El hombre de la reina
- Автор: Penman Sharon Kay
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El hombre de la reina». Краткое содержание книги:
Nell se la bebió muy a gusto, enlazando los dedos en torno al pie de la copa para que dejaran de temblar. Pero de repente la copa se le movió en la mano, derramando la sidra sobre su manga rota.
– ¿Lucy?
– No ha visto nada -le aseguró Justino-. Está fuera jugando con el perro.
– Gracias a Dios -dijo Nell con dulzura. Pero un momento después, volvió a enfadarse, esta vez contra sí misma-. ¿Cómo he podido ser tan descuidada? Le había comprado ya dos veces leña a ese cabrón y cada vez no hacía más que olisquearme las faldas como un perro en celo. Pero le tomé simplemente por el típico charlatán medio tonto y no le hice caso. Debía haber tenido más cuidado. -Meneó la cabeza con tanta vehemencia que la única horquilla que le quedaba se le cayó entre las pajas del suelo-. La mayoría de los hombres andan a ver qué sacan en limpio, y que Dios los pudra, pero la cosa es que ¡se salen con la suya!
– Esta vez, no.
Nell se detuvo a mitad de su parlamento y miró fijamente a Justino.
– No -asintió-, esta vez no y supongo que os lo debo a vos.
Justino se encogió de hombros y se sirvió más sidra.
– No quiero meterme en donde no me llaman, pero tiene que haber un oficio menos peligroso para una mujer.
– ¿De verdad? -Nell pestañeó, simulando sorpresa-. ¡Y yo que creía que era esto o morirme de hambre! -Se suavizó un poco y le dirigió a Justino una sonrisa rápida y algo forzada-. No tengo mucha práctica en esto de dar las gracias. Pero os estoy agradecida por lo que habéis hecho por mí. ¿Creéis de verdad que necesito que se me hagan ver los peligros de mi empleo? ¡Si vives con canallas, amigo, no puedes por menos de notarlo!
Se levantó antes de que él pudiera responder, cruzó el cuarto, se acercó a la ventana y abrió las contraventanas.
– Quiero estar segura de que a mi hija no le faltarán cuidados.
Justino se acercó también y se quedó de pie junto a ella.
– Le ha gustado mucho el cachorro, Nell. Da no sé qué el tener que separarlos.
Nell se volvió para mirarle y sonrió.
– Estoy en deuda con vos, ¡pero no hasta ese punto! -añadió y Justino le devolvió la sonrisa, recibiendo por primera vez el impacto de una mujer que le gustaba.
– Y el padre de Lucy, ¿no puede ayudarte?
– No es muy probable. Ha muerto. -Lo dijo como si tal cosa: si esto era una herida, era una herida cicatrizada. Volviendo a cerrar las contraventanas, se sentó a la mesa y cogió de nuevo su vaso de sidra. Cuando Justino la siguió, dijo-: Mi hombre y yo estábamos casados como Dios manda, lo hicimos en la puerta de la iglesia. -Levantó el mentón, como desafiándole a que dudara de ello-. Yo insistí en que fuera así. Tal vez no sea una santa, pero no soy una cualquiera. No estaba dispuesta a consentir que nadie llamara bastarda a mi hija porque ésta es una palabra dura como una piedra y amarga como la hiel. Y yo lo sé muy bien.
– Yo también -contestó Justino y notó en Nell un destello de sorpresa-, ¿Qué le pasó a tu marido?
– Mi marido era «rastrillador». -Al notar la perplejidad de Justino, Nell se lo explicó-. Así es como llaman los londinenses a los hombres que limpian las calles de la ciudad. No le pagaban mucho, y bien sabe Dios que era una forma miserable de ganarse la vida, pero Will carecía de oficio y no era un ladrón. Tenía un buen corazón, pero no era el tipo de hombre que hace planes para el día de mañana. Se divertía como y donde podía y lo hizo cada vez con más frecuencia en las tabernas. Le gustaba echar un trago al terminar el trabajo y a veces durante las horas de trabajo también. Llegó un momento en que se paraba demasiado a menudo y un día se cayó del carro. Si hubiera estado sobrio, no habría tenido consecuencias, pero no lo estaba y las ruedas le aplastaron el pecho. -Poniendo la sidra en la mesa, dijo sin ironía-: Tuvo suerte. Murió enseguida.
Justino no pronunció ninguna palabra de condolencia porque era evidente que ella ni las esperaba ni las quería.
