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El Ojo Del Huracan

Электронная книга - «El Ojo Del Huracan». Краткое содержание книги:

Una feroz guerra subterránea… y el más audaz de los atentados. Sean Dillon es un asesino. Quizá su atracción por la violencia surgiera de la convicción política cuando formó parte del IRA. Pero ya ha perdido las referencias y los escrúpulos. Dillon es un sicario, un carísimo sicario. Tan caro que sólo un magnate iraquí del petróleo puede pagarle. Son los tiempos de la guerra del Golfo, y un magnicidio puede afectar el equilibrio de los aliados. Se trata de un extraordinario desafío, que sólo Dillon puede abordar. Y él mismo fijará el blanco: el primer ministro británico, John Major.
La minuciosa preparación del golpe, los ciegos esfuerzos del servicio secreto por evitarlo, forman el nudo de una obra tan inteligente como trepidante. La maestría de Jack Higgins -de quien Grijalbo ha publicado Ha llegado el águila y El águila emprende el vuelo- alcanza en esta obra la máxima sutileza, energía y verosimilitud.
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Con una seña a Lane, se puso en pie y se encaminó hacia la puerta. El inspector le siguió y una vez fuera vieron a Mackie en el antedespacho, todavía con la gabardina y el sombrero impermeable puestos, y con una bolsa de plástico en la mano.

– ¿Han encontrado algo, sargento? -le preguntó Lane.

– Creo que así podríamos decirlo, señor -Mackie sacó de la bolsa un archivador de cartón y lo mostró-. Una colección bastante interesante.

Las copias de los informes aparecían pulcramente clasificadas; las primeras eran las de fecha más reciente, de los comunicados dirigidos al primer ministro. Lane comentó:

– ¡Caramba, brigadier! A lo que parece, andaba en esto desde hace bastante tiempo.

– Ya lo veo -dijo Ferguson-. Pero, ¿con qué finalidad?

– ¿Quiere decir que trabajaba para alguien, señor?

– Indudablemente. Estoy ocupado en una operación de naturaleza muy delicada. Hubo en París un atentado contra un hombre que trabajaba para mí, y murió una mujer. Nosotros nos preguntábamos cómo pudo localizarles el malo de la película, digamos para entendernos. Ahora ya lo sabemos; los detalles de estos informes eran comunicados a una tercera persona. Eso debió ser.

Lane asintió.

– Será preciso continuar con el interrogatorio.

– No, porque andamos escasos de tiempo. Vamos a intentarlo de otra manera. Dejemos que se vaya. Es un simple, y creo que hará lo más simple.

– Estoy de acuerdo, señor -se volvió Lane hacia su ayudante-. No le pierda de vista, Mackie, o tendrá que volver a patrullar las calles en Brixton. Y yo con usted, si fracasamos.

Los dos policías salieron a toda prisa, y Ferguson abrió la puerta y entró de nuevo en su despacho, yendo a ocupar su sillón.

– Un asunto muy lamentable, Gordon.

– ¿Qué harán conmigo, brigadier?

Ferguson tomó entre las manos la copia del informe.

– Tendré que pensarlo. Ha cometido usted una estupidez incalificable -y agregó con un suspiro-: Váyase, Gordon. Váyase a casa. Hablaremos mañana por la mañana.

Gordon Brown apenas lograba creer en su buena suerte. Sin darse apenas cuenta de lo que hacía, abrió la puerta del despacho y salió al pasillo en dirección al guardarropa del personal. Acababa de salvarse por los pelos. Aquello podía haber significado el fin, y no sólo la pérdida de su carrera y su jubilación, sino incluso la cárcel. Ahora lo que se imponía era echar cruz y raya, y Tania tendría que aceptarlo. Bajó al sótano al tiempo que se ponía el abrigo, se metió en su coche y momentos después enfilaba hacia Whitehall, seguido de cerca por Mackie y Lane en el Ford Capri del sargento, que llevaba una matrícula corriente.

En el barrio de Covent Garden las tiendas abrían por la noche, y Dillon lo sabía. Pese al frío invernal las calles aún tenían muchos transeúntes, y él se dio prisa en dirigirse a la tienda de atrezzo teatral de Clayton cerca de Neal's Yard. Halló iluminados los escaparates, la puerta cedió al empujarla y sonó la campanilla.

Clayton apartó la cortinilla, sonriendo.

– ¡Ah! Es usted. ¿En qué puedo servirle?

– Pelucas -solicitó Dillon.

– Tenemos un buen surtido -decía verdad; las había de todas clases, de cabello corto, de cabello largo, onduladas, rubias, pelirrojas.

Dillon seleccionó una media melena de cabello gris.

– Entiendo -dijo Clayton-. ¿Un papel de abuelita?

– Algo parecido. ¿Y la ropa? No quiero nada de fantasía, prendas de segunda mano serían lo mejor.

