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Deja en paz al diablo

Электронная книга - «Deja en paz al diablo». Краткое содержание книги:

Nada es nunca lo que parece. Y menos si David Gurney está involucrado.
Han pasado seis meses. David Gurney apenas ha conseguido reincorporarse a una cierta normalidad después de haberse encontrado al borde de la muerte tras resolver el caso más peligroso al que se había enfrentado. Madeleine, su esposa, está preocupada: ha sido diagnosticado con síndrome de estrés postraumático; nada parece alegrarle.
Hasta que recibe una llamada. Connie Clark, la periodista que creó la leyenda de superpoli, lo puso en la portada de una revista y lo catapultó a la fama, quiere pedirle ayuda. Su hija Kim está realizando un documental sobre las familias de las víctimas de un asesino en serie al que nunca atraparon, el Buen Pastor, y Connie quiere que Gurney supervise sus investigaciones y la guíe. En parte por aburrimiento y en parte por hacerle un favor a Connie, Gurney acepta.
Sin embargo, esto no será más que el principio. Incapaz de ponerle coto a su curiosidad y a su necesidad de resolver cada una de las incógnitas que se le presentan, David Gurney se verá arrastrado a una investigación para descubrir la verdadera identidad del asesino. Un asesino que es tan imprevisible como peligroso.
Si en Sé lo que estás pensando te asombró y en No abras los ojos te aterró, con Deja en paz al diablo, John Verdon consigue lo inesperado: sorprender al lector a cada página hasta dejarlo sin aliento.
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Aun así, a pesar de las dudas sobre sí mismo, de la incertidumbre, podría poner la mano en el fuego por que había algo disparatado en el caso del Buen Pastor, algo que no encajaba. Su sentido para percibir la discrepancia nunca lo había defraudado y no pensaba…

Un sonido de pisadas que parecía proceder de la zona del granero interrumpió sus pensamientos. Vio una pequeña luz que se movía en el prado, entre el granero y la casa. Era la luz de una linterna de alguien que bajaba por la senda del prado.

– ¿Papá? -dijo Kyle.

– Estoy aquí -contestó Gurney-. Junto al estanque.

El haz de la linterna se movió hacia él y lo encontró.

– ¿Hay animales aquí, de noche?

Gurney sonrió.

– Ninguno que tenga interés en conocerte.

Kyle llegó al banco al cabo de un momento.

– ¿Te importa que me siente?

– Por supuesto que no. -Gurney se movió un poco para dejarle más sitio.

– Vaya, está muy oscuro. -Oyeron un ruido procedente del otro lado del estanque-. ¡Oh, mierda! ¿Qué demonios ha sido eso?

– Ni idea.

– ¿Estás seguro de que no hay animales en el bosque?

– El bosque está lleno de animales: ciervos, osos, zorros, coyotes, linces rojos…

– ¿Osos?

– Osos negros. Por lo general son inofensivos. A menos que tengan oseznos.

– ¿En serio que hay linces rojos?

– Uno o dos. A veces, cuando subo la colina, veo alguno, iluminado por los faros.

– Vaya. Es muy salvaje. Nunca he visto un lince rojo.

Se quedaron en silencio unos instantes. Gurney estaba a punto de preguntarle en qué estaba pensando cuando Kyle continuó: -¿De verdad crees que hay más cosas en el caso del Buen Pastor de lo que la gente cree?

– Podría ser.

– Parecías bastante seguro al teléfono. Creo que eso es lo que ha molestado tanto a Kim.

– Sí, bueno…

– ¿Qué crees que se le ha pasado por alto a todo el mundo?

– ¿Cuánto sabes del caso?

– Como te he dicho antes de cenar, todo. Al menos todo lo que salió en la tele.

Gurney negó con la cabeza en la oscuridad.

– Tiene gracia, no recuerdo que estuvieras tan interesado.

– Bueno, lo estaba. Pero no hay razón para que lo recordaras. O sea, nunca estabas allí.

– Estaba cuando venías los fines de semana. Al menos los domingos.

– Estabas físicamente, pero siempre parecías…, no sé, como si tu cabeza te mantuviera atado a algo importante.

– Y… supongo que… después de que te liaras con Stacey Marx… no venías cada fin de semana.

– No, supongo que no.

– Después de que rompieras, ¿mantuviste el contacto con ella?

– ¿Nunca te lo conté?

– Creo que no.

– Stacey se enganchó a las drogas. Entraba y salía de rehabilitación. Bastante hecha polvo, la verdad. La vi en la boda de Eddie Burke. ¿Te acuerdas de Eddie Burke?

– Más o menos. ¿El chico pelirrojo?

– No, ese era su hermano Jimmy. No importa. Stacey está fatal.

Otro silencio. Gurney sentía que su mente funcionaba lenta, desconcentrada, inquieta.

– Hace mucho frío aquí -dijo Kyle-. ¿Quieres volver a la casa?

