La Alcoba De La Reina
- Автор: Бенцони Жюльетта
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «La Alcoba De La Reina». Краткое содержание книги:
Una niña de cuatro años vaga por el bosque: su nombre es Sylvie de Valaines y su familia ha sido asesinada. Un muchacho de diez años, François de Borbón-Vendôme, la encuentra y la lleva al castillo de Anet. Oculta tras un nuevo nombre y criada entre los Vendômes, Sylvie se convertirá en doncella de honor de la reina Ana de Austria y compartirá, sin quererlo, el mortal secreto del nacimiento del futuro Luis XIV.
—¿Adonde me lleváis?
—Donde me han ordenado que os lleve, señorita. ¡Tened la bondad de mantener las cortinillas cerradas!
La espera impaciente de la muchacha se tiñó de curiosidad: ¿la esperaba François en una casa propia? ¿Qué podía ser tan «secreto» para que no hubiera podido ir hasta el Louvre a decírselo? O ¿es que deseaba estar con ella a solas por unos momentos? ¡Qué maravilla sería! El pensamiento la hizo enrojecer de emoción, y el viaje le pareció interminable. Sin embargo, Jeannette apartaba de tanto en tanto las cortinillas con discreción para averiguar en lo posible el camino que seguían.
—Vamos a algún lugar del Marais —susurró—. ¡Oh! Veo las torres de la Bastilla y los fuegos que encienden allí por la noche.
El coche entró poco después en una calle estrecha, y luego en el patio apenas iluminado de un edificio más pequeño que la casa de Raguenel; el portal se abrió al paso de los caballos y volvió a cerrarse de inmediato. La silueta de un lacayo se silueteó como una tinta china a la débil luz que venía del vestíbulo. Sylvie bajó sola y caminó hacia él. La estancia estaba únicamente amueblada con un cofre sobre el que reposaba un candelabro de tres brazos que el hombre —un desconocido— empuñó para conducir a la visitante a lo largo de una escalera vetusta cuyos escalones crujían. Después siguieron una galería estrecha con unas tapicerías deshilachadas que olían a humedad. Sylvie no alcanzaba a comprender qué podía estar haciendo François, siempre tan rumboso, en un lugar así, cuando ante ella se abrió una puerta.
La decoración cambió. Se encontraba en un gran gabinete tapizado de cordobán dorado y pintado, amueblado como un salón de conversación, con cómodos sillones dispuestos en torno a una mesa en la que aparecían los restos de una cena que la muchacha examinó con severidad. Conocía el apetito casi proverbial de François, pero en una ocasión así, bien habría podido invitarla.
Abandonada a sí misma, giró sobre los talones para inspeccionar todos los rincones de la habitación, y hubo de rendirse a la evidencia: allí no había nadie. Se sentó en un sillón y al poco rato, al ver un cestillo con cerezas, fue a coger un puñado y empezó a comerlas, lanzando después los huesos y los rabos a la chimenea, en la que habían encendido un fuego que contrarrestaba el frío húmedo del ambiente. Demasiado nerviosa debido a su cita, a la hora de la cena no había podido tragar más que un trozo de bizcocho.
Las cerezas estaban deliciosas pero, a medida que comía, Sylvie sentía crecer su descontento: ¿por qué François la hacía esperar de aquella manera? Fue a coger más cerezas, y cuando volvía a su sillón se abrió una puerta disimulada entre los paneles de madera. Entró un hombre, pero no era François sino el duque César.
La sorpresa, y sobre todo la decepción, hicieron levantarse a Sylvie y olvidar su buena educación, mientras las cerezas se escurrían entre sus dedos.
—¿Cómo? ¿Sois vos? —exclamó.
Se hizo evidente que él no esperaba ese recibimiento. Al retrasar su aparición, había pretendido abrumar a la niña de temor y respeto. En cambio, ella lo miraba con ojos llameantes de cólera y sin acordarse en absoluto de saludarlo.
—Si no lo supiera, os preguntaría dónde os han educado, hija mía. ¿Dónde están las maneras que la duquesa se esforzó en inculcaros?
Sylvie comprendió que era forzoso rectificar, porque persistir en su actitud no arreglaría nada. Aquel hombre, al que ella nunca había querido, era el padre de François, y le debía respeto. Con una gracia llena de encanto, se inclinó en una profunda reverencia:
—Monseñor —murmuró. Y luego, como él no se daba prisa en decirle que se incorporase, añadió—: Debéis comprender mi sorpresa: recibo una carta de Fran... del señor duque de Beaufort, acudo y...
