La Alcoba De La Reina
- Автор: Бенцони Жюльетта
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «La Alcoba De La Reina». Краткое содержание книги:
Una niña de cuatro años vaga por el bosque: su nombre es Sylvie de Valaines y su familia ha sido asesinada. Un muchacho de diez años, François de Borbón-Vendôme, la encuentra y la lleva al castillo de Anet. Oculta tras un nuevo nombre y criada entre los Vendômes, Sylvie se convertirá en doncella de honor de la reina Ana de Austria y compartirá, sin quererlo, el mortal secreto del nacimiento del futuro Luis XIV.
—Sin embargo, es fácil entrar y salir a voluntad.
—Cuando se es doncella de honor y porque, en principio, eso no tiene consecuencias, pero hay ojos en todas partes, y todos están fijos en la reina.
—¿Y aquí? ¿Son ciegas las monjas?
—No ven más que lo que se les quiere mostrar... es decir, nada. Nuestra situación tiene la ventaja de que nos encontramos en el interior de la clausura del convento, y al mismo tiempo tenemos autonomía. Sólo está al corriente la madre de Saint-Étienne, y hace de forma que sus hijas ignoren lo que ocurre en el pabellón. Si no fuera así, sería imposible recibir mensajeros y enviarlos...
—¿Mensajeros?
—Sí. El portillo abierto en el muro del jardín y disimulado con hiedra permite todas las idas y venidas. ¡Ahora, al trabajo! Voy a enseñaros a cifrar un mensaje.
Sylvie cayó entonces de su nube, pero hubo de acabar por rendirse a la evidencia: la correspondencia de la reina con sus amigos del exterior no tenía nada de inocente, y los «asuntos de familia» que se trataban en las cartas a los hermanos de Ana de Austria, el rey de España y el cardenal-infante, constituían un delito de alta traición: se explicaba en ellas, en lenguaje cifrado, todo lo que Ana podía averiguar sobre los proyectos, incluidos los militares, del rey y de su ministro. Por añadidura, si era normal escribir a sus hermanos, no lo era tanto hacerlo con el antiguo embajador de España en Francia, el conde de Mirabel, expulsado por Richelieu del país e instalado en Bruselas, y no unido a ella por ningún lazo de parentesco. Finalmente, también figuraba Inglaterra, por la intermediación de un antiguo servidor del querido Buckingham, llamado Auger, secretario en la actualidad del embajador inglés.
El papel desempeñado por La Porte en esas actividades era primordial. A través de él se introducía todo el material —tintas simpáticas al limón y otras—, que naturalmente no guardaba en el Louvre, sino en una pequeña vivienda que ocupaba en el palacio de Chevreuse, Rue Saint-Thomas-du-Louvre, del que su hermano era guardián. Además era él quien hacía llegar a los diferentes intermediarios, gentilhombres ferozmente hostiles a Richelieu o clérigos a sueldo de la muy católica España, las cartas escritas de propia mano por la reina.
Sylvie hablaba y escribía el español. Le encargaron transcribir con ayuda de una plantilla algunos mensajes no demasiado comprometedores. Ella lo hizo, pero no sin sentir una inquietud que confió a Hautefort:
—¿No estamos corriendo grandes riesgos? Si los espías del cardenal supieran el menor detalle de lo que está ocurriendo aquí, podríamos encontrarnos en la Bastilla, y la propia reina...
—¿Tenéis miedo?
—¿Yo? ¿De qué, Dios mío? —repuso Sylvie con tristeza, al pensar en el frasquito de veneno que había conseguido esconder en su habitación del Louvre.
—A vuestra edad y con vuestro encanto, tenéis derecho a esperar de la vida otra cosa que los muros de una prisión.
—Lo mismo puedo deciros a vos.
La Aurora alzó su hermosa cabeza coronada por una masa de cabellos rubios, y esbozó una sonrisa llena de orgullo.
—Quizá, pero yo amó a la reina y estoy dispuesta a servirla incluso en un calabozo. Al que, por lo demás, ella nunca iría. El rey se contentaría con repudiarla, que es lo que está deseando.
—Pero ¿por qué actúa ella de esa manera? Es, perdonadme, algo indigno de una reina de Francia.
