Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Триллеры » El Asesino de la Carretera
El Asesino de la Carretera - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

El Asesino de la Carretera

Электронная книга - «El Asesino de la Carretera». Краткое содержание книги:

Martin Plunkett ha sembrado Estados Unidos con un rastro de muertes. Cuando el FBI consigue darle caza, decide confesar sus crímenes a cambio de que su autobiografía vea la luz. Así, escribe sus memorias mientras cumple las cuatro cadenas perpetuas a que ha sido condenado.
Nacido en Los Ángeles en los años cincuenta, su adolescencia es extraña y compleja, hasta el punto de que, en cierto modo, acaba provocando el suicidio de su madre. A raíz de este suceso, queda bajo la tutela de un oficial de policía, de quien aprende justo lo que no debía: el oficio de ladrón. Martin tiene una inteligencia extraordinaria y cierta tendencia al aislamiento, por lo que va construyendo sus obsesiones mientras continúa con los atracos. Tras pasar un año en la cárcel, comete su primer asesinato.
1 ... 42 43 44 45 46 47 48 49 50 ... 70
Перейти на страницу:

Enseguida supe dos cosas de éclass="underline" que era deficiente mental y que su parecido físico conmigo, aunque destacable, iba más allá. Supe que estábamos vinculados hipotéticamente y que de haber crecido inocente, en vez de irremediablemente hastiado, yo habría sido como él.

Sin intención de hacerle daño, durante una semana seguida lo observé mientras jugaba en el vertedero. La casa de huéspedes en la que vivía estaba a tres manzanas del lugar, colina arriba, y con unos prismáticos veía a mi hermano híbrido lanzar piedras a los coches abandonados y buscar piezas oxidadas de automóvil para utilizarlas como juguete. Hacia el atardecer, una trabajadora del «Hogar» se lo llevaba y fue a ella a quien quise hacer daño.

Había reducido mi lista de objetivos a dos; me dirigía al campus de la Evanston Junior College para tomar la decisión final cuando de pronto me encontré cara a cara con el podía-haber-sido-Martin. Acababa de ponerse el sol y sólo una hora antes me había divertido viendo al tipo esconderse entre los arbustos, escapando de la desagradable mujer con pinta de solterona que acudía a privarlo de su diversión. Esta vez, cuando pasé despacio junto al vertedero, salió de entre las sombras y me hizo una señal para que me detuviera.

Lo hice y encendí la luz interior de la furgoneta. El hombre se acercó y asomó la cabeza por la ventanilla del pasajero. Al tenerlo tan cerca vi que sus rasgos eran una versión flácida y repugnante de los míos.

– Soy Bobby -se presentó con una voz chillona de tenor-. ¿Quieres ver mi casa de jugar?

No podía rechazar la oferta, habría sido como negar mi infancia. Asentí, me apeé de mi furgoneta y seguí a Bobby por el vertedero. Nuestros hombros se rozaron y lo noté blando y débil. Me descubrí deseando que alguien le enseñara a cultivar el cuerpo; de hecho estaba a punto de ofrecerle unos fraternales consejos al respecto cuando él señaló una luz que centelleaba más adelante.

– ¿Ves?-dijo-. Es mi casa.

La «casa» en cuestión consistía en dos coches podridos dispuestos uno frente al otro, con un quinqué en el medio. La luz iluminaba directamente hacia arriba y formaba un túnel que bañaba la cara de Bobby, cuya flacidez y defectuosa postura sugería que no podía mantenerse erguido sin ayuda.

Le apoyé las manos en los hombros; él se cuadró a lo militar y dijo:

– ¿Señor?

La cabeza parecía colgarle de lado. Bajé la vista al suelo y volví a alzarla para observar la cabeza torcida del idiota, que le confería un aspecto como de animal de juguete en la luna trasera de un coche.

– No tienes que llamarme así -dije, agarrándolo más fuerte-. Ni a mí ni a nadie.

Bobby sonrió y noté que su cuerpo de esponja temblaba entre mis manos. Su sonrisa, más amplia y torcida, expresaba una suerte de éxtasis de idiotez. Finalmente, consiguió coordinar los movimientos de lengua, paladar y labios, y dijo:

– ¿Quieres ser mi amigo?

Empecé a temblar; las manos con que agarraba a Bobby temblaban y el brillo del quinqué quemó las lágrimas que me corrían por las mejillas. Volví la cabeza para que mi hermano idiota no me creyera débil y le oí emitir unos sonidos húmedos, como si también llorase. Lo miré y vi que los sonidos procedían de la obscenidad de la gran O redonda que formaba con la boca; también vi que ondeaba un billete de dólar, como si fuera una bandera, delante de mí.

