Электронная книга - «Enfriar El Miedo». Краткое содержание книги:
Diana Brisco ha ido a El Refugio para participar en una terapia con la que espera resolver su pasado. Pero desde que está allí le asaltan terribles pesadillas y extrañas visiones de un niño desaparecido hace años. Además, un agente del FBI se empeña en convencerla de que no está loca, sino que posee un don especial para contactar con el más allá.
Quentin sabe que es su última oportunidad para resolver el homicidio de Missy y que necesita la ayuda de Diana, pero ¿cómo persuadir a la joven para que traspase el umbral y entre en el mundo del frío y la muerte?
Hacía más de dos horas que había salido del tiempo gris. Así que, ¿por qué seguía teniendo frío?
– ¿Diana?
Ella le miró a los ojos con reticencia.
– ¿Qué es lo que te preocupa?
Diana oyó que se le escapaba una risilla.
Quentin sonrió.
– De acuerdo, ha sido una pregunta tonta.
Antes de que pudiera formularla de manera más razonable, Diana cambió de tema.
– Has dicho que no recordabas si alguno de vosotros encontró la trampilla ese verano.
– Exacto.
– Supongo… Daba por sentado que tus recuerdos de ese verano eran muy vividos. Que te acordarías de todo por lo traumático que fue el asesinato de Missy.
Quentin miró su café; aquel leve ceño había vuelto.
– Una suposición comprensible. Y no sé por qué no es así. Algunas cosas sobresalen, claro, tan claramente como instantáneas grabadas en mi memoria. Otras… -Sacudió la cabeza-. Hay lagunas que no puedo explicar. Cierta confusión de recuerdos.
– Quizá por la fuerte conmoción que sufriste al encontrar Missy -sugirió Diana.
– Quizá.
– Eras terriblemente joven, Quentin. Y han pasado veinticinco años.
– Sí. Pero aun así. Debería recordar más, y lo que recuerdo debería estar más claro. -Se encogió de hombros-. Quizá, si pudieran hipnotizarme, podría recuperar los recuerdos. Pero como eso no es posible…
– ¿No se te puede hipnotizar?
– No. Ni a ti tampoco. -Bebió un sorbo de café y añadió-: las personas con facultades paranormales están siempre en ese porcentaje de gente a la que no se puede hipnotizar. Nadie sabe por qué.
Diana dijo con cierta vehemencia:
– Por una vez, me gustaría poder decirte que te equivocas en algo así. Sobre mí.
– Lo siento.
– No, no lo sientes.
– Está bien, no lo siento. Diana, sé que esto es difícil para ti. Lo entiendo, de veras. Pero tienes que reconocer que seguir negando lo paranormal cuando lo experimentas cotidianamente es ser un poquito terca.
– ¿Eso crees?
– Sólo un poquitín.
– Bueno, perdóname por necesitar más de veinticuatro horas para hacerme a la idea.
Quentin se echó a reír.
– Entendido. A veces puedo tener paciencia.
– No, ¿en serio?
– Perdona. Intentaré hacerlo mejor. Y procuraré recordar que todo esto es muy nuevo para ti.
– ¿He de suponer que para ti fue fácil aceptarlo?
Él vaciló; luego hizo una mueca.
– Para mí fue bastante sencillo aceptar la existencia de mis facultades. Pero el descubrir que era distinto no me hizo la vida más fácil. Sobre todo teniendo en cuenta que mi padre, que era ingeniero, no tenía mucha tolerancia para las cosas que no podían sopesarse, calibrarse y analizarse científicamente. Y sigue sin tenerla, en realidad.
– ¿Qué opina del trabajo que haces ahora?
– No le hizo mucha gracia que decidiera usar mi título de Derecho para trabajar en la policía, pero todavía nos hablamos. Algo es algo, supongo.
– ¿Y tu madre?
– Mi madre cree que camino sobre el agua. -Sonrió-. Soy su único hijo, así que no puedo hacer nada malo. Pero… creo que antes se asustaba cuando le decía que iba a sonar el teléfono, o que a mi padre iban a darle un incentivo que no esperaba, cosas así. Ahora no hablamos de esas cosas.
– Debes de sentirte muy solo.
Él se quedó pensando.
– En cierto modo sí, supongo. O al menos antes sí. Pero encontrar un sitio en la Unidad de Crímenes Especiales, donde lo paranormal es la norma más que la excepción, lo cambió todo. Para la mayoría del equipo, es la única etapa de nuestras vidas en que no nos hemos sentido aislados y solos.
