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El Ojo Del Huracan

Электронная книга - «El Ojo Del Huracan». Краткое содержание книги:

Una feroz guerra subterránea… y el más audaz de los atentados. Sean Dillon es un asesino. Quizá su atracción por la violencia surgiera de la convicción política cuando formó parte del IRA. Pero ya ha perdido las referencias y los escrúpulos. Dillon es un sicario, un carísimo sicario. Tan caro que sólo un magnate iraquí del petróleo puede pagarle. Son los tiempos de la guerra del Golfo, y un magnicidio puede afectar el equilibrio de los aliados. Se trata de un extraordinario desafío, que sólo Dillon puede abordar. Y él mismo fijará el blanco: el primer ministro británico, John Major.
La minuciosa preparación del golpe, los ciegos esfuerzos del servicio secreto por evitarlo, forman el nudo de una obra tan inteligente como trepidante. La maestría de Jack Higgins -de quien Grijalbo ha publicado Ha llegado el águila y El águila emprende el vuelo- alcanza en esta obra la máxima sutileza, energía y verosimilitud.
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– Creo que os divertiréis.

– ¿Le gustaría acompañarnos, señor?

– Pues sí me gustaría -dijo Ferguson.

– Está bien, le esperamos allí a las ocho.

Ferguson colgó y se volvió hacia Alice Johnson.

– Un comunicado breve, confidencial y reservado a la atención del primer ministro, para el expediente especial -y dictó rápidamente un informe sobre las últimas novedades, incluyendo su conversación con Devlin-. Original y copia, y ya puede llamar al mensajero mientras lo pasan a máquina para mi firma. Dése prisa, debo salir.

Ella volvió a su despacho con rapidez. Gordon Brown estaba junto a la copiadora y ella se sentó a la máquina.

– Creí que Ferguson había salido -inquirió él.

– Yo también, pero está aquí y acaba de darme un trabajito extra. Otro informe confidencial para el primer ministro.

– ¿De veras?

Ella empezó a teclear con rabia y acabó en dos minutos. Entonces se puso en pie y dijo:

– Pues tendrá que esperar, necesito ir al lavabo.

– Yo te hago las copias.

– Gracias, Gordon.

Recorrió el pasillo y estaba a punto de abrir la puerta del lavabo cuando se dio cuenta de que había olvidado su bolso sobre el escritorio. Volvió sobre sus pasos y regresó deprisa a la oficina. La puerta estaba entreabierta y vio a Gordon, de pie junto a la copiadora, leyendo el informe. Con no poco asombro por parte de ella, lo dobló, se lo guardó en el bolsillo interior de la americana y sacó rápidamente otra copia.

Alice estaba totalmente estupefacta y no supo qué hacer. Recorrió otra vez el pasillo y se encerró en el lavabo, mientras procuraba dominar su nerviosismo. Al cabo de un rato salió.

El informe y la copia estaban sobre su escritorio.

– Hecho -dijo Gordon-, y acabo de llamar al mensajero.

Ella respondió con forzada sonrisa:

– Lo paso a la firma.

– Bien, y yo voy a bajar a la cantina. Hasta luego.

Alice enfiló el pasillo, llamó a la puerta del despacho de Ferguson y entró. Él alzó la mirada de lo que estaba escribiendo:

– ¡Ah! Muy bien. Voy a firmarlo ahora, y despache usted el envío para el primer ministro en seguida -Ella temblaba, y Ferguson al darse cuenta frunció el ceño-. ¡Mi querida señorita Johnson! ¿Qué le pasa?

Ella se lo contó. Él la escuchó con expresión preocupada y cuando la explicación hubo terminado, descolgó el teléfono.

– ¿Sección especial? Con el inspector jefe Lane. De parte del brigadier Ferguson, Grupo Cuarto. Máxima urgencia. En mi despacho y sin demora, por favor -y después de colgar se volvió hacia ella-. Esto es lo que hará usted. Vaya a su despacho y compórtese como si no hubiese ocurrido nada.

– Pero si no estará allí, brigadier. Ha bajado a la cantina.

– ¿De veras? -dijo Ferguson-. ¿Por qué habrá hecho una cosa así?

Cuando Tania oyó la voz de Gordon Brown montó en cólera inmediatamente.

– ¿No te lo tengo dicho, Gordon?

– Sí, pero es urgente.

– ¿Dónde estás ahora?

– En la cantina del ministerio. Tengo otro informe.

– ¿Es importante?

– Mucho.

– Léemelo.

– No, te lo daré cuando termine mi turno, a las diez.

– Nos veremos en tu piso, Gordon, te lo prometo, pero necesito saber ahora lo que hay y si te niegas, no hará falta que te molestes en llamarme otra vez.

