Tiempos de gloria [Glory Season - es]
- Автор: Брин Дэвид
- Год: 1996
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-6585-7
- Переводчик: Rafael Marin
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Tiempos de gloria [Glory Season - es]». Краткое содержание книги:
Lamatia no esperaba conseguir gran cosa de la Ceremonia de Iniciación de hoy, pero era importante de todas formas. Un rito de paso para las nuevas miembros adultas del clan. Un presagio para el año venidero.
Ahora, mientras Maia observaba, las muchachas Lamai empezaron a unirse a las Oosterwyck en la danza, apareciendo una a una con sus pasos meticulosamente ensayados. De algún modo (probablemente estudiado) los movimientos más fluidos de las bailarinas profesionales parecían desviar la atención hacia las neófitas de cabellos rubios. Las muchachas habían estudiado sus movimientos con típico cuidado Lamai. La coreografía de la danza daba a cada una el mismo tiempo, en etapas controladas, progresivamente más cerca de su público; pero Maia vio lo ansiosamente que cada una de ellas intentaba adelantarse de alguna manera a sus hermanas. En cieno sentido, eso sólo servía para hacerlas a todas más iguales.
Tras echarse hacia atrás para ver mejor lo que pasaba, Maia advirtió cómo los hombres de abajo se hallaban en una situación por la que posiblemente habrían sido capaces de matar sólo medio año antes, cuando todas las puertas de la ciudad estaban cerradas y las patrullas de la Guardia no quitaban ojo a los pocos machos autorizados a pasar a los santuarios cercanos. En verano, los hombres aullaban para poder entrar.
Ahora, con las mujeres en la cima de su receptividad, los marineros estaban allí tendidos como si prefirieran estar leyendo un buen libro, o contemplando algo divertido en la tele. Aferrada al borde de la cúpula, viendo cosas de las que sólo había oído vagas descripciones hasta el momento, Maia experimentó una sensación de asombro mezclada con una chocante reflexión.
Ironía. Era una palabra que había aprendido hacía poco. Le gustaba su sonido, así como lo difícil que era definirla o catalogarla. Su significado se aprendía con ejemplos. Aquél era un buen ejemplo de ironía.
Me pregunto por qué Lysos hizo que fuera de esta forma… para que nadie consiga exactamente lo que quiere, excepto cuando no lo quiere…
—¡Maia, pssst! —la llamó Leie desde la sección clara y convexa—. ¡Ven a mirar!
—¿Se ha puesto grande? —preguntó Maia, sin aliento, mientras se acercaba. Estuvo a punto de perder pie. Tembló con una extraña mezcla de repugnancia y excitación al poner la cabeza junto a la de su gemela.
Lo que se veía no era el misterioso apéndice, después de todo. Era el rostro barbudo de un hombre a quien Maia reconoció: el guapo y viril capitán del carguero Emperatriz, cuya sana risa y cuya voz de trueno eran tan agradables de escuchar cada vez que las madres lo invitaban a cenar con sus oficiales. La mitad de los niños del verano de Lamatia querían navegar con él; la mitad de las veraniegas fantaseaban con la idea de que era su padre.
Pero las muchachas de abajo no buscaban padres para sus hijos. No en aquella época del año. El acto físico en sí era más valioso en invierno que en verano, porque la paternidad no tenía nada que ver con él.
Lo que las muchachas de seis años buscaban era ser potenciadas: inseminación como catalizador para iniciar una formación de placenta, para disparar una madurez clonal interna. ¡Y se decía que aquel capitán había prendido a siete, a veces a ocho o más invernales algunos años, él solito!