A Diana no le costaba creerlo.
– ¿Saben tus padres que trabajas en la Unidad de Crímenes Especiales?
– Sí. Pero no saben por qué es especial la unidad.
– Entonces… en realidad nunca han asumido una parte muy importante de tu vida.
– No. Y puede que tu padre tampoco la asuma, si es eso lo que estás pensando.
Diana quiso de nuevo expresar su irritación por que él advirtiera sus inseguridades con tanta facilidad, pero le pareció un esfuerzo inútil. Se contentó con un suspiro que a Quentin no le costaría interpretar y apartó la mirada de él, dejando que sus ojos vagaran por la terraza.
Para su sorpresa, varias de las mesas estaban ahora ocupadas.
¿O… no lo estaban?
La mujer del vestido Victoriano a la que había visto el día anterior estaba sentada a solas en una mesa, y volvió a levantar ligeramente su taza cuando sus ojos se toparon con los de Diana. Allí cerca había un hombre sentado a otra mesa; su tosca ropa de faena y su cara barbuda le diferenciaban visiblemente de los clientes típicos y del personal del hotel; él también observaba a Diana, e inclinó la cabeza con cierta brusquedad cuando ella le miró.
Diana apartó la mirada de él sólo para ver a dos chiquillos sentados a otra mesa. Eran ambos varones y llevaban ropas de un estilo que reconoció vagamente como perteneciente a otra época. Ambos le devolvieron solemnemente la mirada.
Consciente apenas de que Quentin estaba hablando con la camarera, Diana miró hacia la mesa más cercana a la suya y vio que una mujer alta, ataviada con un uniforme de enfermera muy anticuado, se ponía en pie y daba un paso hacia ella.
– Ayúdanos -dijo.
– Ayúdanos -repitieron los niños.
– Es la hora -gruñó el trabajador.
– ¿Diana?
Ella se sobresaltó y miró a Quentin.
– ¿Qué?
Él arrugó las cejas y señaló la mesa que había entre ellos, ahora repleta con el desayuno.
– Ah. Ya. -Diana lanzó a hurtadillas una mirada a las mesas próximas que habían estado ocupadas por personas del otro mundo y las encontró vacías-. Ya. -Quería, en parte, decirle á Quentin lo que había visto, pero otra parte de ella ya empezaba a dudar, a poner objeciones.
¿De veras los había visto? ¿De veras eran fantasmas? Y, si los había visto, si estaban allí, ¿qué querían de ella? ¿Cómo iba a ayudarles? ¿Qué esperaban de ella?
– Diana, ¿te encuentras bien?
Ella bebió un sorbo de café, intentando pensar. Decidir.
– Sólo tengo… frío. Sólo tengo frío, eso es todo.
– Puede que comer algo caliente te siente bien.
– Sí. Sí, puede. -Tendría que decírselo, lo sabía. Tarde o temprano. Y quizás él pudiera explicarlo todo racionalmente, tal vez le ofreciera una razón lógica por la que, tras dos semanas de calma relativa en El Refugio, de pronto había empezado a ver fantasmas.
Nate temía hasta tal punto despertar el interés de los medios de comunicación que sólo pidió el refuerzo de dos de sus inspectores, y explicó a Stephanie que, en cualquier caso, eran los dos que estaba previsto que le ayudaran a entrevistar al personal del hotel más tarde. Así pues, Zeke Pruitt y Kerri Shehan llegaron discretamente en un coche policial sin distintivos y se encaminaron sin armar revuelo a los establos, como se les había ordenado.
Los dos, sin embargo, se llevaron una considerable sorpresa cuando vieron la trampilla y lo que había debajo.
– Qué cosas -comentó Pruitt casi con admiración, seguramente debido al esfuerzo que sin duda se había invertido en la construcción del pozo.
Shehan, yendo más al grano, le dijo a Nate:
– ¿Debemos suponer que esto puede ayudar a aclarar algunos de los misterios de la lista del agente Hayes?
– ¿La has estado revisando? -preguntó Nate, apenas sorprendido. Kerri Shehan era la inspectora más despierta e incisiva que tenía, y más de una vez Nate se había dicho, sintiéndose entre culpable y avergonzado, que estaba desperdiciando su talento en aquel pueblucho por lo general pacífico.
Ahora se alegraba de no haberla animado a mudarse a otro lugar donde hubiera cosas más grandes y mejores. Tenía la sensación de que iba a necesitar toda la inteligencia que pudiera recabar.