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El Metro de Madrid

Электронная книга - «El Metro de Madrid». Краткое содержание книги:

Madrid, mayo de 1977. El país se prepara para las primeras elecciones generales después de cuarenta años de dictadura. Como las calles, las paredes del Metro están repletas de propaganda electoral. Nadie repara en un extraño hombre barbudo que sostiene a otro, excesivamente abrigado para la época, hasta que, con el tren ya en movimiento, este último se desploma.
A los pocos días ocurre un caso similar y todo parece indicar que un psicópata anda suelto. El comisario Bernal, el Maigret español, decide intervenir desplegando a su gente por toda la red del subterráneo, husmeando literalmente por las entrañas de la ciudad.
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– No es eso, jefe. Se trata de las plantas que hay tras un mamparo de cristal junto a la entrada particular, al lado de la casa. Se parecen a las de las fotos que envió el Instituto Botánico.

– Voy ahora mismo con Varga. Dame la dirección exacta. Tendrás que esperarnos fuera de la casa -dijo Bernal-. ¿Cómo se llama el dentista, por cierto?

– Roberto Cortés Díaz.

– Puede ser nuestro hombre, Lista. Si aparece, reténlo con cualquier pretexto hasta que lleguemos. Si intenta escapar, utiliza la pistola reglamentaria.

Al final, Bernal se hizo acompañar del técnico Varga y de dos policías de paisano y fueron a toda velocidad por Alcalá y Castellana arriba con la sirena dando pitidos y la luz azul relampagueando. Cuando doblaron por el extremo inferior de Concha Espina, Bernal ordenó al conductor que apagase la sirena y la luz.

– No queremos que se nos note demasiado.

ALFONSO XIII

Encontraron a Lista esperándoles delante de la casa.

– Nadie ha entrado ni salido, jefe. Como puede ver, la puerta del consultorio da a la calle, mientras que la puerta particular da a un lado, donde hay un garaje a la altura del sótano. Localicé los especímenes de schizanthus por la mampara de cristal que hay junto a la puerta particular.

– ¿Y nadie respondió a tus llamadas?

– No, jefe, así que fui a la cabina telefónica de la avenida para llamarle. ¿Se puede saber por qué piensa que Cortés acaso sea el asesino?

– Aunque parezca increíble, encontré algo en los anales del Metro de 1939. Llamaremos otra vez y tocaremos el timbre del consultorio. Paco ha llamado al inspector de la zona para decirle que veníamos. No tardará en aparecer -aunque llamaron al timbre y a la puerta, nadie abrió ninguna de las dos puertas-. Varga, tendrás que abrir la de la casa. Yo cargo con las responsabilidades si se trata de un error. Vosotros dos -Bernal se dirigió a los de paisano-, apostaos uno en cada puerta por si alguien sale huyendo.

Varga abrió la puerta en un santiamén y con las armas por delante entraron en el recibidor de mamparas de cristal, decorado con macetas de schizanthus. Varga abrió la puerta interior y escuchó. Lo único que alcanzaba a oírse era un lejano tamborileo procedente de una habitación del fondo del pasillo y el tictac de un gran reloj de pared. Avanzaron por el pasillo, mirando en cada habitación que encontraban, hasta que llegaron ante la puerta cerrada tras la que se oía el tamborileo. Lista giró la manija y abrió muy despacio, con gran cuidado, mientras Bernal se situaba a un lado con la pistola preparada. Lista echó un vistazo por la rendija abierta, hizo una seña a Bernal y todos entraron de golpe.

Les sorprendió ver sólo la pequeña figura de una anciana sentada en una mecedora en que se balanceaba con suavidad, con las manos sarmentosas sujetas con firmeza a los brazos de madera labrada. Bernal hizo una seña a Lista y Varga para que buscasen en la cocina, al fondo de la casa, y él se acercó a la anciana, que volvió la cabeza inexpresiva hacia las cortinas parcialmente corridas de la ventana.

– Lamento molestarla así, señora. Busco al señor Cortés.

La mujer no dio la menor muestra de haberle visto u oído, y Bernal, por el lánguido aspecto de los músculos faciales y de la boca, dedujo que había sufrido alguna especie de derrame cerebral o de parálisis. Era muy vieja y llevaba una cofia de punto de un estilo que no se veía desde principios de siglo.

La habitación estaba llena de artículos del siglo diecinueve. En una mesita cubierta con un mantel afelpado amarillo, situada a su lado, había una serie de fotos familiares con marco de plata empañada, y delante un ramito de violetas en un jarrón. Bernal se preguntó cuál de las fotos correspondería a Lidia Cortés Díaz. Pero no se atrevió a acercarse demasiado.

