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Электронная книга - «La Alcoba De La Reina». Краткое содержание книги:

Francia, junio de 1626.
Una niña de cuatro años vaga por el bosque: su nombre es Sylvie de Valaines y su familia ha sido asesinada. Un muchacho de diez años, François de Borbón-Vendôme, la encuentra y la lleva al castillo de Anet. Oculta tras un nuevo nombre y criada entre los Vendômes, Sylvie se convertirá en doncella de honor de la reina Ana de Austria y compartirá, sin quererlo, el mortal secreto del nacimiento del futuro Luis XIV.
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Qu'il fasse la fosse pour nous deux

Et que l'espace y soit si grand,

Qu'on y referme aussi l'enfant....[20]

El cardenal había cerrado los ojos y, con el gato en el regazo, acariciaba con sus largos dedos el pelaje sedoso.

—Seguid cantando —ordenó cuando ella hubo terminado, sin abrir los ojos—. Lo que queráis.

Ella obedeció. Interpretó una canción de Margarita de Navarra, después Si el rey me hubiese dado y finalmente Mi amor, que era su preferida. El cardenal parecía en tal estado de relajación que ella llegó a pensar que dormía, pero cuando se dispuso a levantarse, él alzó bruscamente los párpados:

—Cantad otra, por favor. Vuestra voz es fresca y pura como una fuente. Me produce un bienestar infinito. A no ser que estéis fatigada.

—No, pero... quisiera beber un poco de agua...

—Tomad mejor un dedo de malvasía. Está en ese mueble —añadió señalando con la mano un rincón de la amplia sala.

Sylvie se levantó y fue a servirse, consciente de que él seguía cada uno de sus gestos. Cuando hubo bebido unas gotas de vino, Richelieu preguntó:

—¿Amáis a alguien?

La pregunta era tan inesperada que la joven estuvo a punto de dejar caer el vaso de cristal grabado. Se rehízo con rapidez, dejó el vaso y, volviéndose hacia el cardenal, dijo mirándole directamente a los ojos:

—Sí.

—¡Ah!

Hubo un silencio, roto únicamente por el crepitar del fuego en la chimenea. Sylvie iba a volver a su asiento cuando él le pidió que le sirviera.

—Yo también bebería un poco de vino... Como no soy vuestro confesor, no os preguntaré a quién amáis. Me contraría, pero no me incumbe.

—De todas maneras, monseñor, es una pregunta a la que no respondería, pero estoy contenta de que me la hayáis planteado.

—¿Porqué?

—Porque... —Dudó un instante, pero se armó de valor y prosiguió—: Porque monseñor comprenderá mejor por qué no puedo en ningún caso mirar favorablemente a la persona que Vuestra Eminencia se tomó la molestia de presentarme.

—¿El pobre La Ferrière no os gusta?

—No, monseñor. En absoluto. Y no llego a imaginar por qué rogó a Vuestra Eminencia que solicitara mi mano a la señora duquesa de Vendôme.

—¡Ah! ¿Sabéis eso?

—Sí, monseñor... y suplico a Vuestra Eminencia que tenga a bien dar las gracias al señor de La Ferrière por el honor que me hace, pero también rogarle que no se empeñe en seguir adelante por una senda que no puede conducirle a ninguna parte.

—Pero que tal vez me interese a mí.

El tono sonó más seco, pero Sylvie no se azoró:

—¡Oh, monseñor! Mi importancia es demasiado insignificante para que mi destino ocupe siquiera un instante del tiempo de un príncipe de la Iglesia y un ministro todopoderoso.

De nuevo se hizo el silencio; luego Richelieu le tendió la mano.

—Venid, pequeña. Más cerca. Aquí, sentaos a mi lado para que pueda leer en vuestros ojos.

Ella fue a sentarse a sus pies y no intentó eludir la mirada imperiosa fija en la suya. Entonces él sonrió.

—No me tenéis el menor miedo, ¿no es cierto? —Lo dijo con tanta dulzura que ella le devolvió la sonrisa.

—No, monseñor. Ninguno —respondió, sacudiendo sus bucles brillantes.

—¡Muy bien, por lo menos sois sincera! Dios mío, qué descanso para un hombre como yo, que no ve más que expresiones hipócritas, rostros aduladores, aterrorizados o despectivos. Dejo aparte, por supuesto, al rey y a otras pocas personas. Pues bien, ya que no me tenéis miedo, voy a proponeros un trato...

—No soy muy hábil, monseñor, y...

—No necesitáis habilidad de ninguna clase: no se volverá a hablaros del barón de La Ferrière, pero, a cambio, vendréis de vez en cuando a cantar para mí.

La respuesta llegó de inmediato, espontánea, al tiempo que los bonitos ojos color de avellana se iluminaban.

