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Noticias de la noche

Электронная книга - «Noticias de la noche». Краткое содержание книги:

Atenas, años noventa, la presión de los emigrantes, clandestinos o no, de los antiguos países del Este, el dinero fácil, los empresarios del pelotazo, la corrupción policial, el todo vale de algunos medios de comunicación, también la conciencia de una democracia reconquistada después de una dictadura, son el telón de fondo de una historia que se inicia con la muerte a cuchilladas de una pareja de albaneses y continúa con el asesinato de dos reporteras de una popular cadena de televisión.
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Hasta aquí, bien. Sin embargo, ¿por qué iban a matar a Karayorgui y a Kostaraku, suponiendo que las asesinaran ellos? ¿Y por qué Dura operaba de forma tan sigilosa? Imaginemos que quería evitar problemas con las familias de los pacientes que morían. ¿Por qué Karayorgui pagaba sobornos para conseguir datos policiales sobre casos de tráfico de niños? ¿Qué relación existía entre los niños y los trasplantes? Sin duda existe una conexión, pero no acierto a imaginar cuál.

De pronto me acuerdo de dónde he visto el nombre de Duru. Vuelvo a sacar la carpeta del cajón y repaso las fotocopias de los informes. Karayorgui había anotado dos palabras en el margen de una de ellas: Eleni Dura.

Marco el número de Antonakaki y le digo que necesito verla.

– De acuerdo, pero no venga antes de las siete, no estaré.

Arrecia el viento del norte, que ya ha derribado dos macetas en el balcón de enfrente. La vieja sale para enderezarlas. El gato la observa desde la puerta abierta que da al balcón. Ni loco iba a salir por dos míseras macetas, para pillar una pulmonía.

Capítulo 31

Me recibe vestida de negro.

– He ido a arreglar lo del entierro -dice, como si quisiera justificarse por haber salido a la calle estando de luto.

Me siento en el sofá, en el mismo sitio que la vez anterior. Estoy cansado y no tengo ganas de andarme por las ramas.

– Señora Antonakaki, ¿recuerda si su hermana mencionó alguna vez a un tal Pilarinós? ¿Jristps Pilarinós?

– ¿No es el de las agencias dé viajes? Hicimos uno a través de él.

– ¿Cuándo fue eso?

– A finales de agosto o principios de septiembre de 1990.

– ¿También viajó su hermana?

– Sí, y también Anna, mi hija. Yanna le había prometido que si entraba en Medicina le regalaría un viaje. Fuimos a Viena, Budapest y Praga. Diez días. -El recuerdo la emociona. Se sorbe los mocos y le empiezan a temblar los labios-. Jamás olvidaré aquel viaje. Como si no bastara con las visitas diurnas, Yanna se empeñaba en salir también de noche. Yo intentaba sujetarla, porque me sentía cansada y también porque gastaba el dinero a espuertas. Pero mi hermana hacía siempre lo que le daba la gana.

– No. Dejar en mal lugar a Petratos y el canal de la competencia.

– ¿Y ésas son maneras?

Prefiero cambiar de tema. No me apetece hablar de Kolákoglu, Petratos y Sotirópulos hasta en mi propia casa.

– He hablado con Katerina.

– Deberías haberla oído por teléfono cuando le anuncié que iría a Salónica. Como una cría. -Me mira y añade tímidamente-: ¿No podrías venirte para Navidad? Este año cae en fin de semana.

Tengo que contenerme para no contestar que sí.

– Imposible. No puedo faltar hasta que no se resuelva este caso. Si pasara cualquier cosa, me harían volver.

No es sólo el trabajo. Es el dinero y el hotel que debería pagar, porque en casa de Katerina no cabemos todos. Después tendría que pedir un préstamo para enviarle dinero en enero. Afortunadamente, mi tono es terminante y Adrianí no insiste. Antes de sentarnos a cenar, suena el teléfono. Contesta Adrianí.

– Un tal Zisis -susurra, y me pasa el auricular.

– Buenas tardes, Lambros.

– Tengo que verte. ¿Sabes dónde está la pastelería Jará, al final de la avenida Patisíon?

– Sí.

– Te espero allí dentro de media hora para que me invites a un helado -dice, y acto seguido cuelga.

