El secreto de Mona Lisa
- Автор: Калогридис Джинн
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El secreto de Mona Lisa». Краткое содержание книги:
Zalumma continuaba a mi lado, consumida por la curiosidad. La cortesía la mantenía en silencio, a la espera de que yo quisiese compartir algo del contenido de la carta.
– ¿Cuánto tiempo tardaría ser Giuliano en recibir la respuesta?
– Estaría en sus manos por la mañana. -Me dedicó una sonrisa cómplice. Le había relatado toda mi visita al palacio Médicis; la bondad y la fragilidad de ser Lorenzo, el atrevimiento del joven Giuliano, la gracia y belleza de Leonardo. Ella sabía, como yo, la imposibilidad de un matrimonio con Giuliano, aunque a una parte de ella le encantaba saltarse las convenciones. Quizá ella también tenía la loca ilusión de que lo imposible pudiese llegar a ocurrir.
– Tráeme recado de escribir -dije. Cuando lo tuve, escribí la respuesta. Una vez doblada y sellada, se la entregué.
Después me levanté, abrí la puerta y bajé la escalera en busca de mi padre.
29
Mi padre me abrazó cuando le dije que asistiría a misa con él. -Dentro de dos días -le dije-. Dame dos días para rezar y preparar mi corazón; después iré contigo.
Aceptó agradecido.
Al día siguiente, tal como Zalumma había prometido, la carta llegó a manos de Giuliano; el joven Médicis hizo esperar al desconocido mensajero, y escribió una respuesta en aquel mismo momento. Al anochecer, encerrada en mi dormitorio, leí y releí su misiva hasta que Zalumma empezó a insistir en que apagase la vela.
A pesar de que había llovido durante todo el día anterior, esa tarde era todo lo hermosa que se podía desear a principios de abril. Mientras íbamos de camino a la iglesia de San Lorenzo, el calor del sol poniente quedaba atemperado por una fresca brisa.
Mi padre no había exagerado en lo referente a la gran multitud que acudía a escuchar la prédica del fraile. La muchedumbre cubría las escalinatas del templo y se extendía por la plaza; no obstante el número de personas congregadas, no había un ambiente de nerviosismo, ningún rastro de entusiasmo o alegría. Reinaba un silencio propio de un funeral, solo interrumpido por los suspiros y los suaves murmullos de las oraciones. Todos vestían colores oscuros. No había mujeres con vestidos deslumbrantes, ningún destello de oro o piedras preciosas. Era como si se hubiese reunido una enorme bandada de cuervos arrepentidos.
No había forma humana de abrirse camino entre la muchedumbre para llegar al templo. Por un momento, me dominó un miedo insoportable. ¿Acaso mi padre pretendía que nos quedásemos en la plaza? Si era así, todo estaría perdido.
Sin embargo, mientras mi padre me ayudaba a bajar del carruaje, apareció Giovanni Pico; nos estaba esperando. Solo verlo bastó para hacerme torcer el gesto.
Mi padre abrazó a Pico, pero yo lo conocía lo suficiente para saber que su entusiasmo era fingido. Había cierta frialdad en su sonrisa, que se esfumó inmediatamente cuando se apartó, con excesiva rapidez.
Con un brazo sobre los hombros de mi padre, el conde se volvió para llevarnos hacia el templo. La multitud le abrió paso; la mayoría de los presentes lo reconocieron y se inclinaron ante él, conocedores de su estrecha relación con fray Girolamo. Nos hizo entrar sin problemas en el santuario, y guió a mi padre al tiempo que sujetaba mi brazo; Zalumma nos pisaba los talones.
San Marcos estaba llena a rebosar la última vez que escuché el sermón de Savonarola, pero allí, en San Lorenzo, los fieles estaban todavía más apretujados; sentados hombro contra hombro, tan prietos que apenas podían mover los brazos para persignarse. A pesar del frío de la noche, la iglesia se calentaba con los numerosos cuerpos; el aire olía a sudor, y podía oírse el ruido de las respiraciones, los suspiros y las plegarias.