– No, no. Está bien, lo leeré.

Cuando hubo terminado, ella dijo:

– Buen chico, Gordon. Hasta luego.

Él colgó y se volvió al tiempo que doblaba la copia del informe. La puerta de la cabina se abrió de golpe y Ferguson le arrebató el informe de los dedos.

10

Tania no necesitó más de una llamada para localizar a Dillon en el hotel.

– La cosa está que arde -anunció-. La búsqueda de una pista sobre usted se ha desplazado a Belfast.

– Cuénteme.

Ella lo hizo y concluido el relato, preguntó:

– ¿Usted entiende lo que está pasando?

– Sí -dijo él-. El tal McGuire era un pez gordo de los provisionales en aquella época.

– ¿Y murió, o anda por ahí todavía?

– En eso Devlin tiene razón. Se rumoreó que había muerto a consecuencia de un ajuste de cuentas interno del movimiento, pero eso no fue más que una argucia para retirarlo de la circulación una temporada.

– Si consiguen localizarlo, ¿podría crearle dificultades a usted?

– Quizá, pero no si le localizo yo primero.

– Y ¿cómo se las arreglará para eso?

– Conozco a un hermanastro suyo, un tal Macey. Él sabrá dónde se le puede encontrar.

– Pero eso significa que tendría que ir a Belfast usted mismo.

– No es difícil. Una hora y cuarto con la British Airways.

Ahora no recuerdo a qué hora sale el último vuelo de la noche, tendré que consultarlo.

– Espere, tengo aquí los horarios de la compañía -dijo ella, al tiempo que rebuscaba en su escritorio. Halló la guía y la hojeó buscando la página de los vuelos a Belfast-. El último avión despega a las ocho y media. Son las siete menos cuarto ahora, pero con los embotellamientos de la tarde sería mortal tratar de llegar a Heathrow, sobre todo con este mal tiempo, se perderá por lo menos una hora o quizás hora y media.

– ¿Y mañana por la mañana?, contestó Dillon

– A las ocho y media, también.

– Será cuestión de madrugar.

– ¿Le parece prudente?

– Nada lo es en esta vida, ¿no cree? Sabré arreglármelas, no se preocupe. Seguiremos en contacto.

Colgó, reflexionó unos momentos y luego llamó a la British Airways para reservar una plaza en el primer vuelo de la mañana, dejando abierto el vuelo de retorno. Encendió un cigarrillo y se acercó a la ventana. Si le parecía prudente, había dicho ella, e intentó recordar lo que Tommy McGuire podía saber acerca de él allá por el ochenta y uno. No lo de Danny Fahy, de eso estaba seguro porque en aquel entonces Fahy vivía oculto y no intervenía en nada. Era una relación puramente personal. Pero lo de Jack Harvey era otro asunto; al fin y al cabo, había sido el mismo McGuire quien le había señalado a Harvey como un posible proveedor de armas.

Tras ponerse la americana, sacó la gabardina del armario y salió. Cinco minutos después paraba un taxi en la esquina, subió y ordenó al taxista que le llevase rápidamente a Covent Garden.

Gordon Brown estaba sentado frente al escritorio de Ferguson, en el despacho a media luz, y estaba asustado como nunca en su vida.

– No lo hice con mala intención, brigadier, se lo juro.

– Pues ¿con qué intención se quedó usted una copia del informe?

– Fue una tontería, lo confieso, un capricho. Sentí curiosidad porque iba dirigido al primer ministro.

– ¿Se da cuenta de lo que ha hecho, Gordon? ¡Un hombre de carrera, y después de tantos años de servicio en el ejército!

El inspector Lane, de la sección especial, era un individuo casi cuarentón que con su arrugado traje de tweed y sus gafas más bien parecía un maestro de escuela.

– Voy a preguntárselo una vez más, señor Brown -dijo, apoyándose en una esquina del escritorio-. ¿Ha sacado copias como ésta otras veces?

– Desde luego que no, ¡se lo juro!

– ¿Y ninguna otra persona le ha sugerido que lo hiciera?

Gordon se mostró escandalizado.

– ¡Por todos los santos, inspector! Eso sería traición. He sido brigada en el Servicio de Información Militar.

– Sí, señor Brown, eso lo sabemos -dijo Lane.

En este punto sonó el teléfono interior y Ferguson descolgó. Era un subordinado de Lane, el sargento Mackie.

– Estoy en el antedespacho, brigadier. Acabamos de registrar el piso de Camden. ¿Si me hacen el favor de salir usted y el inspector?

– Gracias -dijo Ferguson, y colgó-. Está bien, vamos a darle un poco de tiempo para que lo piense mejor, Gordon. ¿Inspector?

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