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Tiempos de gloria [Glory Season - es]

Электронная книга - «Tiempos de gloria [Glory Season - es]». Краткое содержание книги:

La joven Maia, una descastada nacida en verano, debe abandonar el clan de sus privilegiadas medio hermanas clones nacidas en invierno. Su difícil y peligroso viaje iniciático arranca en los muelles de Puerto Sanger y prosigue a bordo de uno de los barcos tripulados por los escasos hombres (menos de un veinte por ciento) que forman la población de Stratos, un mundo creado por y para las mujeres. Sólo el difícil y lejano éxito le permitirá ser la fundadora de un nuevo clan. Las manipulaciones genéticas de la Madre Fundadora Lysos han creado en Stratos un mundo nuevo y distinto, dominado por mujeres que se reproducen por clonación. Una nueva opción sociopolítica, tecnológica, ecológica y, sobre todo, en el ámbito de la relación entre ambos sexos. En la senda de la literatura que denuncia las relaciones entre los sexos o propone establecer nuevos vínculos, Tiempos de gloria se une a obras ya clasicas como La mano izquierda de la oscuridad de Ursula K. Le Guin.
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Lo que Maia tradujo inmediatamente por: Que trabaje como una esclava otra semana más en la fragua. Para entonces aceptará si cedemos en un punto o dos.

De hecho, la cara de Calma era tan fácil de leer que Maia creyó entender por qué una familia con tanto talento nunca había conseguido gran cosa en el mundo del comercio. Tal vez deberían asociarse con un clan de negocios. Pero algunas familias no podían trabajar con grupos ajenos; sobre todo a lo largo de generaciones, que era lo que duraban muchas alianzas entre clanes.

Aunque Maia archivó esta reflexión para referencias futuras, ya no lo hizo con la idea de compartir tales hallazgos. La pérdida de Leie aún formaba una cavidad en su interior, pero el dolor se amortiguaba con cada día que pasaba. A través de él, había empezado a ver los contornos de su futuro, despojados de los sueños henchidos de la infancia.

Si era astuta y obstinada, podría conseguir ser como Kiel y Thalla; ahorrando lentamente y esforzándose, no para conseguir un nicho fabuloso, o algo tan grandioso como establecer su propio clan, sino para encontrar una pequeña grieta en el muro de la sociedad stratoiana. Un lugar donde vivir cómodamente, con un poco de seguridad. Podría irte peor. Has visto a gente que lo tiene mucho peor.

Para pasar la segunda y tercera noches en que Kiel estuvo fuera, Thalla puso a Maia al corriente de las extrañas costumbres practicadas en los puertos de las islas del Sur.

La fornida joven pareció igualmente sorprendida cuando Maia describió los hábitos mundanos de la vida en Puerto Sanger, que ella misma había considerado normales durante tanto tiempo. Luego escucharon un rato la radio (una emisora musical, no comentarios políticos), hasta que llegó la hora de dormir.

Tal vez a su regreso Kiel diga que la costa está despejada, pensó Maia mientras se quedaba dormida. No se sentía atada en absoluto a la Casa Lerner, ¿pero podría separarse de sus nuevas amigas? Por bien de su camaradería, se sentía tentada a quedarse.

El trabajo, y la recuperación tras el trabajo, ocuparon casi todo el día siguiente, desde el amanecer hasta el ocaso. La comida consistió en un oloroso guiso de lentejas con cebollas y especias, una cena que, Maia estaba segura, Thalla había preparado esperando el regreso de Kiel. Pero la mujer oscura no apareció. Thalla se echó a reír cuando Maia expresó su preocupación. .

—Oh, tenemos planes, ya sabes. A veces está fuera una semana o más. Las Lerner tienen que soportarlo porque nadie es mejor que Kiel manejando las láminas de acero. No te preocupes, virgie. Volverá dentro de poco.

Muy bien, no me preocuparé. Fue sorprendentemente fácil conseguirlo. En unas cuantas semanas, Maia había aprendido el truco de dejarlo estar y vivir de día en día. Ni siquiera las sacerdotisas del templo habían podido enseñarle eso. El agotamiento físico, admitió, es un buen instructor.

Esa noche Maia cogió su pequeña lámpara de aceite y salió a visitar el excusado antes de irse a la cama. Como medida para proteger su intimidad, se había acostumbrado a esperar a que todas las demás vars terminaran. De camino al barracón exterior, le gustaba contemplar las estrellas, que empezaban a mostrar claramente las constelaciones de invierno. Stratos frenaba en su larga elipse exterior, aunque para el verdadero comienzo de la estación fría faltaban todavía varias semanas.