—Y me encontráis a mí. Comprendo perfectamente vuestra sorpresa, pero necesitaba hablaros.
—En ese caso, ¿por qué tomar de prestado el nombre de vuestro hijo? Os bastaba llamarme, y yo habría acudido igualmente.
—Es posible, pero no seguro. Por otra parte, el billete podía extraviarse y caer en manos indeseables, y os recuerdo que el rey me ha prohibido no solamente aparecer en la corte, sino también vivir en París. ¡Levantaos, maldita sea!
—Con mucho gusto, monseñor —dijo Sylvie con un suspiro, porque empezaba a notar que las rodillas le temblaban. Se incorporó y lo observó con cierta tristeza. Hacía algún tiempo que no lo veía, y pensó que el exilio, por más dorado que fuera, no le sentaba bien.
A los cuarenta y tres años, César de Vendôme parecía una copia estropeada y envejecida de François. No había echado barriga porque, como todos los Borbones, era un cazador fanático, y las largas cabalgatas y la práctica de las armas le habían hecho conservar su silueta y su musculatura. Pero el rostro acusaba las huellas de las pasiones y los vicios que devoraban a aquel hombre. Como François, era muy alto y tenía la complexión de un atleta. Como François, tenía la nariz arrogante y los ojos azules de su padre el Bearnés, pero sus ojos estaban inyectados de sangre, la boca se reblandecía, los dientes antaño magníficos amarilleaban y los cabellos rubios no sólo se habían agrisado sino también eran más ralos, en tanto que la nariz aparecía hinchada y roja debido a las excesivas libaciones. ¿Qué hacer en el campo después de la caza, sino beber? Y sobre todo entregarse a una atracción demasiado intensa por los jóvenes mancebos, a los que recompensaba con una generosidad que abría en su fortuna inquietantes agujeros. Además, la añoranza de su gobierno de Bretaña, donde se sentía un rey, le corroía sin cesar. Le habían devuelto el título pero no la función, e incluso tenía prohibido regresar allí. Pero aquel nativo de tierra adentro, hijo de una bella picarda y un bearnés, apegado a cada parcela de un reino conquistado con grandes esfuerzos, adoraba el mar. Era la única de sus pasiones que había transmitido a su hijo menor.
Por su parte, César examinaba a la adolescente con cierto asombro. Cómo, ¿era ésta la minúscula criatura de tez descolorida cuya única belleza residía en los inmensos ojos color avellana, que François había llevado un día a su casa como si fuera un animalito extraviado, y que su esposa y su hija habían tomado bajo su protección? Sin duda no alcanzaría la belleza de madona de su madre, pero aun así el cambio era impresionante. Con su boca un poco grande, la pequeña nariz corta y la forma ligeramente almendrada de los ojos, evocaba todavía a una gatita, el sobrenombre que le había dado Elisabeth. Pero su tez se había iluminado y dorado, y la masa de bucles castaños, sujeta encima de cada oreja por cintas amarillas, mostraba ahora un espesor sedoso con reflejos casi plateados de un efecto subyugante. No tenía nada de una madona, pero su carita traviesa no carecía de encanto. En suma, aquella chiquilla en la que se reflejaba ya el brillo de la corte seduciría sin duda a más de un hombre. Lo importante era que entre ellos no se contara Beaufort, y César se sintió reafirmado en un proyecto al que tal vez habría renunciado si se hubiera encontrado con una «Mademoiselle de l'Isle» asustadiza e insignificante.
—Sentaos —dijo por fin, señalando el sillón del que se había levantado ella, y yendo a su vez a recostarse contra la mesa de la cena—. Y en primer lugar, responded a una pregunta: ¿qué sentimientos os inspira mi hijo Beaufort?
La brutalidad de aquellas palabras hizo que Sylvie se tornara tan roja como las cerezas que mordisqueaba un momento antes. El hombre que fijaba en ella sus ojos helados y cuyos labios dibujaban una semisonrisa sarcástica, era la última persona en el mundo a la que deseaba abrir su corazón. Incluso habría preferido a Richelieu, que al menos la distinguía con muestras de cierta simpatía. Así pues, se esforzó en que su voz no temblara.