El Metro de Madrid
- Автор: Serafin David
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El Metro de Madrid». Краткое содержание книги:
A los pocos días ocurre un caso similar y todo parece indicar que un psicópata anda suelto. El comisario Bernal, el Maigret español, decide intervenir desplegando a su gente por toda la red del subterráneo, husmeando literalmente por las entrañas de la ciudad.
– ¿Cogió ese tren?
– No sé cómo. Las puertas estaban cerradas. Central acaba de emitir un aviso general relativo a que el fluido eléctrico puede interrumpirse en cualquier momento.
– Es por nosotros, por si hace falta -dijo Ángel-. Andando -se dirigió a los agentes de paisano-. Vamos a la Línea 1, a seguir la corazonada del jefe.
Llegaron al andén de dirección Plaza Castilla, pero vieron que la barrera automática les impedía el paso. Al mirar a un lado por entre el gentío, Ángel entrevió la cara pálida de Elena en el tren que se alejaba.
JOSÉ ANTONIO
En el breve trayecto cuesta arriba de Sol a José Antonio, Elena notó que alguien se apretaba a su espalda. Dios mío, que no sea el psicópata, rogó la joven, y abrió el bolso con cuidado con una mano mientras con la otra se sujetaba a la barra que había junto a la puerta. Entonces sintió un objeto agudo en mitad de la espalda.
SOL
Cuando se abrió la barrera automática, Ángel entró como una tromba en la oficina del jefe de estación de aquel andén de la Línea 1 con la chapa de la DGS por delante.
– ¿Qué número tenía ese tren?
– El cincuenta y dos -respondió el aturdido funcionario.
– Voy a utilizar su teléfono -Ángel marcó el número-. ¿Comisario? Soy Ángel. Elena va tras él en el tren cincuenta y dos de la Línea 1, dirección Plaza Castilla. Nos detuvo la barrera automática. ¿Qué hacemos?
– Vuelve y coge un coche oficial. Dirígete a Tribunal. Yo haré que el tren se detenga un rato en José Antonio para darte tiempo. Comunícate conmigo por radio en cuanto estés en camino.
JOSÉ ANTONIO
Cuando el tren se detuvo en José Antonio y se abrieron las puertas, Elena se esforzó por salir con los demás pasajeros que bajaban, pero sentía un fuerte brazo que le rodeaba la cintura. Una voz masculina le susurró al oído.
– No te muevas.
El individuo apretó la punta de la bayoneta en la espalda de Elena hasta que le rasgó la piel.
Elena dudó entre gritar y sorprenderle, o sacar la pistola, pero estaba en posición difícil para volverse de cara a él. Advirtió que el tren permanecía en el andén con las puertas abiertas durante más tiempo de lo normal, pero no había ningún policía cerca y, en cualquier caso, recibiría una cuchillada antes de que nadie acudiese en su ayuda. Calculó las posibilidades que tenía de servirse del kárate que le habían enseñado, pero había muy poco espacio, ya que habían entrado muchos más viajeros en el vagón.
Algunos pasajeros comenzaron a comentar aquel retraso y Elena sintió que la bayoneta se le apretaba con más fuerza. Por fin se cerraron las puertas y el tren arrancó. Un par de usuarios miró a Elena y al sospechoso con curiosidad. Sin duda pensaban que debía de tratarse de una pareja de enamorados por abrazarse de aquella suerte en público. Elena recordó que había un largo trecho hasta la estación siguiente, Tribunal. ¿Se podría razonar con aquel hombre? ¿No era de esperar que ella protestara, a menos que supiera que era un agente de policía que le había seguido? Santo Dios, qué compromiso. De modo que volvió a medias la cabeza y murmuró:
– ¿Qué demonios quiere usted?
– Cierra el pico o será peor para ti -el sujeto apretó un poco más la bayoneta, hasta que penetró en la carne, y el dolor agudo obligó a la joven a apretarse los dientes.
SOL
Bernal gritaba órdenes por teléfono.
– Quiero que el tren salga ahora mismo de José Antonio, ¿entendéis? No interrumpáis el fluido cuando esté en el túnel. Sería demasiado peligroso. Detenedlo en Tribunal. Sí, sí. ¿Se puede interrumpir en el momento de detenerse ante el andén, antes de abrirse las puertas? Hay que intentarlo. Eso dará tiempo a mis hombres para llegar a la estación.
