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El hombre de la reina

Электронная книга - «El hombre de la reina». Краткое содержание книги:

En 1193, el joven Justin de Quincy descubre casualmente una pista que puede desvelar el paradero de Ricardo Corazón de León, a quien se da por muerto. Leonor de Aquitania, la reina que escandalizó al mundo al divorciarse del que sería rey de Francia (Luis VII) para casarse con Enrique II, le encomienda una investigación que le obligará a adentrarse en el complejo y peligroso mundo de las intrigas que rodean la corte de Leonor.
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Justino soltó una carcajada de sorpresa.

– ¡Dios mío, no! ¿Cómo habéis pensado semejante cosa?

– La reina, indirectamente. Cuando le pregunté por vos, os advierto de nuevo que soy muy curiosa, no me quiso responder, salvo que teníais un árbol genealógico muy interesante, enraizado en suelo sagrado. Reconozco que no entendí lo que quería decirme. Pero pensé que estaba aludiendo a que teníais un padre ilustre, y se me vino a la mente el rey Enrique. Dejaos de reír porque esto no es tan ridículo como parece. Pienso que os habéis granjeado la confianza de la reina con asombrosa facilidad: un día, un mero desconocido; al siguiente, un emisario confidencial. Además, tenéis esos ojos grises como el humo del rey Enrique. Y ciertamente hay un secreto entre la reina y vos. En suma, que sois indudablemente el hombre más misterioso que he conocido jamás.

Riéndose todavía, Justino cogió una de sus manos en las suyas y se la llevó a los labios.

– Tratad de conocerme mejor -dijo- y compartiré con vos todos mis vergonzosos secretos, demoiselle.

Claudine no era una mujer inexperta en escarceos amorosos; sabía exactamente cuándo avanzar, cuándo retirarse y cuándo mantenerse en su sitio.

– No lo olvidaré -dijo, con aire despreocupado, pero dejando que sus dedos descansaran un momento más en la mano de Justino. Habían llegado ya al cuerpo central de la Torre y dejaron de lado, pero no olvidaron, su coqueteo, hasta momento más oportuno-. ¿Estáis aquí para ver a la reina, señor De Quincy? Justino asintió.

– Quería decirle a Su Alteza que no estaré alojado en la abadía de la Santísima Trinidad. De momento estaré en la taberna de Gracechurch Street. Mi caballo se ha herido una pata esta tarde, está algo cojo y le he tenido que dejar descansar. Tengo también una carta para el auxiliar del justicia de Hampshire. -Vaciló porque le avergonzaba tener que confesar que no sabía cómo contratar un mensajero; nunca había tenido motivo para enviar una carta-. Espero que el secretario de la reina sepa de un hombre que vaya en dirección a Winchester.

– No hay necesidad de esperar a que un viejo vaya en esa dirección. La reina despachará un correo real con vuestra carta. Y yo le diré que os alojáis ahora en Gracechurch Street, si así lo deseáis. A no ser que queráis verla personalmente.

Justino hizo un gesto negativo con la cabeza.

– No es necesario. -El mero hecho de que Leonor estuviera dispuesta a verlo sin hacerle preguntas era razón suficiente para no abusar de un privilegio tan especial.

– Os verá si lo deseáis, pero sospecho que hoy no quiere más compañía que la suya propia -dijo Claudine-. Hemos tenido noticias perturbadoras este mediodía… sobre su hijo.

– ¿Ricardo? ¿O Juan?

– No, el rey. -Las comisuras de los labios de Claudine se curvaron levemente-. El Príncipe de las Tinieblas, Juan, se ha marchado de Londres sin decirle una palabra a la reina y por lo visto apresuradamente.

– ¿A dónde se ha ido? -preguntó Justino parpadeando visiblemente.

– Hasta ahora nadie lo sabe. Lo único que puedo deciros es lo que la reina teme: lo peor. Hay siempre peligro cuando Juan está cerca. Pero el peligro es mayor cuando no lo está.

10. LONDRES

Febrero de 1193

Londres era demasiado ruidoso para los que se levantaban tarde. Por eso Justino se despertó temprano a la mañana siguiente, se vistió deprisa porque el cuarto estaba helado y abrió las contraventanas para ver qué día le esperaba. El cielo tenía el color del peltre y estaba nublado. Pero se podía disfrutar de cierta claridad mirando hacia abajo, al patio, donde una niña jugaba con Shadow. Justino asumió que la niña era Lucy, la hijita de Nell, y observó, complacido, sus jugueteos. Tal vez le fuera más fácil encontrar un dueño para Shadow de lo que le pareció a primera vista.

