Noticias de la noche
- Автор: Márkaris Petros
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Noticias de la noche». Краткое содержание книги:
Apenas termino con Sotirópulos, veo que Petratos se acerca a mí.
– ¿Pensáis dejarlo marchar? -Hierve de cólera.
– ¿Qué otro remedio me queda, después de tu metedura de pata?
– Menos mal que tuve la idea de traer a su madre y todo se ha arreglado -dice Sotirópulos, que lanza a Petratos una mirada pendenciera.
Hago señas a un agente.
– ¡Llévate a estos caballeros de aquí!
Se contemplan mutuamente con encono y se alejan, cada uno por su lado.
Los policías empiezan a salir del hotel de uno en uno.
– Ya están todos fuera -dice el capitán cuando sale el último-. No queda nadie dentro.
Me llevo de nuevo el megáfono a los labios.
– ¡Kolákoglu! ¡Ya se han ido todos! ¡Puedes bajar!
Kolákoglu se inclina para mirar y asegurarse de que no le engaño. Empieza a retroceder, siempre con el arma en la sien.
El capitán y yo permanecemos inmóviles, esperando. Al rato, Kolákoglu aparece en la puerta del hotel con la pistola pegada a su sien.
– ¡Que no se acerque nadie! ¡Dejad que se vaya! -grito a nuestros hombres a través del megáfono.
Kolákoglu está pegado a la fachada del hotel y mira a su alrededor. Empieza a avanzar con la espalda contra la pared, llega a la calle Nirvana y desaparece. Los polis me miran. Evidentemente, esperan que dé el primer paso. Sin embargo, yo no hago nada. Sigo inmóvil en mi sitio.
Capítulo 30
A la vuelta, el conductor del coche patrulla cambia de itinerario. Sale por la calle Iakovaton y enfila la avenida Patisíon.
– Les dices que el fugitivo frecuenta un bar, y a ellos no se les ocurre otra cosa que preguntar en los hoteles de los alrededores -dice Zanasis-. Cualquier reporterillo sabría hacer mejor su trabajo. -Ocupa de nuevo el asiento del acompañante.
– Suele pasar cuando uno controla las investigaciones desde el despacho, por medio del teléfono, y no sale a la calle a dirigirlas en persona -respondo.
Me trago lo de «eres un cretino», porque no quiero ponerlo en evidencia delante del conductor, que tiene menos rango.
No estoy seguro de haber obrado bien con Kolákoglu. A lo mejor me he dejado llevar por mi convicción de que es inocente. Pero no sé qué otra alternativa me quedaba. A fin de cuentas, todo este jaleo ha servido para algo. Ha demostrado que Kolákoglu no cuenta con la ayuda de nadie para ocultarse, o bien que el tipo ha agotado sus recursos y se ha visto obligado a refugiarse en hoteles con falsa identidad. De modo que ahora sabemos dónde buscar y nos resultará fácil volver a encontrarlo. Guikas es el único punto negro. Por enésima vez, he actuado sin su conocimiento. He hecho lo que me ha dado la gana y no sé cómo reaccionará.
Cuando llegamos al semáforo de la avenida Alexandras, Zanasis vuelve a abrir la boca.
– ¿Quiere que le cuente ahora lo de Petratos? -pregunta al pasar por delante del Campo de Marte.
– Dime.
Prefiero que me lo cuente ahora, porque ya es mediodía y me espera un montón de trabajo en el despacho. Además, tendré que informar a Guikas.
– He encontrado a alguien que vio un Renegade aparcado a dos manzanas de la casa de Kostaraku.
– ¿A qué hora?
– A las seis y media. Es abogado e iba hacia el bufete. Su coche estaba aparcado justo delante del Renegade.
– ¿Se fijó en el número de matrícula?
– No.
– Pregunta a los vecinos de Petratos si alguien vio su plaza de aparcamiento vacía después de las cinco.
– Ya lo he hecho. Uno de los inquilinos bajó al garaje poco antes de las seis y está seguro de que el coche de Petratos no estaba allí.
Habla con tono de suficiencia, porque ha encontrado la manera de compensar su metedura de pata con Kolákoglu.
– ¿Ves cómo todo va sobre ruedas cuando te dignas salir a la calle? -digo en tono paternal. Lo interpreta como señal de reconciliación y sonríe aliviado.
