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Noticias de la noche

Электронная книга - «Noticias de la noche». Краткое содержание книги:

Atenas, años noventa, la presión de los emigrantes, clandestinos o no, de los antiguos países del Este, el dinero fácil, los empresarios del pelotazo, la corrupción policial, el todo vale de algunos medios de comunicación, también la conciencia de una democracia reconquistada después de una dictadura, son el telón de fondo de una historia que se inicia con la muerte a cuchilladas de una pareja de albaneses y continúa con el asesinato de dos reporteras de una popular cadena de televisión.
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No considera necesario despedirse de mí; yo soy la pieza desechable.

– ¿Qué hemos sacado de todo este asunto? -pregunta Guikas cuando nos quedamos a solas.

Intento aprovechar la situación al máximo.

– En primer lugar, no sabíamos con certeza si el Renegade era realmente de Petratos, porque nuestro testigo no se había fijado en el número de matrícula. Ahora estamos seguros. En segundo lugar, está la amiga de Petratos. O se lo ha inventado para escurrir el bulto, o bien trata de proteger a alguien muy conocido. En mi opinión, se trata de lo segundo.

– ¿Qué hacemos ahora?

– Intentaremos localizar a la chica, para no dejar cabos sueltos.

Su mirada me indica que no está convencido. Cambio inmediatamente de tema y le hablo de Sovatsís, los trasplantes y los camiones frigoríficos de Transpilar. Después del jarro de agua fría que nos ha tirado Petratos, le alivia saber que no voy a echar más leña al fuego persiguiendo a Pilarinós.

Me reservo lo del aduanero para el final.

– A éste quiero encontrarlo enseguida. Lo malo de este caso es que no sabemos cuál era exactamente el móvil del crimen y nos vemos obligados a investigar todas las posibilidades. Petratos, Sovatsís, los trasplantes, los camiones, todo.

– Si algún día lo resolvemos, encenderé una vela a la Virgen -dice desesperado.

Sotirópulos me aguarda ante la puerta de mi despacho.

– ¿Viste mi crónica en el informativo de ayer?

– Sí -respondo secamente.

– Y eso no es nada. Bastaría con investigar un poco más a fondo para demostrar que el caso Kolákoglu es un simple montaje.

– Ya veremos qué pasa si te denuncia el padre de la niña.

– No se atreverá. Tendría que permitirle declarar, y los abogados se la merendarían.

Sus palabras me revuelven las tripas y agarro el pomo de la puerta para refugiarme en mi despacho, pero él me sujeta por el brazo.

– Tengo algo más para ti.

– De qué se trata.

Se agacha y me susurra confidencialmente al oído:

– A Petratos le han dado la patada. Delópulos lo despidió anoche.

– Eso no es ninguna novedad.

– Esta vez es seguro. Mañana o pasado estallará la bomba. Eres el primero en saberlo.

– ¿Por qué te alegras tanto?

– Porque ahora vendrá a llamar a la puerta de nuestra cadena, pero le pararé los pies. Voy a vetarlo.

Cuando estoy a punto de cerrarle la puerta en las narices, veo que Sotiris se acerca.

– Perdona, tengo trabajo -me despido de Sotirópulos en tono cortante.

– He localizado a Jurdakis -anuncia Sotiris en cuanto nos quedamos solos-. Tiene una granja en Mílesi.

– ¿Dónde queda eso?

– Pasado Malakasa. En la curva que baja hacia Oropós.

– Buen trabajo. Prepárate, nos vamos.

Me mira sorprendido.

– ¿No lo llamo para que venga aquí?

– No. Prefiero que vayamos a verlo nosotros. -Pienso que un poco de aire puro me sentará bien.

Pasado Filocéi, el tráfico disminuye y llegamos a Kifisiá en media hora. Sin embargo, justo al torcer en Nea Erizréa para salir a la nacional, se desata un repentino e intenso chaparrón. Afortunadamente, la nacional está desierta y, a pesar de que no superamos los sesenta, llegamos pronto a Malakasa. El pueblo está vacío, ni un alma en las calles. Me detengo delante de Tráfico y mando a Sotiris a preguntar si saben dónde está la casa de Jurdakis. Mientras espero, bajo un poco la ventanilla para aspirar el aroma de pinos mojados, pero la lluvia me empapa la manga. Suelto un taco y subo la ventanilla.

