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Tiempos de gloria [Glory Season - es]

Электронная книга - «Tiempos de gloria [Glory Season - es]». Краткое содержание книги:

La joven Maia, una descastada nacida en verano, debe abandonar el clan de sus privilegiadas medio hermanas clones nacidas en invierno. Su difícil y peligroso viaje iniciático arranca en los muelles de Puerto Sanger y prosigue a bordo de uno de los barcos tripulados por los escasos hombres (menos de un veinte por ciento) que forman la población de Stratos, un mundo creado por y para las mujeres. Sólo el difícil y lejano éxito le permitirá ser la fundadora de un nuevo clan. Las manipulaciones genéticas de la Madre Fundadora Lysos han creado en Stratos un mundo nuevo y distinto, dominado por mujeres que se reproducen por clonación. Una nueva opción sociopolítica, tecnológica, ecológica y, sobre todo, en el ámbito de la relación entre ambos sexos. En la senda de la literatura que denuncia las relaciones entre los sexos o propone establecer nuevos vínculos, Tiempos de gloria se une a obras ya clasicas como La mano izquierda de la oscuridad de Ursula K. Le Guin.
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—¿Tú qué piensas, Leie? —susurró, preguntándole a su hermana.

Imaginó la respuesta de Leie. Oh, Maia. Ves pautas en todo. Vete a dormir.

Buen consejo. Pronto estuvo soñando con auroras que destellaban como cortinajes de seda sobre los blancos glaciares de casa. Cayeron meteoros que apedrearon el hielo con un staccato que se transformó en la cadencia de una lluvia suave.

El segundo libro era un panfleto Perkinita, lo que demostraba que el grupo de trabajadoras debía de haber sido mixto… y afrontado tensiones.

…es por tanto obvio que la base del alma humana sólo puede encontrarse en las mitocondrias, que son las auténticas motivadoras de vida dentro de cada célula viviente. Ahora bien, por supuesto, incluso los hombres tienen mitocondrias, que heredan de sus madres. Pero las cabezas de esperma son demasiado pequeñas para contener ninguna, así que ningún bebé del verano, sea macho o hembra, recibe nada de esta esencial materia del alma del «padre» masculino. Sólo la maternidad es por tanto un acto verdaderamente creativo.

Ya hemos visto que la continuidad y el crecimiento del alma tienen lugar a través del milagro de la clonación, que amplía la esencia del alma con cada regeneración y renovación del ente clonal. Esta amplificación gradual sólo es posible por repetición. El lapso de sólo una vida deja el alma de una mujer apenas formada, sin iluminación, y es un motivo por el que la igualdad de derecho al voto para las vars no tiene sentido, biológicamente.

Para un hombre, por supuesto, no hay ni siquiera un principio de alma. La paternidad es un anacronismo, pues. El verdadero papel del varón sin alma sólo puede ser servir y potenciar…

La línea de razonamiento era demasiado retorcida para que Maia pudiera seguirla, pero la autora del libro parecía decir que los varones humanos se definían mejor como animales domésticos, útiles, pero peligrosos para dejarlos sueltos. El único error cometido hacía mucho tiempo, en la amada y lamentada Herlandia de las Perkinitas, había sido no llegar más lejos.

Esto, naturalmente, era una herejía, pues desafiaba varias de las Grandes Promesas de Lysos y las Fundadoras, cuando hicieron a los hombres pequeños en número pero preservaron sus derechos como ciudadanos y seres humanos.

En teoría, cualquier hombre podía aspirar a conseguir incluso tanto poder y estatus individual como las madres de un alto clan. Maia no sabía de ningún caso, pero se suponía que tal cosa era posible.

La autora de aquel panfleto no quería compartir la ciudadanía con formas de vida inferiores.

Otra Gran Promesa había dispuesto que las herejes pudieran hablar, para que el rigor no atenazara las mentes de las mujeres. ¿Incluso con material tan descabellado como éste?, se preguntó Maia. Para tratar de comprender otro punto de vista, Maia siguió leyendo. Pero cuando llegó a la parte que proponía que los machos reproductores fueran dócilmente ordeñados en granjas especiales, como vacas contentas, no pudo más. Arrojó el libro al otro lado de la habitación y se puso a hacer flexiones frenéticamente hasta que su respiración entrecortada acalló los ecos de la odiosa voz de la autora.

Llegó y pasó la hora de cenar. Cayó la noche. Esta vez, trató de estar preparada justo antes de la medianoche, tendida en la cama con los ojos cerrados. Cuando los chasquidos comenzaron, escuchó con atención durante los diez primeros minutos, y trató de determinar si seguían alguna pauta.

