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Электронная книга - «La Alcoba De La Reina». Краткое содержание книги:

Francia, junio de 1626.
Una niña de cuatro años vaga por el bosque: su nombre es Sylvie de Valaines y su familia ha sido asesinada. Un muchacho de diez años, François de Borbón-Vendôme, la encuentra y la lleva al castillo de Anet. Oculta tras un nuevo nombre y criada entre los Vendômes, Sylvie se convertirá en doncella de honor de la reina Ana de Austria y compartirá, sin quererlo, el mortal secreto del nacimiento del futuro Luis XIV.
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—Porque quise tomarme algún tiempo para reflexionar, y quizás intentar descubrir al asesino por mis propios medios, pero me temo no estar muy dotado para ello —contestó Raguenel con una sonrisa amarga—. De todas maneras, de no haberse celebrado la conferencia, os habría puesto al corriente.

—¡Vamos a mi casa! Estaremos tranquilos: mi mujer ha salido a visitar a una prima en la Rue des Francs-Bourgeois, y mi hijo Eusèbe está ocupado en la confección de la Gazette.

Con su curiosidad siempre despierta excitada hasta el frenesí, el padre de todos los periodistas futuros daba casi la impresión de padecer el baile de San Vito. Sólo se relajó una vez sentado frente a Raguenel, ambos separados por una mesa en la que dispuso vasos y una jarra de vino fresco.

—Servíos. Ahora, os escucho.

—Con una única condición: lo que voy a contaros está destinado exclusivamente a vuestros oídos. No debe ser en ningún caso publicado en la Gazette... ni en parte alguna.

—Tenéis mi palabra.

Perceval narró entonces la matanza de La Ferrière, aunque se abstuvo de mencionar la existencia de Sylvie. Quería mucho a Théophraste y tenía confianza en él, pero era un hombre demasiado próximo al cardenal y convenía evitar el riesgo de que se lo contara todo...

Mientras tanto, en Saint-Germain tenía lugar el último acto de un drama que se venía incubando desde hacía meses.

Corría el 19 de mayo, y en el patio del castillo una carroza esperaba a Mademoiselle de La Fayette. La amiga del rey se despedía ese día del mundo para entrar en religión, en la orden de las Hijas de la Visitación de Santa María. Así concluía la bella historia de amor de Luis XIII, minada por un exceso de intereses contrarios. La profunda piedad y la desesperación de Louise se conjugaban con la voluntad del cardenal, que, al no haber conseguido convertirla en una aliada suya, deseaba que se alejara. Todo ello a despecho de la familia de la joven y del confesor del rey, el padre Caussin, que, aunque había reconocido en ella la vocación religiosa, la animaba a continuar junto al rey porque detestaba a Richelieu. Y finalmente, también en contra de la resistencia desesperada de Luis XIII, destrozado en el alma por la idea de perder a la que llamaba su «bello lis». Fue un criado, un simple y vil criado, quien inclinó la balanza: un tal Boisenval que debía precisamente a Louise su posición de primer camarero del rey —¡el único favor que ella solicitó nunca!— y que, poseedor de la confianza del uno y de la otra, hizo todo lo posible para que riñeran, con la esperanza de conseguir así el favor del cardenal-ministro. Una de esas peleas llevó a Luis XIII, enloquecido de amor, a plantear la propuesta insensata que Sylvie había oído en el parque de Fontainebleau: apartarla de la corte e instalarla en Versalles, para entregarse allí enteramente el uno al otro. En ese instante, el pudor de Louise había podido medir la profundidad del abismo que la amenazaba... y en el que deseaba apasionadamente dejarse caer. Finalmente había tomado una decisión, y dicho adiós a la reina y a sus compañeras.

Quiso la casualidad que la corte estuviera de duelo. El emperador Fernando II, tío de Ana de Austria, acababa de morir, y los vestidos negros y las tocas habían sustituido a los colores vistosos y los escotes seductores. El ambiente se adaptaba bien al sufrimiento de la que marchaba así hacia el despojamiento de las vanidades mundanas; Louise de La Fayette derramó lágrimas sinceras al subir al coche y dejar Saint-Germain por el convento de la Rue Saint-Antoine.

En cuanto a Luis, había reprimido sus lágrimas y saltado a caballo unos momentos antes para ir a ocultar su dolor en su querido Versalles, no sin arrancar antes de su bienamada un último grito de amor:

—¡Ay, nunca volveré a verle!

