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Электронная книга - «La Alcoba De La Reina». Краткое содержание книги:

Francia, junio de 1626.
Una niña de cuatro años vaga por el bosque: su nombre es Sylvie de Valaines y su familia ha sido asesinada. Un muchacho de diez años, François de Borbón-Vendôme, la encuentra y la lleva al castillo de Anet. Oculta tras un nuevo nombre y criada entre los Vendômes, Sylvie se convertirá en doncella de honor de la reina Ana de Austria y compartirá, sin quererlo, el mortal secreto del nacimiento del futuro Luis XIV.
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La Cour Carree estaba silenciosa aquella noche, y no se veía luz en los aposentos del rey. Durante la tarde, Luis XIII había partido para Saint-Germain después de una riña con Mademoiselle de La Fayette. Una riña que amenazaba prolongarse porque, dos días más tarde, Luis XIII tenía previsto marchar a restaurar el orden en Normandía, donde el Parlamento estaba haciendo de las suyas. Era un caso frecuente, y no pasaba año en el que no se produjera una revuelta en uno u otro punto de su reino, pero habría necesitado poseer el don de la ubicuidad para estar presente en todas partes a la vez. De modo que se limitaba a atender lo más urgente, incluso a pesar de que marcharse le desgarraba el corazón. Esta noche sin duda lloraba en su castillo de Saint-Germain semivacío, y al mismo tiempo las lágrimas de Louise debían de fluir en algún lugar del Louvre...

Ignorantes de aquel nuevo drama, Marie y Sylvie iban a llamar a la puertecita cuando ésta se abrió con brusquedad. Aparecieron dos hombres, que hicieron un movimiento de retroceso al ver a las dos jóvenes. Pero enseguida uno de ellos se colocó delante de su compañero, al que dejó en la sombra corriendo la pantalla de la linterna sorda que llevaba.

—¡Ah, sois vos, señoritas! Su Majestad empezaba a preocuparse. Id pronto a acompañarla, porque vuelve a sufrir de los nervios. Perdonadme que os deje subir solas, pero debo acompañar al médico a su casa.

—¿El médico? ¿Quién está enfermo? —preguntó Mademoiselle de Hautefort.

—Doña Estefanilla. Esta noche en la cena ha comido pastelillos de crema hasta empacharse. Había que atenderla sin tardanza y la reina no ha querido que fuésemos a buscar a uno de los médicos reales. Además, Bouvard está en Saint-Germain. De modo que he ido a buscar a la Rue de l'Arbre-Sec a un médico del que hablan muy bien, el doctor Dupré. Ha estado perfecto, y ahora lo acompaño de vuelta.

—Pobre Stéfanille —sonrió Hautefort—. ¡Siempre le digo que es demasiado golosa!

Sylvie, por su parte, no dijo nada y se contentó con mirar con curiosidad al médico embozado hasta los ojos en una capa negra, en tanto que la frente desaparecía hasta las cejas bajo un sombrero redondo de burgués. Tampoco él dijo palabra, pero tiró con impaciencia del brazo de La Porte, que se lo llevó enseguida.

—Qué médico tan raro —observó Sylvie—. ¿Por qué se esconde?

—Quizá teme el frío en la garganta. ¡Venid, estamos en plena corriente de aire!

Entró en la pequeña antecámara, pero Sylvie permaneció aún un instante en el umbral. La silueta del médico, que sobrepasaba en toda la cabeza a su compañero, y sobre todo su porte, le parecían familiares. Se reunió rápidamente con su compañera, que seguía protestando por la corriente de aire.

La reina estaba en su alcoba charlando con Stéfanille, que se mostraba curiosamente activa para estar enferma. ¡Aquel doctor Dupré tenía que ser un gran sabio! Las dos conversaban en español pero, gracias a Perceval, Sylvie lo conocía bien y captó al vuelo las últimas frases.

—¿Creéis prudente lo que acabáis de hacer? —preguntó la camarera, ocupada en retirar las diademas de diamantes que adornaban la cabellera de Ana.

