Noticias de la noche
- Автор: Márkaris Petros
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Noticias de la noche». Краткое содержание книги:
Gira para abrir la puerta, pero alargo la mano y lo agarro del brazo.
– ¿Por qué me ayudas, Lambros? -pregunto bruscamente.
¿Qué me va a responder? ¿Que lo hace por afecto? ¿Por amistad? ¿Porque está agradecido?
– Cuando ya no te queda nada en que creer, crees en la policía -responde con una sonrisa cargada de amargura-. Sois el fondo. He tocado fondo y nos hemos encontrado. Eso es todo.
Abre la puerta para bajar, pero de pronto cambia de opinión.
– También lo hago porque eres legal -añade.
– ¿Porque soy legal? -Mi mente vuela a Bubulinas.
– Oí lo de Kolákoglu en la radio. En serio, eres un tipo legal.
A través del parabrisas lo veo alejarse rápidamente. Un poco más allá, para un taxi y se monta en el vehículo.
Meneo la cabeza. Así son los viejos comunistas. Piensan que nosotros, los polis, somos bestias salvajes que matamos a la gente y luego nos vamos de juerga. Cuando se topan con alguien que no encaja en sus esquemas, se sorprenden y se alegran como si lo hubiesen metido en el partido.
El taxi arranca y yo también, detrás de él.
Capítulo 33
– No hay forma de localizar a Eleni Dura -me informa Sotiris a la mañana siguiente-. Cuando se hizo el documento de identidad declaró que vivía en la calle Skopelu, en el número 14, pero se mudó hace cinco o seis años, después de la muerte de su marido. Nadie sabe adónde. El titular del teléfono era su marido y ella lo dio de baja hace dos años. En la actualidad no figura ningún número a su nombre.
– Sigue buscando. Es imprescindible que la encontremos.
– Han contestado de Aduanas sobre los camiones de Transpilar.
– Dime.
– Transportaban mercancías para empresas griegas y norepirotas *en Albania. Regresaban vacíos.
– ¿Vacíos?
– Sí. Pero hay algo que no encaja.
– ¡Sotiris, me tienes harto! ¿Qué es lo que no encaja?
– Todos los documentos de entrada de Albania a Grecia están firmados por el mismo funcionario de Aduanas, un tal Lefteris Jurdakis. ¿No le parece extraño que a los camiones de Transpilar les toque siempre el mismo aduanero?
No sólo me resulta extraño sino que apesta a cien kilómetros.
– Ponte en contacto con la aduana de la frontera. Quiero hablar con ese tal Jurdakis.
– Ya no trabaja allí. Se acogió a la jubilación anticipada.
– Que Zanasis se ocupe del aeropuerto, tú ponte a buscar a Jurdakis. Quiero que lo encuentres como sea.
No cabe duda de que alguien daba el soplo a los conductores en Albania y que ellos cruzaban la frontera cuando Jurdakis estaba de servicio. Seguro que los conductores también eran siempre los mismos. Podría pedir sus nombres a Transpilar, pero se enteraría Pilarinós y empezaría a hacer preguntas. Prefiero esperar hasta después de interrogar a Jurdakis. El teléfono me saca de mis cavilaciones.
– Sube a mi despacho -ordena Guikas en tono tajante.
El ascensor vuelve a hacer de las suyas. Sube y baja entre el cuarto y el tercero. Ya harto, decido ir por la escalera.
Kula no está, y entro sin llamar en el despacho de Guikas. Sobran las ceremonias.
Guikas, sentado a la mesa, tiene enfrente a Petratos y a otro hombre de unos cuarenta años, impecablemente vestido. En el extremo de la mesa se sienta Kula, con un bloc en el regazo, lista para tomar notas.
– Siéntate -indica Guikas.
Tomo una silla de la mesa de reuniones y la llevo al otro extremo de donde se encuentra Guikas, para tener a Petratos de frente.
– Te presento al señor Sotiríu, el abogado del señor Petratos. -Guikas señala al cuarentón-. El señor Petratos accede a responder a nuestras preguntas.
Petratos me perfora con una mirada cargada de veneno.
– Antes de proseguir -dice el abogado-, quisiera ser informado del resultado del análisis grafológico de la muestra de escritura de mi cliente.
