El Metro de Madrid
- Автор: Serafin David
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El Metro de Madrid». Краткое содержание книги:
A los pocos días ocurre un caso similar y todo parece indicar que un psicópata anda suelto. El comisario Bernal, el Maigret español, decide intervenir desplegando a su gente por toda la red del subterráneo, husmeando literalmente por las entrañas de la ciudad.
– ¿Tiene usted alguna llave del piso?
– Pues no, señor, ninguna. El propietario tiene que tener una, pero vive en Pozuelo.
– ¿Tiene usted su número de teléfono? -preguntó Bernal.
– Sí, en esta lista.
– Muy bien, llámele y vea si está. Pásemelo luego. El portero marcó el número, pero nadie respondió.
– Parece que no está.
– Varga, ¿te has traído las herramientas, a ver si podemos entrar?
– Sí, jefe.
– Gravina, llama tú al juez de guardia, avísale y pregúntale si quiere estar presente.
Mientras Gravina llamaba al Juzgado de Guardia, Bernal siguió interrogando al portero.
– ¿Desde cuándo vive aquí la Carol?
– Desde hace más de un año. Es muy tranquilo. No organiza fiestas ruidosas ni nada por el estilo. ¿Le ha pasado algo?
– Aún no estamos seguros. ¿Vienen a verle muchos amigos?
– Un par, pero parecían travestís como él. En realidad es muy inofensivo, aunque algún que otro vecino se ha quejado.
– ¿Sabe dónde trabaja? -preguntó Bernal.
– Ha tenido muchos empleos sin que al parecer dure mucho en ninguno cuando los jefes descubren que no es una chica en realidad. Yo creo que tienen que ser lilas por pensar así al principio, porque la voz le delata, pero los jefes o encargados no parecen darse cuenta hasta que ven la cartilla de la seguridad social.
– ¿Dónde trabaja ahora?
– En una floristería de la Gran Vía, creo. Hace quince días por lo menos me dijo que iba a empezar allí. Antes había sido manicura en un salón de belleza.
– ¿Recibía mucho correo? -preguntó Bernal.
El portero señaló los buzones verdes de la pared del zaguán.
– Es el último buzón de allí. Nunca lo he visto muy lleno. Circulares, sobre todo.
Gravina volvió del teléfono.
– Dice el juez que puede usted actuar, comisario, pero que, naturalmente, quiere que se le comunique si se encuentra algún cadáver. Quiere un parte a su debido tiempo.
– Así se hará entonces. Varga va a saltar la cerradura.
Una vez que hubieron subido los seis pisos, Bernal y Gravilla esperaron mientras Varga inspeccionaba la cerradura, que se las arregló para abrir en un par de minutos con una ganzúa. Al abrir la puerta, que daba a un pequeño recibidor, oyeron unos débiles maullidos.
– Tiene que ser el gatito blanco de que hablaron sus amigos -dijo Bernal-. Ojo con que no salga corriendo hacia las escaleras.
Cuidando de no tocar nada, Varga encendió la luz del recibidor con unos alicates y abrió la puerta del fondo.
Se quedaron sorprendidos al ver una habitación radiante de luz solar, que entraba por unas grandes ventanas que daban al techo de las casas que bajaban apiñadas hasta la plaza de España. El olor empalagoso de las flores mustias les golpeó la nariz.
En una cama grande, cubierta con una colcha de seda rosa, había un pequeño gato de Angora que alzó un poco la cabeza al verles entrar.
– Se tiene que estar muriendo de hambre -dijo Bernal-. Varga, bájaselo al portero y que le dé un poco de leche. Llama luego a Prieto para que venga y busque huellas en todas partes, por si el asesino ha estado aquí.
Mientras esperaban, Bernal y Gravina contemplaron la habitación con asombro. Estaba totalmente decorada con colgaduras de color rosa y descollaba una estatua de la Virgen, de un metro de altura, ataviada con ropajes de adorno y coronada por un nimbo de oro. Llevaba un pequeño Jesús en los brazos. La imagen estaba flanqueada por dos enormes jarrones de Talavera, llenos ambos de mustios gladiolos blancos y rosados, dispuestos en forma de abanico.