Seguían un ritmo, sí: sonidos chasqueante repetidos e intercalados con pausas de uno, dos, o más latidos de duración.

click click, pausa, click, pausa, pausa, click click click…

Tal vez estaba dejando que su imaginación le jugara una mala pasada. No se parecía a ningún código que hubiera oído jamás. No había ningún espacio claro que pudiera ir entre palabras, por ejemplo. ¿Había algún motivo para que los chasquidos se produjeran exactamente a la misma hora cada noche?

Podía ser un reloj defectuoso en uno de los grandes salones, o algo igualmente intrascendente. Me pregunto cómo se transmite el sonido a través de las paredes.

Se quedó dormida sin hallar ninguna solución. Soñó con relojes de bronce que latían con los suaves y justos ritmos de la ley natural.

El tercer libro estaba aún más gastado que los otros dos: era un romance sobre la vida en el Phylum Homínido—Estelar antes de que Lysos y las Fundadoras cruzaran la galaxia para forjar un nuevo destino. Tales relatos, que trataban de un modo de vida arcaico y obsoleto, podían ser fascinantes e instructivos. Pero Maia había leído bastantes cosas de ese género cuando tenía cuatro años, y se sintió decepcionada.

Como tantas otras, aquella narración se desarrollaba en Florentina, el único mundo del Phylum conocido por la mayoría de las escolares, ya que de allí había salido la expedición de las Fundadoras. En la historia incluso aparecía brevemente Perseph, una de las principales colaboradoras de Lysos. Pero en su mayor parte el éxodo sólo llegaba a entreverse, ya que quedaba fuera de la acción principal. Mientras tanto, la pobre heroína, una muchacha común de Florentina, sufría viviendo en una sociedad patriarcal en la que los hombres eran tan numerosos y primitivos que la vida sólo podía ser un infierno.

—¡No pretendía darle pie! —gimió Rabaka, cubriendo la parte izquierda de su rostro para que su marido no viera los moratones—. Sólo sonreía porque…

—¿Le SONREÍSTE a un desconocido? —rugió él—. ¿Te has vuelto loca? ¡Los hombres interpretamos cada gesto, cualquier posible pista como un signo de disposición! No me extraña que te siguiera y te empujara al callejón para hacerte suya.

—Pero yo luché… No consiguió…

—No importa. ¡Ahora tendré que matarlo!

—No, por favor…

—¿Lo DEFIENDES, entonces? —preguntó Rath con los ojos llameantes—. ¿Tal vez lo prefieres a él? ¿Te sientes quizás atrapada conmigo en esta casita, atada por nuestros votos permanentes?

—No, Rath —suplicó Rabaka—. Pero no quiero que te arriesgues…

Mas ya era demasiado tarde para controlar su arrebato de furia.

Rath cogió el látigo de castigo que colgaba de la pared…

Maia sólo podía soportar un capítulo cada vez. El estilo era execrable, pero no era eso lo que le revolvía el estómago. La incesante violencia le repugnaba. ¿Qué clase de masoquista lee este tipo de cosas?, se preguntó.

Si el objetivo era demostrar lo distinta que podía ser otra sociedad, el libro lo conseguía, de forma visceral. En Stratos, era inaudito que un hombre alzara la mano contra una mujer. Las Fundadoras habían dispuesto una aversión a nivel cromosómico, que se reforzaba de una generación a la siguiente.

Los apareamientos del verano eran la única posibilidad que tenían los hombres de transmitir sus genes, y las madres de los clanes tenían buena memoria cuando llegaba el momento de enviar invitaciones durante la estación de las auroras.

En Florentina, sin embargo, había un acuerdo distinto. Matrimonio. Un hombre. Una mujer. Unidos para siempre. Al parecer, las mujeres incluso preferían aquella semiesclavitud a una vida de soltería, porque muchos otros hombres recorrían las calles permanentemente en celo, siempre dispuestos a golpear.

Las brutales consecuencias descritas en la novela histórica página tras página dejaron a Maia asqueada cuando terminó de leerla.

Naturalmente, no había forma de saber hasta qué punto era exacta la descripción del Antiguo Orden en un mundo del Phylum. Maia sospechaba que la autora había exagerado un poco. Tal vez hubiera casos concretos como el descrito, pero de irles tan mal las cosas a todas las mujeres siempre, sin duda habrían envenenado a sus maridos e hijos mucho antes de que la capacidad para moldear los genes ofreciera soluciones alternativas.

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