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El secreto de Mona Lisa

Электронная книга - «El secreto de Mona Lisa». Краткое содержание книги:

La apasionante vida de la mujer que inspiró La Gioconda, en una intrigante trama llena de amor, traición y luchas de poder. La joven y hermosa Lisa di Gherardini es conducida por su padre al palacio Médici, donde la espera Lorenzo el Magnífico. Allí conoce a Leonardo da Vinci, con quien mantendrá una relación muy especial, y a Giuliano, el hijo menor de Lorenzo, de quien se enamorará perdidamente. Lisa y Giuliano se casan en secreto, pero al poco tiempo estalla una rebelión contra los Médici y Lisa da a su marido por muerto. Comienza una época turbulenta marcada por el terror religioso. La joven florentina tendrá que tomar partido en la contienda.
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– Que Dios te perdone a ti -repliqué. Me levanté de mi silla y me volví, levantando mis faldas al vuelo; al menos tuve la pequeña satisfacción de salir de la habitación antes que él.

Más tarde, acostada en mi cama, acompañada por la suave y acompasada respiración de Zalumma y los gruñidos de mi estómago, me sumergí en mi desilusión. No poder ver a Giuliano me hacía desear todavía más encontrarme de nuevo con él.

Durante los breves momentos en que no me dejaba llevar por la autocompasión, pensaba en lo que había dicho mi padre. ¿Solo suponía que Lorenzo sería incapaz de mostrar a un nuevo visitante, aunque solo fuese una muchacha insignificante como yo, las maravillas contenidas en su despacho, o había algo más detrás de sus palabras?

Dormí muy inquieta, y me desperté varias veces. No fue hasta que comenzó a clarear cuando me desperté de nuevo, con la mente clara y centrada en una única imagen.

La imagen de Giovanni Pico vestido todo de negro, con la copa de la pócima sostenida cuidadosamente entre sus manos.

28

A la mañana siguiente, mientras Zalumma me ayudaba a vestirme para ir al mercado, llamaron a la puerta.

– Lisa -dijo mi padre-. Date prisa. El cochero espera para llevarnos a misa.

Así que pretendía cumplir la amenaza de la noche anterior. Mi corazón se aceleró. Curiosamente, Zalumma me miró con una expresión ceñuda.

– Pretende llevarme a que escuche a Savonarola -le susurré-. ¡Juro por Dios que no iré!

Zalumma, siempre mi fiel aliada, dejó de atar los lazos de mis mangas y respondió a viva voz:

– Ha tardado en despertarse y estará lista dentro de unos minutos, ser Antonio. ¿Podéis volver más tarde?

– No puedo -contestó mi padre en tono firme-. Me quedaré aquí hasta que salga. Dile que se apure; debemos marcharnos cuanto antes.

Zalumma me miró y se llevó un dedo a los labios; después se acercó a una silla y me pidió que la ayudase con un gesto. Juntas, levantamos la silla y la llevamos hasta la puerta. La colocó de manera que la trabase y luego corrió silenciosamente el cerrojo para encerrarnos.

Como si no hubiésemos cometido ninguna falta, me quedé quieta mientras Zalumma continuaba atando los lazos.

Tras una larga pausa, mi padre aporreó la puerta.

– ¿Lisa? No puedo esperar más. Zalumma, hazla salir.

Zalumma y yo nos miramos, con los ojos muy abiertos y una expresión solemne. El largo silencio que siguió fue interrumpido por el ruido del pomo cuando mi padre intentó abrir la puerta, seguido de otro aporreo.

– ¿Te atreves a desafiarme? ¿Cómo puedes mostrarte ante Dios, cuando desafías a tu padre que en su corazón solo piensa en tu bienestar?

Asomó a mis labios una respuesta colérica, pero los apreté y me contuve.

– ¡Lisa, contéstame! -Cuando no recibió respuesta, gritó-: ¿Qué debo hacer? ¿Traer un hacha?

Seguí sin contestar, aunque mi temperamento se desbocaba. Tras una pausa, lo oí sollozar.

– ¿Es que no lo ves? -gimió-. Hija, no hago esto por crueldad. Lo hago porque te quiero. ¡Por amor a ti! ¿Es algo tan horrible ir a escuchar a fray Girolamo, cuando sabes que me complacerá?

Su tono impulsaba a la compasión y casi cedí, pero permanecí en silencio.

– Es el final de los tiempos -prosiguió mi padre lúgubremente-. En el final de los tiempos, y Dios vendrá para juzgarnos. -Hizo una pausa, y a continuación soltó un profundo suspiro-. Tengo la sensación de que es el final… Lisa, por favor, no puedo perderte también a ti.

