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El Metro de Madrid

Электронная книга - «El Metro de Madrid». Краткое содержание книги:

Madrid, mayo de 1977. El país se prepara para las primeras elecciones generales después de cuarenta años de dictadura. Como las calles, las paredes del Metro están repletas de propaganda electoral. Nadie repara en un extraño hombre barbudo que sostiene a otro, excesivamente abrigado para la época, hasta que, con el tren ya en movimiento, este último se desploma.
A los pocos días ocurre un caso similar y todo parece indicar que un psicópata anda suelto. El comisario Bernal, el Maigret español, decide intervenir desplegando a su gente por toda la red del subterráneo, husmeando literalmente por las entrañas de la ciudad.
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Bernal llamó a Navarro por teléfono:

– Envíame a Ángel y a Carlos en cuanto aparezcan. Y también a Elena; tenemos aquí a una anciana a la que han dejado sola. Habrá que trasladarla a un lugar donde puedan atenderla.

Para satisfacer su curiosidad inmediata, Bernal miró en el fichero de pacientes, que estaba ordenado alfabéticamente en cajones metálicos. Suspiró con satisfacción. El caso comenzaba a aclararse.

Uno de los policías de paisano le llamó por la puerta de comunicación que daba al vestíbulo de la casa.

– ¿Podría usted venir, comisario? Acaba de llegar una sirvienta.

Una mujer bajita, cercana a los sesenta, se encontraba en el recibidor con visibles muestras de nerviosidad y la cesta de la compra llena de verdura.

– ¿Qué ha ocurrido? ¿Está bien la señora? -preguntó, alarmada.

– Sí, sí -la tranquilizó Bernal-. Podrá usted atenderla en un momento. Somos de la Dirección General de Seguridad. ¿Ha visto hoy al señor Cortés?

– Preparé el desayuno a don Roberto, como siempre, a las ocho y media. Y, como de costumbre, fui a comprar los croasanes cerca de la plaza cuando volví de la misa de siete. Como le digo, puse el café y el hojaldre para el señor en el comedor, pero no los tocó. Tuve que salir otra vez a hacer la compra para la comida. ¿Le ha ocurrido algo?

– Sólo queremos hacerle unas cuantas preguntas con urgencia. ¿Cómo se llama usted?

– Pilar Vila.

La criada llevaba esa indumentaria severa y manifestaba ese aire oprimido que son tan corrientes entre la servidumbre reclutada en los pueblos y ya en trance de desaparición.

– ¿Hace mucho que está usted con la familia? -preguntó Bernal con amabilidad.

– Hace más de cuarenta y seis años, desde que la señora era bastante joven. Éramos cinco en el servicio del antiguo señor: una cocinera, una criada para todo, una camarera, un mayordomo y yo. Yo era la doncella particular de la señora, pero ahora tengo que hacerlo yo todo personalmente -dijo con bastante pesadumbre-. Entonces tenía una posición cómoda, pero todo cambió después de la guerra.

– ¿Cuántos niños había? -preguntó Bernal.

– Catorce; tuvimos una niñera para cuidarlos mientras fueron pequeños, y luego tuvieron preceptores. Todos menos uno de los que han sobrevivido están casados y no vienen casi nunca por aquí; sólo en el cumpleaños de la señora y en Navidad.

– ¿Qué edad tiene la señora?

– Ya ha cumplido los ochenta y ha tenido ya tres derrames que la han dejado incapacitada del todo. Tengo que ir a ver cómo está.

– Lo hará usted, lo hará usted -la tranquilizó Bernal-. Sólo le haré un par de preguntas más. Las restantes las dejaremos para después. Dígame, a propósito de los hijos solteros: ¿es don Roberto uno de ellos?

– Sí, es ya el único soltero. La pobre Lidia murió en un trágico accidente en los últimos días de la guerra. Era una chiquilla encantadora, llenaba la casa con sus risas. Murió un mes antes de cumplir los trece.

– ¿Y cómo murió?

– En un accidente inexplicable en el Metro de Sol. Estaba en medio del gentío cuando llegó un tren lleno de soldados y se le clavó una bayoneta sujetada en mala posición. Se desangró hasta morir. Don Roberto estaba allí con ella: era sólo un niño entonces. Le afectó mucho, tanto que nunca fue el mismo a partir de entonces. El pobre padre murió de la conmoción un año después, tenía el corazón destrozado. Después de aquello, nada fue igual en esta casa. ¿Puedo ir ya a atender a doña Laura?

