El Asesino de la Carretera
- Автор: Эллрой Джеймс
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El Asesino de la Carretera». Краткое содержание книги:
Nacido en Los Ángeles en los años cincuenta, su adolescencia es extraña y compleja, hasta el punto de que, en cierto modo, acaba provocando el suicidio de su madre. A raíz de este suceso, queda bajo la tutela de un oficial de policía, de quien aprende justo lo que no debía: el oficio de ladrón. Martin tiene una inteligencia extraordinaria y cierta tendencia al aislamiento, por lo que va construyendo sus obsesiones mientras continúa con los atracos. Tras pasar un año en la cárcel, comete su primer asesinato.
No sé cómo conseguí regresar a la suite; la última imagen que vi estando despierto y consciente fue la de las conejitas abriendo, solícitas, una puerta que daba a un aire helado. Cuando desperté, me dolía la cabeza y estaba tumbado, completamente vestido, sobre una cama de satén rojo en forma de corazón. Pensé en Ross y vi la imagen de otro modelo, cuyo atractivo se me antojó vacuo, seguida del recuerdo de la juerga nocturna, rodeado de signos de interrogación y el símbolo del dólar. Esto me llevó a una serie de especulaciones de cuatro cifras seguidas de «???» y me consolé con la idea de que nunca más repetiría lo de la noche anterior. Luego, repasé mentalmente los saldos de mis cajas de seguridad y los lugares donde tenía escondidas las llaves, y descubrí que me faltaban tres.
Ross apareció con todo detalle, atusándose el bigote con extrema frialdad al tiempo que murmuraba: «Martin, eres un idiota de mierda.»
Golpeé la cama con los puños y las rodillas, mientras Ross decía: «Creías que podrías librarte fácilmente de mí, ¿no? Ay, queridísimo amigo, ¿quién puede olvidar una cara como la mía? El sargento Ross, qué gran tipo.»
Me levanté y revolví la suite hasta que en una mesa, junto al teléfono, encontré papel y bolígrafo. Con manos temblorosas anoté los nombres de los bancos, las cifras y los escondites, y obtuve un total de cinco cajas y 6.214 dólares. Una simple resta me informó del coste de mi prosaico desenfreno de la noche anterior: 11.470 menos 6.214 igual a 5.256 dólares.
«Nunca conseguirás ser un juerguista, Martin. Sin embargo, si te marchas sin pagar la cuenta, te ahorrarás unos cuantos dólares. Cuando alquilaste la habitación no vieron la furgoneta. Lo único que tienen es tu nombre… Y ESO SE PUEDE CAMBIAR.»
Al cabo de diez minutos ya estaba en la carretera y Ross, sin rostro pero enorme, era como un viento seco que me impulsaba por detrás.
Nunca recuperé el dinero perdido en el olvido y me pasé el resto del mes viajando por el Oeste para vaciar mis cajas de seguridad. Sólo puedo describir ese mes como algo salvaje. Circular por ciudades donde antes había matado era salvajemente estúpido; guardar el dinero en la guantera del Muertemóvil me parecía necesario, pero salvajemente arriesgado. Ross se cernía sobre mí como un consejero, sin rostro, pero salvajemente bello y peligroso cuando no le prestaba atención.
Había otras caras, siempre en la cuneta de la carretera. Hombres, mujeres, viejos, jóvenes, guapos, feos, todos tenían grandes bocas abiertas que gritaban: «Ámame, fóllame, mátame.» Ross, sin rostro, sólo una voz, me impedía que los destruyera y me grababa en la mente la idea de una nueva identidad. En el papel de consejero que antes desempeñaba la Sombra Sigilosa, me recomendaba que me tomara mi tiempo y evitase los asesinatos hasta que encontrara al hombre absolutamente anodino en quien convertirme, un hombre idéntico a mí y en el que nadie reparase. Sabedor de que Ross sólo seguiría siendo asexual si lo obedecía, esperé.
Después de vaciar mi última reserva de dinero, cambié de dirección y me dirigí de nuevo hacia el este, conduciendo todo el día y durmiendo en moteles baratos. La presencia de Ross me acompañaba constantemente y su obsesión en que matara para hacerme con una personalidad no-Martin Plunkett iba creciendo en mi cerebro, apuntalada por unas preguntas despiadadas:
«¿Y si descubren al muerto y su coche en Wisconsin?»
«¿Y si la poli estatal recuerda que estabas retenido al mismo tiempo que él desaparecía?»
«¿Y si relacionan los dos hechos?»
«¿Y si encuentran los casquillos que tiraste en el control de carretera?»
