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El Metro de Madrid

Электронная книга - «El Metro de Madrid». Краткое содержание книги:

Madrid, mayo de 1977. El país se prepara para las primeras elecciones generales después de cuarenta años de dictadura. Como las calles, las paredes del Metro están repletas de propaganda electoral. Nadie repara en un extraño hombre barbudo que sostiene a otro, excesivamente abrigado para la época, hasta que, con el tren ya en movimiento, este último se desploma.
A los pocos días ocurre un caso similar y todo parece indicar que un psicópata anda suelto. El comisario Bernal, el Maigret español, decide intervenir desplegando a su gente por toda la red del subterráneo, husmeando literalmente por las entrañas de la ciudad.
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Pero el sospechoso no hizo el menor ademán de subir al tren.

Sonó el silbato y las puertas se cerraron. La joven resolvió entonces mezclarse con los usuarios que se habían apeado y cruzarse con el asesino para llegar a la oficina del jefe de estación.

SOL

Cuando llegó al despacho, Bernal recibió informes de las estaciones Cartagena y Alfonso XIII: no había rastro de Elena ni del sospechoso en el tren número veintiocho de la Línea 4, ni se había visto a ninguno de los dos en las estaciones intermedias. Estudió con Navarro el plano mural de la red del Metro.

– Haremos que vuelvan Lista y Miranda. Tal vez los necesitemos aquí. Fíjate, Paco, que en Goya puede haber cambiado de intenciones el asesino y tomado la Línea 2 en una dirección y luego en la contraria -dijo Bernal-. Quizá se haya percatado de que le siguen. Vamos a hablar con el director del Metro, a ver si puede darnos línea directa con la central de Sol. Podríamos incluso interrumpir el servicio durante un rato, si hiciera falta, mientras buscamos por trenes y estaciones.

– Si al menos pudiéramos decir a Elena que el tipo va armado… -dijo Ángel, que se había acercado para observar el plano.

Navarro hablaba con los de la Compañía Metropolitana. Había urgencia en su voz.

– Al director le gustaría hablar contigo, jefe.

GOYA

Elena estaba a punto de entrar en la oficina del jefe de estación, a fin de informar, cuando vio que el sospechoso se levantaba despacio del banco, con aire de quien ha tomado una decisión. Miró a ambos lados del andén y Elena se volvió rápidamente para leer los anuncios de la compañía que estaban pegados en los cristales de la oficina. Oyó que se acercaba otro tren. El cuarenta y cuatro, dirección Cuatro Caminos, calculó.

Se arriesgó a mirar para ver si el sospechoso tenía intenciones de tomarlo. Sí, todo parecía indicar que iba a hacerlo. El individuo seguía teniendo una mano bajo el faldón del impermeable, sin duda para sujetar el objeto oculto. ¿Qué demonios sería?, se preguntó la joven. Parecía pesado. ¿Un puñal? El objeto era más grande.

SOL

– He conseguido autorización para interrumpir el servicio en cualquier línea, llegado el caso -dijo Bernal a sus dos colegas-. Paco, tendrás línea directa con la central de Sol en unos momentos.

– Pero, jefe, si interrumpimos el suministro eléctrico, ¿no pondremos en peligro a Elena y los demás viajeros? Si el individuo queda atrapado en un túnel y a oscuras, tal vez pierda los estribos con la bayoneta -objetó Paco.

– Sin duda tienes razón -admitió Bernal-. Si pudiéramos ponernos en contacto directo con Elena mediante un walkie-talkie.

– Tal vez no funcionase en el Metro -dijo Ángel-. Lo más probable es que intente telefonear en cuanto pueda. Caerá en la cuenta de que suponemos se encuentra en la Línea 4, dirección Alfonso XIII.

BANCO

Elena había vuelto a entrar en el vagón contiguo al que habla tomado el sospechoso y observaba a éste por las ventanillas de ambos. Había más viajeros aquella vez, lo que hacía más sencillo el trabajo. Aprovechó también la oportunidad para soltarse el cabello, que lo había llevado recogido, y quitarse la fina chaqueta de mezclilla para darle la vuelta. Por suerte era reversible y de color verde claro y liso por dentro. De la época de la escuela recordaba que aquellos pequeños cambios bastaban para camuflar a quien seguía a un sospechoso.

