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Tiempos de gloria [Glory Season - es]

Электронная книга - «Tiempos de gloria [Glory Season - es]». Краткое содержание книги:

La joven Maia, una descastada nacida en verano, debe abandonar el clan de sus privilegiadas medio hermanas clones nacidas en invierno. Su difícil y peligroso viaje iniciático arranca en los muelles de Puerto Sanger y prosigue a bordo de uno de los barcos tripulados por los escasos hombres (menos de un veinte por ciento) que forman la población de Stratos, un mundo creado por y para las mujeres. Sólo el difícil y lejano éxito le permitirá ser la fundadora de un nuevo clan. Las manipulaciones genéticas de la Madre Fundadora Lysos han creado en Stratos un mundo nuevo y distinto, dominado por mujeres que se reproducen por clonación. Una nueva opción sociopolítica, tecnológica, ecológica y, sobre todo, en el ámbito de la relación entre ambos sexos. En la senda de la literatura que denuncia las relaciones entre los sexos o propone establecer nuevos vínculos, Tiempos de gloria se une a obras ya clasicas como La mano izquierda de la oscuridad de Ursula K. Le Guin.
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—Las Perkinitas son las peores —murmuró Thalla—. Preferirían no tener veraniegas. Volverían a abrir los laboratorios genéticos si pudieran. Arreglarían las cosas para que sólo hubiera mocosas de invierno. Nada más que clónicas, todo el tiempo.

Maia sacudió la cabeza.

—Tal vez se salgan con la suya sin tener que reabrir los laboratorios.

—¿Qué quieres decir? —preguntaron las dos jóvenes. Alzando rápidamente la cabeza, Maia comprendió que casi había dejado escapar el secreto.

¿Qué secreto?, reflexionó. La agente nunca me dijo exactamente que no hablara. Además, Thalla y Kiel son de mi clase, no como una lejana policía clónica.

—Um —empezó a decir, bajando la voz—. ¿Sabéis qué problema tuve en la Casa Jopland?

—¿El lío del que no quieres hablar? — Thalla se inclinó hacia delante ansiosamente—. He estado sumando dos y dos y tengo una teoría. ¡Mi suposición es que intentaste colarte en esa fiesta que celebraron hace un par de semanas, para conseguirte un hombre sin pagar!

Thalla se echó a reír hasta que Kiel le tiró del brazo y la hizo callar.

—Continúa, Maia. Cuéntanoslo si te sientes dispuesta.

Maia inspiró profundamente.

—Bueno, parece que al menos algunas Perkinitas han encontrado un medio para conseguir lo que quieren…

Contó toda la historia, sintiendo una creciente satisfacción a medida que los ojos de sus compañeras se iban abriendo como platos con cada revelación. La habían catalogado como una jovencita dulce e indefensa a la que había que dispensar protección fraternal, no como una aventurera que ya había experimentado más excitación y peripecias que la mayoría en toda su vida. Cuando terminó, las dos mujeres se miraron mutuamente.

—¿Crees que deberíamos…? —empezó a decir Thalla.

Kiel sacudió la cabeza, cortante.

—Tal vez. Hablaremos de ello mañana. Ya es tarde. Las muchachas de cinco años deben estar en la cama; no importa que hayas resultado ser una pirata nata. —Kiel acarició amistosamente el pelo corto de Maia, con un nuevo respeto—. Vámonos todas a dormir —concluyó, y extendió la mano para desconectar la radio.

Cuando la luz se apagó y las tres se acostaron en sus respectivos jergones, Maia permaneció inmóvil durante un buen rato, pensando.

¿Yo? ¿Una pirata nata?

Y sin embargo, ¿por qué no? Con sus tiernos músculos cada vez más tensos y menos doloridos, Maia se volvía más fuerte de lo que jamás había creído posible. ¿Y ahora, escuchando emisoras de radio rebeldes? ¿Compartiendo asuntos policiales con vars radicales y sin hogar?

¿Y a continuación qué?, se preguntó. ¡Si Leie pudiera verme ahora…!

De repente, toda su dureza recién hallada no fue suficiente contra la pena. Maia tuvo que contenerse para no sollozar en voz alta. Maldición, pensó. Maldito sea todo en el infierno patarkal. Parecía que la amabilidad de sus compañeras sólo la volvía más vulnerable, al suavizar el aturdimiento en que se había envuelto desde que dejara el templo de Grange Head. Tal vez estaría mejor sola, después de todo.