Digo a Adrianí que no voy a cenar porque tengo que salir otra vez. De todas formas, mi estómago no se ha repuesto del todo.

– ¿Quién es ese Zisis?

– Un colega -respondo sin más precisión.

Capítulo 32

Nos sentamos en una mesa junto a la cristalera que da a Patisíon. Zisis ataca un helado y yo un agua con gas. Pasa una y otra vez la cuchara por el bol para dejarlo limpio y evitarles la molestia de lavarlo.

– Jristos Pilarines -dice después en tono grave-. Hijo de refugiados políticos. Nacido en Praga, donde creció y estudió Ciencias Económicas. Nunca se metió en política. Al terminar los estudios, entró a trabajar en una empresa estatal. Creo que en la CSA, las líneas aéreas checoslovacas, aunque no he podido confirmarlo. Era eficiente y pronto ascendió de los puestos intermedios a los superiores. No pudo llegar a lo más alto porque los cargos directivos estaban reservados a la gente del partido. A principios de los años ochenta apareció de repente en Grecia y abrió una agencia de viajes. La pregunta es: ¿de dónde sacó la pasta para abrir negocios en Grecia el funcionario de una empresa estatal socialista?

Guarda silencio y me mira con una sonrisa taimada. No hace falta que me devane los sesos, enseguida sé adónde quiere ir a parar.

– Se la dieron los checos.

– Exactamente. Todos los países socialistas abrían negocios en el mundo capitalista porque necesitaban divisas. Algunos de estos negocios se montaban a través de los partidos hermanos del país en cuestión, pero la mayoría de las veces usaban hombres de paja. Pilarinós pertenecía a esta segunda categoría.

– ¿Por qué confiaron los checos en un refugiado político griego? ¿Qué seguridad tenían de que no acabara llevándose el dinero?

Zisis sonríe con condescendencia, como si estuviera hablando con un retrasado mental.

– Disponían de toda una maquinaria de control. Para empezar, al lado de cada hombre de paja había otro personaje, generalmente un miembro del partido, que vigilaba sus movimientos a diario. Además, el partido hermano del país en el que operaban las empresas ejercía una supervisión y mantenía informados a los camaradas del otro partido. Al margen de todo esto, se reservaban además un medio de presión.

– ¿Qué tipo de presión?

– El padre de Pilarinós murió hace años, pero su madre vive todavía. Vino de Checoslovaquia a principios de 1990.

– ¿Qué me estás diciendo? ¿Que usaban a la madre de Pilarinós para presionarlo?

Zisis se encoge de hombros.

– No sería la primera vez, aunque no podría asegurarlo categóricamente. Los asuntos financieros de los partidos corrían a cargo de un grupo muy reducido de cuadros dirigentes. Había líderes en puestos muy elevados que no sospechaban siquiera lo que ocurría. ¿No te parece extraño que el hijo tenga un fortunón en Grecia y la madre viva de su pensión en Praga?

No sólo me parece extraño sino que clama al cielo. Zisis menea la cabeza con expresión fatalista.

– Controles, encubrimientos mutuos; lo tenían todo calculado al milímetro. Sólo un punto se les escapó: que todo aquel montaje se vendría abajo como un castillo de naipes en el ochenta y nueve. De repente Pilarinós es dueño de una vasta fortuna, toda para él solito. El Partido Comunista de Checoslovaquia se disuelve, los altos mandos se dispersan, y los que suben al poder no disponen de documentos para reclamar estas fortunas. Lo más probable es que ni siquiera conocieran su existencia.

– Y de la noche a la mañana el hombre de paja se convierte en un hombre de negocios.

– Exacto. -Zisis se inclina hacia delante y baja la voz-. Pilarinós se apropió de dinero ajeno, mucho dinero. No sólo lo odio yo, sino también los del partido. Les gustaría que se pudriera en la cárcel, pero para meterlo entre rejas haría falta sacar a la luz otras cosas. Te cuento todo esto para que sepas que no despierta las simpatías de nadie. -Cambia de posición. Se apoya en el respaldo de la silla, me mira y dice sin dudarlo ni un segundo-: No obstante, es imposible que esté metido en asuntos turbios.

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