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Noticias de la noche

Электронная книга - «Noticias de la noche». Краткое содержание книги:

Atenas, años noventa, la presión de los emigrantes, clandestinos o no, de los antiguos países del Este, el dinero fácil, los empresarios del pelotazo, la corrupción policial, el todo vale de algunos medios de comunicación, también la conciencia de una democracia reconquistada después de una dictadura, son el telón de fondo de una historia que se inicia con la muerte a cuchilladas de una pareja de albaneses y continúa con el asesinato de dos reporteras de una popular cadena de televisión.
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– Sin embargo, él lo era, porque ahora se ha pasado al otro bando. En tan sólo quince años, ha conseguido amasar una auténtica fortuna. El dinero fácil suele ser negro.

De pronto me dedica una de las pícaras sonrisas que aparecen en sus labios cuando sabe que tiene las de ganar.

– ¿Cuándo saliste de la academia?

– En el sesenta y ocho.

Menea la cabeza.

– Os enseñaron a odiar a los comunistas, a perseguirnos como alimañas, os convencieron de que queríamos convertiros a todos en búlgaros. En cambio no os enseñaron cómo piensan los de izquierdas, cuáles son sus métodos, qué trucos utilizan. En lo que a todo eso se refiere, estáis en la inopia.

»Pilarinós es un hijo de puta que ha destruido a mucha gente, pero está metido en líos de otro tipo. Para él, el dinero negro es como el fuego: no acerca la mano.

Nos miramos. Es un ritual que data de la época de Bubulinas. Cuando le soltaba hostias delante de los demás, intercambiábamos miradas cómplices y pensábamos que tenía que ser así, para estar tranquilos. Ahora pasa lo mismo. Entonces era yoquien no daba explicaciones. Ahora es éclass="underline" se limita a esperar a que se me encienda la bombilla.

– ¿Has oído hablar de Yanna Karayorgui?

– ¿La que mataron? Lo leí en el periódico.

– Es posible que Pilarinós tenga que ver con su asesinato.

– ¿Y por qué recurres a mí? -protesta, molesto por mi insistencia-. Todo un cuerpo de policía. Espabilaos solitos.

– Si tuviera algo contra él, podría conseguir una orden de detención. Pero no tengo nada y tampoco puedo investigarlo, porque se me echarían encima todos los peces gordos, desde el director general hasta el ministro. Tengo las manos atadas.

– Y más las tendrás, no te quepa duda -exclama en un arranque de sinceridad. Suelta un suspiro profundo y menea la cabeza-. Jamás creí que nos haríamos con el poder. Pero si cuando yo me pudría en los calabozos me hubieras dicho que todo aquello sólo servía para enriquecer a Pilarinós, te habría escupido en la cara.

– Karayorgui tenía una carpeta enorme llena de datos sobre él. Por eso empecé a sospechar. Es evidente que lo estaba investigando a raíz de algún negocio turbio, aunque no pude encontrar datos incriminatorios. La única solución es buscar por vías clandestinas. Por eso he venido aquí.

Me mira pensativo, aunque con un brillo en los ojos. La clandestinidad se ha convertido en su segunda naturaleza, y basta con oír la palabra mágica para estar dispuesto a lanzarse de cabeza.

– Mira lo que me haces -dice-. Iba a ponerme a encalar la casa porque me trae loco la humedad. Ahora tengo que dejarlo para hacer de sabueso.

Me levanto.

– ¿Cuándo quieres que vuelva?

– Ya te avisaré.

– Aún no tienes teléfono. Vale que te asquee la televisión, pero el teléfono…

– No me hables. Hace dos años que pedí línea. Y lo necesito. Tus colegas me dejaron baldado; si me pasara algo, los vecinos sólo se enterarían por el tufo a muerto.

Lo miro en silencio. ¿Qué puedo decirle? Pero él lee en mis ojos y se enoja porque no le gusta que se compadezcan de él. Lo toma a la ligera.

– Ya ves -dice-. Ahora voy a investigar a antiguos comunistas. Si al menos fuera empresario, diría que se trata de ampliar mis actividades económicas.

En la calle hace un viento de mil demonios y la llovizna se ha convertido en aguanieve. El viento ha derribado el limonero. Me agacho y lo levanto. Hasta hace diez días nos asábamos de calor. Ahora tiritamos de frío. Mierda de tiempo.