– ¿Ha visto alguna vez cosa parecida, comisario? -murmuró Gravina casi con pavor.
– Parece una mezcla de burdel parisino y capilla de Nuestra Señora -comentó Bernal en voz más alta-. Creo que es una reproducción reducida de Nuestra Señora de la Victoria, que está en una iglesia de Málaga. Seguramente la tomó por patrona. Flores era de Carihuela.
Varga volvió en aquel momento e informó que Prieto y su ayudante estaban en camino.
Varga, abre esos dos armarios empotrados, a ver qué hay dentro -solicitó Bernal.
– ¡Están hasta los topes, jefe! -exclamó Varga-. Están llenos de ropa femenina y en un rincón también la hay de hombre. Y quince pares de zapatos de tacón alto.
Bernal se volvió al tocador de tres espejos, adornado con una colgadura fruncida de seda rosa.
– Utilizaba muchos cosméticos, ¿verdad? Prieto tardará bastante en comprobar las huellas de todos esos cacharros y potingues. Creo que será mejor que vuelva esta tarde, cuando Prieto haya acabado. Quiero ver sobre todo los papeles y cartas que encontréis.
SOL
A mediodía, cuando llegó el correo, Navarro observó un pequeño paquete envuelto en papel de estraza y dirigido con mayúsculas góticas curiosamente trazadas al «Comisario Bernal, Brigada Criminal, Gobernación, Puerta del Sol».
Cuando Bernal volvió de la calle Norte, Paco le llamó la atención a propósito del paquete.
– No trae remite y el matasellos está borroso, jefe.
– Paco, llévalo al laboratorio de Varga. Tócalo lo menos posible. Tengo la corazonada de que contiene algo muy desagradable.
El principal ayudante de Varga se puso a comprobar el paquete con diversas herramientas.
– No contiene nada metálico, inspector.
– ¿No serán explosivos?
– Lo miraré antes por rayos X y luego lo abriré por control remoto. Así te enseñaré el último juguete que nos han comprado.
Navarro lo siguió hasta un explorador televisual o scanner, bajo el que el ayudante colocó el paquete.
– Mira tú mismo.
Paco se vio de pronto mirando una imagen fantasmal y verdosa compuesta de huesos de un pie y una mano humanos.
– Es lo que falta del cadáver descuartizado -dijo consternado-. El asesino se está pasando. Puedes abrirlo ya, pero no borres ninguna huella que pueda haber en el envoltorio. ¿Qué te parece la dirección?
– Se ha hecho con una imprentilla casera. Se pueden comprar en cualquier papelería, pero las letras suelen tener irregularidades propias, al igual que las máquinas de escribir, tanto que se puede identificar si se quiere. Por si acaso, voy a abrirlo con el nuevo «juguete», no sea que contenga algún sistema explosivo, aunque no me parece probable, ya que no hay alambres.
El ayudante condujo a Navarro a una sala especialmente construida, con paredes blindadas de un metro de espesor, en que había una ventanilla de observación de vidrio endurecido y palancas que movían brazos mecánicos dentro de la cámara.
– Ahora verás cómo se abren por control remoto. Los brazos hacen casi todo lo que tú o yo haríamos con las manos.
Tras unos minutos de maniobras, el paquete quedó abierto y se descubrió que no contenía más que una caja de zapatos y los miembros que faltaban de la primera víctima del asesino del Metro. Después de que Bernal fuese llamado al laboratorio y se hubiese enterado de que la mano izquierda recién recuperada carecía asimismo de pellejo en la punta de los dedos, dio instrucciones para que los restos se enviasen al doctor Peláez, y en la caja y el papel de envolver se comprobasen las huellas.
De vuelta en el despacho, discutió la situación con Navarro.
– ¿Por qué cambiaría de plan y en vez de dejar los restos descuartizados en el Metro me ha enviado los dos últimos pedazos a mí?
– ¿Un gesto de desafío, tal vez? -sugirió Paco-. ¿Una especie de reto?
– Sí, es posible. Tiene que haber visto las noticias de la televisión ayer por la noche, así como los vespertinos. Investiga en Correos el matasellos, a ver si pueden descubrir la estafeta y la hora de envío. Tal vez algún empleado pueda reconocer uno de los retratos robot.