La Cabaña Del Tío Tom
- Автор: Stowe Harriet Beecher
- Язык: испанский
- Жанр: Классическая проза
Электронная книга - «La Cabaña Del Tío Tom». Краткое содержание книги:
El libro narra los acontecimientos de la vida del Tío Tom, un esclavo negro del sur de Estados Unidos que pasa de unos amos a otros, construyendo anécdotas entrelazadas y que reflejan la realidad de los esclavos americanos de la época, creando un contraste entre los personajes bondadosos y el contexto de injusticia en el que viven.
Su importancia radica en que es una novela con un gran contenido sentimental que que pretende crear un retrato y establecer una denuncia. Stowe logra la identificación del lector con los personajes, y con ello la comprensión más profunda de la injusticia. Es una novela que se conserva como manifestación histórica, que si bien es exagerada, tiene un objetivo claro y bien logrado.
Es recomendable porque nos da a conocer una parte importante e interesante de la historia estadounidense. Divertida, ligera y llena de sentimientos conmovedores (Escrito por Andrea Pieck)
La madre de St. Clare había sido una mujer de ideales y una pureza de carácter poco comunes, y Augustine puso su nombre a su hija, con la esperanza de que fuese una réplica de aquella imagen. Este hecho fue motivo de celos quisquillosos de parte de su esposa, que veía con suspicacia y disgusto la devoción absorbente de su marido por la niña; todo lo que le daba a la niña parecía escatimárselo a ella. Desde el momento del nacimiento de esta hija, su salud empeoró paulatinamente. Una vida de constante inactividad, del cuerpo y de la mente, la fricción del continuo aburrimiento y descontento, unidos a la debilidad normal que solía acompañar el período de maternidad, en pocos años convirtieron a la bella joven en una mujer marchita, amarillenta y enfermiza, cuyo tiempo se distribuía entre una variedad de achaques imaginarios y que se consideraba, en todos los sentidos, la persona más maltratada y doliente del mundo.
Sus diferentes males no tenían fin, pero su fuerte parecía ser la jaqueca, que a veces la confinaba en su habitación tres días de cada seis. Como, naturalmente, todas las disposiciones familiares estaban en manos de los criados, St. Clare encontraba su hogar muy poco confortable. Su única hija era extremadamente delicada y temía que, sin nadie que la cuidase, su salud e incluso su vida pudieran sacrificarse por culpa de la incompetencia de la madre. La había llevado con él en un viaje a Vermont y había persuadido a su prima, la señorita Ophelia St. Clare, que volviera con él a su residencia sureña; y en este momento se encuentran de vuelta a bordo de este barco, donde los hemos presentado a nuestros lectores.
Y ahora, mientras las lejanas cúpulas y torres de Nueva Orleáns se alzan ante nuestros ojos, nos queda tiempo para presentarles a la señorita Ophelia.
Quien haya viajado por los estados de Nueva Inglaterra recordará en alguna aldea fresca la amplia granja con su corral de césped bien barrido bajo la sombra del tupido follaje de los arces sacarinos; y recordará el aire de orden y quietud, de perpetuidad y reposo inalterables que parece respirar todo el lugar. No falta nada, y nada está estropeado; no hay ni un poste suelto en la valla ni una partícula de papel en el verde jardín, con sus macizos de lila que crecen bajo las ventanas. Dentro recordará habitaciones grandes y limpias, donde parece que nunca se hace ni se va a hacer nada, donde cada objeto está colocado en un lugar definitivo e inmutable y donde todos los acontecimientos domésticos transcurren con la precisión puntual del viejo reloj del rincón. En la «sala de guardar» familiar, como se le llama, recordará la librería formal y respetable con sus puertas de cristal, donde conviven decorosamente la Historia de Rollin, El paraíso perdido de Milton, El progreso del peregrino de Bunyan y la Biblia familiar de Scott con multitud de libros igualmente solemnes y decentes. No hay criados en la casa, sólo la dama con níveo gorro y lentes que se sienta a coser todas las tardes entre sus hijas como si no hubiera hecho ni fuera a hacer nada más; ella y sus hijas, a alguna hora temprana y olvidada del día «hicieron la casa» y durante el resto del tiempo, a todas las horas a las que se las puede ver a ellas, está «hecha». En el viejo suelo de la cocina jamás se ve una mancha de suciedad; las mesas, las sillas y los utensilios de cocinar jamás se ven desordenados o revueltos, aunque se preparan tres o cuatro comidas al día, se realizan la colada y el planchado de la familia, y se producen de alguna forma misteriosa libras y libras de mantequilla y queso.
En una granja parecida la señorita Ophelia había pasado una existencia tranquila durante unos cuarenta y cinco años, hasta que su primo la invitó a visitar su mansión sureña. La mayor de una familia numerosa, sus padres aún la consideraban una de «los chicos» y la invitación a Orleáns era un acontecimiento trascendental dentro del círculo familiar. El anciano padre de cabeza cana sacó el atlas de Morse de la librería para buscar la latitud y longitud exactas, y leyó Viajes en el Sur y el Oeste de Flint para formar su propia opinión sobre la naturaleza de la región.
