El Ojo Del Huracan
- Автор: Хиггинс Джек
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El Ojo Del Huracan». Краткое содержание книги:
La minuciosa preparación del golpe, los ciegos esfuerzos del servicio secreto por evitarlo, forman el nudo de una obra tan inteligente como trepidante. La maestría de Jack Higgins -de quien Grijalbo ha publicado Ha llegado el águila y El águila emprende el vuelo- alcanza en esta obra la máxima sutileza, energía y verosimilitud.
– Creo que os divertiréis.
– ¿Le gustaría acompañarnos, señor?
– Pues sí me gustaría -dijo Ferguson.
– Está bien, le esperamos allí a las ocho.
Ferguson colgó y se volvió hacia Alice Johnson.
– Un comunicado breve, confidencial y reservado a la atención del primer ministro, para el expediente especial -y dictó rápidamente un informe sobre las últimas novedades, incluyendo su conversación con Devlin-. Original y copia, y ya puede llamar al mensajero mientras lo pasan a máquina para mi firma. Dése prisa, debo salir.
Ella volvió a su despacho con rapidez. Gordon Brown estaba junto a la copiadora y ella se sentó a la máquina.
– Creí que Ferguson había salido -inquirió él.
– Yo también, pero está aquí y acaba de darme un trabajito extra. Otro informe confidencial para el primer ministro.
– ¿De veras?
Ella empezó a teclear con rabia y acabó en dos minutos. Entonces se puso en pie y dijo:
– Pues tendrá que esperar, necesito ir al lavabo.
– Yo te hago las copias.
– Gracias, Gordon.
Recorrió el pasillo y estaba a punto de abrir la puerta del lavabo cuando se dio cuenta de que había olvidado su bolso sobre el escritorio. Volvió sobre sus pasos y regresó deprisa a la oficina. La puerta estaba entreabierta y vio a Gordon, de pie junto a la copiadora, leyendo el informe. Con no poco asombro por parte de ella, lo dobló, se lo guardó en el bolsillo interior de la americana y sacó rápidamente otra copia.
Alice estaba totalmente estupefacta y no supo qué hacer. Recorrió otra vez el pasillo y se encerró en el lavabo, mientras procuraba dominar su nerviosismo. Al cabo de un rato salió.
El informe y la copia estaban sobre su escritorio.
– Hecho -dijo Gordon-, y acabo de llamar al mensajero.
Ella respondió con forzada sonrisa:
– Lo paso a la firma.
– Bien, y yo voy a bajar a la cantina. Hasta luego.
Alice enfiló el pasillo, llamó a la puerta del despacho de Ferguson y entró. Él alzó la mirada de lo que estaba escribiendo:
– ¡Ah! Muy bien. Voy a firmarlo ahora, y despache usted el envío para el primer ministro en seguida -Ella temblaba, y Ferguson al darse cuenta frunció el ceño-. ¡Mi querida señorita Johnson! ¿Qué le pasa?
Ella se lo contó. Él la escuchó con expresión preocupada y cuando la explicación hubo terminado, descolgó el teléfono.
– ¿Sección especial? Con el inspector jefe Lane. De parte del brigadier Ferguson, Grupo Cuarto. Máxima urgencia. En mi despacho y sin demora, por favor -y después de colgar se volvió hacia ella-. Esto es lo que hará usted. Vaya a su despacho y compórtese como si no hubiese ocurrido nada.
– Pero si no estará allí, brigadier. Ha bajado a la cantina.
– ¿De veras? -dijo Ferguson-. ¿Por qué habrá hecho una cosa así?
Cuando Tania oyó la voz de Gordon Brown montó en cólera inmediatamente.
– ¿No te lo tengo dicho, Gordon?
– Sí, pero es urgente.
– ¿Dónde estás ahora?
– En la cantina del ministerio. Tengo otro informe.
– ¿Es importante?
– Mucho.
– Léemelo.
– No, te lo daré cuando termine mi turno, a las diez.
– Nos veremos en tu piso, Gordon, te lo prometo, pero necesito saber ahora lo que hay y si te niegas, no hará falta que te molestes en llamarme otra vez.
– No, no. Está bien, lo leeré.
Cuando hubo terminado, ella dijo:
– Buen chico, Gordon. Hasta luego.
Él colgó y se volvió al tiempo que doblaba la copia del informe. La puerta de la cabina se abrió de golpe y Ferguson le arrebató el informe de los dedos.