Volvió Elena a advertir que su vigilado se situaba tras una joven, a la que comenzó a mirar de manera extraña. Mientras el tren llegaba a la estación Banco, pensó que iba a atacar a la chica; pero el movimiento del tren se detuvo y el individuo recuperó la posición inicial, apoyándose en la ventanilla. Elena lo tenía tan cerca que podría tocarlo de no ser por los cristales que separaban los vagones.

SOL

En Sol bajó el sospechoso mezclado con el gentío y Elena lo siguió de cerca, temiendo perderle en la más atestada de todas las estaciones. Pero el individuo se detuvo ante el primer asiento del andén y volvió a sentarse. Arriesgándose a cruzarse con él, Elena se dirigió al teléfono de la oficina del jefe de estación. Estaba sobre ascuas mientras el funcionario observaba su documentación, tras lo que, no sin desgana, le permitió utilizar el teléfono.

– Paco, soy Elena. Estoy debajo mismo de vosotros, en Sol, en la Línea 2, andén de dirección Cuatro Caminos. Acabamos de dejar el tren cuarenta y cuatro y el sospechoso está sentado en un banco.

– Aguarda, ahora se pone el jefe.

– ¿Elena? Quédate donde estás. Voy a enviarte a Ángel y a dos hombres de paisano. El hombre al que sigues es Roberto Cortés, un dentista loco, y va armado con una bayoneta, un recuerdo de la guerra. No te acerques a él, ¿me oyes?

– Sí, jefe, pero ¿y si se va antes de que llegue Ángel? El tren cuarenta y cinco llegará de un momento a otro.

– Síguele con prudencia si sube en él. Recuerda que puede cambiar a la Línea 1 o a la 3, o bien, claro, volver en dirección Ventas por la misma Línea 2. Yo sospecho que irá a la Línea 1. Allí fue donde mataron a su hermana en 1939.

– ¿En 1939? -repitió Elena-. ¿Qué tiene que ver eso con el caso?

– Todo. Es un psicópata. Es el recuerdo lo que estimula sus movimientos actuales.

– Ya llega el tren -dijo la joven con premura.

– Mira a ver si se mueve. Yo estaré al habla. Si no vuelves para hablar conmigo en un minuto, deduciré que has ido tras él y haré que se interrumpa el suministro eléctrico de la Línea 2 hasta que llegue Ángel.

Elena escrutó con ansiedad el andén. No, el asesino no se había movido. Seguía sentado, con la cabeza baja, mirando al suelo. Sonó el silbato y las puertas del tren se cerraron. El hombre no iba a viajar en aquél. Elena volvió corriendo al teléfono.

– Sigue aquí. No se ha movido del banco.

– Muy bien. Quédate donde estás y vigílale hasta que llegue Ángel con los de paisano.

Cuando salió al andén, Elena quedó aterrada al ver que el asesino había desaparecido. Miró a todas partes: ¿por dónde se habría ido? Leyó el rótulo que había sobre la salida que más cerca había tenido el hombre: «Correspondencia Línea 1: Portazgo-Plaza de Castilla». Aquélla era la línea por la que Bernal había apostado. Se dirigió rápidamente al pasillo y subió las escaleras que conducían al atestado vestíbulo, cuyo suelo estaba inundado de propaganda electoral. Pero no había el menor rastro del hombre. Cielos, se había movido mucho más aprisa que antes. ¿La habría visto seguirle? Vaciló ante la entrada de la Línea 1. ¿Qué andén, a Portazgo o a Plaza Castilla? Las escaleras del de dirección Plaza Castilla estaban más cerca y aquéllas fueron las que tomó. En cualquier caso, lo vería en el andén de enfrente si el individuo había tomado las otras.

Corrió escaleras abajo en el momento en que un tren pitaba, y de repente vio a Cortés en el instante de entrar en él. Se las arregló para salvar la barrera automática que bloqueaba el paso inmediatamente antes de la partida de un tren, corrió por el andén y se coló por entre ambas puertas en el momento en que éstas se cerraban. El tren estaba hasta los topes y la joven advirtió que tenía al asesino a escasos centímetros. Se volvió de cara a las puertas y le dio la espalda.

Ángel Gallardo se echó a temblar cuando no vio ni rastro de Elena en el andén de la Línea 2. Entró corriendo en la oficina y preguntó al encargado de estación dónde había ido la inspectora Fernández.

– Esto ya es el colmo -dijo el encargado-. Esto parece hoy un manicomio. Dejó el teléfono, salió corriendo en el momento en que partía el tren cuarenta y cinco y ya no he vuelto a verla.

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