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Электронная книга - «La Alcoba De La Reina». Краткое содержание книги:

Francia, junio de 1626.
Una niña de cuatro años vaga por el bosque: su nombre es Sylvie de Valaines y su familia ha sido asesinada. Un muchacho de diez años, François de Borbón-Vendôme, la encuentra y la lleva al castillo de Anet. Oculta tras un nuevo nombre y criada entre los Vendômes, Sylvie se convertirá en doncella de honor de la reina Ana de Austria y compartirá, sin quererlo, el mortal secreto del nacimiento del futuro Luis XIV.
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La noche del Val-de-Grâce

—Esta noche han matado a otra —anunció Théophraste Renaudot al reunirse con Perceval de Raguenel bajo la bóveda del Grand Châtelet, por la que se accedía al Pont-au-Change viniendo de la Rue Saint-Denis—. Es la tercera en dos meses.

—¿Y quién era?

El publicista se encogió de hombros:

—Una buscona, como las anteriores; una de esas mujeres que pretenden ser libres y nunca comprenderán que así están más expuestas.

—¿Es posible verla?

—Es posible. ¡Venid!

Entraron en la parte derecha de la vieja fortaleza, donde se encontraba el depósito de cadáveres, bajo las escaleras que conducían a las salas de los tribunales. El depósito era una sala baja, estrecha y maloliente, cerrada mediante una puerta con una ventanilla que permitía ver el interior. Allí se exponían los cuerpos de los ahogados extraídos del Sena y los encontrados en las calles. Permanecían en su desnudez trágica hasta el paso de las religiosas hospitalarias del vecino convento de Sainte-Catherine, que los cubrían con un sudario antes de llevárselos al cementerio de los Santos Inocentes para darles sepultura.

Ese día había dos cuerpos: el de un anciano que un pescador había encontrado en sus redes y el de una joven cuyo aspecto hizo estremecerse a Perceval. Era el cadáver flaco y exangüe de una muchacha de largos cabellos negros que le recordó vagamente a Chiara.

—Como las otras, ha sido degollada —comentó Renaudot—. Y como en las otras, hay esa cosa. —Señalaba el sello de lacre rojo colocado en la frente de la desgraciada.

—¡La letra omega! —murmuró Perceval.

—Pues sí. Es una historia muy extraña. ¡Pero venid! No nos quedemos aquí. Por mucha costumbre que tenga, este lugar siempre me pone carne de gallina.

Volvieron al aire libre con cierta sensación de alivio, aunque del Gran Matadero, situado en las cercanías, llegaban efluvios poco agradables; pero el Sena, crecido y de un color terroso, arrastraba en aquel mes de mayo perfumes de hierba fresca y de marea.

—¿Me acompañáis a casa? —preguntó Renaudot.

—Es lunes —respondió Raguenel, obligándose a sonreír—. Y sabéis muy bien cuánto me interesan vuestros coloquios...

Se adentraron entre la doble hilera de edificios altos que bordeaban el Pont-au-Change, en los que tenían sus comercios orfebres y cambistas, hasta llegar, ya en la isla de la Cité, al Mercado Nuevo y la Rue de la Calandre. Théophraste Renaudot residía allí, en una gran casa con el rótulo del Grand-Coq en la que había conseguido acomodar a su familia, las oficinas de la Gazette, una estancia de acogida a los pordioseros —nunca faltaban en las cercanías de Notre-Dame y del hospicio del Hôtel-Dieu— y una gran sala en la que, desde el 22 de agosto de 1633, se celebraba todos los lunes lo que él llamaba «la conferencia». Se trataba de una idea absolutamente nueva: una reunión en la que, sin distinción de edades ni condición social, todos los asistentes podían exponer sus sentimientos y sus ideas en relación con un tema elegido de antemano. Renaudot, después de cuatro años de práctica de aquel experimento, había conseguido atraer a un buen número de habituales —burgueses en su mayoría—, cuyos pensamientos iban más allá del fondo de su bolsa y que se esforzaban, de una manera conjunta, en dar respuesta a los acontecimientos destacados y en discernir la bondad o maldad de las cuestiones que afectaban a sus conciencias en tanto que hombres. De hecho, lo que aportaba Renaudot era una alternativa plebeya a los «gabinetes de investigación y curiosidades» que se reunían en las mansiones de grandes personajes —principalmente parlamentarios, como el presidente de Mesme y Monsieur de Thou—, cuya fortuna les permitía la investigación y la adquisición de obras de carácter científico. No se admitía a mujeres, pero ellas contaban con sus propios cenáculos, en los que se reunían las «preciosas» y los ingenios más selectos.