Volvieron Lista y Varga e indicaron que la planta baja estaba deshabitada.

– No creo que ella se haya dado cuenta de que estamos aquí -murmuró Bernal-. Es extraño que no haya ninguna sirvienta que esté cuidándola. Busquemos ahora arriba.

La casa era antigua y tenía muchas habitaciones, casi todas con trazas de no utilizarse. En el primer piso se encontraron con una serie de puertas, pero dentro de los dormitorios y los cuartos de baño no encontraron a nadie y nada parecía alterado. Un largo pasillo, en que había una serie de retratos al óleo del siglo pasado, quizá de los antepasados de la familia, conducía desde aquel piso a otra ala de la casa. Cuando llegaron ante la imponente puerta del extremo, la encontraron cerrada.

– ¿Puedes abrirla, Varga, sin tener que romperla? -dijo Bernal al técnico en voz baja.

– Lo intentaré, jefe -murmuró Varga, sacando un manojo de llaves de aspecto raro.

Al cabo de unos momentos, consiguió abrir el pestillo y Bernal hizo una seña a los otros para que se cubrieran mientras él abría la puerta, al tiempo que sacaba la pistola. De la estancia a oscuras sólo surgía silencio. Tanteó en busca del conmutador de la luz y se vio de pronto deslumbrado por el brillo cegador de lo que parecían unos focos potentes. Fue empujando la puerta poco a poco y echó un vistazo. No había nadie.

– Adelante -dijo-. Está vacía.

Se quedaron estupefactos ante la escena. Al fondo de la habitación, los focos daban sobre una bandera nacional y dos retratos enmarcados en oro: uno era de José Antonio Primo de Rivera, fundador de la Falange Española, y el otro mostraba al general Franco con el uniforme de capitán general, con el fajín púrpura de la Laureada de San Fernando. La habitación, advirtieron, era en realidad un museo del fascismo español, con las paredes llenas de fotos y carteles enmarcados, bajo los que había vitrinas con armas de la época.

– ¡Uf! -exclamó Varga-. Esto es casi como el Museo del Ejército.

– Toda una colección -dijo Bernal secamente-. Nos permite entrever un poco las obsesiones del asesino.

No encontraron nada de interés en el resto de los pisos superiores y volvieron otra vez a la entrada de abajo. Una vez allí, Lista señaló una pequeña puerta que no habían advertido antes. Estaba cerrada, pero Varga abrió el pestillo en unos instantes. Se encontraron entonces en la sección laboral de la casa, en un recibidor del más moderno estilo y en que estaban la mesa de la enfermera y puertas con letreros: «Sala de espera», «Consulta» y «Clínica dental».

Bernal abrió la puerta que daba a la calle y habló con el policía de paisano apostado fuera.

– ¿Ha llegado ya el inspector de la zona?

– Aún no, señor.

Aquella parte del edificio resulto que también estaba vacía. Bernal y Varga inspeccionaron la clínica con particular interés, pero vieron que contenía sólo moldes dentales y placas en diversas etapas de preparación.

– Lista, echa una ojeada a los ficheros y mira a ver si encuentras el nombre y la dirección de la recepcionista; luego iremos por ella. Está claro que el pájaro ha volado. Voy a llamar y dar orden de captura a todas las unidades. En DNI proporcionarán la foto más reciente del carnet de identidad de Cortés Díaz. Haré que Paco compruebe todos los próximos vuelos de Barajas y que ponga vigilancia en las estaciones de ferrocarril. Debe haber tenido algún tipo de vehículo. Lista, busca el número de matrícula y se lo comunicaremos a Paco. A Cortés tuvieron que alertarle las preguntas que hiciste ayer a la enfermera y ha debido suponer que hoy vendríamos por él.

Lista volvió triunfante tras una rápida búsqueda en los ficheros. Enseñó una tarjeta a Bernal.

– Está todo ordenadísimo. Aquí tenemos el nombre y la dirección de la enfermera, con sus papeles de la seguridad sociaclass="underline" vive en la plaza de Castilla, y aquí consta su teléfono.

– Pues llámala a ver si quiere venir. No le digas de qué se trata.

Bernal volvió a repasar la topografía de la clínica dental, buscando el almacén o sótano que suponían debía de tener el asesino, pero no encontró nada. Comprobó que la clínica contaba con el más moderno equipo: sillón automatizado para el paciente, taladradora ultrarrápida y un aparato de rayos X en un rincón de la estancia. Volvió a registrar con Varga el laboratorio, pero no había ni puertas ocultas ni trampillas en el suelo. Sin embargo, la casa parecía lo bastante vieja para tener sótano.

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