—Yo no veo las cosas como tú. Nuestro amigo se va mañana a Turena, a la vista y con el conocimiento de todo el mundo. He pensado que sería oportuno confiarle una carta para mi cuñado. Tiene que saber que el cardenal acaba de enviar otra vez al señor de Bautru a Sedán, con nuevas proposiciones para intentar hacer entrar en razón a Monsieur le Comte.[21]

—¡Me extrañará que lo consiga! —dijo Marie de Hautefort con su habitual libertad de acción y lenguaje, utilizando el francés (entendía el español, pero lo hablaba muy mal)—. Soissons ha jurado no someterse a obediencia hasta que Richelieu haya muerto o caído en desgracia. ¡También ese hombre os ama, señora!

—¡Qué locuras decís! Ahora, gatita, contadme cómo ha ido vuestra visita.

—¡Mejor imposible, señora! —exclamó Marie—. ¡Desplegó todo su poder de seducción, se mostró encantado y espera poder renovar un día cercano un placer tan grande! Al menos así lo tengo entendido, porque el señor de Cinq-Mars y yo hemos esperado en la antecámara. ¡Sylvie entró sola en la guarida del tigre, bajo la protección de Combalet!

—¡Dejadla hablar a ella!

—No hay nada que rectificar, señora —confirmó Sylvie con una sonrisa tímida—. Mademoiselle de Hautefort lo ha expresado tan bien como si hubiera estado presente.

—¿Os ha pedido el cardenal que volváis?

—Sí, pero he respondido que únicamente Vuestra Majestad podía decidirlo, puesto que os pertenezco.

—¿Y no os ha propuesto ser... de él? ¿En secreto, al menos?

—No es tan necio, señora —intervino de nuevo la Aurora—. No la primera vez; se ha contentado con ofrecer un trato.

—¿Un trato? ¡Es increíble! ¿Y de qué clase, si puede saberse?

—De clase matrimonial. Si Mademoiselle de l'Isle acepta volver a iluminar sus sombríos ensueños, Su Eminencia promete que no se volverá a hablar de entregarla a Monsieur de La Ferrière.

La reina se levantó con tal ímpetu que algunos cabellos le quedaron enredados en el peine de Stéfanille. Sus ojos verdes lanzaban chispas de un furor tal que las aletas de su nariz se estremecían.

—¡Qué audacia! ¡Como si la suerte de esta niña dependiera únicamente de él! Debería saber que no «se entrega» a una de mis doncellas de honor sin mi aprobación. Y menos todavía a uno de esos belitres que carecen del temor de Dios. Jamás, oídlo bien Sylvie, habría yo aceptado ese matrimonio, por más que el cardenal hubiera cubierto de oro a vuestro pretendiente. Por tanto, es un trato sin objeto el que se ha atrevido a proponer, y si quiere escucharos otra vez, es a mí, no al rey, a quien deberá solicitarlo.

Lentamente, Sylvie se arrodilló, tomó la mano de Ana y se la llevó a los labios. En sus ojos brillaban las lágrimas.

—¡Gracias, señora! ¡De todo corazón, gracias!

—Sedme fiel, pequeña, y nunca tendréis de qué arrepentiros.

Era más que tarde cuando Sylvie consiguió finalmente dormirse. Su insomnio obedecía sin duda a los nervios de una velada inhabitual, pero sobre todo a que la intrigaba la silueta de aquel médico, y no conseguía apartarla de su cabeza. Pudo conciliar el sueño, al fin, después de haber tomado una decisión, y a la mañana siguiente, aprovechando uno de los ratos libres que le dejaba su servicio junto a la reina, salió acompañada por Jeannette con el pretexto de ir a comprar unos guantes en el comercio de Madame Lorrain, en la Rue Saint-Germain, cerca del cruce con la Rue de l’Arbre-Sec en la que residía el «médico» de La Porte.

—Tienes que encontrarme la dirección de un tal Dupré que fue llamado ayer por la noche para cuidar a doña Estefanilla —dijo a Jeannette—. Lo único que sé de él es que vive en la calle que pasa justo por detrás de Saint-Germain-l'Auxerrois.

—Entonces lo más sencillo será entrar a rezar unas avemarías. Siempre hay en la iglesia mujeres del barrio, y al diablo si no encuentro una que me pueda informar...

—¿Al diablo? ¿En una iglesia? —dijo Sylvie horrorizada, al tiempo que se persignaba. Jeannette la imitó, pero se echó a reír:

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[21] Del mismo modo que se llamaba a Conde Monsieur le Prince (el señor Príncipe), Soissons, primo del rey y príncipe de sangre también, era conocido con el título de Monsieur le Comte (el señor Conde), sin más añadidos.

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