Capítulo 28

Flexible: 1) dúctil, elástico, plástico 2) blando, suave, maleable 3) plegadizo, doblegable 4) muelle, extensible, resistente 5) conformista, obediente 6) tolerante, contemporizador 7) dócil, sumiso 8) amoldable, acomodaticio 9) tierno, complaciente.

Menuda palabra. En el Lindell-Scott, el vocablo, con los ejemplos correspondientes, ocupa casi media página. ¿Dónde encajaríamos Guikas y yo? Tratándose de Guikas, resulta relativamente fáciclass="underline" lo de «extensible» y «resistente» le queda como un guante. Salta como un muelle alrededor del ministro, Delópulos y los periodistas; extiende las manos en todas direcciones; opone a las críticas la resistencia del junco, y al final nos tiene a todos saltando a su ritmo. A mí me pega más lo de «dócil» y «sumiso». ¿Quién lo pondría en duda?

Ya son las siete y media cuando llego a casa. La tele está a todo volumen y Adrianí se encuentra en la cocina, preparando algo. Tiene esta costumbre. Cuando se va a la cocina, sube el volumen para seguir el serial y no perder el hilo. Me echo en la cama y respiro. La presión de la jornada y las tres horas pasadas al volante me han dejado hecho polvo. Me acuesto para relajarme un poco y convierto mi barriga en atril para el Lindell-Scott.

Son las ocho y media, pero no me apetece ver las noticias. Lo que dirán de Kolákoglu ya lo sé, y lo que yo sé de Pilarinós ellos lo ignoran, de modo que hoy puedo tomarme el día libre. No he comido más que medio cruasán en todo el día y las tripas me rugen. Me levanto para echar un vistazo a la cena que prepara Adrianí. Al pasar por la sala de estar, la veo sentada en su sillón, mirando las noticias.

La mesa de la cocina está adornada con una gran fuente de tomates rellenos. Enseguida capto el mensaje. Adrianí ha elegido este camino para indicar que ya es hora de hacer las paces. Es una costumbre que data de nuestra primera pelea. Estábamos recién casados y nos dolía mucho no hablarnos. Sin embargo, persistíamos en nuestra actitud para medir fuerzas. Hasta que un día Adrianí preparó tomates rellenos. Sabía que eran mi debilidad, aunque nunca me los había hecho hasta entonces. Nada más verlos, claudiqué incondicionalmente. «¡Te felicito, son más sabrosos que los de mi madre!», le dije. Mentira: los de mi madre estaban más ricos, pero buscaba un pretexto para volver a hablarle, y además sólo hacía seis meses que estábamos casados y ya llevaba tres días sin tocarla. A partir de entonces, se instituyó la costumbre. Cada vez que quiere hacer las paces, ella prepara tomates rellenos, yo la felicito y se rompe el hielo. Sólo que ya no miento: los prepara realmente mejor que mi madre, todo sea dicho.

– Esta vez te has superado. Están exquisitos -declaro.

Aparta la mirada de la tele y me sonríe.

– ¿Ya has cenado?

– He probado uno, pero prefiero cenar contigo.

Apaga la tele y me sigue hasta la cocina. Me sirve la cena, se sirve un tomate y se sienta delante de mí. Ahora que la veo bajo la luz, me doy cuenta de que tiene los ojos hinchados y enrojecidos.

– ¿Qué te pasa? -pregunto preocupado.

– Nada.

– ¡Cómo que nada! ¡Has estado llorando!

– Anoche lo pasé mal. Vi a aquel par de idiotas en las noticias, después tú te fuiste tan trastornado y me di cuenta de que se trataba de algo grave. Esta mañana me he despertado angustiada.

– Pues te has angustiado en vano. Me apretaron un poco los tornillos, pero al final hicieron marcha atrás.

Mis palabras no parecen tranquilizarla. Sigue mirándome preocupada, hasta que al fin suelta la verdad.

– Katerina no vendrá por Navidad. Hoy ha llamado para decírmelo.

– ¿Por qué no?

– Quiere estudiar durante las vacaciones.

– ¿Así, de repente? La última vez que hablamos por teléfono me aseguró que vendría.

– Dice que ha revisado su programa de trabajo y que no le sobra el tiempo hasta junio.

Se me cierra el estómago de golpe. Aparto el plato. Tengo la sensación de que se me indigestará la comida. Adrianí se esfuerza por sonreír.

– Voy a contarte una cosa -dice con dificultad-, pero tienes que prometerme que no le dirás nada. Se queda en Salónica por Panos.

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