Desde las casitas vecinas podía oírse el tintineo de los dados y las roncas risotadas, incluso algún fragmento de canción. Pero dentro de la cabaña todo permaneció en silencio hasta que Thalla empezó a roncar. Poco después, Maia oyó levantarse a Kiel. Aunque mantuvo los ojos cerrados, se sintió extrañamente segura de que la otra mujer la observaba. Luego, cuando Kiel hubo salido al exterior, la puerta se cerró. Medio dormida, Maia supuso que la oscura muchacha había ido al excusado, pero por la mañana no había regresado todavía.

Thalla no pareció preocupada.

—Negocios en la ciudad —explicó tranquilamente—. La carreta del Día de Asueto irá cargada de hierro forjado, así que no habrá pasajeros, pero tenemos que cuidar un par de inversiones. Hay lugares en los que invertimos nuestro dinero para que no se evapore aquí. Esas cosas pasan, ¿sabes? Las varas de monedas desaparecen. Si yo fuera tú, no dejaría las mías bajo la almohada.

Maia parpadeó, preguntándose cómo lo sabía Thalla. ¿Había mirado? Reprimiendo la urgencia de correr al camastro y comprobar sus exiguas ganancias, Maia también tomó nota de lo hábilmente que la otra var había conseguido cambiar de tema. No es asunto mío, supongo, pensó con una mueca.

El trabajo continuó al mismo ritmo firme y aturdidor.

En su decimoctavo día en la Casa Lerner, Maia y otras muchas trabajadoras fueron asignadas a tirar de vagonetas llenas de hierro preprocesado de una mina situada a tres kilómetros de distancia, atendida por completo por un clan de mujeres albinas cuya palidez natural se había oscurecido por el óxido que les manchaba la piel.

Al día siguiente, llegó una caravana de enormes llamas de carga que traía carbón vegetal para refinar el mineral. Altas mujeres de ojos rasgados se ocupaban de las bestias, pero no participaron en la descarga, pues al parecer el trabajo no estaba a su altura. Maia se unió al grupo de vars que transportaban saco tras saco de negros carbones a un cobertizo situado junto a los hornos, mientras una Lerner mayor pagaba a las transportistas con metal recién forjado. Al cabo de unas horas la caravana volvió a ponerse en marcha. Su viaje las llevaría más allá de las tres lejanas columnas de piedra que daban su carácter al horizonte nororiental, y continuaría hacia picos apenas visibles donde otro clan llenaba un nicho pequeño pero activo: talar árboles y convertirlos en carbón. Era una economía rústica y sencilla. Pero funcionaba, sin espacio para las recién llegadas.

Después, mientras se limpiaba las capas de suciedad, Maia soportó pacientemente otra de las visitas diarias de Calma Lerner. La mujer pasaba a verla cada noche, justo antes de la cena, con una obstinación que Maia empezaba a respetar. No aceptaba un no como respuesta.

—Mira, noto que tienes una buena educación para ser una hija del verano. Reconozco que procedes de un linaje de madre con clase. Deberías hacer algo con tu vida, de verdad que sí.

Eso planeo, respondió Maia mentalmente. Planeo salir corriendo, no andando, de este valle, en cuanto hacerlo sea seguro, y nunca más volver a poner un pie cerca de un pedazo de carbón, ¡jamás!

Pero Calma era bastante agradable, y Maia no quería ofenderla.

—Estoy ahorrando para continuar mi camino —explicó.

La Lerner sacudió la cabeza.

—Creía que habías venido por lo que hablamos ese día en la carreta. Ya sabes, para estudiar metalurgia. Si no es para eso, ¿por qué estás aquí?

Maia no quería favorecer aquella línea de interrogatorio. Hasta ahora no había habido ningún signo de que Tizbe o las Jopland la buscaran allí. Debían de haber supuesto que se había dirigido hacia el oeste, hacia el mar. Pero las preguntas de Calma, o incluso cualquier comentario banal, podrían cambiar eso.

—Um. Mira, tal vez me piense lo del aprendizaje. Es que no estoy segura de los acuerdos, eso es todo.

La expresión de Calma se transformó y Maia casi pudo leer los pensamientos de la otra mujer.

¡Ajá! La pequeña se hace de rogar esperando conseguir un trato mejor. Tal vez pueda rebajar un poco la tarifa de las lecciones. ¿A cambio de qué? ¿Un contrato trimestral?

—Bueno —dijo la mujer mayor en voz alta—. Podemos hablar de eso cuando estés dispuesta a hacerlo.

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