La Alcoba De La Reina
- Автор: Бенцони Жюльетта
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «La Alcoba De La Reina». Краткое содержание книги:
Una niña de cuatro años vaga por el bosque: su nombre es Sylvie de Valaines y su familia ha sido asesinada. Un muchacho de diez años, François de Borbón-Vendôme, la encuentra y la lleva al castillo de Anet. Oculta tras un nuevo nombre y criada entre los Vendômes, Sylvie se convertirá en doncella de honor de la reina Ana de Austria y compartirá, sin quererlo, el mortal secreto del nacimiento del futuro Luis XIV.
—Todas las personas de vuestra casa me son queridas, monseñor. Al menos, todas las que han sido buenas conmigo.
—Lo cual excluye a Mercoeur, que no os estima, y a mí mismo...
—Que tampoco me estimáis. Sin embargo, monseñor, habéis sido muy generoso conmigo al darme un nombre, bienes y una posición...
—Todo eso lo debéis a la duquesa. Es la mujer más testaruda que respira aún sobre la tierra, ahora que su madre ya no existe. Pero en fin, me satisface ver que sois agradecida y espero que sabréis demostrármelo. Pero... no habéis respondido a mi pregunta, joven. ¿Amáis a Beaufort, tal como creemos todos en nuestra casa? Hablo de amar. ¿Sí o no?
Sylvie alzó la cabeza y miró directamente a los ojos que estaban sopesándola:
—Sí. —No dijo más, pero lo dijo con tanta firmeza que no era posible la duda. Como César no decía nada y seguía observándola, apretó con fuerza sus manos la una contra la otra, y añadió—: Creo que le he amado siempre desde que me encontró en el bosque, y estoy segura de que nunca amaré a otra persona.
Habló con sencillez: fue una constatación tranquila que no por ello perdió un ápice de su fuerza. Ni por un instante puso en duda Vendôme su palabra. Sin embargo, quiso saber más.
—No pensaréis que, a pesar de todo, os será posible convertiros en su esposa, ¿verdad? Puesto que no entrará en la Orden de Malta, Beaufort sólo puede unirse a una princesa.
—Sé todo eso, pero para amar no es necesario el matrimonio. Tampoco es necesario estar siempre juntos. El verdadero amor lo soporta todo: el alejamiento, las separaciones, la soledad e incluso la muerte.
—¿Quién diablos os ha enseñado todo eso? —exclamó César, sorprendido por la filosofía de aquella jovencita—. ¿Ese buen Raguenel que fue vuestro maestro?
—Nadie. Creo, monseñor, que siempre lo he sabido.
—Pues bien, es muy loable, pero falta ver lo que significa en la práctica, y si os he hecho venir es para juzgar la solidez de vuestro amor. Si Beaufort estuviera en peligro, ¿qué haríais?
El corazón de Sylvie dejó de latir por un instante, pero no dejó que su angustia se transparentara.
—Lo que estuviera en mi mano para ayudarle.
—¡Ahora lo veremos! Está en peligro —dijo el duque, recalcando cada sílaba.
—¿De qué?
—De muerte si consiguen prenderle. Lo que, felizmente, no ha sucedido todavía.
—¡Dios mío! ¿Qué ha ocurrido?
—Se batió en duelo en Chenonceau y mató a su adversario.
Aterrorizada, Sylvie cerró los ojos por un instante. Sabía hasta qué punto eran inflexibles en ese tema los edictos de Richelieu. Un duelo había llevado a Montmorency-Bouteville al cadalso. El terrible cardenal no dudaría un momento en enviar al mismo lugar a un nieto de Enrique IV. Posiblemente incluso disfrutaría al hacerlo.
—¿Cuál fue el motivo del duelo?
Vendôme dudaba en contestar pero Sylvie, alzando hacia él su mirada límpida, añadió:
—¿Una... mujer?
—Sí. Madame de Montbazon, de la que tal vez ignoréis que es su amante —dijo con brutalidad—. Monsieur de Thouars habló mal de ella delante de mi hijo, que no lo soportó y cumplió con su deber de gentilhombre y de amante. Marie de Montbazon está loca por él...
—Pero él ama a otra —repuso Sylvie—. Lo cual es algo bastante conforme con la naturaleza de las cosas...
—¿Otra? ¿De quién se trata?
—Si no lo sabéis de cierto, tal vez lo sospechéis. Yo he llegado a pensar que la bella duquesa de Montbazon no era más que una magnífica cortina de humo. Y precisamente la existencia de esa otra mujer añadiría gravedad a su caso, si se da la circunstancia de que los hombres del cardenal lo prendan. ¿Dónde está?