10
Tania no necesitó más de una llamada para localizar a Dillon en el hotel.
– La cosa está que arde -anunció-. La búsqueda de una pista sobre usted se ha desplazado a Belfast.
– Cuénteme.
Ella lo hizo y concluido el relato, preguntó:
– ¿Usted entiende lo que está pasando?
– Sí -dijo él-. El tal McGuire era un pez gordo de los provisionales en aquella época.
– ¿Y murió, o anda por ahí todavía?
– En eso Devlin tiene razón. Se rumoreó que había muerto a consecuencia de un ajuste de cuentas interno del movimiento, pero eso no fue más que una argucia para retirarlo de la circulación una temporada.
– Si consiguen localizarlo, ¿podría crearle dificultades a usted?
– Quizá, pero no si le localizo yo primero.
– Y ¿cómo se las arreglará para eso?
– Conozco a un hermanastro suyo, un tal Macey. Él sabrá dónde se le puede encontrar.
– Pero eso significa que tendría que ir a Belfast usted mismo.
– No es difícil. Una hora y cuarto con la British Airways.
Ahora no recuerdo a qué hora sale el último vuelo de la noche, tendré que consultarlo.
– Espere, tengo aquí los horarios de la compañía -dijo ella, al tiempo que rebuscaba en su escritorio. Halló la guía y la hojeó buscando la página de los vuelos a Belfast-. El último avión despega a las ocho y media. Son las siete menos cuarto ahora, pero con los embotellamientos de la tarde sería mortal tratar de llegar a Heathrow, sobre todo con este mal tiempo, se perderá por lo menos una hora o quizás hora y media.
– ¿Y mañana por la mañana?, contestó Dillon
– A las ocho y media, también.
– Será cuestión de madrugar.
– ¿Le parece prudente?
– Nada lo es en esta vida, ¿no cree? Sabré arreglármelas, no se preocupe. Seguiremos en contacto.
Colgó, reflexionó unos momentos y luego llamó a la British Airways para reservar una plaza en el primer vuelo de la mañana, dejando abierto el vuelo de retorno. Encendió un cigarrillo y se acercó a la ventana. Si le parecía prudente, había dicho ella, e intentó recordar lo que Tommy McGuire podía saber acerca de él allá por el ochenta y uno. No lo de Danny Fahy, de eso estaba seguro porque en aquel entonces Fahy vivía oculto y no intervenía en nada. Era una relación puramente personal. Pero lo de Jack Harvey era otro asunto; al fin y al cabo, había sido el mismo McGuire quien le había señalado a Harvey como un posible proveedor de armas.
Tras ponerse la americana, sacó la gabardina del armario y salió. Cinco minutos después paraba un taxi en la esquina, subió y ordenó al taxista que le llevase rápidamente a Covent Garden.
Gordon Brown estaba sentado frente al escritorio de Ferguson, en el despacho a media luz, y estaba asustado como nunca en su vida.
– No lo hice con mala intención, brigadier, se lo juro.
– Pues ¿con qué intención se quedó usted una copia del informe?
– Fue una tontería, lo confieso, un capricho. Sentí curiosidad porque iba dirigido al primer ministro.
– ¿Se da cuenta de lo que ha hecho, Gordon? ¡Un hombre de carrera, y después de tantos años de servicio en el ejército!
El inspector Lane, de la sección especial, era un individuo casi cuarentón que con su arrugado traje de tweed y sus gafas más bien parecía un maestro de escuela.
– Voy a preguntárselo una vez más, señor Brown -dijo, apoyándose en una esquina del escritorio-. ¿Ha sacado copias como ésta otras veces?
– Desde luego que no, ¡se lo juro!
– ¿Y ninguna otra persona le ha sugerido que lo hiciera?
Gordon se mostró escandalizado.
– ¡Por todos los santos, inspector! Eso sería traición. He sido brigada en el Servicio de Información Militar.
– Sí, señor Brown, eso lo sabemos -dijo Lane.
En este punto sonó el teléfono interior y Ferguson descolgó. Era un subordinado de Lane, el sargento Mackie.
– Estoy en el antedespacho, brigadier. Acabamos de registrar el piso de Camden. ¿Si me hacen el favor de salir usted y el inspector?
– Gracias -dijo Ferguson, y colgó-. Está bien, vamos a darle un poco de tiempo para que lo piense mejor, Gordon. ¿Inspector?