Sotiris vuelve corriendo y se mete en el coche. En Tráfico no saben dónde vive Jurdakis; sugieren que preguntemos en el quiosco de Mílesi. Cómo no se me había ocurrido. En Grecia, lo que no sabe la policía lo saben los quiosqueros.

Por la carretera a Mílesi no circula ni un vehículo. A la derecha se extienden los cultivos. A la izquierda, el campamento militar abandonado de Malakasa. Dos kilómetros más adelante, terminan los campos y nos adentramos en un bosque de pinos. Ha disminuido la intensidad de la lluvia, que ahora cae cansinamente. La carretera inicia una pendiente. Pasada la curva, vemos el quiosco, junto a la parada del autobús. El quiosquero nos indica que sigamos bajando por la vía que transcurre por delante de su quiosco. Es un camino estrecho y sin asfaltar, y el Mirafiori patina constantemente en el barro. Pienso que tendré que volver haciendo marcha atrás, porque será imposible dar la vuelta con el coche.

Al final del camino, a la izquierda, se extiende una granja inmensa que trepa por la ladera y que debe de llegar hasta la carretera de Oropós, al otro lado. Una casa se yergue al fondo, aunque en realidad se trata de una gigantesca construcción de tres plantas. Ni que hubieran desmontado una de las torres de Mani para trasladarla a Mílesi. No puedo ver la cara que pongo en el retrovisor, pero si se parece a la de Sotiris, entonces tengo expresión de alelado total.

– ¿Entramos? -pregunta cuando logra salir de su asombro.

– ¿Para qué? ¿Para preguntarle por qué siempre estaba de guardia cuando pasaban los camiones de Transpilar? La casa habla por sí sola. ¿Comprendes ahora por qué quería venir aquí? Para ver cómo vive.

Sotiris me observa sin añadir palabra. Subo al coche, arranco y empiezo a alejarme marcha atrás. Un poco más allá nos quedamos atrapados en el barro, y Sotiris sale para ayudar. Mientras piso el acelerador y Sotiris empuja por el capó, se abre una de las ventanas de Jurdakis y asoma una mujer, que se queda mirando nuestra desgracia.

– Mañana te dedicarás a investigar el árbol genealógico de Jurdakis -digo a Sotiris cuando, después de mucho bregar, llegamos otra vez al quiosco-. A él mismo, a su mujer, a sus hijos, suponiendo que los tenga, a sus padres, si todavía viven. Solicitarás el permiso del fiscal para indagar en las cuentas bancarias de toda la familia. Quiero saber qué cantidades se ingresaban, cuándo y quién lo hacía. Sólo hablaremos con él cuando estemos en condición de arrinconarlo. -He aprendido mi lección con Petratos y no quiero abordar a Jurdakis sin disponer de datos suficientes.

La lluvia ha cesado por completo. Al adentrarnos de nuevo en el pinar, bajo la ventanilla para respirar su aroma y limpiar mis pulmones.

Capítulo 34

Al día siguiente llego al trabajo media hora antes, a las ocho y media, y bajo directamente al sótano, donde están los archivos.

– Hablando del rey de Roma… -exclama Yannis al verme-. Estaba a punto de llamarte.

– ¿Has sacado algo en claro?

– He revisado todos los documentos, uno por uno. Nadie ha pedido verlos desde que fueron archivados. Te lo garantizo.

– Gracias, Yannis.

El que fotocopiaba los informes para dárselos a Karayorgui lo hacía mientras aún estaban en las oficinas, antes de ser archivados. Eso significa que alguien de la jefatura se forra vendiendo información confidencial. Se me forma un nudo en la boca del estómago. Los documentos pululan por los despachos hasta seis meses antes de ir a archivos. En ese tiempo, cualquiera podría sacar un informe del fichero, fotocopiar las hojas que le interesan y volver a colocarlo en su sitio. Imposible descubrir al culpable.

Al enfilar el pasillo, veo a una chica que está esperándome delante de la puerta de mi despacho. Tiene el cabello rubio recogido en cola de caballo. Aunque lleva mocasines, debe de medir lo mismo que yo, es decir, uno setenta y cinco. Viste una cazadora de cuero negro, carísima, y una minifalda confeccionada con gran ahorro de tela, pues apenas alcanza a cubrirle el culo. Desde la faldita se prolongan un par de piernas deliciosamente torneadas. Cuando me acerco, veo que no debe de tener más de veinticinco años.

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