Tiempos de gloria [Glory Season - es]
- Автор: Брин Дэвид
- Год: 1996
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-6585-7
- Переводчик: Rafael Marin
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Tiempos de gloria [Glory Season - es]». Краткое содержание книги:
Maia hizo un rato de ejercicio, se lavó, trató de nuevo inútilmente de abrir algunas de las cajas, y decidió no esperar a que sus guardianas la abordaran. Era hora de tomar la iniciativa.
—A partir de ahora —le dijo a una durante el almuerzo—, tu nombre será Grim. Y el tuyo —dijo, señalando a la otra—, será Blim.
La miraron con una expresión de sorpresa y desazón que la llenó de un placer infinito.
—Naturalmente, podría elegir nombres mejores si sois buenas.
Gruñeron infelices cuando se llevaron los platos. Más tarde, durante la cena, Maia les intercambió los nombres, confundiéndolas aún más. ¿Por qué no?, reflexionó. Era justo compartir la incomodidad.
Anochece, segundo día, pensó, y usó una uña para marcar una segunda incisión en el interior de la puerta de madera. La mancha del sol en la pared subió, se hizo más tenue, y desapareció. Las sombras de las cajas y los bultos se hicieron progresivamente más extrañas e intimidatorias con la caída de la oscuridad. La noche anterior, Maia estaba demasiado aturdida para darse cuenta, pero con la llegada de la oscuridad, las sombras a su alrededor parecieron adoptar aterradoras formas de duendes. Siluetas de monstruos insensibles.
No seas niña. Maia se reprendió por actuar como una mocosa de dos años. Con el corazón latiéndole con fuerza en el pecho, se obligó a levantarse y acercarse a la más temible de las siluetas, la pirámide de cajas y alfombras que había apilado bajo la ventana. ¿Ves?, pensó, tocando el áspero lado de una caja. No puedes permitir que esto te vuelva loca.
Nerviosa, acarició su única posesión, el pequeño sextante. A través de la abertura en la piedra se podía ver un brillo de estrellas, tentándola. ¿Pero escalar hasta allí arriba, en la oscuridad…?
Maia hizo acopio de valor. Méate en el mundo, o el mundo se meará en ti. Así lo habría expresado Naroin, su antigua contramaestre. Tenía que hacerlo.
Moviéndose cuidadosamente de asidero en asidero, Maia escaló la montaña artificial, deteniéndose a veces para agarrarse con fuerza cuando un crujido o un movimiento brusco hacían que el corazón se le desbocara. La subida se prolongó bastante más de lo que habría durado a la luz del día, pero Maia perseveró hasta que por fin pudo asomarse a la rendija. La brisa le heló el rostro, trayendo olores de hierba silvestre y lluvia. Entre masas de nubes, Maia pudo apenas distinguir los contornos familiares de la constelación de Safo, que resplandecía sobre la oscura pradera.
Muy bien. ¿Nos bajamos ahora?, pareció preguntar su cuerpo.
Temblando, Maia se obligó a quedarse allí lo suficiente para hacer una medición, aunque el horizonte era vago y no podía leer el dial del sextante. Lo haré mejor mañana por la noche, se prometió. Agradecida, con la sensación de haber arrancado una victoria a sus temores, bajó cuidadosamente.
Mientras se tendía en su improvisada cama, agotada pero más fuerte de espíritu, el sonido chasqueante se repitió. El de anoche, el que había asociado con un grifo goteando. Al parecer era real, no fruto de su imaginación. Otra molestia. entre muchas.
Maia ignoró el distante ruido y las figuras acechantes que su imaginación formaba en las sombras. Oh, callaos, les dijo, y se dio la vuelta para dormir.
—¡Me voy a volver loca sin nada que hacer! —les gritó a sus carceleras a la mañana siguiente. Cuando éstas parpadearon confundidas, exigió—: ¿Es que no tenéis libros aquí? ¿Nada para leer?
Las carceleras se la quedaron mirando, como si no supieran con seguridad de qué estaba hablando. Probablemente son analfabetas, advirtió. Además, aunque las arquitectas del santuario diseñaran una biblioteca, con estantes y todo lo demás, habrían sido los propios hombres los encargados de traer libros, discos y cintas.
Así que se sorprendió cuando Blim (¿o fue Grim?) regresó un rato después y puso cuatro ajados libros sobre la mesa. En los ojos de la fornida mujer Maia vio un destello de súplica. No seas dura con nosotras, y nosotras no seremos duras contigo. Maia cogió los volúmenes, abandonados probablemente por las obreras de la construcción. Dio las gracias con un movimiento de cabeza y no jugó con los nombres de sus guardianas cuando se llevaron su bandeja.
Decidió leer un libro al día y empezar por el que tenía la portada más llamativa. Aparecía en ella una mujer joven, armada con arco y flechas, que conducía una banda de compatriotas y a unos cuantos protegidos masculinos por entre las ruinas de una ciudad arrasada. Maia reconoció el género (basura—var), impreso en papel barato para deleite de pobres veraniegas como ella misma. A gran número de mujeres noclónicas les gustaba leer fantasías sobre el colapso de la civilización, cuando todos los bien ordenados nichos de la sociedad serían derrocados y una joven podría abrirse camino para alcanzar el estatus de Fundadora gracias únicamente a su rápida inteligencia y a su carácter heroico.
En aquel libro la premisa era un súbito e inexplicado cambio en la órbita del planeta. Esto no sólo hacía que se fundieran las grandes capas de hielo de Stratos, derribando a todos los clanes fuertes y despejando el camino para tipos más nuevos e intrépidos, sino que, de golpe y porrazo, las inconvenientes pautas de conducta de los hombres se resolvían, a partir de aquel momento, por un milagro de la escritora y, además, las auroras aparecían en invierno.
Era en efecto basura, pero enormemente divertida. Al final de la historia, la joven protagonista y sus amigas lo tenían todo perfectamente establecido. Cada una de ellas parecía destinada a tener montones de hermosas hijas iguales, y a vivir feliz para siempre jamás. A Thalla y Kiel les habría encantado esto, pensó Maia cuando dejó la novela. La debía de haber olvidado alguna var del grupo de construcción. Ningún clan de nacidas en invierno disfrutaría con aquel panorama, ni aunque fuera de ficción.
Añadió otra marca en la puerta. Esa noche Maia escaló la pirámide con más confianza. A través de la estrecha ventana, vio cómo el firme viento del oeste empujaba las nubes hinchadas y rojizas hacia lejanas montañas donde la luz del sol ya moribunda destacaba una fila de diminutos globos luminosos: un pequeño enjambre de flotadores—zoor migratorios, comprendió. La liviana sensación de libertad que transmitían la apesadumbró, pero siguió mirando hasta que la oscuridad ya no le permitió distinguir los pintorescos zep’lins vivientes.
Para entonces ya eran visibles las constelaciones.
Sostuvo la mano con firmeza mientras miraba a través del sextante portátil, anotando en qué momento determinadas estrellas tocaban el horizonte occidental. Recordando la fecha, esto le permitiría seguir bien el paso del tiempo sin tener reloj… como si le hiciera alguna falta. Tal vez a continuación pueda calcular la latitud. Eso, al menos, le aclararía en parte dónde se hallaba su prisión.
Saber la hora le aclaró una cosa. Los chasquidos se repitieron otra vez, casi exactamente a medianoche. Continuaron durante una media hora, luego se detuvieron. Después, durante algún tiempo, Maia permaneció en la oscuridad con los ojos abiertos, reflexionando.