– Y tú ¿no tenías familia a quien acudir, Nell?
– Dinero y familia nunca tuve mucho de ninguna de las dos cosas. Familiares, la mayoría han muerto, como Will. Así que me puse a lavar para otros y después a coser, y lo que hice unas cuantas veces mejor es dejarlo entre Dios y yo. Nada bastaba para pagar el alquiler de nuestra casa. Aquí al menos tenemos una cama mi niña y yo. Yeso no es poco, señor De Quincy.
– Llámame Justino -dijo él-, Y ¿cómo terminaste aquí?
– No he «terminado» en ningún sitio, por lo menos todavía no. Reconozco que los designios del Señor para mí pueden parecer a veces algo turbios y que tratar de encontrar mi camino puede ser como buscar un gato negro en noche cerrada. De momento, el camino nos ha traído a Lucy y a mí aquí. Una prima, por parte de madre, está casada con Godfrey, propietario de esta pocilga. Es viejo, está casi inmovilizado por la gota, y ha llegado a depender de mí más de lo que le gustaría reconocer. Empecé ayudándole, pero ahora soy yo la que hace los pedidos, da los empleos y despide a la gente, y a cambio de todo esto me da una cama arriba, un jornal cada semana y la oportunidad de divertirme defendiéndome de tipos como ése que me habéis quitado de encima. Pero espero que…
Nell se estremeció al oír un aldabonazo repentino y persistente, dando a entender que sus nervios no eran tan templados como quería hacerle creer a Justino.
– Les voy a decir que la taberna no está abierta todavía -propuso él, y cuando Nell asintió, Justino se dirigió a la puerta.
Los golpes continuaban sin interrupción. Justino descorrió el cerrojo, abrió la puerta y miró al intruso con el ceño fruncido.
– Tendréis que volver más tarde.
– Me parece que no -contestó un hombre desde fuera. Justino se puso a la defensiva. El aspecto del tipo no era más tranquilizador que sus palabras. Era de estatura mediana y musculoso; iba bien armado: su manto, al abrirse, dejaba ver una vaina y una daga enfundada. Era difícil calcular su edad. Justino pensó que tendría entre treinta y cuarenta años y que cuando la muerte llegara, no sería una muerte pacífica. Llevaba un parche negro en un ojo y tenía una boca de labios muy delgados, torcida en una de las comisuras, en una siniestra parodia de una sonrisa a causa de una irregular cicatriz que no podía haber sido causada más que por la hoja de un cuchillo mellado. No era un hombre con el que a Justino le hubiera gustado encontrarse en una callejuela oscura. Tampoco le agradaba tener que tratar con él aquí en este momento. Así que le dijo de manera cortante:
– La taberna está cerrada. Tendréis que ir a buscar vuestra cerveza a otro sitio.
– No estoy aquí para buscar cerveza. A quien estoy buscando es a un hombre llamado De Quincy.
– ¿Por qué? -preguntó Justino, cauteloso, y el hombre le dirigió una mirada sobrecogedora, con su único ojo tan negro e impenetrable como pulido azabache.
– ¿Sois vos De Quincy? Si no lo sois, ¿por qué he de contestar a vuestra pregunta?
– Sí, lo soy. Y ahora os toca a vos. ¿Quién sois?
– Jonás. -Cuando Justino le volvió a mirar sin comprenderle, el hombre dijo con impaciencia-: ¿No os dijo Fitz Alan que su sargento vendría a buscaros?
– ¿Sois vos el sargento? -La sonrisa de Justino era tanto de arrepentimiento como de alivio-. Lo siento. El justicia no mencionó vuestro nombre. Entrad.
Pasó un buen rato antes de que pudieran hablar, porque Justino tuvo que tranquilizar a Nell de que este desconocido de tan mala catadura era persona de total confianza. Trajo velas y sidra y el sargento continuaba de pie. Cuando Justino le señaló una mesa, notó que Jonás escogía el asiento que miraba hacia el cuarto. Estaba seguro de que hacía muchos años que el sargento no se sentaba dándole la espalda a una puerta. Haciendo deslizar un vaso de sidra sobre la mesa, dijo:
– ¿Conocéis a Gilbert el Flamenco?
El sargento asintió.
– Es el peor entre los peores. Sé al menos de tres robos y dos asesinatos cometidos por él y quiero interrogarle sobre ellos. Pero no es hombre fácil de localizar, como vos mismo estáis viendo.