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Deja en paz al diablo

Электронная книга - «Deja en paz al diablo». Краткое содержание книги:

Nada es nunca lo que parece. Y menos si David Gurney está involucrado.
Han pasado seis meses. David Gurney apenas ha conseguido reincorporarse a una cierta normalidad después de haberse encontrado al borde de la muerte tras resolver el caso más peligroso al que se había enfrentado. Madeleine, su esposa, está preocupada: ha sido diagnosticado con síndrome de estrés postraumático; nada parece alegrarle.
Hasta que recibe una llamada. Connie Clark, la periodista que creó la leyenda de superpoli, lo puso en la portada de una revista y lo catapultó a la fama, quiere pedirle ayuda. Su hija Kim está realizando un documental sobre las familias de las víctimas de un asesino en serie al que nunca atraparon, el Buen Pastor, y Connie quiere que Gurney supervise sus investigaciones y la guíe. En parte por aburrimiento y en parte por hacerle un favor a Connie, Gurney acepta.
Sin embargo, esto no será más que el principio. Incapaz de ponerle coto a su curiosidad y a su necesidad de resolver cada una de las incógnitas que se le presentan, David Gurney se verá arrastrado a una investigación para descubrir la verdadera identidad del asesino. Un asesino que es tan imprevisible como peligroso.
Si en Sé lo que estás pensando te asombró y en No abras los ojos te aterró, con Deja en paz al diablo, John Verdon consigue lo inesperado: sorprender al lector a cada página hasta dejarlo sin aliento.
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Le estaba dando vueltas a la idea de Kim acerca de que el saboteador de la escalera y quien había quemado el granero podrían ser la misma persona. Se volvió hacia ella.

– ¿Por qué has dicho eso?

– ¿El qué?

– Que la persona que entró en tu sótano podría ser la misma que incendió el granero.

– No sé, se me ha ocurrido.

– Dime una cosa -dijo con suavidad, al recordar algo que le había querido preguntar ya la noche anterior-: ¿significa algo para ti la frase «deja en paz al diablo»?

La mirada de la chica reflejó su miedo. Dio un pasito hacia atrás.

– ¡Oh, Dios mío! ¿Cómo sabes eso?

23

Sospecha

Gurney vaciló, sorprendido por la reacción de Kim.

– ¡Robby! -gritó ella-. Mierda, Robby te lo contó, ¿no? Pero si te lo contó, ¿por qué me preguntas si significa algo para mí?

– Me gustaría que me lo contaras tú.

– Esto no tiene sentido.

– Hace dos noches oí algo en tu sótano.

La expresión de Kim se congeló.

– ¿Qué?

– Una voz. Un susurro, de hecho.

Kim se quedó lívida.

– ¿Qué clase de susurro?

– No muy agradable.

– ¡Oh, Dios mío! -La chica tragó saliva-. ¿Había alguien en el sótano? ¡Oh, Dios mío! ¿Era un hombre o una mujer?

– Cuesta decirlo. Diría que un hombre. Estaba oscuro. No vi nada.

– ¡Cielo santo! ¿Qué dijo?

– Deja en paz al diablo.

– ¡Oh, Dios mío! -Sus ojos, aterrorizados, parecían estar recorriendo un terreno peligroso.

– ¿Qué significa eso para ti?

– Es… el final de un cuento que me contaba mi padre cuando era pequeña. El cuento más aterrador que he oído nunca.

Gurney se fijó en que Kim estaba hurgando con la uña del dedo corazón en la cutícula de su pulgar mientras hablaba, tratando de arrancarse trocitos de piel.

– Siéntate -dijo Dave-, tranquila. No pasa nada.

– ¿Tranquila?

Dave sonrió y habló con suavidad.

– ¿Puedes contarnos la historia?

Se calmó apoyándose en el respaldo de la silla más cercana a la mesa. Luego cerró los ojos y cogió aire varias veces.

Al cabo de más o menos un minuto, abrió los ojos y empezó con voz temblorosa.

– En realidad, el cuento… era muy corto y sencillo, pero cuando era pequeña me parecía tremendo…, terrorífico. Era como si me arrastraran a otro mundo, como una pesadilla. Mi padre decía que era un cuento de hadas, pero lo explicaba como si fuera real.