Como en la canción infantil…
El capitán entornó los ojos mientras seguía los movimientos de las bailarinas, que ahora giraban a su alrededor, casi a su alcance. Su cuerpo bruñido y poderosamente musculoso le recordaba a Maia no tanto el de un lúgar como el de un perfecto caballo de carreras, lleno de más poder del que ningún humano necesitaría jamás. Su rostro, hirsuto pero lleno de esa extraña inteligencia masculina, parecía concentrado en un pensamiento que seguía intensamente. Cuando una bailarina se acercó más, parpadeó, movió su mandíbula en lo que parecía el principio de una sonrisa, un comienzo de ansiedad. Alzó la mano…
Y la usó para cubrirse la boca, intentando amablemente pero en vano sofocar un bostezo.
Amaneció antes de que el amasijo de sueños y recuerdos convulsos diera paso a una neblinosa sensación de realidad. Maia no podía decir el amanecer de qué día era, ya que el cuerpo le dolía como si hubiera estado combatiendo a feroces enemigas noche tras noche. Sólo gradualmente llegó a advertir que tenía las manos atadas con una tela negra, al igual que las piernas. Se encontraba en el fondo de una carreta, y se agitaba como un bulto de carga cualquiera.
Agónicamente, Maia consiguió apoyar el torso contra lo que parecían varios sacos de grano, hasta que sus ojos quedaron al nivel de las tablas laterales de la carreta. Sobre ella se alzaban las espaldas de dos mujeres que conducían el tiro. Desde atrás, no parecían Jopland. No dijeron nada, ni se volvieron a mirarla.
Girar la cabeza le resultó doloroso, pero le permitió ver el paisaje: una alta estepa moteada de hierba, aparentemente demasiado seca para ser cultivada. Cirros rojizos y anaranjados cubrían un cielo azul intenso, aún brillante por la marcha de la noche. Algún pájaro lejano graznó, tal vez un cuervo o un mawu de la zona.
Ahora recuerdo. Me estaban esperando en el retrete. Me agarraron. Ese olor espantoso… Aún le llenaba la nariz, y los tentáculos de sus sueños abandonaron reluctantes los huecos vacantes de su cerebro embotado. Los pensamientos acudieron torpemente, como el denso jarabe cae de un tarro.
Una carreta. Me llevan a alguna parte. Al norte, según parece.
Deducirlo era bastante sencillo por el ángulo del sol naciente. Ver más significaba debatirse hasta conseguir sentarse, lo que tuvo que hacer en varias etapas para no desmayarse. Cuando por fin estiró el cuello para ver qué había delante, la carreta giró en el camino y apareció una torre de proporciones enormes. Se alzaba hacia el cielo, como un prisma, cubierta por bandas claras y oscuras. No contando con todas sus facultades, Maia supuso que debía de medir más de doscientos metros de altura y al menos setenta de diámetro.
La torre estaba erosionada en algunas zonas. Unos andamios indicaban que recientes excavaciones habían horadado el obelisco natural, dejando pilas de residuos rocosos alrededor de su base. Una serie de aberturas en forma de arco seguían una pálida tira de piedra que circundaba la periferia hasta la mitad. Una segunda fila de perforaciones más pequeñas corría paralela a la primera, unos cuantos metros por debajo de ella.
Cerca de la base del monolito de piedra, una rampa ancha y empinada conducía a un portal abierto.
Las captoras de Maia la llevaban directamente hacia allí.
Tuvimos suerte al encontrar un mundo habitable en un sistema estelar binario tan extraño, de un tipo rara vez visitado. Sus peculiaridades orbitales, así como su tamaño y su densa atmósfera, deberían mantener a nuestra colonia oculta durante mucho tiempo.
Esas mismas características implican que habrá que hacer algunas modificaciones genéticas antes de que las primeras colonizadoras salgan de estas cúpulas. A la vez que hacemos ambiciosos cambios en aspectos tan fundamentales como el sexo, también tendremos que modificar a los humanos para que puedan vivir y respirar en el aire de Stratos. Como en otros mundos coloniales, la tolerancia al dióxido de carbono y la sensibilidad del espectro visual requieren ajustes. Aún más, poco antes de abandonar el Phylum, adquirimos los últimos diseños para mejorar riñones, hígados, y órganos sensoriales, y sin duda los incorporaremos.