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El Asesino de la Carretera

Электронная книга - «El Asesino de la Carretera». Краткое содержание книги:

Martin Plunkett ha sembrado Estados Unidos con un rastro de muertes. Cuando el FBI consigue darle caza, decide confesar sus crímenes a cambio de que su autobiografía vea la luz. Así, escribe sus memorias mientras cumple las cuatro cadenas perpetuas a que ha sido condenado.
Nacido en Los Ángeles en los años cincuenta, su adolescencia es extraña y compleja, hasta el punto de que, en cierto modo, acaba provocando el suicidio de su madre. A raíz de este suceso, queda bajo la tutela de un oficial de policía, de quien aprende justo lo que no debía: el oficio de ladrón. Martin tiene una inteligencia extraordinaria y cierta tendencia al aislamiento, por lo que va construyendo sus obsesiones mientras continúa con los atracos. Tras pasar un año en la cárcel, comete su primer asesinato.
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En mi opinión, y guárdame el secreto, deberíamos seguir los procedimientos normales y, después, echar tierra sobre el asunto. Carol Neilton era una buscona, el tipo no volverá a matar en nuestra jurisdicción y en el Departamento tienen por resolver ocho casos importantes de homicidios de bandas y de robos con homicidio que deberían ser prioritarios. He oído que los federales están montando algo gordo que se llamará Grupo Especial contra Asesinos en Serie (se dedicará a solicitar datos de los departamentos de policía estatales y municipales sobre viejos casos sin resolver, los cotejarán por ordenador, etc.). Tal vez sea nuestra mejor apuesta.

Nos vemos para ir al partido de los Orioles, el martes que viene.

JACK

Del Telegram de Columbus, Ohio, 30 de mayo de 1981:

EXHUMADO EL CUERPO DE UN VAGABUNDO

EN UN SOLAR EN EDIFICACIÓN

Sunbury, Ohio, 29 de mayo:

El cuerpo enterrado de un ex preso vagabundo fue descubierto ayer por la mañana por unos obreros que abrían una zanja en un solar con potentes excavadoras. El hombre llevaba muerto un mes, según declaró a la prensa el forense del condado de Columbus, Roger Diskant, y aunque «descompuesto en un noventa por ciento», se ha obtenido su identificación gracias a las huellas necrodactilares. Se trata de William Rohrsfield, de 33 años, vagabundo con condenas por robo y por proposición de actos homosexuales. Se ha determinado que la muerte fue un «homicidio por arma de fuego» y la policía estatal de Ohio se encarga de la investigación.

Informe Resumen de Homicidio realizado por el teniente D. D. Bucklin, de la Oficina del Sheriff de Sunbury, Ohio, 1 de junio de 1981:

Jefe:

He aquí el resumen detallado sobre el cadáver encontrado cerca del Seven Eleven que hay junto a la carretera 3:

Nombre: Rohrsfield, William Walter.

Raza: blanca.

Fecha de nacimiento: 4-5-48.

Descripción física: 1,88 de estatura, 95 kilos, cabello y ojos castaños, constitución robusta.

Causa de la muerte: disparos en la cabeza. Se han encontrado en el suelo, junto al cuerpo, varios casquillos del 38 (marcas y surcos inusuales; véase informe de balística anexo, realizado por agentes de la policía del estado). El cuerpo estaba enterrado a cuatro metros de profundidad (circunstancia extraña).

Investigación preliminar: a cargo de detectives de la policía estatal. Aunque, técnicamente, el caso es nuestro, el informe del hallazgo del cuerpo lo realizó la unidad de la policía estatal que acudió a la llamada de los obreros y, como Rohrsfield era un ex preso y no residía en Sunbury, propongo que les dejemos el caso a ellos.

He aquí los antecedentes de Rohrsfield:

Como menor de edad: robo con escalo, 12-12-65 (recibió asistencia sociopsicológica). Posesión de marihuana, 8-1-66 (seis meses en el reformatorio de Chillicothe).

Adulto: robo en domicilio y receptación de bienes robados, 2-8-67 (un año en la prisión para adultos de Chillicothe, tres años de condicional). Robo en primer grado: dos condenas, una el 20-4-69 (tres años en la penitenciaría estatal de Ohio) y otra el 2-7-74, con los cargos añadidos de proposición indecente con propósitos de prostitución masculina, merodeo cerca de retretes públicos y exhibicionismo (cinco años en la misma penitenciaría estatal de Ohio; rechazó la libertad vigilada y cumplió hasta el último día de condena). Puesto en libertad el 14-7-79. Una decena de detenciones por ebriedad desde entonces.

