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Tiempos de gloria [Glory Season - es]

Электронная книга - «Tiempos de gloria [Glory Season - es]». Краткое содержание книги:

La joven Maia, una descastada nacida en verano, debe abandonar el clan de sus privilegiadas medio hermanas clones nacidas en invierno. Su difícil y peligroso viaje iniciático arranca en los muelles de Puerto Sanger y prosigue a bordo de uno de los barcos tripulados por los escasos hombres (menos de un veinte por ciento) que forman la población de Stratos, un mundo creado por y para las mujeres. Sólo el difícil y lejano éxito le permitirá ser la fundadora de un nuevo clan. Las manipulaciones genéticas de la Madre Fundadora Lysos han creado en Stratos un mundo nuevo y distinto, dominado por mujeres que se reproducen por clonación. Una nueva opción sociopolítica, tecnológica, ecológica y, sobre todo, en el ámbito de la relación entre ambos sexos. En la senda de la literatura que denuncia las relaciones entre los sexos o propone establecer nuevos vínculos, Tiempos de gloria se une a obras ya clasicas como La mano izquierda de la oscuridad de Ursula K. Le Guin.
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Llegar a su puesto de observación fue la parte más peligrosa. Significaba arrastrarse por la empinada cúpula del gran salón, cuyos arcos de hormigón reforzado mantenían en su sitio las vidrieras de colores. Arrastrándose por el borde para no proyectar sombras en el salón, Maia y su hermana reunieron por fin el valor necesario para asomar la cabeza por una sección de la ventana, desde donde vieron por primera vez la ceremonia que se desarrollaba abajo.

El interior era una confusión de luz y sombras. El tejado de cristal dejaba entrar la luz del día invernal en la cámara, transformada en un brillante simulacro de las noches de verano. Unos paneles de colores proyectaban hábiles imitaciones de las auroras sobre las paredes de debajo, mientras que otros resplandecían tan dorados como la Estrella Wengel, cuando la pequeña y menos brillante compañera del sol brillaba alto en el cielo de verano. Una hoguera ardía en un rincón de la sala, desprendiendo un calor que las gemelas podían notar desde fuera. Las llamas estaban teñidas con aditivos garantizados para simular el espectro de las luces del norte.

Era un espectáculo por el que merecía la pena correr todos los riesgos que las habían llevado allí. Ni Leie ni Maia habrían tenido el valor de ir solas.

Sin embargo, tardaron un rato en sofocar el temeroso convencimiento de que alguien iba a mirar hacia arriba. Las muchachas pasaron más tiempo riéndose y dándose codazos que mirando a través de las lentes bruñidas. Finalmente, advirtieron que nadie estaba interesado en el techo en un momento como aquél.

Las bailarinas trazaban pautas ondulantes mientras danzaban ante el dosel central, agitando livianos vestidos que también imitaban exposiciones iónicas. El grupo procedía del Clan Oosterwyck, famoso por su belleza y sensualidad. Su promedio de éxitos era legendario y sólo los clanes ricos podían permitirse contratar sus servicios en esa época del año.

De los incensarios emanaban espirales de humo, cuyo aroma debía de estimular las feromonas que más excitaban a los machos. Tras una cortina, unas siluetas revelaban la presencia de las madres y las hermanas plenas de la Casa Lamatia, que observaban discretamente desde fuera para no molestar a sus invitados.

Maia dio un codazo a Leie y señaló:

—¡Allí! —susurró, aunque no hacía falta. Puesto que la música sólo les llegaba como un leve murmullo, era altamente improbable que nada de lo que dijesen pudiera ser oído abajo.

Leie se volvió para mirar en la dirección que su hermana indicaba.

—Sí, es el capitán de la Cofradía del Pingüino, y esos dos marineros jóvenes. Exactamente los que predije. ¡Paga!

—¡No llegué a apostar! Todo el mundo sabe que la Cofradía del Pingüino está en deuda con Lamatia por ese gran préstamo que las madres le concedieron el año pasado.

Leie ignoró la réplica.

—Vamos, echemos otro vistazo —instó, tirando a Mala del brazo y haciendo que su hermana se tambaleara peligrosamente en la empinada pared de la cúpula.

—¡Eh, cuidado!

Pero Leie ya se había deslizado hacia donde una gran pieza de cristal convexo sobresalía del tejado. Maia oyó a su hermana jadear y luego reír nerviosa.

—¿Qué pasa? —exclamó Maia, mientras se arrastraba hasta allí.

Leie alzó una mano.

—No. ¡No mires todavía! Agárrate y planta bien los pies en el suelo. ¿Ya? No mires todavía.

—¡No estoy mirando! —gimió Maia.