—¡No os equivoquéis, gatita! Lo que hacemos aquí no está dirigido contra el rey ni contra Francia. Si España consigue una gran victoria, el rey se verá obligado a despedir a Richelieu. Y las consecuencias serán más graves aún si conseguimos llevar la duda a su espíritu.
—¿La duda? ¿Esperáis hacer pasar por traidor a Richelieu?
—¿Por qué no? Madame de Chevreuse, que desde su provincia lleva a cabo un trabajo ingente, nos ha encontrado a un falsificador admirable, del que sólo falta asegurarnos de su lealtad. Y creedme, cuando caiga la sotana roja, el pueblo al que aplasta con impuestos bailará de alegría y ayudará a sus señores a reconstruir las fortalezas cuyas torres y murallas están siendo derribadas por orden del cardenal. El propio rey será más feliz cuando se deshaga de una férula que le resulta muy pesada, creedme. Podremos hacer regresar a la reina madre, que vive de la caridad del obispo de Colonia...
El alegato era bello, y Sylvie demasiado novicia en los enmarañados asuntos de la corte para sentir la necesidad de ver con más claridad en ellos, ocupada como estaba con sus propios tormentos. Después de todo, había jurado servir a la reina, y la serviría hasta el final.
La primera noche, como La Porte había sido enviado a reunirse con uno de los intermediarios y Hautefort trabajaba en una descodificación difícil, fue Sylvie la que quedó de guardia en la puerta del jardín, después de que le explicaran su mecanismo. Debía abrir al recibir determinada señal. La noche era templada y la joven guardiana no corría el riesgo de pasar frío. Incluso encontró algún placer en contemplar las estrellas al tiempo que respiraba las fragancias de los parterres en que rosas y peonías empezaban a abrirse, y la madreselva y el espino blanco a exhalar su delicado perfume. Un lugar ideal para soñar con el amor cuando se tienen quince años, pero el hombre embozado al que abrió ya cerca de la medianoche no poseía ninguna cualidad susceptible de alimentar ese ensueño: olía a sudor, a caballo y cuero recalentado. No por ello dejó Sylvie de acompañarlo al salón. Allí, él sostuvo con la reina una larga conversación en voz baja, y después fue confiado de nuevo a la compañía de la joven, que le hizo salir por el mismo lugar.
—Mañana por la noche tendréis que volver a montar la guardia —le dijo Marie—. Acaban de anunciarnos a alguien mucho más importante... No os molestará demasiado, espero.
—Con este tiempo es un placer, ¡y es tan hermoso el jardín!
Por toda respuesta, la joven dama acarició suavemente la mejilla de su compañera.
—Decididamente, os quiero mucho —dijo.
En efecto, al día siguiente, cuando acababan de sonar diez campanadas en la capilla de la abadía, cuya cúpula aparecía iluminada por la luna, un nuevo visitante anunció su llegada. Sylvie descubrió en el umbral una silueta masculina de buena estatura envuelta hasta los ojos en una capa negra, y con un sombrero sin plumas del mismo color calado hasta las cejas. Pero en lugar de entrar rápidamente, el hombre se quedó parado en la puerta. Ella se impacientó:
—¡Entrad, señor! ¡Os esperan!
Esta vez entró, y mientras ella volvía a cerrar, se desprendió de su capa.
—¡Dime que sueño, Sylvie! ¿Acaso no eres tú?
Ella ahogó un grito bajo la presión de su puño cerrado.
—¿Vos? ¡Oh, no es posible!
—Se diría que esta noche a los dos nos cuesta creer en la realidad de las cosas —susurró François —. ¿Qué diablo haces aquí? ¿Ahora te han convertido en portera?
Parecía muy enfadado, pero ella estaba demasiado asustada para advertirlo.
—Soy doncella de honor de la reina y hago lo que ella me ordena. Pero ése no es vuestro caso. ¡Vos, en París, cuando os están buscando por todas partes! ¿Acaso estáis loco?
Él le tomó el mentón entre dos dedos para alzarle el rostro. A la luz plateada de la luna, ella vio el brillo de sus dientes, descubiertos por una sonrisa.
—Di mejor que siempre hay en alguna parte alguien que me busca. En cuanto a lo de estar loco, sabes desde hace mucho tiempo a qué atenerte, mi gatita. Pero, caramba, ¿lloras?