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Noticias de la noche

Электронная книга - «Noticias de la noche». Краткое содержание книги:

Atenas, años noventa, la presión de los emigrantes, clandestinos o no, de los antiguos países del Este, el dinero fácil, los empresarios del pelotazo, la corrupción policial, el todo vale de algunos medios de comunicación, también la conciencia de una democracia reconquistada después de una dictadura, son el telón de fondo de una historia que se inicia con la muerte a cuchilladas de una pareja de albaneses y continúa con el asesinato de dos reporteras de una popular cadena de televisión.
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Por lo visto, en un momento determinado se cansó de fotografiar caras y decidió dedicarse a los vehículos, porque las cuatro instantáneas siguientes son de camiones frigoríficos y de autocares de las empresas de Pilarinós. Los camiones llevan en los costados el rótulo de Transpilar, con la dirección, el teléfono y el fax de la compañía. En el costado izquierdo de los autocares, el que se ve en la foto, figura el nombre de la empresa Prespes Travel, la dirección, el teléfono y el fax. Pase que hiciera fotos de personas, tendría sus razones. Pero, ¿por qué iba a tomarse la molestia de fotografiar la flota de Pilarinós? No alcanzo a comprenderlo.

Oigo que se abre la puerta y levanto la cabeza. Sotiris entra rápidamente en el despacho.

– ¿Qué hay? -pregunto.

– He enviado los papeles a Aduanas y al aeropuerto. Estoy esperando las respuestas. Los de Aduanas me han prometido llamar en cuanto lo localicen. Han pasado dos años, y las listas están archivadas.

– ¿Y los nombres que te indiqué?

– Todos localizados. Dos de ellos murieron en el extranjero y fueron repatriados. Fotíu falleció seis meses después del regreso. Petasi vivió más tiempo, un año. Murió de sida. El único superviviente es Spiros Gonatás. Está aquí fuera, esperándolo. Prefiero que se lo cuente él mismo.

De las cinco personas que figuran en la lista de Karayorgui, cuatro están muertas. Pues sí que empezamos bien.

– Hazlo pasar -ordeno con impaciencia.

Abro el cajón y saco la carpeta de Karayorgui. Echo un vistazo a la lista. Gonatás es el que viajó a Budapest en autocar, el 15 de marzo de 1992.

Se abre la puerta, y Sotiris deja pasar a una pareja.

– El señor y la señora Gonatás -anuncia, mientras les indica dónde sentarse.

Gonatás rondará los sesenta, está calvo y sólo le quedan unos restos de cabello en las sienes. La americana no es del mismo color que los pantalones, no porque sea un conjunto informal, sino porque son piezas de dos trajes distintos. Lleva el jersey de cuello cerrado, que apenas deja asomar el nudo de la corbata. Tiene aspecto de tendero de mercería o papelería. La mujer que lo acompaña es algo más joven que él. Lleva un abrigo gris de línea recta. Tiene el cabello color negro azabache, con algunas canas. Dos personas sencillas, que en este momento están sentadas enfrente de mí, encogidas e incómodas.

Pongo cara amistosa para tranquilizarlos.

– No se preocupen, no se trata de nada importante -les aseguro-. Sólo quisiera hacerles algunas preguntas. -Veo que se relajan, pero justo en este momento suena el teléfono.

– Jaritos.

– Su hija -suena la voz de Katerina, que siempre se ríe de su propia broma.

– Hola, ¿qué tal? -digo con un tono de voz algo menos dulce que de costumbre.

– ¿Tienes visita? -pregunta al darse cuenta de mi sequedad.

– Sí.

– Vale, no te entretengo. Sólo te llamo para decirte que eres el mejor papi del mundo.

– ¿Por qué? -pregunto como un bobo, mientras noto que mi sonrisa se extiende de oreja a oreja.

– Por dejar que mamá venga para las fiestas.

– ¿Te alegras?

– Sí, aunque a medias.

– ¿Por qué a medias?

– Porque la otra mitad eres tú. Y tú te quedas en Atenas.

– No hay que pedir tanto -digo para picarla y disimular mi emoción.

– Ya. De ti he aprendido a conformarme con poco.

Sé a qué se refiere. Solía darle el dinero para gastos con cuentagotas, para no acostumbrarla mal.

– Te adoro.

– Yo también te adoro, cariño.

Me había olvidado por completo de la pareja. Oigo que cuelga y dejo el auricular.

– Mi hija-explico a los Gonatás-. Está estudiando en Salónica y me ha llamado para saludarme.

Por un lado, no quiero que piensen que hablaba con mi amante. Por el otro, el comentario sirve para romper el hielo. Esto lo consigo a la perfección, porque ambos me dirigen una sonrisa comprensiva.