Estaba en la escalera cuando oyó un ruido extraño, un grito estridente, pronto sofocado. El cuarto de estar estaba vacío, invadido aún por las sombras nocturnas. La puerta de la cocina estaba entornada y, al acercarse, se oyó un golpe sordo y otro grito contenido. Acelerando el paso, Justino llegó a la puerta y la empujó.

Alguien había tirado al suelo un montón de astillas para el fuego; una silla se encontraba volcada. Al otro lado de la cocina, un hombre corpulento tenía a Nell sujeta contra la pared, con una mano apretándole la boca y con la otra rasgando su vestido. Su cuerpo ocultaba casi por completo a Nell, porque era un hombre robusto y fornido, no excesivamente alto pero ancho como un barril. Apretada y medio asfixiada contra el tórax del hombre, continuaba defendiéndose, retorciéndose y pataleando, mientras el intruso trataba de levantarle la falda. Estaba de espaldas a la puerta y tan decidido a domeñar a Nell que no se dio cuenta de que no estaban ya solos.

Justino ya a punto de empuñar la espada vio un saco de harina en una mesa cercana y lo cogió y puesto al lado del hombre antes de que éste pudiera darse cuenta, lo volcó sobre su cabeza y sobre sus hombros. Cegado y casi asfixiado, el individuo soltó a Nell y se echó hacia atrás. Antes de que pudiera zafarse del saco, Justino le dio con la rodilla en la entrepierna y cayó al suelo como si le hubieran dado un mazazo, retorciéndose por el suelo a los pies de Justino.

Nell estaba contra la pared, respirando con dificultad. Había perdido el velo, estaba despeinada y con el rostro y la ropa cubiertos de harina, pero se recuperó con admirable rapidez. Cogió una pesada sartén de las trébedes y estaba a punto de golpear con ella la cabeza de su agresor cuando Justino la cogió del brazo, y evitó el golpe.

– ¡No se merece que corras el riesgo de que te ahorquen, muchacha!

Fue difícil convencerla y Justino tuvo que quitarle la sartén de las manos. Cuando lo hizo, Nell dio una patada en las costillas al hombre que yacía en el suelo, llamándole sapo asqueroso y volvió a darle otra patada. Justino sacó su espada y la puso a la altura del pecho jadeante del hombre, se inclinó después y le quitó de encima el saco.

El agresor de Nell gemía, se frotaba los ojos, parpadeaba, estornudaba y se encogió al ver la amenazadora hoja de acero.

– Si me traes una soga -dijo Justino a Nell-, lo ato y voy en busca del justicia.

Nell miró al acobardado violador.

– No -dijo-. Simplemente échalo de aquí.

A Justino no le sorprendió su reacción porque una acusación de violación no era fácil de demostrar.

– ¿Estás segura? Yo haré de testigo de lo que he visto. -Pero cuando Nell se negó con un gesto de cabeza, no insistió e hizo que el hombre se pusiera de pie, tocándole con la punta de la espada. No halló la menor resistencia y momentos después arrojó al hombre a la calle haciéndolo salir por la puerta de la taberna.

La gente se volvía para mirar a esta súbita aparición y se reía, porque no sólo tenía el aspecto de haberse caído de cabeza en un montón de cal, sino que andaba con el cuerpo encorvado formando un ángulo extraño, andando de lado como un cangrejo. No sólo era un objeto ridículo sino que se convirtió después en motivo de desprecio cuando Nell daba gritos detrás de éclass="underline"

– ¡Si te vuelvo a ver otra vez en Gracechurch Street, so hijo de puta, te castraré con una cuchara roma!

El hombre huyó entre gritos y mofas de la gente; Nell continuaba encolerizada, maldiciendo a su agresor con originales insultos, echando sapos y culebras al mirar la manga, hecha jirones, de su túnica. Pero había empezado a temblar y no protestó cuando Justino la incitó a que volviera dentro. Haciéndole que se sentara cerca del hogar, él recorrió la cocina de arriba abajo en busca de una bebida que la tranquilizara.

– Es demasiado pronto para una cerveza y no hay vino. Así que tendrá que ser sidra -dijo, sirviéndole una copa.

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