El Ojo Del Huracan
- Автор: Хиггинс Джек
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El Ojo Del Huracan». Краткое содержание книги:
La minuciosa preparación del golpe, los ciegos esfuerzos del servicio secreto por evitarlo, forman el nudo de una obra tan inteligente como trepidante. La maestría de Jack Higgins -de quien Grijalbo ha publicado Ha llegado el águila y El águila emprende el vuelo- alcanza en esta obra la máxima sutileza, energía y verosimilitud.
Con una seña a Lane, se puso en pie y se encaminó hacia la puerta. El inspector le siguió y una vez fuera vieron a Mackie en el antedespacho, todavía con la gabardina y el sombrero impermeable puestos, y con una bolsa de plástico en la mano.
– ¿Han encontrado algo, sargento? -le preguntó Lane.
– Creo que así podríamos decirlo, señor -Mackie sacó de la bolsa un archivador de cartón y lo mostró-. Una colección bastante interesante.
Las copias de los informes aparecían pulcramente clasificadas; las primeras eran las de fecha más reciente, de los comunicados dirigidos al primer ministro. Lane comentó:
– ¡Caramba, brigadier! A lo que parece, andaba en esto desde hace bastante tiempo.
– Ya lo veo -dijo Ferguson-. Pero, ¿con qué finalidad?
– ¿Quiere decir que trabajaba para alguien, señor?
– Indudablemente. Estoy ocupado en una operación de naturaleza muy delicada. Hubo en París un atentado contra un hombre que trabajaba para mí, y murió una mujer. Nosotros nos preguntábamos cómo pudo localizarles el malo de la película, digamos para entendernos. Ahora ya lo sabemos; los detalles de estos informes eran comunicados a una tercera persona. Eso debió ser.
Lane asintió.
– Será preciso continuar con el interrogatorio.
– No, porque andamos escasos de tiempo. Vamos a intentarlo de otra manera. Dejemos que se vaya. Es un simple, y creo que hará lo más simple.
– Estoy de acuerdo, señor -se volvió Lane hacia su ayudante-. No le pierda de vista, Mackie, o tendrá que volver a patrullar las calles en Brixton. Y yo con usted, si fracasamos.
Los dos policías salieron a toda prisa, y Ferguson abrió la puerta y entró de nuevo en su despacho, yendo a ocupar su sillón.
– Un asunto muy lamentable, Gordon.
– ¿Qué harán conmigo, brigadier?
Ferguson tomó entre las manos la copia del informe.
– Tendré que pensarlo. Ha cometido usted una estupidez incalificable -y agregó con un suspiro-: Váyase, Gordon. Váyase a casa. Hablaremos mañana por la mañana.
Gordon Brown apenas lograba creer en su buena suerte. Sin darse apenas cuenta de lo que hacía, abrió la puerta del despacho y salió al pasillo en dirección al guardarropa del personal. Acababa de salvarse por los pelos. Aquello podía haber significado el fin, y no sólo la pérdida de su carrera y su jubilación, sino incluso la cárcel. Ahora lo que se imponía era echar cruz y raya, y Tania tendría que aceptarlo. Bajó al sótano al tiempo que se ponía el abrigo, se metió en su coche y momentos después enfilaba hacia Whitehall, seguido de cerca por Mackie y Lane en el Ford Capri del sargento, que llevaba una matrícula corriente.
En el barrio de Covent Garden las tiendas abrían por la noche, y Dillon lo sabía. Pese al frío invernal las calles aún tenían muchos transeúntes, y él se dio prisa en dirigirse a la tienda de atrezzo teatral de Clayton cerca de Neal's Yard. Halló iluminados los escaparates, la puerta cedió al empujarla y sonó la campanilla.
Clayton apartó la cortinilla, sonriendo.
– ¡Ah! Es usted. ¿En qué puedo servirle?
– Pelucas -solicitó Dillon.
– Tenemos un buen surtido -decía verdad; las había de todas clases, de cabello corto, de cabello largo, onduladas, rubias, pelirrojas.
Dillon seleccionó una media melena de cabello gris.
– Entiendo -dijo Clayton-. ¿Un papel de abuelita?
– Algo parecido. ¿Y la ropa? No quiero nada de fantasía, prendas de segunda mano serían lo mejor.
– Pase.
Clayton se metió en la trastienda y Dillon le siguió. Había muchas estanterías con ropa y un montón de prendas en un rincón. Le pasó revista con mucha soltura y seleccionó una falda larga de color castaño con cintura elástica y una vieja gabardina larga que le llegaba casi hasta los tobillos.