– Señor Gonatás, el 15 de marzo de 1992 hizo usted un viaje a Budapest.

– Sí, señor.

– ¿Podría decirme el motivo? ¿Fue un viaje turístico, o tal vez de negocios? ¿Por qué viajó?

– Por razones de salud, teniente. Me sometí a un trasplante de riñón.

Así que de eso se trataba. Salieron al extranjero para un trasplante de órganos. Eso explica el sida de Petasi. Seguramente lo contrajo por la transfusión de sangre.

– También se hacen trasplantes en Grecia. ¿Por qué fue a Budapest?

– Porque llevábamos siete años en lista de espera y estábamos desesperados, teniente -salta la mujer-. Siete años infernales. Dos veces por semana a diálisis y sin vislumbrar ninguna salida. Que Dios bendiga a esa mujer. Fue nuestra salvación.

– ¿Qué mujer?

– Un día, al salir del hospital, se nos acercó una mujer -dice Gonatás-. Fue en noviembre del noventa y uno.

– No, fue en octubre. Lo recuerdo bien -le corrige su mujer.

– En fin. Me preguntó si quería ser operado en el extranjero. En Budapest, Varsovia o Praga. Tres millones. La cantidad cubría la operación, la clínica, el hotel, los pasajes… todo; pagado en Grecia, en dracmas. Yitsa y yo lo meditamos. Si nos hubiésemos quedado aquí, igual hubiesen pasado siete años más. Dinero no teníamos para ir a Londres o a París. Nos liamos la manta a la cabeza, aceptamos y me salvaron la vida.

– ¿Cómo se llama esa mujer?

Gonatás echa una mirada de reojo a su esposa. Me miran fijamente, encogidos e incómodos otra vez.

– ¿Les parece que lo que hicieron no era del todo legal? -pregunto con aire inocente.

– ¡Por Dios! -exclama la mujer-. ¡Mi Spiros recobró la salud, eso es todo!

Evidentemente, no sabe que los otros cuatro murieron y que su marido se salvó de puro milagro.

– Entonces, ¿por qué no me dicen su nombre? Ni ustedes ni ella tienen nada que temer.

– Se llama Duru -dice por fin Gonatás-. Eleni Duru.

¿De qué me suena este nombre? No logro recordarlo.

– ¿Tienen su dirección? ¿Un teléfono?

– No tenemos nada -responde la mujer-. Ella se quedó con nuestro teléfono y se puso en contacto con nosotros. Nos trajo los pasajes junto con la reserva del hotel y la autorización de la clínica conforme nos habían aceptado. También nos dijo la fecha en que teníamos que estar en Budapest. Lo demás lo arreglamos a través de la agencia de viajes.

– ¿Qué agencia? -pregunto, aunque ya sé la respuesta.

– Prespes Travel. Nos fuimos en autocar y volvimos en avión. Así resultó más barato.

Observo en silencio a la pareja que sigue sentada delante de mí. Fueron a Budapest y el hombre recobró la salud. Ya están tranquilos. Y he aquí que aparezco yo, a escarbar en viejas heridas e inocularles el veneno de la sospecha.

– Bien, ya pueden irse a casa. No hará falta que vuelvan por aquí.

Esto último los tranquiliza de nuevo y se levantan aliviados. En cuanto salen, llamo a Sotiris.

– Toma nota: Eleni Duru. Quiero hablar con ella.

Abro las dos listas sobre la mesa y las estudio. El 25/6/91 Yannis Evanguelu sale de Atenas con destino a Praga. El 20/10/91 un autocar parte de Bucarest con destino Budapest. El 5/11/91 Aléxandros Fotíu emprende viaje a Budapest. Spiros Gonatás, quien salió de Atenas el 15/3/92, está relacionado con un autocar que partió de Bucarest el 6/3/92. No hace falta ser mago para adivinar lo que pasaba. Buscaban a unos pobres diablos, albaneses, rumanos o búlgaros, y les compraban uno de sus riñones. A los albaneses los llevaban a Praga, a los rumanos a Budapest y a los búlgaros a Varsovia. Luego, avisaban al paciente griego para que emprendiera viaje. Allí le extirpaban el riñón al donante y se lo implantaban al receptor. El griego volvía a casa curado y el albanés o el rumano con un riñón menos y con cuatro monedas en el bolsillo. De acuerdo, cuatro de los cinco han muerto, pero estamos hablando de trasplantes, no de intervenciones de poca monta. El que quiera quejarse que se vaya a Praga, Budapest o Varsovia a poner una denuncia. En Grecia no puede hacer nada; ni siquiera acusarlos por tráfico ilegal de divisas.

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