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El Metro de Madrid

Электронная книга - «El Metro de Madrid». Краткое содержание книги:

Madrid, mayo de 1977. El país se prepara para las primeras elecciones generales después de cuarenta años de dictadura. Como las calles, las paredes del Metro están repletas de propaganda electoral. Nadie repara en un extraño hombre barbudo que sostiene a otro, excesivamente abrigado para la época, hasta que, con el tren ya en movimiento, este último se desploma.
A los pocos días ocurre un caso similar y todo parece indicar que un psicópata anda suelto. El comisario Bernal, el Maigret español, decide intervenir desplegando a su gente por toda la red del subterráneo, husmeando literalmente por las entrañas de la ciudad.
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Asunción Mora estaba pálida y parecía preocupada en presencia de Bernal.

– ¿Podría decirme por qué dejó usted el empleo que tenía en la clínica del señor Cortés?

– Fue a causa de su extraña conducta, comisario. La mayor parte del tiempo se comportaba con total normalidad, con gran serenidad, dicho sea en justicia, incluso cuando las cosas no iban del todo bien. Hay dentistas que se ponen muy nerviosos. Pero hace dos meses hizo una extracción de emergencia a una portuguesa y me pareció que se conducía de una manera muy rara.

– ¿En qué sentido, señorita?

– Primero, le administró un anestésico general después de otro local a base de procaína, y ello para una extracción que no esperaba terminar bien, por lo que pude ver. La raíz estaba atascada por un tercer molar incrustado y aquél era trabajo de hospital. Pero la cosa pareció afectarle y se obsesionó con la idea de llevar a cabo el trabajo. Yo observaba la respiración y el pulso de la paciente y de pronto se interrumpieron los dos. Estaba convencida de que había muerto, así que fui a telefonear para llamar a una ambulancia. Pero, en vez de ello, él me envió a buscar al doctor Sánchez, que vive al pie de la cuesta, y dijo que había dado oxígeno a la paciente y que se estaba recuperando. El doctor estaba fuera, pero esperaban que volviera de un momento a otro. Volví con él y cuando llegamos aquí la paciente se había ido.

– ¿Explicó él lo que había pasado?

– Dijo que la había llevado a la casa y le había servido un café. Y que cuando se hubo encontrado mejor, se había ido a casa. Me resultó difícil de creer al principio, pero admito que me asusté cuando el corazón le dejó de latir. No pensaba que fuera posible que se recuperase. En cualquier caso, yo estaba muy nerviosa, así que me despedí, cosa que él aceptó sin discusión alguna. Incluso me mandó el sueldo de un mes de más.

– ¿Fue aquélla la única experiencia anormal que vivió usted mientras trabajó aquí?

– Sí, pero fue suficiente.

GOYA

Elena observaba al sospechoso por las ventanillas del extremo del vagón, mientras el tren avanzaba en dirección Alfonso XIII. En cierto momento le pareció que se había puesto a desenvolver el paquete que llevaba, pero una chica que estaba ante el hombre se interpuso quitándole la visión de momento. Elena se dio cuenta de la fijeza con que el individuo miraba a la joven y se asustó por ella. Introdujo la mano en el bolso, en busca del pequeño revólver reglamentario. Pero el sospechoso se bajó en Goya, ella hizo lo propio y anduvo por el andén, a cierta distancia del hombre, para evitar ser descubierta. Tras detenerse a mirar un cartel, la joven se dio cuenta de que el hombre se había sentado en un banco y tanteaba el paquete.

Tomó entonces una decisión repentina: fue a la oficina encristalada del jefe de estación y le enseñó su placa oficial.

– ¿Me permite utilizar el teléfono?

– Claro, inspectora.

Marcó el número de la DGS y pidió comunicación con el despacho de Bernal. Hubo una pausa.

– ¿Tardará mucho en pasar otro tren? -preguntó al jefe de estación.

– Tres minutos si es puntual.

– ¿Qué número tiene?

– El veintiocho.

Navarro se puso al habla.

– Paco, aquí Elena. He localizado al sospechoso en Sol cuando iba hacia ahí. Va con un paquete alargado. Le he seguido hasta Goya, donde estoy y donde él se encuentra sentado en un banco del andén dirección Alfonso XIII; el próximo tren será el veintiocho.