—No voy a decíroslo, y por el momento el duelo sigue siendo un secreto. Sin embargo, siempre cabe la posibilidad de una indiscreción. Si Richelieu se entera, enviará a uno de sus torturadores, a sonsacar la verdad a los testigos o a los servidores. Y esos miserables serían capaces de hacer confesar a san Pedro que quiso violar a la Virgen María, tan abominables son sus métodos. Si apresan a Beaufort, nada podrá salvarlo... salvo vos, tal vez.
—¿Yo? Pero ¿qué puedo hacer?
El duque César hizo una pausa, se apartó de la mesa en que estaba recostado con indolencia y fue a abrir un armario, del que tomó algún objeto.
—Me han dicho que estáis en excelentes relaciones con el cardenal.
—Es mucho decir. He tenido el honor de ir a cantar para él en tres ocasiones, en su palacio. Reconozco que me ha tratado con cierta bondad...
—Luego, no desconfía de vos. ¡Excelente!
—No veo por qué —dijo Sylvie con una voz que traslucía su inquietud. No le gustaba la sonrisa cruel con que Vendôme examinaba el objeto que tenía en la palma de la mano.
—Pues bien, voy a abriros los ojos, y al mismo tiempo a evaluar la solidez de ese gran amor que decís experimentar: si François es apresado, nada podrá salvarlo excepto...
—¿Excepto?
—La muerte de Richelieu. En caso de extremo peligro, os arreglaréis para que la sotana roja os pida que vayáis a adormecer sus dolores con vuestra música... y le adormeceréis de forma definitiva.
Sylvie sintió que su garganta se secaba de golpe.
—¿Cómo? ¿Queréis que...?
—Que lo envenenéis... con esto —dijo, colocando delante de la joven un frasquito de cristal muy oscuro, cuidadosamente cerrado con un tapón de esmeril—. No debería seros muy difíciclass="underline" he sabido que en cada visita bebéis un poco de vino español y servís una copa a vuestro anfitrión.
Decididamente sabía muchas cosas pero Sylvie, arrastrada por la indignación, dejó para más tarde averiguar quién era el, la o los que le informaban.
—¿Yo? ¿Hacer una cosa así? Verter la muerte con discreción y tenderla luego, ¿con una sonrisa, supongo?, a quien me ha acogido con toda confianza. ¿Por qué no recurrís a un lacayo cualquiera, sobornándole? Hay todo un ejército en el Palais-Cardinal.
—Por una razón muy sencilla: Richelieu hace que otra persona pruebe antes todo lo que come o bebe. Por lo demás, vos misma lo hacéis sin siquiera daros cuenta cuando bebéis en su presencia, imagino.
—Sí, es verdad. Nunca bebe el primero. ¿Es desconfiado hasta ese punto?
—Más aún. Es verdad que le gustan los gatos, pero no es ése el motivo por el que hay tantos en sus mansiones. ¡Tomad este frasco!
—No. Nunca me prestaré a un acto tan vil, tan cobarde. Si queréis la muerte de Richelieu, atacadle vos mismo, de frente y a cara descubierta.
Vendôme dejó escapar un sonoro suspiro y se encogió de hombros:
—Me pregunto si Raguenel no os ha hecho leer demasiadas novelas de caballerías. En nuestros días, es necesario matar para no ser muerto... Ahora bien, si preferís que Beaufort suba al cadalso para dejar allí su cabeza...
—¡No! ¡Oh, Dios mío, no! —Había gritado porque, con la velocidad de un relámpago, su imaginación le había mostrado la imagen espantosa que el duque evocaba.
—En ese caso, querida, habréis de elegir entre ese anciano precoz, roído ya por la enfermedad, y la persona que afirmáis amar; pero si detienen a Beaufort, tendréis que elegir muy deprisa.
Espantada ante aquel horrible dilema, todavía intentó discutir:
—¿Aún no lo han detenido?
—No, pero puede ocurrir de un momento a otro, y podéis estar segura de que os lo haré saber.
—No es seguro que el cardenal me llame. No lo ha hecho desde que se instaló en el castillo de Rueil.
—Eso no quiere decir nada. El Louvre está más cerca de su palacio que Saint-Germain de su residencia de verano, donde además cuenta con otras distracciones, pero volverá. Si apresan a mi hijo, sin duda lo encerrarán en la Bastilla y ese maldito clérigo rojo estará tan contento de tenerlo en su poder que querrá acercarse para disfrutar más directamente de sus tormentos.