Tragó saliva y continuó:

– Había un rey que dictó una ley por la cual una vez al año todos los niños malos del reino tenían que ser llevados a su castillo, todos los niños que se metían en líos, que mentían o que eran desobedientes. Eran niños tan malos que sus padres ya no los querían. El rey los mantenía un año entero en el castillo. Les daba buena comida, ropa y camas cómodas, y libertad para hacer lo que quisieran…, con una salvedad. Había una habitación en la parte más recóndita y oscura del sótano del castillo a la que no podían acercarse. Era una habitación pequeña y fría, y allí dentro solo había una cosa: un gran y mohoso arcón de madera. El arcón era, en realidad, un ataúd viejo y podrido. El rey les contaba a los niños que allí dormía el diablo, el diablo más malvado del mundo. Cada noche, después de que los niños se acostaran, el rey iba de cama en cama y susurraba al oído de cada niño: «Nunca bajes a la habitación más oscura. Aléjate del ataúd podrido. Si quieres sobrevivir esta noche, deja en paz al diablo». Pero no todos los niños eran lo bastante prudentes para obedecer al rey. Algunos de ellos sospechaban que se había inventado la historia del diablo en el arcón porque era allí donde escondía sus joyas. De vez en cuando un niño se levantaba de noche, se colaba en el cuarto oscuro y abría aquel arcón podrido que recordaba a un ataúd. Entonces se oía un grito desgarrador por todo el castillo, como el alarido de un animal atrapado entre las fauces de un lobo. Y nunca se volvía a ver al niño.

Se hizo un silencio de desconcierto en torno a la mesa.

– Joder, ¿ese era el cuento que tu padre te contaba antes de que te fueras a dormir? -dijo Kyle.

– No me lo contaba con mucha frecuencia, pero, cada vez que lo hacía, me aterrorizaba. -Kim miró a Gurney-. Cuando has dicho «deja en paz al diablo», he vuelto a sentir esa sensación gélida. Pero… no entiendo cómo alguien podía estar esperándote en el sótano…, o por qué podría haberte susurrado esto al oído. ¿Qué sentido tiene?

Madeleine quiso hacer una pregunta que la inquietaba, pero alguien llamó con firmeza a la puerta lateral y la interrumpió.

Era el investigador del incendio. Era un tipo más viejo, más gordo, con un cabello más gris y considerablemente menos atlético que la mayoría de los detectives del DIC. Las comisuras externas de sus ojos indiferentes parecían permanentemente caídas, como si llevara toda una vida sintiéndose decepcionado por el comportamiento de los seres humanos.

– He completado mi inspección inicial del lugar. -Su voz cansada complementaba su imagen-. Ahora necesito que me proporcionen cierta información.

– Pase -dijo Gurney.

El hombre se limpió los pies con cuidado -casi de manera obsesiva- en el felpudo antes de seguir a Gurney a través del pasillo del lavadero hasta la cocina. Miró a su alrededor con un aire de desinterés que -Gurney estaba seguro de ello- ocultaba un hábito de suspicaz escrutinio. Los investigadores de incendios que había conocido en Nueva York eran siempre muy observadores.

– Como acabo de decirle al señor Gurney, necesito cierta información de cada uno de ustedes.

– ¿Me puede repetir su nombre? -preguntó Kyle-. No lo he retenido cuando ha llegado esta mañana.

El hombre lo miró con desconcierto. Gurney sopesó el matiz agresivo en el tono de su hijo.

– Investigador Kramden -respondió al cabo de un momento.

– ¿En serio? ¿Como Ralph?

Otra mirada de desconcierto.

– ¿Ralph? ¿En The Honeymooners?

El hombre negó con la cabeza de un modo que parecía más un desprecio a la pregunta que una respuesta. Se volvió hacia Gurney.

– Puedo hacer las entrevistas en mi furgoneta o aquí mismo, en la casa, si dispone de un espacio apropiado.

– Aquí mismo estaría bien.

– He de hacerlas individualmente, sin que haya nadie más presente, para evitar que los recuerdos de un testigo puedan verse influidos por los de otro.

– Me parece bien. Si mi mujer, mi hijo y la señorita Corazon están de acuerdo, lo dejo en sus manos.

– Por mí está bien -dijo Madeleine, aunque su tono parecía decir lo contrario.

– Yo no tengo objeción alguna -intervino Kim con incertidumbre.

– Da la impresión de que el investigador Kramden está pensando que podríamos resultar sospechosos -dijo Kyle, un tanto ansioso.

El hombre extrajo del bolsillo un pequeño dispositivo de grabación semejante a un iPod y lo estudió como si estuviera más interesado en eso que en el comentario de Kyle.

Gurney sonrió.

– No es de extrañar. En los incendios, los propietarios suelen ser los principales sospechosos.

– No siempre -dijo Kramden con voz suave.

– ¿Ha conseguido una buena muestra del suelo? -preguntó Gurney.

– ¿Por qué lo dice?

– ¿Por qué? Porque alguien prendió fuego a mi granero anoche y me gustaría saber si las dos horas que ha pasado ahí abajo han sido productivas.

– Diría que sí. -Hizo una pausa-. Lo que hemos de hacer ahora mismo es completar estas entrevistas.

– ¿En qué orden?

Kramden parpadeó.

– Usted primero.

– Supongo que el resto podemos ir al estudio -dijo Madeleine con frialdad- y esperar allí nuestro turno.

– Si no les importa.

Cuando Kyle y Kim estaban saliendo de la habitación, Madeleine se volvió, ya en el umbral.

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