Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Триллеры » El Asesino de la Carretera
El Asesino de la Carretera - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

El Asesino de la Carretera

Электронная книга - «El Asesino de la Carretera». Краткое содержание книги:

Martin Plunkett ha sembrado Estados Unidos con un rastro de muertes. Cuando el FBI consigue darle caza, decide confesar sus crímenes a cambio de que su autobiografía vea la luz. Así, escribe sus memorias mientras cumple las cuatro cadenas perpetuas a que ha sido condenado.
Nacido en Los Ángeles en los años cincuenta, su adolescencia es extraña y compleja, hasta el punto de que, en cierto modo, acaba provocando el suicidio de su madre. A raíz de este suceso, queda bajo la tutela de un oficial de policía, de quien aprende justo lo que no debía: el oficio de ladrón. Martin tiene una inteligencia extraordinaria y cierta tendencia al aislamiento, por lo que va construyendo sus obsesiones mientras continúa con los atracos. Tras pasar un año en la cárcel, comete su primer asesinato.
1 ... 45 46 47 48 49 50 51 52 53 ... 70
Перейти на страницу:

Entonces, el 80/20 se revolvió contra mí y se convirtió en un cien por cien de pesadilla.

Sucedió de pronto. Estaba durmiendo en la cama amplia y cómoda de un motel de Clear Lake, Iowa, y mi sueño estaba poblado de autoestopistas recientes, cuyos rostros iban cobrando nitidez paulatinamente. Mi expectación aumentaba al percatarme de que todos ellos eran rubios. Me acercaba a ellos y entonces advertía que llevaban pelucas empolvadas; a continuación, caía en la cuenta de que todos eran versiones infantiles de gente a la que había matado. Todos me mostraban unos colmillos largos y afilados y se lanzaban a mis genitales.

Desperté gritando. Al cabo de dos minutos, ya estaba de nuevo en la carretera.

Mientras huía de otra ciudad, volví a debatirme en un pánico inusitado.

Estuve despierto 106 horas seguidas; no me afeité; me corté el pelo. Fumé grandes pipas de mi propia marihuana, experimentando sus efectos por segunda vez; bajo su influencia, me reí atolondradamente y comí como un cerdo. Cuando, finalmente, comprendí que no podría seguir consciente, aparqué en una cuneta, pero lo único que conseguí fue que Ross Anderson se acurrucara a mi lado en mis sueños.

«Estás ablandándote, ablandándote, ablandándote cada vez más»;

«Estás ablandándote con la gente»;

«Estás ablandándote con la gente para no tener que matar»; «Si dejas de matar, morirás»;

«MATA A ALGUIEN ATRACTIVO POR MÍ»;

«MATA A ALGUIEN ATRACTIVO POR MÍ»;

«MATA A ALGUIEN ATRACTIVO POR MÍ»;

«MATA A ALGUIEN ATRACTIVO POR MÍ»;

«MATA A ALGUIEN ATRACTIVO POR MÍ.»

19

Al cabo de una semana de pesadillas, conocí a Rheinhardt Wildebrand y al final, soberbiamente revitalizado, lo maté sin un titubeo, pese a la admiración que me inspiraba su soberbia falta de atractivo.

El prólogo a mi abuelo simbólico fueron siete días de sueños intermitentes, en los que animales con las caras de las víctimas me increpaban y en los que Ross me incitaba constantemente a matar. Mi caída en picado estaba llegando a su nadir. Se me terminaba el dinero, la barba me crecía desigual y de un color incongruentemente claro, y el Muertemóvil II tenía problemas de motor, acompañados de ruidos chirriantes y de traqueteos que reflejaban mi propio diluvio interior/exterior. Al llegar a Benton Heights, Michigan, perdió un pistón y tuve que empujar la furgoneta hasta un taller cercano. Allí me gasté la mitad del dinero que me quedaba en un anticipo para que cambiaran las juntas y reparasen el motor. El jefe de mecánicos me tendió una lista pormenorizada de todos los problemas de la furgoneta y dijo:

– Has conducido muy mal, chico. ¿Nunca has oído hablar del cambio de aceite y de los líquidos de la transmisión? Has tenido mucha suerte de que no haya volado por los aires contigo dentro, joder.

Si el mecánico hubiera sabido…

En aquel momento, se trataba de encontrar un sitio donde instalarme y un trabajo para poder pagar la reparación del Muertemóvil. Con el 38 en el bolsillo, di un paseo por Benton Heights, que se alza sobre una plataforma rocosa que domina el lago Michigan, y la visión constante del agua oscura y encenagada me recordó a Bobbie Borgie, muerto en Evanston, a unos cientos de kilómetros al otro lado del lago. Sabedor de que su presencia me acosaría, subí a un autobús y fui a Kalamazoo, la ciudad grande más cercana.