Aparté las manos de sus hombros y empecé a alejarme, pero oí sollozos entrecortados y un «por favor». Me volví y vi que seguía moviendo el dólar, suplicando amistad al tiempo que insistía en su espantosa insinuación. Saqué el 38 del bolsillo y Bobby intentó sonreír al tiempo que cerraba los labios alrededor del silenciador. Apreté el gatillo y mi hermano híbrido aterrizó en el suelo. Le robé la cartera sólo para guardarla como recuerdo de mi primer asesinato por compasión.

Robert Willard Borgie me fastidió mis planes en Evanston, de donde me marché después de un único interrogatorio rutinario por parte de la policía. De allí me dirigí hacia el oeste con matrículas de Illinois en el Muertemóvil azul, sin Ross ni la Sombra Sigilosa que me aconsejaran, sólo con un olor nauseabundamente dulzón, asqueroso, pegado a mi persona. Me sentía demasiado cerca de visiones de autoaniquilación y, mientras circulaba a toda velocidad por unos tramos brutalmente largos y llanos y calurosos de terrenos de cultivo, urdí planes, tuve ensoñaciones y hasta pasé viejas películas mentales para conservar el control.

«Borgie tenía una inteligencia subhumana y te quería de ese modo…»

«Lo elegiste como hermano y no tenías planeado matarlo, aunque se pareciera a ti…»

«Te hizo llorar…»

«Si te hizo llorar por empatía, eso significa que tu voluntad se desmorona…»

«Si te hizo llorar por ti, entonces estás acabado.»

Terminé aquel tramo largo, llano y caluroso de mi viaje en Lincoln, Nebraska, donde alquilé un diminuto apartamento de soltero lleno de trastos y caluroso, en la parte norte de la ciudad. Encontré empleo como vigilante nocturno y mi trabajo consistía en sentarme en el vestíbulo de un edificio de oficinas del centro de la ciudad desde medianoche a las ocho de la mañana, con un uniforme de galones dorados, una porra y unas esposas en una funda de plástico. Aparte de las rondas por los pasillos cada hora, podía disponer del resto del tiempo. La noche anterior, un hombre había dejado una decena de cajas llenas de revistas y, en vez de volverme loco pensando en retrasados mentales muertos y en lo que presagiaban, devoré ejemplares de Times, People y Us.

Fue una educación completamente nueva a la edad de treinta y un años. Había transcurrido mucho tiempo desde que explorase por última vez la palabra escrita, y la cultura entre la que me movía había sufrido unos cambios tremendos, unos cambios que me habían pasado totalmente inadvertidos porque mi visión era muy limitada. Entre junio y finales de noviembre de 1979, leí de cabo a rabo cientos de revistas. Aunque los fragmentos de información que absorbía abordaban temas muy amplios, había uno que dominaba: la familia.

La familia había vuelto con fuerza, estaba de moda, de hecho nunca había dejado de estarlo. Era el antídoto contra las nuevas cepas de enfermedades de transmisión sexual, contra el comunismo, el alcoholismo y la drogadicción, contra el aburrimiento, la desazón y la soledad. Músicos andróginos y predicadores fascistas y payasos negros musculosos con la cabeza medio afeitada al estilo de los indios mohawk y cadenas doradas proclamaban que, sin familia, estabas jodido. Los filósofos mediáticos decían que, en Estados Unidos, los años de desarraigo habían terminado y que la familia nuclear era el viejo-nuevo electorado, y punto. Todos anhelaban una familia, trabajaban, se esforzaban y se sacrificaban por ella. Todos volvían a casa para estar con la familia. La familia era lo que todos tenían, excepto la escoria que vagaba por el país sufriendo pesadillas y matando y llorando cuando algún idiota de imagen especular le ofrecía mamadas por un dólar. La falta de familia era la raíz de todos los males y de todas las muertes.

La ira hirvió en mí a fuego lento, chisporroteó, burbujeó y se coció durante todos esos meses de lectura, y Ross aparecía de vez en cuando para ofrecer comentarios como un coro de tragedia griega.

«Martin, si creyera que eso iba a ayudarte, sería tu familia… Pero ya sabes… la sangre es más espesa que el agua.»

1 ... 42 43 44 45 46 47 48 49 50 ... 70
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)