Sudando copiosamente se volvió a Paco.
– ¿Está ya Ángel a la radio?
– Sí, acabo de localizarlo.
– Pon el altavoz, para que pueda oírle yo también -Bernal cogió el micrófono-. Ángel, ¿me oyes? Cambio.
– Alto y claro, jefe. Estamos en mitad de Hortaleza, pero el tráfico es muy denso. Cambio.
– Dirígete a Tribunal. Voy a detener el tren allí con las puertas cerradas y tendré cortado el suministro eléctrico hasta que llegues. Y date prisa. Cambio.
– Atajaremos por Mejía Lequerica y por Barceló. Cambio.
– He dado órdenes a la comisaría de la zona para que ponga hombres de uniforme que impidan el paso en la boca de Tribunal. Cambio y cierro.
TRIBUNAL
El tren número cincuenta y dos se balanceaba mientras corría hacia la estación de Tribunal, pero las esperanzas de Elena de liberarse se desvanecieron cuando el abrazo del psicópata se hizo más firme. Temía que el solo movimiento del tren le hundiese la bayoneta. No sabía si ponerse a gritar en Tribunal, en cuyo andén tenía que haber un policía. Notó que los frenos entraban en acción y que el tren reducía la velocidad. Aparecieron las luces del andén. Elena estaba totalmente inmóvil, esperando que las puertas se abriesen, con la intención de realizar un rápido movimiento de kárate en cuanto los otros pasajeros se moviesen.
Cuando el tren se detuvo, las luces del vagón se apagaron y las puertas permanecieron cerradas. Los usuarios que pensaban bajar lanzaron exclamaciones de sorpresa.
– ¿Qué pasa? -preguntó un hombrecillo que había delante de Elena-. Esto no ha pasado nunca.
Elena le sonrió desesperadamente y el hombrecillo miró inquisitivamente al individuo fornido que sujetaba a la joven. Los altavoces del andén crepitaron y se oyó la voz del jefe de estación.
– Se avisa a los señores viajeros que se ha producido una interrupción momentánea en el fluido eléctrico. Rogamos tengan un poco de paciencia.
Esto es cosa de Bernal, pensó Elena. Él es quien lo ha dispuesto. Se sintió un poco más animada y esperó a ver cómo reaccionaba el psicópata. Entonces vio pasar a un policía de uniforme gris, que miraba por encima en el interior de los vagones. El asesino se tensó y apretó un poco más la bayoneta. Elena se mordisqueó el labio. Pasó un par de minutos. Los usuarios del andén hacían señas a los encerrados en el tren.
– Tranquilos -gritaba una simpática señora-, la corriente va a volver en seguida.
De pronto, Elena vio que Ángel se acercaba lentamente por el andén, seguido de dos agentes de paisano cuya cara reconoció la joven. Procuró dominar la sensación de alivio para que el asesino no lo advirtiese gracias al estrecho contacto que tenía con ella. Ángel pasó ante el vagón, al parecer sin mirar dentro apenas, sin la menor señal de haberla visto, aunque se detuvo un poco más allá, sin continuar el avance. Elena esperaba que la hubiera localizado. Muy de soslayo vio entonces un grupo de grises y deseó que el asesino no lo descubriera, porque de lo contrario podía muy bien ponerse nervioso.
Sin la menor advertencia, volvieron a encenderse las luces del vagón, las puertas de éste se abrieron y Ángel y los dos agentes se lanzaron sobre Elena y el psicópata, derribándolos al suelo. Las mujeres del vagón se pusieron a gritar. Elena salió despedida y rodó bajo un asiento. Cortés se esforzaba por erguirse; esgrimió la bayoneta, volviéndose entonces más estridentes los chillidos femeninos; se lanzó como una tromba hacia las puertas, salvó la barrera de los agentes uniformados y corrió por el andén. Uno de los grises desenfundó el arma e hizo fuego varias veces, provocando el pánico general, hasta que Ángel le ordenó que dejara de disparar. Cortés rebasó la cabina del conductor y bajó los escalones que permitían el acceso al túnel.
Ángel ayudó a Elena, ya en el andén, y observó la mancha de sangre que la joven tenía en la espalda.
– ¿Estás herida?
– Es sólo una herida superficial. No creo que sea profunda – pudo responder ella.