Por mí, que se encarguen los detectives de la estatal. Nos libraremos de un buen marrón.

Teniente D. D. BUCKLIN, comandante de guardia

VI. Como fugitivo: llenando el mapa (enero 1979 – septiembre 1981)

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Y así, el beso me convirtió en fugitivo y concedió al hombre que me lo había dado libertad para matar con la facilidad y el estilo que yo había poseído antes.

En aquel momento, desde luego, no tenía ni idea de lo que Ross andaba haciendo. El pánico y un deseo sin nombre lo mantenían excluido pero cercano, como un viento seco en la espalda, un viento que me cegaría si miraba en su interior. Hoy, al ver el montón de páginas manuscritas y documentos policiales apilados sobre la mesa y mi recorrido marcado con alfileres en el mapa de la pared de mi celda, advierto que las líneas que conectan nuestros respectivos asesinatos subrayan la dicotomía: Ross elegía discretamente a sus víctimas, pertrechado con una placa y unas órdenes de extradición, y siempre regresaba a la seguridad del Wisconsin rural; Martin se movía a campo través para escapar del sexo real, buscaba al perfecto no-Martin en quien convertirse, pero se quemaba como una hormiga atrapada bajo una lupa que un niño sádico sostuviera al sol.

Quemaba mi camino de regreso a la infancia.

Alimentaba fuegos de sacrificio con un abuelo y tres hermanos.

.Saboteaba mi cautela de siempre con saltos al borde de las llamas…

Salí disparado de Huyserville y me dirigí hacia el este por enfangadas carreteras locales hasta Lake Geneva. El centro vacacional estaba lleno de jóvenes atléticos ataviados con ropa deportiva de llamativos colores y, después de lo de Ross, no me sentí capaz de actuar entre ellos. El 38 de cañón corto, guardado en el compartimento debajo de la carrocería, resultaba un pobre sustituto del Magnum y supe que, si ponía las manos en una víctima -masculina, femenina, joven, vieja, fea o atractiva-, mi presa me parecería Ross y no sería capaz de terminar el trabajo. No me quedaba más remedio que olvidar a ese hombre, su aspecto, su contacto con mi cuerpo, su estilo.

Aquella noche hice algo absolutamente impropio de mí.

Alquilé una suite en el Playboy Club de Lake Geneva y me pasé la velada celebrando una feliz ocasión sin nombre, durante la cual me obligué a actuar como un juerguista que quiere echar una canita al aire. Tomé una cena exageradamente cara en el Sultan's Steakhouse, dejé una generosa propina y asistí al espectáculo del Jet Setter's Lounge. Unas jóvenes camareras con escotados vestidos de conejita contemplaron con desaprobación mi indumentaria, totalmente ajena al estilo que allí se llevaba, pero cambiaron de opinión cuando les mostré la llave de mi habitación, que llevaba grabado «Piso del Potentado» en el reverso. Entonces aceptaron con adecuada humildad los billetes de veinte dólares que les tendí con sumo estilo y me acompañaron a una mesa de la primera fila en la zona VIP. Pedí champán Dom Perignon para mí y para los otros VIPS, y mi gesto fue acogido con aplausos. El hombre que estaba sentado a mi lado no tardó en ofrecerme cocaína y, ya que celebraba una ocasión sin nombre, la esnifé y bebí con avidez de la botella de mi mesa.

El espectáculo lo protagonizaba un vulgar bufón llamado Profesor Irwin Corey. El número consistía en dobles sentidos improvisados y despropósitos dirigidos a los espectadores de las primeras filas y, aunque al principio me resultó tedioso, a medida que esnifaba y bebía, se convirtió en lo más divertido que había visto en toda mi vida. Mi arraigado concepto de control no me permitió exteriorizar la risa hasta que Corey señaló a un gordo borracho que roncaba con la cabeza apoyada en la mesa. Con voz de sabio oriental, el Profesor dijo: «¿Bebes para olvidar, Papa San?», e instintivamente pensé en Ross y excavé en mi mente en busca de una imagen. Lo que encontré, en cambio, fue la cara de un chico guapo de un anuncio de Calvin Klein. Entonces me reí a carcajadas, rociando saliva y lágrimas al otro lado de la mesa, hasta que Corey se fijó en mí, se acercó y, con unas palmaditas en la espalda, me dijo: «Tranquilo, grandullón, tranquilo. Píllate un chute de metanfetamina, un par de conejitas y cuatro Excedrin, y mañana por la mañana llama a tu agente de bolsa. Tranquilo, tranquilo.»

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