—¡Oh, con mucho gusto! Tantas veces como lo desee Vuestra Eminencia. En fin..., por supuesto, si lo permite la reina.

—¡Por supuesto! Podéis estar segura de que no abusaré. Ahora, cantadme aún alguna otra cosa.

Sylvie volvió a rasguear su guitarra pero, en ese instante, un hombre pareció surgir de una tapicería, silencioso como un fantasma: un monje cuya tonsura se había agrandado y cuya larga barba raleaba debido! a su avanzada edad. Richelieu hizo a Sylvie una seña para que detuviese el preludio.

—¿Qué ocurre, padre Joseph?

Sin responder, Joseph du Tremblay se aproximó, se inclinó al oído del cardenal y le habló en voz baja. El rostro relajado de Richelieu se endureció:

—¡Habrá que pensar en ello!... Mademoiselle de l'Isle, debo despediros porque me es imprescindible volver al trabajo. Madame de Combalet os espera en la galería, y también vuestra escolta. Gracias por estos breves momentos, pero cuando regreséis (y espero que sea pronto), enviaré a buscaros a fin de no desorganizar el servicio de Su Majestad la reina... ¡Dios os guarde!

Sylvie le dedicó una bella reverencia, recogió su guitarra y salió para reunirse con Cinq-Mars y Marie, que bostezaban sin disimulo.

—¡Vaya! —observó el joven—. Debéis de haber dado un verdadero concierto, a juzgar por el tiempo que ha pasado.

—No os quejéis, habría durado más todavía de no ser porque cierto padre Joseph ha entrado para reclamar la atención del cardenal.

—¡Brr! —exclamó Mademoiselle de Hautefort—. Tan sólo el nombre de ese viejo me hace estremecer. ¿Cómo habéis encontrado a Su Eminencia?

—Muy amable. Incluso he sido invitada a volver, si la reina lo permite...

—¡Oh, lo permitirá! Acabáis de apreciar que no resulta fácil decir no al cardenal. A propósito, ¿os ha ofrecido al menos un regalo?

—No —dijo Sylvie, muy contenta—. Ha hecho algo mejor: ¡ha prometido que no volvería a hablar de ese ridículo matrimonio con el señor de La Ferrière!

Bajaban en ese momento la escalera de honor y se cruzaron con el teniente civil de París, que subía. Saludó educadamente a las dos jóvenes, pero su mirada amarillenta envolvió a Sylvie con una expresión de cólera que desmentía su sonrisa.

—¡Qué individuo tan feo! —comentó Cinq-Mars cuando estuvieron en el patio—. Nunca comprenderé por qué el cardenal, que en lo demás es hombre de tan buen gusto, se complace en rodearse de figuras siniestras como la de ese hombre, o la del padre Joseph.

—¡Vaya! ¿Y vos? —exclamó la Aurora entre risas—. Sois uno de sus íntimos, ¿no? A él le debéis ese puesto de maestre del guardarropa que habéis tenido el descaro de rehusar.

—Me parece bien que no hayáis dicho «la locura», porque a mi juicio es la cosa más sensata que jamás he hecho. Un joven de mi edad necesita libertad, alegría y también la compañía de sus iguales.

—¿Los alegres libertinos del Marais, por ejemplo?

—¿Por qué no? Me gusta su compañía...

—Y la de una bella damisela de la que se rumorea que está loca por vos.

El rostro del joven se ruborizó, pero no de vergüenza sino de placer:

—Ya quisiera yo que estuvieseis en lo cierto. Es una reina, una diosa...

—¡Diablos! ¡Cuánto lirismo! Pero si os importa mantener buenas relaciones con el cardenal, deberíais andar con cuidado: se dice también que está interesado en ella.

—¡No es el único, en todo caso! Señoritas, ya estamos de vuelta en el redil. ¡Os beso las manos y me vuelvo a mis asuntos!

Un profundo saludo, una pirueta, y el muchacho había ya desaparecido como un fuego fatuo. Las jóvenes le siguieron con la vista y luego, siempre escoltadas por el paje silencioso como una sombra, se dirigieron a los aposentos de la reina, cuyas ventanas iluminaban el gran patio. Era ya tarde. Desde hacía mucho rato los guardias de la puerta habían sido relevados por los guardias de corps que tenían asignada la protección nocturna de los aposentos. El marqués de Gesvres desempeñaba con estricta severidad el mando de la guardia, pero las doncellas de honor sabían que era posible entrar en la casa de la reina por la pequeña escalera que utilizaban diariamente y que comunicaba su residencia y los antiguos aposentos de la reina madre con las estancias de Ana de Austria. Se entraba por una puerta pequeña vigilada por un portero bonachón que tenía toda clase de miramientos con las doncellas.

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[20] Madre, decid al enterrador / Que abra una fosa para los dos / Y que haya espacio suficiente / para enterrar también al niño… (N. del T.)

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