Agaché la cabeza y contuve el aliento. Por fin oí que se apartaba; luego siguió el ruido de sus pasos en la escalera. Esperamos durante un rato, temerosas de una trampa. Finalmente, le indiqué a Zalumma que apartase la silla. Lo hizo, y después de asomar rápidamente la cabeza para confirmar la ausencia de mi padre, me hizo un gesto para que me acercase a la ventana.

Vimos a mi padre que caminaba solo hacia el carruaje, donde lo esperaba el cochero.

Mi victoria solo era temporal; tenía claro que no podría eludirlo para siempre.

Aquella noche no bajé a cenar. Zalumma me subió un plato a escondidas, pero tenía poco apetito y solo comí unos bocados.

Tal como esperaba, la llamada llegó más tarde; una vez más, mi padre tanteó la puerta, que yo había atrancado. Esta vez no gritó; permaneció en silencios durante un rato antes de soltar un suspiro de resignación y marcharse.

Esto continuó durante dos semanas. Comencé a tomar todas mis comidas en la habitación y a aventurarme al exterior solo cuando sabía que mi padre estaba ausente; a menudo, enviaba a Zalumma sola al mercado en mi lugar. Después de un tiempo, dejó de acudir a mi puerta, pero llena de desconfianza, continué evitándolo y seguí encerrada en mi habitación. Cuando él iba a misa, yo me escapaba a Santo Spirito; llegaba tarde y rezaba poco, y me marchaba antes de que acabase el servicio.

Como mi madre, me había convertido en cautiva dentro de mi propia casa.

Pasaron tres semanas. Llegó la Cuaresma, y con ella se acentuó el celo de mi padre. Se acercaba frecuentemente a mi puerta, y me advertía de los peligros de la vanidad, la glotonería y la riqueza, de las maldades del Carnaval y de las fiestas mientras los pobres morían de hambre. Me suplicaba que fuese a misa con él. La multitud que acudía a escuchar las diatribas de Savonarola había crecido tanto en número -algunos incluso viajaban desde los pueblos y aldeas vecinos, tanto había aumentado su fama- que el fraile había dejado la pequeña iglesia de San Marcos para predicar en el enorme santuario de San Lorenzo, la iglesia donde estaban los huesos del asesinado Juliano. Incluso entonces, dijo mi padre, el edificio no alcanzaba a albergar a todos los fieles; ocupaban las escalinatas y la calle. Los corazones de los florentinos se volvían hacia Dios.

Yo permanecía en silencio, protegida por la gruesa madera que se interponía entre nosotros. Había momentos en los que me tapaba los oídos con las manos en un esfuerzo por no escuchar sus súplicas.

La vida se volvió desagradable hasta tal punto que comencé a desesperar. Mi única escapatoria era el matrimonio, pero había renunciado a la idea de casarme con el artista de Vinci, y Giuliano, debido a su posición, era inalcanzable. Mientras tanto, Lorenzo -el único que podía ofrecer un candidato adecuado- estaba demasiado enfermo para hablar.

No obstante, se me levantó el ánimo cuando un día Zalumma regresó del mercado con una amplia sonrisa y dejó otra carta, con el sello de los Médicis, en mis manos.

Mi querida madonna Lisa:

Estoy muy decepcionado al ver que tu padre aún tiene que responder a nuestra carta donde solicitábamos que te permitiese ir de visita a Castello con nosotros. Solo puedo pensar que no se trata de un olvido, sino de una tácita negativa.

Perdóname por no haberte escrito antes. Padre ha estado tan gravemente enfermo que comienzo a perder toda esperanza. Las gemas en el vino, administradas por el médico, han demostrado ser inútiles. Debido a su mala salud, no lo he molestado; en cambio, he hablado con mi hermano mayor, Piero, que ha aceptado escribir una segunda carta a ser Antonio en mi nombre. Le propondría a tu padre que, si considera inapropiada una visita a Castello, considere la posibilidad de que te visite en tu casa; en presencia, por supuesto, de tu padre y mi hermano.

Si eso también es rechazado, debo preguntarte: ¿Existe quizá algún lugar público donde pudiésemos encontrarnos accidentalmente en la ciudad?

Me disculpo por el atrevimiento. Es la desesperación por verte de nuevo lo que me impulsa a actuar así. Continúo siendo

Tu humilde servidor,

Giuliano de Médicis

La carta permaneció en mi falda mientras yo pensaba.

El mercado era la elección obvia. Iba allí a menudo, así que a nadie le parecería extraño. Sin embargo era probable que me encontrase con alguna vecina, una amiga de la familia, o la esposa o la criada de algún hombre que conociera a mi padre. Era un lugar muy concurrido, pero no lo suficiente como para eludir el ojo vigilante del cochero, y demasiado lleno de rostros conocidos. Un encuentro entre una joven y un Médicis no pasaría inadvertido. No había ningún otro lugar al que el cochero me llevase habitualmente. Si iba a cualquier otro sitio poco frecuente, desde luego informaría a mi padre.

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