La idea de las «conferencias» se le había ocurrido a Renaudot dos años después de la creación de su Gazette, y le permitía dar a conocer sus trabajos además de proporcionarle una publicidad honesta y permitirle en ocasiones profundizar en novedades tanto más interesantes en la medida en que quienes tomaban la palabra allí tenían garantizado el anonimato. El rey y Richelieu, colaboradores discretos pero importantes de la Gazette, estaban interesados en ellas. En cuanto a Perceval, desde su encuentro con el publicista el año anterior, había adquirido la costumbre de asistir todas las semanas.

—¿Sobre qué vamos a debatir hoy? —preguntó cuando ambos se internaban en el dédalo de callejuelas que llevaban al Mercado Nuevo.

—De la vida en sociedad, pero me pregunto si no pedir una excepción al orden del día para proponer interesarnos por la seguridad de las calles durante la noche.

—No estoy seguro de que os secunden. La vida de las busconas no ofrecerá ningún interés para esas personas imbuidas de respetabilidad. El hecho de que sean asesinadas debe de parecerles algo propio de la naturaleza de las cosas...

—Sin embargo, se dan circunstancias excepcionales en esos crímenes. ¿Quién puede asegurar que, después de las meretrices, el asesino no perseguirá a mujeres honestas?

El desarrollo de la sesión dio la razón a Percevaclass="underline" los hombres presentes, algunos de los cuales traían ya preparadas sus intervenciones, estuvieron de acuerdo en declarar que las mujeres de mala vida no debían ser incluidas en la «sociedad», y que su suerte no interesaba a nadie.

—¡Con la excepción de Monsieur Vincent, de la señora duquesa de Vendôme y de algunas otras almas caritativas! —se indignó Perceval—. Son seres humanos, y la suerte que les ha sido reservada es espantosa.

—Estoy de acuerdo —dijo alguien—, pero esos crímenes son asunto del teniente civil y de la policía. Es a ellos a quien corresponde actuar.

—No. ¡Nos corresponde a todos! Reaccionáis así porque se trata de pobres criaturas que comercian con sus cuerpos, pero ¿y si el asesino atacara a una mujer honesta, a una de vuestras esposas, por ejemplo?

La pregunta fue recibida con una carcajada general. ¡Era imposible, vamos! Ninguna mujer respetable se aventuraría por los bajos fondos de París. Y de noche, menos.

—¿Y si yo os dijera —replicó Raguenel— que un crimen similar en todos los aspectos tuvo lugar hace unos diez años, en la provincia, y que la víctima fue una dama noble?

Renaudot, que seguía el debate con atención apasionada, intervino:

—¿El mismo crimen? ¿Acompañado por las mismas circunstancias?

—Las mismas. La dama fue además violada, lo que tal vez sucedió también a estas infelices por más que, dada su profesión, el término pierda aquí su sentido. Y nunca se nos hubiera ocurrido hablar sobre el tema si la letra griega con la que se señala la frente de las muertas no indicara a un hombre de cierta cultura, que podría (¿por qué no, después de todo?) incluso formar parte de esta reunión.

La tempestad de protestas que provocaron estas palabras era lo menos propicia a una discusión seria. Renaudot le puso fin con su energía habitual al declarar que, en lo que a él concernía, iba a hacer toda clase de esfuerzos para encontrar al asesino del sello de lacre rojo, y que invitaba a todas las personas de buena voluntad presentes en la sala a informarle, en el caso de que alguien descubriera una pista. Y de inmediato levantó la sesión con el argumento de que faltaba la serenidad de espíritu necesaria para discutir con calma. Era visible que tenía prisa por terminar, y mientras la concurrencia, aún agitada, empezaba a marcharse, retuvo a su lado a Perceval.

—¿Por qué no me contasteis la historia de esa noble dama cuando os hablé de la primera víctima como de un asunto curioso y nada más?

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