—Bien, ahora cierra los ojos. Acércate un poco más y yo te moveré la cabeza para que veas mejor. ¡No los abras hasta que yo no te lo diga!

Era uno de esos rituales que parecían tan naturales cuando tenías tres años. Maia sintió la mano de su hermana cogerle la trenza y moverla hasta que notó el frío cristal pulido contra la punta de su nariz.

—Vale, ahora puedes mirar —dijo Leie, reprimiendo una risita.

Maia abrió un ojo, y al principio sólo vio algo borroso. El cristal tenía varias capas delgadas, separadas por bolsas de aire. Retrocedió un poco y logró enfocar una imagen. Al menos parecía enfocada, notablemente ampliada desde tanta altura. Con todo, lo que vio parecía más un amasijo de colores carnosos, sazonados con pelaje negro y corto que clareaba en la mayoría de las partes pero era espeso allí donde un pequeño apéndice rosado se unía en la intersección de otros dos más grandes. Advirtió que estos últimos debían de ser las piernas de alguien. El pequeño de en medio…

—¡Oh! —exclamó, echándose atrás con tanta fuerza que tuvo que agitar los brazos para recuperar el equilibrio. Leie la agarró, riéndose de su sorpresa. Casi al instante Maia volvió a pegarse al cristal, tratando otra vez de enfocar la escena.

—No, déjame a mí ahora. ¡Es mi turno! —la importunó Leie. Pero Maia se agarró con fuerza y su gemela tuvo que buscar a regañadientes otro sitio que, según se apresuró a declarar, era «aún mejor». Maia estaba demasiado absorta para darse cuenta. .

Así que ése es el aspecto que tienen los hombres sin ropa, pensó. Los efectos amplificadores del cristal eran confusos, y le resultaba difícil obtener una sensación de proporción, mucho menos relacionar lo que estaba viendo con aquellos estériles diagramas que había estudiado en el colegio. ¿Dónde se lo meten mientras caminan? Debe de ser molesto, colgando de esa forma.

Maia se sintió demasiado avergonzada por lo que pensó luego para expresarlo ni siquiera de manera subvocálica. La fascinación ganó una dura batalla contra la repulsión y miró ansiosamente, esperando poder ver cambiar aquella cosa. ¿De verdad crece aún más?

Una mano entró en su campo de visión, y pasó ante el flácido apéndice para rascar un muslo velludo. Maia se echó atrás para poder contemplar también el brazo y el torso y la cabeza del hombre recostado sobre los cojines de seda que observaba a las bailarinas. Se volvió para decirle algo a otro hombre, repantigado a su derecha, que se echó a reír, y luego se incorporó y se inclinó hacia delante con una expresión más concentrada en el rostro, como si intentara prestar más atención al espectáculo. Al lado tenían bandejas de comida y bebida. El primer hombre cogió un vaso de vino y lo apuró. No pareció advertir a la mujer sucintamente vestida que acudió a llenárselo, ni a las otras que esperaban cerca, preparadas para acudir con cortinas que aseguraran la intimidad en caso necesario.

—¡Ven aquí a ver a las de seis años! —llamó Leie con urgencia.

Un tanto reacia, Maia se separó del cristal y se arrastró hacia su hermana.

—Allí, junto a la pared norte —sugirió Leie.

Aquel panel rosado estaba cubierto de ondulaciones, y la ampliación no era tan buena como en las lentes claras. Tardó un poco en encontrar la posición adecuada, pero Maia percibió por fin un puñado de muchachas que esperaban a un lado, vestidas con atuendos claros y finos. Estaban maquilladas para parecer menos virginales, y sin duda perfumadas con profusión para engañar el sentido del olfato masculino. Naturalmente, los hombres se sentían más atraídos por las mujeres mayores, que ya habían parido una o dos veces. Pero esta ceremonia era sólo para las muchachas de seis años. Era su día especial y las madres no habían reparado en gastos.

Maia no tuvo que contar. Sabía que eran trece. Toda una clase de invernales Lamai; todas estiradas, inconfundiblemente idénticas, pero cada una de ellas esperando ser la elegida cuando llegara el momento, si el momento llegaba.

Serían afortunadas si dos o tres lo conseguían aquel año. No se podía esperar gran cosa de las muchachas de seis años. A esa edad, fueras una inferior var o una orgullosa clónica, tu cuerpo sólo producía la química adecuada para la reproducción durante el apogeo del invierno. Incluso a los siete años, tu período fecundo no era amplio. La mayoría de las mujeres, aunque tuvieran pleno respaldo de su clan, nunca llegaban a madurar hasta que tenían ocho años o más. Para entonces su periodo era lo bastante amplio como para aprovechar algo de la pasión del verano que quedaba en los machos durante el otoño, o empezar a florecer en primavera.

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