Guikas se vuelve hacia mí y me mira. Otra vez asume el papel de Bueno de la película, dejándome a mí el de Malo, y cediéndome por lo tanto la iniciativa. De acuerdo, no hay mal que por bien no venga.
– El resultado es negativo -respondo con toda la tranquilidad que me es posible, lo que suscita la sonrisa triunfal de Petratos, que es peor que una bofetada-. No obstante, esto por sí solo no significa nada.
– Significa mucho, de otro modo no habría insistido tanto en conseguir la muestra -ataca el abogado.
– Esta conversación resulta desagradable para todos -interviene Guikas-. Vayamos al grano y terminemos cuanto antes.
Me dirijo a Petratos.
– A la hora del asesinato de Marza Kostaraku, alguien vio su coche aparcado en la calle Monís Seku, a dos manzanas de Iéroños, donde vivía Kostaraku. ¿Podría decirme qué hacía allí en el momento del crimen?
– ¿Está seguro de que se trata de mi coche?
– Un Renegade con matrícula XPA-4318. ¿No es su coche?
Es mentira: el testigo no vio la matrícula, pero intento pillarle en falso.
Petratos mira confuso a su abogado, que no parece inquietarse lo más mínimo. Por el contrario, alienta a su cliente con una sonrisa.
– Di la verdad, Néstor. No tienes nada que temer.
– No sé a qué hora fue asesinada Kostaraku, pero es cierto que me encontraba en el barrio entre las cinco y media y las siete y media de la tarde. Fui a visitar a una amiga.
– ¿Quién es esa amiga? Nombre, apellido y dirección. -Por fin empiezo a arrinconarlo.
– ¿Por qué quiere saberlo?
– Vamos, señor Petratos -interviene Guikas con expresión obsecuente-. Sabe muy bien que tenemos la obligación de comprobar su testimonio. No porque cuestionemos sus afirmaciones, sino porque es el procedimiento habitual.
Petratos parece más confuso. Vacila y reflexiona.
– Lo siento, pero no puedo revelarles la identidad de la chica.
– ¿Por qué?
– Hay razones que me obligan a mantenerla en secreto -responde.
– Su identidad no será revelada salvo que resulte absolutamente necesario.
– El señor Petratos no tiene la obligación de contestar -interviene de nuevo su abogado.
– Cierto, pero las cosas serán más fáciles para él y también para nosotros si contesta. De lo contrario, nos obligará a investigar más a fondo.
– Investiguen -replica el abogado, desafiante-. Ya han analizado la muestra de escritura y no han encontrado nada. Tampoco ahora lo encontrarán, porque no hay asesinato sin móvil. Y mi cliente no tenía móvil alguno para matar a Karayorgui ni a Kostaraku.
– El señor Petratos mantuvo relaciones con Karayorgui. La ayudó a ascender, y ella lo abandonó. También sabemos que Karayorgui codiciaba el puesto del señor Petratos. Por lo tanto, tenía muchos motivos para odiarla.
Petratos se echa a reír a carcajadas.
– Es posible que Karayorgui deseara mi puesto, pero no tenía la menor posibilidad de conseguirlo. Ninguna, teniente. Se lo garantizo.
Habla con tanta convicción que empiezo a dudar.
Sotiríu se pone de pie.
– Creo que lo mejor será que demos por terminada esta conversación -dice-. Si tan seguro está de que el señor Petratos es el asesino, no tiene más que detenerlo. Sin embargo, le advierto que si lo retienen sin pruebas pienso presentar una denuncia a la fiscalía. Pondré en pie de guerra al mundo periodístico y lo destrozaré.
Hago un último intento, aunque sé que será en vano.
– Parte del alambre que se utilizó para estrangular a Kostaraku fue hallado bajo el coche del señor Petratos.
– Si pretende probar que el asesinato se perpetró con este trozo de alambre, yo le demostraré que también pudo llevarse a cabo con un alambre de mi jardín. -Se dirige a Petratos-: Vámonos, Néstor. No hay nada más que decir. -Acto seguido se vuelve hacia Guikas-. Mis respetos, general.
* Epiro es el nombre de la región situada al sur de la frontera con Albania. Después de la Segunda Guerra Mundial, los hasta entonces territorios septentrionales de esta región fueron cedidos a Albania. A la población griega que pasó a vivir bajo la nueva jurisdicción nunca se la consideró albanesa sino que las autoridades y el pueblo griego la han llamado siempre norepirota.