En lo cual, se equivocaba.

Apenas desaparecieron la carroza de ella y los jinetes de la escolta de él, la reina pidió que se preparara su propio carruaje para regresar a París. En ausencia del rey, prefería poner una distancia mayor entre su persona y el cardenal, que seguía instalado en su castillo de Rueil, en medio de sus invernaderos y sus gatos. Además, el tiempo templado, gris y lluvioso, hacía infinitamente triste la vecindad del bosque próximo. Y para terminar, la llegada de la primavera había hecho que numerosos jóvenes reclutas fueran a nutrir, con vistas a próximas operaciones militares, los diferentes cuerpos de tropas del sur, donde el rey había ordenado recuperar de manos españolas las islas de Lérins; del norte, donde los tercios del cardenal-infante, hermano de la reina, no iban a tardar mucho en entrar en actividad; y también del este, porque en la Champaña se reunían hombres para marchar sobre Sedán, donde el conde de Soissons se había hecho fuerte y se negaba a someterse. En cuanto a la revuelta de los Croquants (los «palurdos», campesinos que protestaban por el aumento de los impuestos) en el Périgord, el mariscal de La Valette disponía de efectivos suficientes para acabar con ella sin necesidad de refuerzos.

Durante el viaje de regreso, Sylvie observó que Su Majestad secreteaba mucho con Mademoiselle de Hautefort, a la que había colocado a su lado. Por alguna razón conocida únicamente por ella, Marie parecía encantada de volver a aquel Louvre que, sin embargo, le gustaba muy poco.

La propia Sylvie no estaba descontenta de aproximarse al hôtel de Vendôme, adonde pensaba enviar a Jeannette en busca de noticias de François, de quien nada sabía desde el traslado a Saint-Germain.

Tal como lo temía, Jeannette volvió con las manos vacías: la familia estaba en el campo y no había noticias del duque de Beaufort. De modo que sólo cabía esperar y mirar caer la lluvia mientras rasgueaba melancólicamente su guitarra.

Una mañana, tres días después de su regreso, Jeannette le entregó un billete que acababa de traer uno de los lacayos que habían quedado en la Rue Saint-Honoré. Las pocas palabras que contenía aceleraron los latidos de su corazón: «Ola, gatita, tengo que hablarte en secreto. Un coche te esperará delante de la iglesia después de la hora de acostar a la reina.» Estaba escrito por una mano torpe, y con un montón de faltas de ortografía, pero llevaba la firma de François, del que Sylvie conocía desde siempre su desprecio por las artes de la pluma. Apretó el billete contra su corazón, lo cubrió de besos y lo deslizó en su corsé.

—Esta tarde quiero estar muy guapa —declaró a Jeannette, que rió al verla tan feliz.

—¿Qué nos pondremos? ¿Nuestro bello vestido blanco?

—Prefiero que no. No voy a un baile ni a una velada oficial. Me gustaría ponerme el vestido de tafetán color limón bordado con margaritas blancas y el escote de encaje. A él le gusta ese color, porque dice que es el del sol. ¡Una buena cosa en un tiempo tan triste!

—Estad tranquila. Estaréis muy bonita.

En efecto, el espejo se lo confirmó muy pronto. Jeannette la envolvió después en una gran capa con capuchón, de seda negra forrada de terciopelo, que la ocultaba totalmente, y se abrigó ella misma de forma parecida. No iba a permitir que Sylvie saliera sin ella mientras no fuera mayor de edad... ¡ni luego tampoco! La esperaría en el coche.

Como conocían las costumbres de palacio y disponían de los medios para salir y entrar a voluntad, las dos mujeres llegaron sin tropiezo a las proximidades de Saint-Germain-l'Auxerrois donde, en efecto, esperaba un carruaje con las armas de los Vendôme y, en el pescante, Picard, uno de los cocheros de la casa.

—Ya ves que podías haberme dejado venir sola —dijo Sylvie mientras subía al vehículo.

—¿Y atravesar la Rue d'Autriche a las once de la noche sin protección, a vuestra edad? ¡Ni en sueños! Adonde vayáis, yo iré con vos.

Era bueno sentirse así protegida, y Sylvie buscó la mano de su fiel compañera para estrecharla. El coche se puso en marcha pero, en lugar de doblar a la izquierda para seguir la Rue Saint-Honoré, giró a la derecha. Sylvie apartó las cortinillas y preguntó a Picard:

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