Deja en paz al diablo
- Автор: Вердон Джон
- Серия: Dave Gurney [es] #3
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Deja en paz al diablo». Краткое содержание книги:
Han pasado seis meses. David Gurney apenas ha conseguido reincorporarse a una cierta normalidad después de haberse encontrado al borde de la muerte tras resolver el caso más peligroso al que se había enfrentado. Madeleine, su esposa, está preocupada: ha sido diagnosticado con síndrome de estrés postraumático; nada parece alegrarle.
Hasta que recibe una llamada. Connie Clark, la periodista que creó la leyenda de superpoli, lo puso en la portada de una revista y lo catapultó a la fama, quiere pedirle ayuda. Su hija Kim está realizando un documental sobre las familias de las víctimas de un asesino en serie al que nunca atraparon, el Buen Pastor, y Connie quiere que Gurney supervise sus investigaciones y la guíe. En parte por aburrimiento y en parte por hacerle un favor a Connie, Gurney acepta.
Sin embargo, esto no será más que el principio. Incapaz de ponerle coto a su curiosidad y a su necesidad de resolver cada una de las incógnitas que se le presentan, David Gurney se verá arrastrado a una investigación para descubrir la verdadera identidad del asesino. Un asesino que es tan imprevisible como peligroso.
Si en Sé lo que estás pensando te asombró y en No abras los ojos te aterró, con Deja en paz al diablo, John Verdon consigue lo inesperado: sorprender al lector a cada página hasta dejarlo sin aliento.
– Cada vez que te pones ahí, entra el olor del humo.
Gurney cerró la puerta cristalera, que había abierto un momento antes -por enésima vez esa mañana- para tener una visión más clara del granero, o de lo que quedaba de él.
La mayor parte de las paredes de madera y todo el techo se habían perdido en el pavoroso incendio de la noche anterior. Todavía quedaba una estructura esquelética de postes y vigas, pero en un estado demasiado precario para que sirviera de nada en el futuro. Habría que demoler todo lo que permanecía en pie.
La tenue niebla, lentamente empujada por el viento, daba a la escena una sensación de extrañeza que desorientaba. O quizá se sentía desorientado porque no había dormido. La personalidad de pescado hervido del especialista en incendios del DIC tampoco ayudaba. El hombre había llegado a las 8.00 para tomar las riendas y relevar al departamento de bomberos local y a los agentes uniformados. Llevaba casi dos horas revolviendo entre las cenizas y los escombros.
– ¿Ese tipo sigue ahí? -preguntó Kyle. Estaba sentado al fondo de la sala, en uno de los sillones que había al lado de la chimenea.
Kim estaba sentada al otro lado.
– Se está tomando su tiempo -dijo Gurney.
– ¿Crees que descubrirá algo útil?
– Depende de lo bueno que sea él y de lo descuidado que fuera el pirómano.
El investigador del DIC estaba metido en la niebla gris, caminando otra vez con exasperante lentitud en torno al perímetro de la estructura en ruinas. Lo acompañaba un gran perro atado con una larga correa. Daba la impresión de que podía ser un labrador negro o marrón, sin duda un animal muy bien adiestrado para detectar acelerantes, como su maestro lo estaba para recopilar pistas después de un incendio.
– Todavía huele a humo -dijo Madeleine-. Probablemente está en tu ropa. Deberías darte una ducha.
– Dentro de un rato -dijo Gurney-. Tengo demasiadas cosas en que pensar.
– Al menos cámbiate la camisa.
– Lo haré…, pero ahora no.
– Bueno -dijo Kyle después de un silencio incómodo-, ¿tienes alguna sospecha sobre quién podría haber hecho esto?
– Sospechas sí que tengo, claro, como siempre, pero eso es muy distinto de acusar a nadie.
Kyle se sentó en el borde del sillón.
– He estado dándole vueltas toda la noche. No he podido dormir ni siquiera después de que se marcharan los camiones de bomberos.
– No creo que ninguno de nosotros haya dormido. Yo, por lo menos, no he pegado ojo.
– Probablemente se delatará.
Gurney apartó la mirada de la puerta y miró a Kyle.
– ¿El pirómano? ¿Por qué lo dices?
– ¿Esos idiotas no terminan siempre alardeando de su hazaña en algún bar?
– A veces.
– ¿No crees que este lo haga?
– Depende de por qué prendió el fuego.
Kyle parecía sorprendido.
– ¿Y si es un cazador lunático y borracho que estaba cabreado por los carteles de «prohibido cazar»?
– Supongo que es una posibilidad.
Madeleine frunció el ceño sobre su taza de café.
– Considerando que ha arrancado media docena de nuestros carteles y les ha prendido fuego delante de la puerta de nuestro granero, diría que es más que una posibilidad.
Gurney miró colina abajo.
– Esperemos a ver qué dice el hombre del perro.