Subo directamente al despacho de Guikas. Si me retraso podría empeorar las cosas. Me escucha sin interrumpirme ni una sola vez.
– ¿Seguro que fueron al hotel sin avisarnos antes? -pregunta cuando acabo.
– Sí, seguro. Ni a nosotros ni a la comisaría del distrito.
– ¿Hay testigos que puedan confirmarlo?
– El hotelero, que llamó a la policía. Y los agentes que los encontraron allí.
– Has hecho muy bien en dejarlo marchar -dice satisfecho-. Ahora ya no se atreverán a hablar más de Kolákoglu. Lo hemos perdido por su culpa. -Me mira y sonríe-. Ayer te sorprendiste al ver que me ponía en contacto con Delópulos enseguida. Él recibió la información, quiso actuar a nuestras espaldas y metió la pata. Esto es ser flexible. Saber jugar al gato y al ratón. Le tiras un trocito de queso, acude corriendo a comérselo y cae en la trampa.
Le devuelvo la sonrisa mientras pienso que, si tengo suerte y Guikas permanece en su puesto dos o tres años más, seguro que conseguiré un ascenso con los trucos que habré aprendido trabajando con él.
– Bueno, éstas eran las buenas noticias, ahora escucha las malas -dice-. Tengo el informe del grafólogo. Nada de nada: las cartas no fueron escritas por Petratos.
Por un lado me sabe mal, pero por el otro me alegro de mi intuición, que me aconsejo mostrarme reservado.
– Ya se lo dije ayer. No es un dato demasiado importante. -Y le cuento lo del Renegade.
Con el informe negativo del grafólogo, las cosas se ponen difíciles y Guikas piensa en cómo manejar el asunto.
– Déjamelo a mí -dice al final-. Me ocuparé de ello y te informaré. Entretanto, intenta averiguar algo acerca de Pilarinós.
– Es como andar por la cuerda floja, por eso voy tan despacio -señalo, para que vea que sigo su consejo-. Dentro de un par de días le diré algo.
No me sorprende en absoluto que el tropel de siempre no se encuentre en el pasillo. En estos momentos están en los estudios montando cintas de vídeo y de audio para el siguiente informativo. Van a emitir la gran noticia. Todos la misma noticia y todos en exclusiva.
Encima de mi mesa están las fotos del carrete de Karayorgui. Examino la primera.
Pilarinós me saluda sonriente con un vaso en la mano, como si estuviera proponiéndome un brindis. Es lógico que esté de buen humor pues se está divirtiendo en un club nocturno en compañía de otros tres tipos. Dos de ellos proclaman a gritos su condición de extranjeros; alemanes, belgas, holandeses, no sé, pero tienen pinta de centroeuropeos. El tercero es un hombre enjuto y avinagrado. Lleva gafas de montura dorada y un traje oscuro, y el pelo peinado hacia atrás y engominado. No tiene pinta de empresario. Me recuerda más a un director de ministerio o de algún organismo oficial. Mientras Pilarinós y el hombre que está a su lado se desternillan de risa, él luce una sonrisa estreñida, como de compromiso. Aunque su cara me resulta familiar, no consigo ubicarlo. A su lado está sentado el último del grupo. Un hombre corpulento, con cara de pan y mofletudo. Lleva el pelo peinado hacia delante, con un flequillo que le cubre la frente. A lo mejor lo pusieron junto al otro por la uniformidad de sus sonrisas. Apostaría a que ninguno de los dos se está divirtiendo. En la esquina inferior derecha, la cámara fotográfica ha registrado la fecha: 14/11/1990. Muy bien, ese día cuatro hombres fueron de marcha al Dioyenis. Uno es Pilarinós, el otro me suena de algo, y los dos restantes son extranjeros y me resultan totalmente desconocidos. ¿Qué es lo importante? ¿La foto, la fecha o la combinación de ambas cosas?
Como no sé la respuesta, sigo adelante. En la foto siguiente se ven los dos tipos de sonrisa avinagrada en una cafetería, sentados a una mesa situada junto a la ventana. La foto se tomó desde la calle y no se distingue la expresión de los dos tipos por culpa de los reflejos en dl cristal. La fecha es del 17/11/1990. Tres días después de verse en el Dioyenis, los dos se reúnen al margen del grupo. ¿Por qué estos encuentros eran tan importantes como para que Karayorgui se tomara la molestia de inmortalizarlos?