– Sí, subiré dentro de un minuto.

Ninguno de los dos se movió.

– Bueno…, no has terminado de decir qué es lo que te inquieta del caso del Buen Pastor. Parece que eres la única persona que tiene un problema con él.

– Quizás ese es el problema.

– Eso es demasiado zen para mí.

Gurney soltó una risa aguda y corta.

– El problema es la pasmosa falta de pensamiento crítico. Todo el asunto está demasiado bien empaquetado, es demasiado simple y demasiado útil para demasiada gente. No ha sido cuestionado, discutido, puesto a prueba, desgarrado y pateado. Creo que hay demasiados expertos poderosos e influyentes a los que les gusta cómo está, como un libro de texto de asesinatos en serie cometidos por un psicópata de manual.

– Pareces cabreado -dijo Kyle después de un breve silencio.

– ¿Alguna vez has visto cómo queda alguien al que le han disparado con una bala expansiva de calibre cincuenta en un lado de la cabeza?

– Muy mal, supongo.

– Es la cosa más deshumanizante que se pueda imaginar. El Buen Pastor se lo hizo a seis personas. No solo las mató. Las destrozó y las convirtió en algo patético y horrible. -Gurney apartó la mirada a la oscuridad antes de continuar-. Esas personas merecen más de lo que han recibido. Merecen un debate más serio. Merecen que se formulen algunas preguntas.

– Entonces, ¿cuál es el plan? ¿Encontrar cabos sueltos y tirar de ellos?

– Si puedo…

– Bueno, es en eso en lo que eres bueno.

– Lo era. Ya veremos.

– Tendrás éxito. Nunca has fallado en nada.

– Por supuesto que sí.

Otro breve silencio.

– ¿Qué clase de preguntas?

– Hum. -Gurney estaba pensando en sus propios defectos.

– Solo quería saber qué clase de preguntas tienes in mente.

– Oh, no lo sé. Algunas cuestiones bastante amorfas sobre qué tipo de personalidad se corresponde con el lenguaje empleado en el manifiesto, sobre la logística de los crímenes, acerca de la elección del arma. Y muchas preguntas menores, como por qué todos los coches eran negros…

– O por qué todos estaban construidos en Sindelfingen.

– ¿Por qué todos…? ¿Qué?

– Los seis coches estaban construidos en la planta de Mercedes de Sindelfingen, en las afueras de Stuttgart. Probablemente no significa nada. Solo es un pequeño detalle un tanto extraño.

– ¿Cómo demonios sabes una cosa así?

– Te dije que presté mucha atención.

– ¿Ese detalle de Sindelfingen salió en las noticias?

– No. Los años y los modelos de los coches sí salieron en las noticias. Ya sabes, traté de averiguar algunas cosas. Me pregunté qué podían tener en común los coches, además de la marca y el color. Mercedes tiene un montón de plantas de montaje por todo el mundo, pero esos seis coches procedían de Sindelfingen. Solo es una coincidencia.

Aunque estaba muy oscuro para verle la cara, Gurney se volvió hacia Kyle.

– Todavía no entiendo por qué…

– ¿Por qué me molesté en mirar eso? No lo sé. Supongo que…, supongo que me interesaban un montón de esas cosas… como crímenes…, asesinatos…, cosas así.

Gurney no sabía qué decir, se sentía anonadado. Diez años antes su hijo había estado jugando a detective. ¿Y desde cuánto tiempo antes? ¿O después? ¿Y por qué demonios no se había enterado? ¿Cómo podía ser que no se hubiera fijado en eso?

«Joder, ¿tan inabordable era? ¿Tan perdido estaba en mi profesión, en mis pensamientos, en mis prioridades?»

Sintió que las lágrimas acudían a sus ojos y no supo qué hacer.

Tosió y se aclaró la garganta.

– ¿Qué hacen en Sindelfingen?

– La gama más alta. Eso explicaría algo, tal vez. Supongo que si el Buen Pastor buscaba los modelos más caros de Mercedes, bueno, esa es la planta donde los hacían.

– Aun así es interesante. Y te tomaste tiempo para descubrirlo.

– Bueno, ¿quieres subir a la casa? -dijo Kyle después de una pausa-. Parece que quiere llover.

– Dame un minuto. Ve yendo tú.

– ¿Quieres que te deje la linterna? -Kyle la encendió, alumbrando pendiente arriba, hacia las matas de espárragos.

– No, no te preocupes. Conozco bien los obstáculos que hay en el camino.

– Vale. -Kyle se levantó despacio, tanteando la regularidad del terreno de delante del banco. Hubo una pequeña salpicadura al borde del estanque-. ¿Qué demonios era eso?

– Una rana.

– ¿Estás seguro? ¿No hay serpientes?

– Pocas. Pequeñas e inofensivas.

Kyle pareció pensarlo durante un rato.

– Vale -dijo-. Te veo en la casa.

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