– Pase.

Clayton se metió en la trastienda y Dillon le siguió. Había muchas estanterías con ropa y un montón de prendas en un rincón. Le pasó revista con mucha soltura y seleccionó una falda larga de color castaño con cintura elástica y una vieja gabardina larga que le llegaba casi hasta los tobillos.

– Qué papel va a ser, ¿una vagabunda o la bruja del saco?

– Se llevaría usted una sorpresa -Dillon había visto unos tejanos en el montón; se hizo con ellos y luego seleccionó entre los zapatos de otro montón un par de mocasines que habían visto mejores tiempos.

– Esto servirá -dijo-. ¡Ah!, y esto -tomando una antigua pañoleta de un estante-. Métalo todo en un par de bolsas de plástico y dígame cuánto le debo.

Clayton se puso a empaquetar.

– Debería darle las gracias por llevarse todo eso, pero hay que comer. Serán diez pavos para usted.

Dillon pagó y se hizo con las bolsas.

– Muchas gracias.

Clayton fue a abrirle la puerta.

– A usted, y déles un buen espectáculo.

– ¡Ah!, ya lo creo -replicó Dillon, y en seguida enfiló a paso vivo hacia la esquina, donde hizo seña a un taxi y regresó al hotel.

Cuando Tania Novikova fue a abrir la puerta y se encontró con Gordon Brown supo en seguida, por instinto, que algo iba mal.

– ¿Qué pasa, Gordon? Te prometí que iría a verte.

– Necesitaba hablar contigo, Tania, era urgente. ¡Ha pasado una cosa terrible!

– Tranquilízate -dijo ella-. Tómalo con calma. Sube y cuéntamelo todo.

Lane y Mackie se hallaban estacionados al fondo de la calle y el inspector usó en seguida el teléfono del coche para comunicar la dirección a Ferguson.

– El sargento Mackie ha inspeccionado la entrada, señor. La tarjeta dice que es una tal Tania Novikova.

– ¡Por Dios! -exclamó Ferguson.

– ¿La conoce, señor?

– Una supuesta secretaria de la embajada soviética, inspector. En realidad es capitana del KGB.

– Entonces seguro que debe actuar a las órdenes del coronel Yuri Gatov, señor, que es el encargado de la estación de Londres.

– Yo no estoy tan seguro. Gatov es hombre de Gorbachev y de ideas muy prooccidentales. Tengo entendido, en cambio, que la Novikova se sitúa más a la derecha que Gengis Jan. Me extrañaría que Gatov estuviera enterado de todo esto.

– ¿Va a notificárselo, señor?

– Todavía no. Oigamos primero lo que tiene que decir ella. Es información lo que buscamos.

– ¿Quiere que entremos, señor?

– No, esperen un poco. Estaré con ustedes dentro de veinte minutos.

Tania miró con cautela por entre las cortinas. Al fondo de la calle vio a Mackie de pie junto a su coche y eso fue suficiente; ella era capaz de reconocer a un policía en cualquier lugar del mundo, Moscú, París, Londres… eran iguales en todas partes.

– Cuéntame otra vez lo que ocurrió, Gordon, sin olvidar detalle.

Gordon Brown hizo lo que le mandaba y ella le escuchó con paciencia, sin ningún comentario. Por último asintió.

– Hemos tenido suerte, Gordon, mucha suerte. Anda y ve a la cocina, a preparar un poco de café para los dos. Tengo que hacer un par de llamadas -le oprimió la mano-. Luego pasaremos un rato muy especial tú y yo.

– ¿De veras? -se le animaron las facciones, y salió.

Ella descolgó y llamó al apartamento de Makeiev en París. Estuvo largo rato sonando, pero cuando iba a desistir respondieron al otro lado y ella dijo:

– ¿Josef? Soy Tania.

– Me has pillado en la ducha. Estoy empapando la alfombra.

– Serán sólo unos segundos, Josef. Es para decirte adiós. Estoy quemada. Mi informador se ha descubierto. De un momento a otro echarán abajo la puerta.

– ¡Dios mío! -exclamó él-. ¿Y Dillon?

– En seguridad, y funcionando a plena marcha. Lo que va a hacer ese hombre incendiará el mundo.

– Pero… ¿y tú, Tania?

– No te preocupes, no dejaré que me atrapen. Adiós, Josef.

Colgó, encendió un cigarrillo y a continuación llamó al hotel dando el número de la habitación de Dillon, que contestó en seguida.

– Soy Tania -dijo-. Algo ha salido mal.

Él se lo tomó con aparente calma.

– ¿Muy mal?

– Descubrieron a mi informador y luego lo dejaron suelto, y el pobre idiota los ha encaminado hasta mí. La secreta está al fondo de la calle, o mucho me equivoco.

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