– Sí, sí, claro. Pero dígame: ¿tiene coche don Roberto?

– Sí, un coche francés grande, con puertas detrás.

– ¿Una rubia?

– Sí, eso. Se fue con ella esta mañana y no ha vuelto todavía.

– Y, aparte de la clínica dental, ¿hay algún otro almacén en la casa?

– Bueno, está el sótano, donde él se dedica a hacer esculturas. Es una afición que tiene, ya sabe. Pero nunca me deja bajar a limpiar aquello. Siempre lo tiene cerrado.

– ¿Dónde está la entrada?

– Hay una puerta simulada bajo las escaleras. Se la enseñaré, pero no sé dónde guarda las llaves.

SOL

Roberto Cortés Díaz estaba en la acera de la esquina de Montera con Sol, de cara al edificio de Gobernación. No hacía caso, al parecer, de la gente que le rodeaba ni de los ensordecedores altavoces de las furgonetas electorales que instaban a los ciudadanos a votar.

Se había dado cuenta enseguida de que el visitante de la tarde anterior que había enseñado a la enfermera la fotografía dental era un detective, probablemente del grupo de Bernal. Tras echarle un vistazo a la foto, él había dicho a la joven que dijera que ya se había ido. Sabía que ello le haría ganar tiempo. Iba a desayunar a las nueve de la mañana cuando le asustó ver que el mismo hombre llamaba a la puerta de la clínica. Sabía que Pilar había ido al mercado a hacer la compra. Vio que el hombre se acercaba a la puerta particular y que luego se fue cuesta abajo. Roberto aprovechó la oportunidad, sacó el coche del garaje y se fue cuesta arriba.

Es posible que Bernal comenzara a sospechar, pero ¿qué pruebas tenía contra él? Ninguna. Él le demostraría que era más listo incluso que un superpolicía. Roberto apretó contra sí el largo paquete que llevaba y comenzó a cruzar la Puerta del Sol.

ALFONSO XIII

El inspector Quintana, de la zona de Chamartín, y dos hombres de uniforme habían llegado ya a la casa de Concha Espina, y Bernal expuso al primero sus sospechas acerca del dentista, Roberto Cortés Díaz.

– Quintana, ¿quieres llamar al juez de guardia para decirle que estamos haciendo un registro domiciliario sin autorización, por razones de urgencia?

Mientras tanto, Lista había descubierto los papeles del coche de Cortés en el cajón de un escritorio e informaba sobre ellos a Navarro por teléfono, para que éste se pusiera en contacto con la Policía de Tráfico.

Varga descubrió que la puerta del sótano tenía una cerradura de tipo antiguo, así como un cerrojo moderno que no ofrecía la menor dificultad. Le costó más abrir la cerradura antigua. Cuando la puerta estuvo abierta por fin, buscó un interruptor de la luz. Quedó iluminada una escalera, pero el fondo estaba sumido en oscuridad casi completa.

– No encuentro la luz de abajo, jefe -dijo Varga, encendiendo una linterna, cuyo foco recorrió el sótano y a cuya luz descubrieron con asombro figuras femeninas, unas de pie, otras sentadas o caídas, y todas con un gran parecido-. Éste es el origen de los maniquíes, jefe. Veré si el conmutador está en la otra parte.

De pronto, el sótano quedó claramente iluminado gracias a dos tubos de flúor que se encendieron parpadeando y los hombres pudieron ver que se encontraban en un taller de grandes dimensiones, con dos bancos sobre los que había láminas cortadas de poliestireno.

– Hay más de veinte muñecas, jefe -dijo Varga-, y todas parecen iguales. Es curioso…

– Creo que las ha hecho así para que todas se parecieran a su hermana, tal y como ésta era antes de morir -murmuró Bernal-. ¿Dónde crees que descuartizaría a la primera víctima?

Varga escrutó con atención el suelo de hormigón.

– Aquí no hay rastros de sangre. Pero hay otra puerta al fondo. Veré lo que hay allí -Varga abrió una puerta estrecha que conducía a un sótano oculto-. Aquí hay un cuarto de baño, jefe, y láminas de poliestireno clavadas en el suelo.

Bernal se reunió con él para hacer una inspección ocular.

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