– No le pierdas, Elena, pero tampoco te acerques a él. Es muy peligroso. Es dentista y se llama Roberto Cortés Díaz; el jefe está en este momento en su casa, en Concha Espina. Tiene que haber un agente en casi todos los andenes. Pide ayuda si hace algo violento. Ten cuidado y telefonea en cuanto puedas.

– Ya llega el tren, Paco. Volveré a llamarte.

SOL

Navarro llamó a Bernal inmediatamente y le contó la iniciativa de Elena.

– Enseguida regreso a Gobernación, Paco, para dirigir la operación. Esperemos que se trate de nuestro hombre. Enviaré algunos agentes al encuentro del tren veintiocho, ya que viene en esta dirección.

GOYA

Elena miró por la ventana de la oficina mientras el tren se aproximaba. Pero el sospechoso no se levantó del asiento. Advirtió que no tenía ya el paquete, aunque el papel de envolver estaba doblado junto a él. Cuando el tren hubo arrancado, el individuo se puso en pie y se dirigió a la salida sobre la que figuraba el rótulo: «Correspondencia Línea 2: Ventas-Cuatro Caminos». De modo que iba a cambiar de línea otra vez. Y ella no tenía tiempo de volver a telefonear.

Tras situarse a una prudente distancia del hombre, la joven advirtió que él llevaba un bulto bajo el impermeable de estilo militar.

ALFONSO XIII

Bernal, cada vez más alarmado por la situación de Elena, mandó a Miranda y a Lista en coche a la estación de Alfonso XIII para recibir al tren número veintiocho, mientras el inspector Miranda llamaba a la comisaría de su zona, sita en la calle Cartagena, y ordenaba que algunos hombres de uniforme fueran a la estación del mismo nombre, que estaba en aquel trayecto. Elena, por lo menos, vería a los grises y los llamaría si necesitaba ayuda.

Mientras, Bernal y Ángel Gallardo se disponían a volver a Sol en el coche oficial. Cuando ya iban a salir, la sirvienta se acercó al comisario con claras muestras de excitación nerviosa.

– He visto que falta algo en la pared del pasillo en que don Roberto tiene su colección de recuerdos de la guerra civil.

– ¿Qué es, Pilar? ¿Qué se ha llevado?

– Una bayoneta -dijo la mujer muy excitada-. He visto el espacio vacío entre las otras armas.

– ¿Están todas las pistolas?

– Sí, creo que sí. Sólo falta la bayoneta.

– Gracias, Pilar, lo tendremos en cuenta. Y, ahora, tranquila, ¿eh?

Cuando ya estaban en marcha, Bernal habló por radio con Navarro.

– ¿Dijo Elena que el sospechoso llevaba un paquete alargado? Cambio.

– Sí, jefe. Todavía lo llevaba en Goya, que fue desde donde ella llamó. Cambio.

– Probablemente contenga una bayoneta de la guerra civil… sí, una bayoneta, de modo que las cosas se ponen feas. Esperemos que Elena no tenga que enfrentarse con él. Adviérteselo en cuanto vuelva a telefonear. Cambio y cierro.

GOYA

Elena seguía al sospechoso con cautela, dejando que otros usuarios se colocasen en medio mientras recorrían los pasillos y escaleras que había entre las líneas 4 y 2. Apretó un poco el paso para ver si Cortés tomaba las escaleras de Ventas o las de Cuatro Caminos. Ah, las de Cuatro Caminos y Ópera. Está describiendo un círculo, advirtió. ¿Trataba de despistarla o es que vagaba sin objeto de una estación a otra?

Volvió a preguntarse qué sería lo que el individuo llevaba escondido bajo el impermeable de estilo militar. Tenía la esperanza de que no fuera nada macabro. Claro que, si lo era, ¿por qué le habría quitado el envoltorio? Comenzó a pensar que a lo mejor se trataba de un arma. ¿Cuál podía ser? Estaba claro que era demasiado corta para ser un fusil y demasiado larga para ser una pistola, aun con silenciador. ¿Una escopeta de cañones recortados? No parecía abultar tanto.

Se debatió en el dilema de telefonear otra vez o no: El hombre estaba sentado nuevamente en un banco del andén, con la cabeza gacha. No daba la impresión de mirar a su alrededor para ver si le seguían. En aquel momento se oyó el tren que se acercaba. Ella estaba muy cerca y con la mirada buscó el cartón cuadrado que ostentaba el número del tren en la cabina del conductor. El cuarenta y tres. Tal vez tuviera ocasión de llamar desde otra estación.

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