Pico nos llevó cerca del altar, donde el fornido monje Domenico vigilaba nuestro sitio. Desvié el rostro para que ni él ni cualquier otro pudiese ver mi expresión de odio.
Pasó junto a nosotros, habló brevemente con Pico y desapareció entre la multitud. Solo entonces miré en derredor y vi el rostro de un joven larguirucho y taciturno. Tardé un momento en recordar dónde lo había visto antes: en el palacio Médicis, sentado en silencio entre Botticelli y Leonardo da Vinci. Era el escultor Miguel Ángel.
Comenzó el oficio. Fue breve, reducido al mínimo; era evidente que los asistentes no habían ido por la eucaristía, sino para escuchar las palabras de Savonarola.
En cuanto el fraile abrió la boca y el sonido de su voz rasposa llenó la catedral, no pude evitar que una lágrima cayese por mi mejilla. Zalumma la vio y se apresuró a apretarme la mano con fuerza. Mi padre también la vio aunque quizá creyó que mi tristeza surgía del arrepentimiento. Después de todo, muchos de los oyentes -la mayoría mujeres pero también hombres- habían comenzado a llorar apenas Savonarola acabó la primera frase.
No presté mucha atención; solo escuché retazos del sermón.
La Santa Madre en persona se me apareció y dijo…
El azote de Dios se acerca… Aférrate a tu sodomía. Oh Florencia, a la inmundicia de hombres que aman a otros hombres, y el Señor te destruirá. Aférrate a tu amor a las riquezas, a las joyas, y a los vanos tesoros, mientras los pobres claman por la falta de pan, y el Señor te derribará. Aférrate al arte y a los adornos que reflejan lo pagano y no glorifican a Cristo, y el Señor te destruirá. Aférrate a tu poder terrenal, y el Señor te destruirá…
Pensé en Leonardo, que sabiamente ya había regresado a Milán. Pensé en Lorenzo, que estaba obligado a quedarse, aunque los corazones de su gente habían sido emponzoñados en su contra. Pensé en Juliano, el mayor, cuyos restos mortales descansaban allí, y me pregunté si escucharía horrorizado desde el cielo.
La desgracia se abatirá sobre ti, Florencia; el castigo está cerca. El momento está aquí. El momento está aquí.
Me volví para susurrarle a Zalumma. Me llevé la mano a la frente y me tambaleé como si tuviese un vahído. Mis acciones no eran del todo fingidas.
Ella reaccionó con preocupación. Se inclinó hacia mi padre y le dijo:
– Ser Antonio, Lisa no se encuentra bien. Temo que se desmaye. Es la multitud. Con vuestro permiso, la llevaré un momento al exterior para que le dé el aire.
Mi padre asintió y con un gesto rápido e impaciente nos ordenó que nos fuésemos; tenía los ojos muy abiertos y brillantes, y únicamente miraba al hombre que estaba en el púlpito.
Pico, también cautivado por las palabras de fray Girolamo, no nos prestó ninguna atención. Me volví y vi a un hombre que estaba justo detrás de mí; alto y delgado, con una larga y afilada barbilla, su rostro me provocó una esquiva y desagradable sensación de familiaridad. Me saludó con un gesto; sorprendida, le devolví el saludo, aunque no pude reconocerlo.
Zalumma y yo nos abrimos paso a codazos a través de la barrera de cuerpos penitentes. Primero hasta las grandes puertas abiertas, luego escalinatas abajo, y seguidamente a través de la multitud que abarrotaba la plaza y que se apretujaba y empujaba hacia la iglesia, con la ilusión de escuchar alguna palabra, de atisbar al gran profeta.
Una vez libres, miré a uno y otro lado en busca del cochero. Me tranquilicé al no verlo por ninguna parte. Le hice un gesto a Zalumma y nos apresuramos hacia el claustro de la iglesia, cercado por un muro y oculto detrás de una reja.
En el interior, más allá de las lápidas de los muertos y de un sendero bordeado por espinosos rosales sin flores, dos hombres encapuchados -uno alto y el otro de mediana estatura- esperaban debajo de las ramas de un árbol. La luz era escasa, pero en cuanto el más bajo se quitó la capucha, lo reconocí de inmediato.