Kyle parecía intrigado.
– Cuando arrancó los carteles para quemarlos, probablemente dejara huellas de pisadas en el suelo, quizás incluso dejara huellas dactilares en los postes de la cerca. Hasta es posible que se le cayera algo. ¿Deberíamos decírselo a ese tipo?
Gurney sonrió.
– Si sabe hacer su trabajo, no tenemos por qué abrir la boca. Y si no sabe hacerlo, decírselo no va a ayudar en nada.
Kim hizo un extraño sonido de estremecimiento y se hundió más en su sillón.
– Me da escalofríos saber que estaba allí al mismo tiempo que yo, acechando en la oscuridad.
– Al mismo tiempo que estabais todos allí -dijo Madeleine.
– Exacto -dijo Kyle-. En el banco. Uf, podría haber estado a unos metros de nosotros.
O a unos centímetros, pensó Gurney, que recordó que había pasado muy cerca del granero.
– Se me acaba de ocurrir algo -dijo Kyle-: en los dos años que lleváis aquí, ¿ha venido alguien que quisiera cazar en vuestra propiedad?
– Unos cuantos, cuando nos trasladamos aquí -respondió Madeleine-. Siempre dijimos que no.
– Bueno, quizás este tipo es uno de los que rechazasteis. ¿Alguno de ellos se cabreó particularmente, diciendo que él tenía derecho a cazar aquí…?
– Algunos eran más amistosos que otros, pero no recuerdo nada en especial.
– ¿Alguna amenaza? -preguntó Kyle.
– No.
– ¿Vandalismo?
– No. -Madeleine reparó en que la mirada de Gurney se dirigía a la flecha de emplumado rojo que reposaba sobre el aparador-. Creo que tu padre está tratando de decidir si eso cuenta como vandalismo.
– ¿Si el qué cuenta? -preguntó Kyle, con los ojos desorbitados.
Madeleine siguió mirando a Gurney.
– Una flecha de punta afilada -dijo él, señalándola-. El otro día la encontré clavada en el jardín elevado.
Kyle se levantó y la recogió, frunciendo el ceño.
– Qué raro. ¿Ha pasado alguna otra cosa extraña?
Gurney se encogió de hombros.
– No, aparte de que encontré encallado el tractor que no estaba encallado la última vez que lo usé, o un puercoespín en el garaje…
– O un mapache muerto en la chimenea, o una serpiente en el buzón -añadió Madeleine.
– ¿Una serpiente? ¿En tu buzón? -Kim parecía horrorizada.
– Pequeña, hace más de un año -dijo Gurney.
– Me dio un susto de muerte -afirmó Madeleine.
Kyle paseó la mirada entre ellos.
– Si todo eso ocurrió después de poner los carteles de «prohibido cazar», podría significar algo.
– Como estoy seguro de que te han explicado en tus clases en la Facultad de Derecho -dijo Gurney, con más severidad de la que pretendía-, la secuencia no es prueba de causalidad.
– Pero si arrancó vuestros carteles… Quiero decir… Si el tipo que provocó el incendio no era un cazador cabreado que pensaba que le estabais arrebatando su derecho divino a acribillar ciervos, entonces ¿quién era? ¿Quién más podría hacer una cosa así?
Mientras estaban allí de pie, hablando junto a la puerta cristalera, Kim se había acercado desde la chimenea y se unió a ellos. Habló con voz frágil, insegura.
– ¿Crees que podría haber sido la misma persona que serró el peldaño en mi sótano?
Gurney y su hijo parecían a punto de responder cuando un sonido metálico procedente del exterior atrajo su atención.
Gurney miró a través de la puerta cristalera hacia los restos del granero. Hubo otro sonido. Solo distinguió al investigador, arrodillado, empuñando lo que parecía ser un pequeño mazo y golpeando contra el suelo de cemento del granero.
Kyle llegó desde el otro extremo de la sala y se puso al lado de su padre.
– ¿Qué demonios está haciendo?
– Probablemente está ensanchando una grieta en el suelo con un mazo y un escoplo, para conseguir una muestra de la tierra de debajo.
– ¿Para qué?
– Cuando un acelerante líquido llega al suelo, tiende a filtrarse en las rendijas disponibles. Si encuentra debajo del suelo una muestra que no haya ardido, la identificación será más fácil.
– ¿Rociaron nuestro granero con gasolina antes de prenderle fuego? -dijo Madeleine, cuya mirada dejaba ver lo indignada que se sentía.
– Gasolina o algo similar.
– ¿Cómo lo sabes? -preguntó Kim, que se alejó de la chimenea.
Kyle, al ver que Gurney no respondía, explicó:
– Por la velocidad con la que ardió. Un fuego normal no podría extenderse tan deprisa por ese edificio. -Miró a su padre-. ¿No?
– Exacto -murmuró Gurney distraídamente.