– Qué papel va a ser, ¿una vagabunda o la bruja del saco?
– Se llevaría usted una sorpresa -Dillon había visto unos tejanos en el montón; se hizo con ellos y luego seleccionó entre los zapatos de otro montón un par de mocasines que habían visto mejores tiempos.
– Esto servirá -dijo-. ¡Ah!, y esto -tomando una antigua pañoleta de un estante-. Métalo todo en un par de bolsas de plástico y dígame cuánto le debo.
Clayton se puso a empaquetar.
– Debería darle las gracias por llevarse todo eso, pero hay que comer. Serán diez pavos para usted.
Dillon pagó y se hizo con las bolsas.
– Muchas gracias.
Clayton fue a abrirle la puerta.
– A usted, y déles un buen espectáculo.
– ¡Ah!, ya lo creo -replicó Dillon, y en seguida enfiló a paso vivo hacia la esquina, donde hizo seña a un taxi y regresó al hotel.
Cuando Tania Novikova fue a abrir la puerta y se encontró con Gordon Brown supo en seguida, por instinto, que algo iba mal.
– ¿Qué pasa, Gordon? Te prometí que iría a verte.
– Necesitaba hablar contigo, Tania, era urgente. ¡Ha pasado una cosa terrible!
– Tranquilízate -dijo ella-. Tómalo con calma. Sube y cuéntamelo todo.
Lane y Mackie se hallaban estacionados al fondo de la calle y el inspector usó en seguida el teléfono del coche para comunicar la dirección a Ferguson.
– El sargento Mackie ha inspeccionado la entrada, señor. La tarjeta dice que es una tal Tania Novikova.
– ¡Por Dios! -exclamó Ferguson.
– ¿La conoce, señor?
– Una supuesta secretaria de la embajada soviética, inspector. En realidad es capitana del KGB.
– Entonces seguro que debe actuar a las órdenes del coronel Yuri Gatov, señor, que es el encargado de la estación de Londres.
– Yo no estoy tan seguro. Gatov es hombre de Gorbachev y de ideas muy prooccidentales. Tengo entendido, en cambio, que la Novikova se sitúa más a la derecha que Gengis Jan. Me extrañaría que Gatov estuviera enterado de todo esto.
– ¿Va a notificárselo, señor?
– Todavía no. Oigamos primero lo que tiene que decir ella. Es información lo que buscamos.
– ¿Quiere que entremos, señor?
– No, esperen un poco. Estaré con ustedes dentro de veinte minutos.
Tania miró con cautela por entre las cortinas. Al fondo de la calle vio a Mackie de pie junto a su coche y eso fue suficiente; ella era capaz de reconocer a un policía en cualquier lugar del mundo, Moscú, París, Londres… eran iguales en todas partes.
– Cuéntame otra vez lo que ocurrió, Gordon, sin olvidar detalle.
Gordon Brown hizo lo que le mandaba y ella le escuchó con paciencia, sin ningún comentario. Por último asintió.
– Hemos tenido suerte, Gordon, mucha suerte. Anda y ve a la cocina, a preparar un poco de café para los dos. Tengo que hacer un par de llamadas -le oprimió la mano-. Luego pasaremos un rato muy especial tú y yo.
– ¿De veras? -se le animaron las facciones, y salió.
Ella descolgó y llamó al apartamento de Makeiev en París. Estuvo largo rato sonando, pero cuando iba a desistir respondieron al otro lado y ella dijo:
– ¿Josef? Soy Tania.
– Me has pillado en la ducha. Estoy empapando la alfombra.
– Serán sólo unos segundos, Josef. Es para decirte adiós. Estoy quemada. Mi informador se ha descubierto. De un momento a otro echarán abajo la puerta.
– ¡Dios mío! -exclamó él-. ¿Y Dillon?
– En seguridad, y funcionando a plena marcha. Lo que va a hacer ese hombre incendiará el mundo.
– Pero… ¿y tú, Tania?
– No te preocupes, no dejaré que me atrapen. Adiós, Josef.
Colgó, encendió un cigarrillo y a continuación llamó al hotel dando el número de la habitación de Dillon, que contestó en seguida.
– Soy Tania -dijo-. Algo ha salido mal.
Él se lo tomó con aparente calma.
– ¿Muy mal?
– Descubrieron a mi informador y luego lo dejaron suelto, y el pobre idiota los ha encaminado hasta mí. La secreta está al fondo de la calle, o mucho me equivoco.