La buena madre preguntó ansiosa «si Orleáns no era un lugar terriblemente malvado» y dijo que le parecía «casi lo mismo que visitar las islas de Pascua o cualquier lugar pagano».
Supieron en casa del clérigo y en la del médico y en la sombrerería de la señorita Peabody que Ophelia St. Clare «hablaba» de marcharse a Orleáns con su primo; y por supuesto la aldea entera no podía menos que contribuir al proceso importantísimo de hablar del asunto. El clérigo, que tenía opiniones decididamente abolicionistas, tenía sus dudas sobre si tal paso no tendería a animar a los sureños a quedarse con sus esclavos, mientras que el médico, que era un colonizacionalista [22] convencido, se inclinaba hacia la opinión de que era el deber de la señorita Ophelia ir, para demostrar a los de Nueva Orleáns que no tenía mala opinión de ellos después de todo. De hecho, era de la opinión de que la gente del sur necesitaba que le infundieran ánimos. Sin embargo, cuando ya era del dominio público que se había decidido a marcharse, durante quince días todos sus amigos y vecinos la invitaron a tomar el té, para enterarse debidamente de sus planes y perspectivas. La señorita Moseley, que iba a la casa para ayudar con la costura, iba averiguando datos importantes por los cambios que tenía que efectuar en el vestuario de la señorita Ophelia. Se pudo saber a ciencia cierta que el señor Sinclare, como solían abreviar su apellido en los alrededores, había apartado cincuenta dólares y los había entregado a la señorita Ophelia, diciéndole que comprara cuanta ropa quisiera, y que le habían enviado dos vestidos nuevos y un sombrero de Boston. En cuanto a la corrección de este dispendio extraordinario, había división de opiniones: algunos afirmaban que estaba muy bien, por una vez en la vida, teniéndolo todo en cuenta, mientras que otros aseveraban que hubiesen hecho mejor mandando el dinero a las misiones; pero todos estuvieron de acuerdo en que jamás se había visto en aquellas partes un parasol semejante al que se le había enviado desde Nueva York y que tenía un vestido de seda que valía por sí mismo, fuese lo que fuese lo que se pensara de su dueña. También hubo unos tremendos rumores sobre un pañuelo cosido a mano; incluso circulaba una versión según la cual la señorita Ophelia poseía un pañuelo totalmente bordeado de encaje y se añadió que hasta las esquinas estaban bordadas; no obstante, este último detalle nunca pudo constatarse satisfactoriamente y sigue siendo un misterio hoy.
La señorita Ophelia, como la vemos ahora, está de pie ante nosotros, alta, cuadrada y angulosa, con un reluciente vestido de viaje de lino marrón. Su rostro era delgado, con un perfil un poco afilado; los labios estaban apretados como los de una persona acostumbrada a tener opiniones tajantes sobre todas las materias, mientras que los oscuros ojos agudos tenían un peculiar movimiento escrutador, y examinaban todo como si buscaran algo de que hacerse cargo.
[22] Los colonizacionistas defendían la vuelta de los afro-americanos a África. En 1822 fue fundada la República de Liberia por una expedición de esclavos emancipados que, gracias a la American Colonization Society-fundada en 1817-, obtuvieron permiso para salir de los Estados Unidos y establecerse en el África Occidental. Esta expedición fue dirigida por Jehudi Ashmun, fundador de la capital, Monrovia, así llamada en honor al presidente norteamericano Monroe. El primer gobernador negro, Joseph J. Roberts, nacido en Virginia, proclamó la independencia nacional el 26 de julio de 1847, siendo nombrado presidente de la República. Las fronteras del país quedaron definitivamente establecidas mediante pactos con Gran Bretaña (1885) y Francia (1892 y 1910). Según el historiador William Paul Adams, «una de las facetas más positivas del programa de la American Colonization Society era que atraía tanto a los grupos proesclavistas como a los antiesclavistas. Para los primeros, era la forma de liberar el país de los negros libres; para los segundos, la única fórmula política para lograr la cooperación de los sudistas». Sin embargo, a la hora de la verdad, este proyecto no funcionó, puesto que «fletar los barcos y tomar las disposiciones necesarias para el asentamiento de los negros en África era una operación costosa y no siempre se disponía de los fondos necesarios […] El gobierno federal y algún Estado movilizaron algunas cantidades, pero éstas nunca alcanzaron el volumen suficiente para que el proyecto funcionara […] En 1830, al cumplirse diez años de esfuerzos, menos de dos mil negros habían regresado a África» (75-76). Para Louis Filler, el que Stowe defendiese la partida de George Harris y su familia, junto con Topsy a Liberia, es decir, el proyecto de colonización en 1852, define su posición conservadora (252). Para un estudio más pormenorizado del proyecto de colonización de Liberia, véase el volumen de Filler.