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El Asesino de la Carretera

Электронная книга - «El Asesino de la Carretera». Краткое содержание книги:

Martin Plunkett ha sembrado Estados Unidos con un rastro de muertes. Cuando el FBI consigue darle caza, decide confesar sus crímenes a cambio de que su autobiografía vea la luz. Así, escribe sus memorias mientras cumple las cuatro cadenas perpetuas a que ha sido condenado.
Nacido en Los Ángeles en los años cincuenta, su adolescencia es extraña y compleja, hasta el punto de que, en cierto modo, acaba provocando el suicidio de su madre. A raíz de este suceso, queda bajo la tutela de un oficial de policía, de quien aprende justo lo que no debía: el oficio de ladrón. Martin tiene una inteligencia extraordinaria y cierta tendencia al aislamiento, por lo que va construyendo sus obsesiones mientras continúa con los atracos. Tras pasar un año en la cárcel, comete su primer asesinato.
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«Lo que ocurre con la familia es que no podemos escogerla.»

«Lo que ocurre con una soledad como la tuya es que puedes tomar lo que quieras de cualquiera.»

«Ohhh, pobre Martin, su mamá tomaba pastillas y su papá se largó, y ese deficiente asqueroso lo ha hecho llorar. Ohhh.»

«¿No te dije en enero que te procurases otra identidad?»

Empecé a buscar una genealogía que usurpar. La revista People decía que los bares eran «los nuevos lugares de encuentro para solteros con ganas de encontrar pareja» y, como yo quería establecer contacto con un hombre para matarlo, sólo me servía ir a bares donde los hombres solteros quisieran encontrar pareja masculina. La revista Christian Times llamaba a esos lugares «antros de perversión sexual que deberían estar prohibidos por la constitución», y la verdad estaba probablemente en algún lugar entre los dos extremos. En cualquier caso, no me importaba. Y la idea de andar por bares de gays en busca de una nueva identidad era mi antídoto contra la voluntad de matar. Así pues, leí revistas de moda masculina, me compré ropa elegante y me metí de lleno en el ambiente, que, en una ciudad como Lincoln, situada en el feudo de los fundamentalistas protestantes, estaba formado por dos bares en la zona este de un barrio industrial.

Me impuse un plan estricto: sólo cuatro noches de búsqueda, salir de los bares a las 23.30 y estar en mi trabajo a medianoche las tres primeras noches. Los paseos fuera de ese horario sólo estarían permitidos la cuarta noche, la del viernes, que era cuando libraba. Si durante las cuatro noches no daba con nadie adecuado, abandonaría el plan. Un artículo de prensa que había leído mencionaba que, con frecuencia, los universitarios recorrían la «calle de los maricas» para hacer pintadas en los coches de los clientes de los bares, por lo que aparqué el Muertemóvil II a un kilómetro y fui caminando. No tenía que dejar huellas en la barra ni en los vasos, y debía procurar que nadie, excepto mis objetivos, me viera la cara.

Acudía bien organizado en cuanto a la precaución y al control, pero me faltaba preparación para las distracciones que encontraría, las variaciones sobre Ross y la gente de pelo rubio. Tommy's y The Place eran salas cochambrosas con largas barras de roble, diminutas mesas de hierro forjado y gramolas, tugurios con una música disco tan fuerte que era prácticamente imposible entablar una conversación. Sin embargo, estaban llenos de rubios clones de Ross Anderson: músculos compactos que sólo se desarrollaban con el trabajo físico, pelo corto, bigote de cepillo y ajustada ropa masculina: camisas Pendleton, Levi's gastados y botas de trabajo. Tardé dos noches, en las que me dediqué a beber soda en la barra mientras buscaba a un tipo alto y moreno como yo, en darme cuenta de que en ese antro de homosexuales de clase obrera -camioneros, albañiles y estibadores-los rubios eran tipos del este de Europa, con los pómulos prominentes y gélidos ojos azules. Constituían una subcultura para la que ni mis viajes ni mi reciente fiebre lectora me habían preparado y, como blanco anglosajón protestante de cabello moreno, vestido con polo y jersey de cuello redondo, me sentí totalmente desplazado. Había esperado encontrar tipos afeminados que se sentirían atraídos hacía mí como mariposas nocturnas a la llama y que serían eliminados con la misma facilidad. En cambio, me encontré con palurdos fornidos que no me pondrían fácil un mano a mano.

