberaron en el interior. La otra se acercó a desatar los tobillos de la prisionera. Todavía atontada, Maia vio que la rampa estaba rodeada de polvorientos restos de roca arrojados desde las aberturas que rodeaban la torre de piedra hasta la mitad. Las de la fila superior consistían en galerías de ventilación, lo suficientemente amplias para dejar entrar las brisas del verano, cuando el santuario teóricamente tendría más ocupantes. Las ventanas de la circunferencia inferior eran, en comparación, meras rendijas.
Nada de aquello habría resultado barato. Era una inversión descomunal.
Ese fue uno de sus pocos pensamientos lúcidos mientras la sacaban de la carreta y la hacían atravesar la puerta a un ritmo casi demasiado rápido para que sus temblorosos pies pudieran seguirlo. Maia avanzó a trompicones tras las dos enormes mujeres de duro rostro que le habían dejado los brazos atados por delante para usarlos como una especie de traílla. No hablaron, pero asintieron a una tercera representante de su especie, que las acompañó después de cerrar la puerta exterior. Maia no sabía el nombre de su clan.
Era difícil dirigir más que una mirada rápida alrededor, puesto que sus captoras subieron interminables tramos de escaleras, recorrieron corredores desiertos y vacíos, y luego atravesaron un salón central equipado con mesas de madera y una enorme chimenea. Al fondo de uno de los túneles principales (iluminado por hileras de bombillas de baja potencia) dejaron atrás un coso interior con capacidad para varios centenares de espectadores que daba a una enorme parrilla de líneas entrelazadas.
Maia sólo pudo captar atisbos, a medida que más pasadizos pasaban en un borrón seguidos por más agotadoras escaleras, hasta que por fin llegaron a una pesada puerta de madera fija a la pared de piedra con bisagras de hierro y un sólido cerrojo. Todavía parpadeando a través de una niebla de irrealidad, Maia experimentó una peculiar sensación de orgullo fuera de lugar al reconocer que el material, e incluso la llave de hierro que la guardiana sacó de su chaleco, eran productos salidos de las fraguas de la Casa Lerner.
—Mirad —les dijo a las mujeres, con la boca seca como la arena—. ¿Podéis decirme…?
—Tendrás que esperar —respondió a regañadientes una de las fuertes clónicas, abriendo la puerta para que la otra guardiana de Maia la enviara de un empujón al oscuro interior del cuarto. Maia ni siquiera pudo abrir los brazos para conservar el equilibrio. Tras recorrer unos cuantos metros, tropezó y cayó entre lo que parecían bultos dispersos de tejido áspero.
—¡Atips! ¡Sangradoras! —gritó desde el suelo, la voz rota. La maldición de Maia quedó anulada por el sonido de la puerta al cerrarse, y un chasquido cuando corrieron el cerrojo. Fue un sonido desolador que le lastimó los oídos y golpeó su alma ya dolorida.
El silencio y la oscuridad la rodearon. Intentó levantarse, pero una oleada de náuseas se lo impidió, así que permaneció inmóvil durante unos minutos con la cabeza gacha, respirando profundamente. Por fin, el mareo y el drogado estupor parecieron remitir un tanto. Cuando intentó sentarse, oleadas de dolor recorrieron sus brazos y sus costados. Maia sintió un sollozo alzarse en su garganta y lo reprimió salvajemente. ¡No les daré esa satisfacción!
Semanas antes, las sensaciones físicas que le recorrían el cuerpo la habrían convertido en una temblorosa masa fetal. Ahora encontró recursos internos para contraatacar con la misma fiereza, superando la tiranía del dolor por pura fuerza de voluntad. Otra cuestión sería tratar con el pozo de absoluta depresión que se abría ante ella. Más tarde, pensó, posponiendo aquel encuentro con la desesperación. Una cosa cada vez.
A medida que sus ojos se adaptaban, Maia empezó a distinguir los detalles de su prisión. Un único rayo de luz penetraba por una alta y estrecha abertura hecha en la pared de piedra, frente a la puerta. Las otras paredes tenían delante cajas de madera, y había bultos cubiertos de arpillera por todo el suelo. Aquellos contra los que había chocado Maia parecían contener cortinas o ropa de cama… afortunadamente, ya que habían amortiguado su caída.
Una cámara de almacenamiento, pensó. Las constructoras debían de haber empezado ya a almacenar suministros para el santuario cuando se canceló el proyecto. ¿Intentaban recuperar ahora parte de su inversión convirtiendo el lugar en una prisión? Maia no había visto ni señal de otras ocupantes. ¡Vaya broma si hubieran reservado todo aquello sólo para ella! Una cárcel grande y cara para una var sin importancia que sabía demasiado.
Maia se puso de rodillas, se tambaleó, y consiguió ponerse en pie torpemente. Sin permitirse una pausa que pudiera quebrar su impulso, empezó de inmediato a buscar algún medio para librarse de las ataduras.
Un fino polvo cristalino se desprendía de la piedra recién cortada, chispeando en el estrecho rayo de luz que se colaba por la ventana. Una pátina blanquecina cubría cada superficie, incluso las huellas de escoba en donde habían barrido el suelo por última vez. Al alzar la cabeza, Maia vio un raíl que corría por el centro del techo abovedado y que le recordó la grúa de carga que utilizaba en el compartimento de equipajes de la Línea Musseli. Sólo que aquí no habían instalado un montacargas.
Buscó entre las cajas. ROPA—HOMBRE anunciaba en un costado una de ella. Otra contenía PLATOS y dos anunciaban MATERIAL DE ESCRITURA. Nunca había pensado que los hombres fueran particularmente cultos, pero allí había muchas cajas de estas últimas.
Maia intentó pensar. Los platos rotos podrían serle útiles para cortar las tiras de tela que le sujetaban los antebrazos. Por desgracia, todas las cajas estaban firmemente cerradas con clavos. Notaba el pequeño sextante portátil que seguía atado a su brazo izquierdo. Uno de sus apéndices tal vez fuera lo bastante afilado, pero se hallaba fuera de su alcance bajo los mismos grilletes de tela.
Tras sentarse en un caja, Maia se inclinó para examinar las ataduras con más atención. Parpadeó. Luego suspiró, llena de disgusto.