Y allí, deambulando sin rumbo fijo por sus aledaños, me encontré con Rheinhardt. Yo salía de un supermercado con un paquete de leche cuando me vio y me soltó una de sus memorables sentencias:

– ¿Qué hace un subversivo como tú en un barrio tan aburrido como el mío?

– Ando en busca de víctimas -respondí, complacido por sus halagos. El tipo tenía un estilo brusco que me resultó simpático.

– Pues las encontrarás. -El viejo se rio-. Y eso que llevas en los pantalones ¿es un Colt o un Smith and Wesson?

Me miré el cinturón y vi que asomaba la empuñadura de la 38.

– Un Smith & Wesson Special -respondí, cubriéndolo para que no se viera.

– ¿Con un cañón tan largo?

– Es el silenciador -respondí, tras dudar un instante.

– ¿Y te lo has hecho tú?

– Sí.

– ¿Eres inventor?

– No.

– ¿Viajero?

– Sí.

– Yo soy inventor. Ven a mi casa. Tomaremos un trago y hablaremos.

Dudé de nuevo, pero el viejo insistió:

– No te tengo miedo, así que tú no debes tenérmelo a mí.

Lo seguí calle abajo hasta su casita de mazapán, un edificio viejo y algo rancio, lleno de recuerdos.

Y me quedé.

Años antes, el tío Walt Borchard me había aburrido con sus historias. Ahora, el abuelo Rheinhardt Wildebrand me cautivaba con las suyas. La dinámica de su relato resultaba simple: la necesidad de público de Borchard era indiscriminada, mientras que la de Rheinhardt era específica. Se estaba muriendo lentamente de una enfermedad cardiaca congestiva y quería que alguien tan idiosincrásico y solitario como él supiera lo que había hecho.

Así me convertí en su «sobrino», supuestamente motivado por las solapadas insinuaciones de Rheinhardt respecto a que me legaría sus bienes. En realidad, para mí aquella dinámica representaba un refugio. Mientras dormía en la casita de mazapán y escuchaba al viejo, no sufría pesadillas.

Rheinhardt Wildebrand había sido contrabandista durante la Prohibición y transportaba whisky en barca por los Grandes Lagos. Había vendido aparatos inventados por él a agentes del régimen de Hitler establecidos en Canadá, embolsándose el dinero, y luego había ofrecido la misma tecnología al ejército estadounidense. Había escondido a Dillinger en su casita de mazapán después del tiroteo entre el enemigo público número uno y la policía en el hostal Little Bohemia de Minnesota, y el Packard Caribbean de 1953 nuevo a estrenar que tenía en la calzada de acceso había sido un regalo del difunto dictador cubano Fulgencio Batista, en agradecimiento por unos favores. El mismísimo Meyer Lansky había subido el coche desde Miami.

Yo me creía aquellas historias al pie de la letra y Rheinhardt se creía las mías: que era un ladrón que robaba a mano armada y que había huido después de violar la libertad condicional y que había fallado un golpe en Wisconsin, donde había querido hacerme con la paga semanal de una empresa. Por eso, precisamente, compartía de buen grado su estilo de vida ermitaño; por eso toleraba que me creciera la barba irregular y mantenía la cara oculta de las insistentes miradas de los vecinos cuando hablábamos en el porche. Mi otra única mentira fue en respuesta a una pregunta directa que me hizo después de tomar un trago de Canadian Club.

– ¿Has matado alguna vez a un hombre?

– No -contesté.

Al cabo de dos semanas en su casita de mazapán, conocía las costumbres del viejo y sabía que iba a matarlo por la ventaja que me supondría apropiarme de ellas y utilizarlas. Guardaba varios miles de dólares en el sótano, y pensaba llevármelos. Compraba toda la ropa, los utensilios domésticos y los libros por catálogo, y pagaba con tarjetas Visa, American Express Oro y Diner's Club que tenían unos límites muy altos, mediante un cheque anual al 19,80 por ciento de interés de esos que a las compañías de crédito tanto les gusta. Como dichas compañías estaban acostumbradas a sus excentricidades, le vaciaría la cuenta enviando cuantiosos cheques falsificados por un año de futuras transacciones con las tarjetas, acompañados de notas falsificadas en las que declararía, en el inconfundible estilo de Rheinhardt, que «voy a hacerme a la carretera hasta que estire la pata y este cheque servirá para cubrir todos los posibles cargos, así no tendrán ustedes que importunarme». Limpiaría mis huellas de la casa, le daría un sedante al viejo, lo llevaría al lago Michigan, le pegaría un tiro y lo lanzaría al agua con un peso apropiado. Tardarían semanas en echarlo en falta y, para entonces, haría mucho que yo me habría marchado.

1 ... 45 46 47 48 49 50 51 52 53 ... 70
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)