Así pues, me dediqué a beber soda durante dos noches, como un florero asexual en una fiesta de gays. Los hombres altos y morenos a los que localicé eran demasiado delgados o demasiado jóvenes para mí: mis ojos, que patrullaban constantemente, eran rechazados en cuanto contactaban con otros; los Ross y los clones rubios me ponían nervioso y me descubría toqueteando el vaso para tener algo que hacer con las manos. Me había concienciado de que podría asustarme y enfadarme y, probablemente, sentir tentaciones, pero ahora algo más se asentaba en mi interior, una suerte de corriente subterránea en la música que vibraba constantemente. Era como un peso que se parecía al dolor. Los hombres que me rodeaban, frívolos pero masculinos, me hacían sentir viejo y aturdido por mi historial de experiencias brutales.

Al principio de mi tercera noche de misión, descubrí por qué me evitaban. Me estaba lavando las manos en el baño cuando oí voces al otro lado de la puerta.

– Es un poli, te lo aseguro. Ha estado aquí y en el bar de al lado estas últimas noches, haciéndose el simpático… Pero se le nota.

– Lo que te pasa es que te ha entrado la paranoia porque estás en libertad condicional.

– ¡No, no me ha entrado nada! Pantalones de algodón y un suéter. ¡Qué pasado de moda! Es de Antivicio, seguro. Tú mismo, ya sabes a qué te arriesgas.

– ¿Y crees que lleva esposas y buen pistolón? -Se oyó una risita.

– Sí, guapo, eso seguro. Y también tendrá mujer y tres hijos, aparte de dedicarse a incitar delitos.

Las dos voces se rieron y luego guardaron silencio. Pensando en Ross y en cómo habría reaccionado a la conversación, volví a mi taburete en la barra. Me preguntaba si mi misión seguiría siendo factible cuando noté que alguien me tocaba el codo. Me volví y allí estaba yo.

– Hola.

Era la voz de mi admirador. Bajé del taburete, vi que medía prácticamente lo mismo que yo, pesaba lo mismo, cinco kilos más o menos, y nuestra edad coincidía, dos años arriba o abajo. Entorné los párpados y advertí que tenía los ojos castaños. Le di la espalda, limpié la barra del bar y el vaso con la manga y me volví de nuevo con la gracia de un modelo masculino.

– Hola -dije.

– Me gusta cómo te mueves -gritó el tipo para hacerse oír por encima de la música. Ross se movió por mi mente y dijo «mátalo por mí». Me llevé la mano a la oreja y señalé la puerta. El hombre captó la insinuación y salió, precediéndome. Cuando llegamos a la acera, eché un rápido vistazo alrededor por si había testigos. Como no vi nada salvo una calle fría y vacía, me convertí mentalmente en el sargento Anderson y dije:

– Soy agente de policía. Puedes venir conmigo a dar una vuelta por los trigales o a la comisaría. Tú decides.

– ¿Es una incitación a cometer un delito o una proposición?-preguntó casi-Martin, riéndose.

– Las dos cosas, encanto -respondí, riéndome como lo habría hecho Ross.

El hombre me pellizcó el brazo.

– Qué fuerte. Soy Russ.

– Yo, Ross.

– Russ y Ross, qué gracioso. ¿En tu coche o en el mío?

– En el mío -respondí, señalando calle abajo, donde esperaba el Muertemóvil II.

Russ se inclinó hacia mí con afectación, luego se apartó y comenzó a caminar. Yo me mantuve a su lado, pensando en entierros a medianoche y en si mi vieja pala sería capaz de hundirse en la tierra helada plantada de trigo. Russ permaneció en silencio y supuse que me estaba imaginando desnudo. Al llegar al Muertemóvil II, abrí la puerta, le pellizqué el brazo y él soltó un gruñidito de placer. La expectación y el regocijo se apoderaron de mí y, cuando me senté al volante, reventé de necesidad de conocer la historia de Russ/Martin.

– Háblame de tu familia -le pedí.

– Muy romántico, agente gay. -En esta ocasión le salió una risa burda y su voz fue un rebuzno del Medio Oeste.

Me enojó que me llamara «gay». Puse en marcha el coche, pisé el acelerador y dije:

– Soy sargento.

– ¿Forma parte de tus jueguecitos eróticos de policía gay? El segundo «gay» acentuó el tacto del 38 que llevaba en el cinturón y me contuvo de atacarlo.

– Exacto, encanto.

– Un hombre que me llama «encanto» puede oír mi relato de infortunio. -Russ tocó unas notas en una trompeta imaginaria, luego se rio y proclamó-: ¡Ésta es su vida, Russell Maddox Luxxlor!

El nombre completo me sentó como una declaración de libertad. El barrio industrial quedaba atrás, y en su lugar se abrían unas llanas praderas y un inmenso cielo estrellado.

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