«¿Y si el Playboy Club te denuncia por impago y relacionan el hecho con otros y emiten una orden de búsqueda?»
Tales preguntas me infundieron el valor para actuar con independencia de Ross, el consejero sin rostro, y, sorprendentemente, la belleza que yo creía que me embargaría no lo hizo.
Pero, a solas, fracasé.
Pasé una semana en Chicago, recorriendo garitos de los bajos fondos con la idea de comprar identificaciones falsas. Nadie quiso vendérmelas y, después de seis intentos, comprendí que mi antiguo aire de criminal estaba colmado de miedo y que la gente me tomaba por un chivato o por un loco. Salí de la ciudad del viento perseguido por la risa burlona de Ross y sus «ya te lo había dicho».
Primero, me detuve en Evanston, encontré una habitación amueblada y pagué dos meses de alquiler por anticipado. A continuación, me dirigí a la oficina local del Departamento de Vehículos a Motor y, con todo el descaro, les enseñé la licencia de Colorado y los papeles de registro de la furgoneta. Les dije que quería placas de matrícula de Illinois y, después de llenar varios impresos, el funcionario hizo exactamente lo que yo sabía que haría: fue directo al ordenador y comprobó mi nombre para ver si había órdenes de búsqueda. Mientras el hombre esperaba la respuesta de la máquina, empuñé el 38 recortado dentro del bolsillo y observé su expresión. Si me buscaban en Wisconsin o en otra parte, el funcionario reaccionaría; entonces yo le dispararía y mataría también a los otros dos empleados que estaban junto a la máquina de café, robaría uno de sus carnets y me marcharía.
No tuve que vivir tal melodrama, pues el hombre regresó sonriente; pagué el importe y presté atención mientras me comunicaba que la placa de matrícula provisional me llegaría al cabo de una semana, y la definitiva, en el plazo de un mes y medio. Le di las gracias y salí en busca de un taller de pintura de automóviles.
Encontré uno en Kingsbury Road, cerca del vertedero de la población, y maté el tiempo leyendo revistas mientras le hacían la cirugía estética al Muertemóvil, que pasó del plateado al azul metálico. Cuando salió del quirófano con un aspecto tan distinto, un joven latino sentado a mi lado, me dijo:
– Menudo coche, joder. ¿Cómo lo llamas?
– ¿Qué?
– Pues eso, tío. Su nombre. Como el Vagón del Dragón, el Picadero o la Cueva del Amor. Un carro tan bonito ha de tener un nombre.
Con la audacia que me había dado mi visita al Departamento de Vehículos a Motor, le dije:
– Lo llamo el Furgón de la Muerte.
– ¡Fantástico! -dijo el chico, dándose palmadas en los muslos.
Me instalé en Evanston. Era una población rica, próxima a Chicago, en la que abundaban las pequeñas universidades, que me proporcionaron el camuflaje del perpetuo estudiante graduado. Tras establecerme temporalmente, pensé cada vez menos en Ross y empecé a advertir que su presencia física y auditiva no eran sino formas especulares de amor por mí mismo: si estaba colgado de ese hombre era porque los dos destacábamos en nuestro quehacer y éramos espartanos en otros aspectos de la vida. Yo siempre cambiaba de escenario; él ejercía una profesión que, obviamente, conllevaba muchas horas de aburrimiento. Cuando mi reserva de amor por mí mismo se agotaba por las exigencias de vivir en la carretera, Ross acudía en mi ayuda como antaño hacía la Sombra Sigilosa en momentos de pánico. Simbióticamente, si yo le era igualmente útil, pues bien, pero si no, me daba igual. Además, había otras caras que mirar. Los campus de Evanston estaban colmados de ellas. Una vez determinado el simbolismo de la cara/voz de Ross, poco a poco me fui convenciendo de que se hacía imperioso abandonar a Martin Plunkett, que había estado en la cárcel por ladrón y que siempre estaba de paso, por otra identidad, y empecé a buscar un hermano gemelo al que matar.
La tranquila lucidez de la idea, concebida desde el terror pero corroborada por el tiempo a través de distintos estados emocionales, me permitió avanzar metódicamente hacia mi primer fratricidio. Construí un silenciador con un trozo de tubo de metal y alambre y lo probé en el 38 disparando contra boyas en el lago Michigan. Con el revólver en el bolsillo, recorría los campus a primera hora de la noche con la idea de disparar a mi presa en un rincón tranquilo, robarle la cartera y marcharme en silencio. Tenía localizadas a cuatro posibles víctimas y me hallaba en pleno proceso de selección cuando me fijé por primera vez en el idiota.