Al doblar una esquina entre las casitas de las trabajadoras, Maia vio a alguien apoyado en la puerta del barracón, de espaldas a ella. Oh, bueno, pensó. Todo el mundo tiene que esperar su turno.

Se acercó y soltó la lámpara.

—¿Llevan ahí mucho tiempo? —preguntó a la mujer que esperaba antes que ella. Ésta sacudió la cabeza.

—Dentro no hay nadie.

—Pero entonces, ¿por qué estás…?

Maia se detuvo. Algo iba mal. Aquella voz…

—¿Por qué estoy esperando? —La mujer se volvió—. Pues te espero a ti, por supuesto, mi joven entrometida.

Maia jadeó.

—¡Tizbe!

La invernal del clan de placer sonrió y le hizo un ligero saludo con la mano.

—Ni más ni menos que tu leal ayudanta en persona. Me pareció que era hora de que tú y yo tuviéramos una conversación, jefa.

A pesar de su acelerado corazón, Maia se sintió orgullosa de que la voz no le temblara.

—Habla —dijo, extendiendo las manos—. Elige un tema. El que tú quieras.

Tizbe sacudió la cabeza.

—Aquí no. Tengo pensado otro lugar.

—Muy bien. ¿Dónde…?

Maia se detuvo de pronto al notar movimiento. Giró justo a tiempo de ver a varias mujeres idénticas vestidas de negro que se abalanzaban sobre ella sosteniendo pañuelos humeantes.

Joplands, reconoció Maia un instante antes de que la agarraran. Noto que las mujeres se sorprendían de su fuerza. Pero las granjeras eran aún más fuertes. Mientras se debatía, Maia consiguió esquivar los pañuelos empapados el tiempo suficiente para ver otra figura más, que esperaba a corta distancia.

Calma Lerner observaba con los labios apretados cómo Maia caía al suelo y le cubrían la nariz y la boca. Un tejido negro le impidió la visión. Un aroma dulce y pegajoso la asfixió, invadiendo su cerebro y sofocando todos sus pensamientos.

Despertó a través de una bruma anestésica para ver las estrellas revoloteando como escarabajos brillantes en el cielo, y recordó aturdida que las estrellas no se comportaban de esa forma. En su delirio, se le ocurrió sólo vagamente que esto podría ser una cuestión de percepción. Resultaba difícil concentrarse mientras estaba tendida en posición supina, atada al fondo de una carreta tirada por caballos.

A lo largo de toda aquella noche, Maia fue saliendo y cayendo en un sueño drogado con intervalos en los que alguien le levantaba la cabeza para suministrarle desde un paño gotas de agua en la boca reseca. Sorbía aquel paño como un bebé recién nacido, como si ese reflejo primario fuera lo único que le quedara. Los sueños asaltaron a Maia con recuerdos capturados al azar, distorsionados, y vueltos a la vida con adornos procurados por su subconsciente libre.

Tenía poco más de tres años stratoianos… nueve o diez según el antiguo calendario. Era el Día del Solsticio de Invierno y las veraniegas de Lamatia habían comido y habían sido enviadas a sus habitaciones para que se quedaran en ellas hasta que el gong las llamara para la cena. Pero las gemelas habían estado haciendo planes. Maia y Leie sabían que al mediodía todas las Lamai puras estarían en el gran salón para participar en la Ceremonia de Iniciación. Durante semanas, la clase de Lamais de seis años se había estado preguntando excitada cuál de ellas recibiría la maduración, y cuál tendría que esperar otro invierno, quizá dos. Entre las clones, que se distinguían en poco, la que conseguía concebir durante su primer solsticio maduro tenía ventaja sobre sus iguales y subía de categoría a medida que su generación maduraba, quizás incluso hasta jugar un papel predominante en la dirección del clan.

Maia y Leie no querían en modo alguno perderse la Ceremonia, a pesar de que las reglas prohibían los ritos a las simples mediohijas. Habían pasado muchas horas furtivas explorando qué ruta seguir: primero había que salir por la ventana de su cuarto, luego sortear una viga maestra y deslizarse por un canalillo, bajar por una pared adornada con refuerzos, atravesar una ventana para llegar a un ático, y bajar por una escalera de cuerda que habían colgado previamente en el interior de una chimenea cegada y abandonada…

En el sueño de Maia, cada fase de la aventura parecía tan real e inmediata como lo fuera para su yo más joven. La posibilidad de caer y matarse era aterradora, pero menos terrible que la idea de ser capturada. La captura y el castigo eran, a su vez, impedimentos irrisorios en comparación con la espectral posibilidad de que Leie y ella pudieran no ver.

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