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La Cabaña Del Tío Tom

Электронная книга - «La Cabaña Del Tío Tom». Краткое содержание книги:

De la autora abolicionista estadounidense Harriet Beecher Stowe, La Cabaña del tío Tom es una novela cuyo tema central es la esclavitud. Fue publicada en 1852, y causó gran polémica por la división de posturas que existían en el país en vísperas de la Guerra Civil. Fue la novela más vendida en el siglo XIX.
El libro narra los acontecimientos de la vida del Tío Tom, un esclavo negro del sur de Estados Unidos que pasa de unos amos a otros, construyendo anécdotas entrelazadas y que reflejan la realidad de los esclavos americanos de la época, creando un contraste entre los personajes bondadosos y el contexto de injusticia en el que viven.
Su importancia radica en que es una novela con un gran contenido sentimental que que pretende crear un retrato y establecer una denuncia. Stowe logra la identificación del lector con los personajes, y con ello la comprensión más profunda de la injusticia. Es una novela que se conserva como manifestación histórica, que si bien es exagerada, tiene un objetivo claro y bien logrado.
Es recomendable porque nos da a conocer una parte importante e interesante de la historia estadounidense. Divertida, ligera y llena de sentimientos conmovedores (Escrito por Andrea Pieck)
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Entre los pasajeros del barco había un joven caballero de gran fortuna y buena familia, residente en Nueva Orleáns, que se llamaba St. Clare. Tenía con él a una hija de entre cinco y seis años de edad, además de una dama que parecía ser pariente de ambos, y estar especialmente encargada del cuidado de la pequeña.

Tom había vislumbrado a menudo a esta niña, pues era una de esas criaturas inquietas y bulliciosas que son tan difíciles de atrapar en un solo lugar como un rayo de sol o una brisa de verano, pero era de aquellas personas imposibles de olvidar una vez se las ha visto.

Su cuerpo poseía la perfección de la belleza infantil, sin la gordura y solidez habituales. Tenía la gracia liviana y etérea que se podría atribuir a un ser mítico y alegórico. Su rostro llamaba la atención menos por su hermosa perfección de facciones que por la sinceridad singular y soñadora de su expresión, que sorprendía a los idealistas cuando la contemplaban y que impresionaba incluso a los más lerdos sin que supieran muy bien por qué. La forma de la cabeza y el contorno del cuello y del busto eran especialmente nobles y la larga melena dorada que flotaba como una nube alrededor, la seriedad profundamente espiritual de sus ojos azul violeta, sombreados por tupidas pestañas de color castaño claro: todo ello la distinguía de los demás niños y hacía que todo el mundo volviera la cabeza para verla cuando se deslizaba de un lado del barco al otro. Sin embargo, la pequeña no era lo que podría llamarse una niña seria o triste. Al contrario, un aire inocente y juguetón parecía revolotear alrededor de su rostro infantil y su cuerpo ágil como la sombra de las hojas en verano. Siempre estaba moviéndose, con una sonrisa dibujada a medias en su boca rosada, correteando de aquí para allá con unos pasos ligeros y ondulantes, canturreando para sí como si estuviese soñando. Su padre y su cuidadora estaban incesantemente ocupados persiguiéndola; pero cuando la cogían, se esfumaba de nuevo como una nube veraniega; y como, hiciera lo que hiciese, no recibía una palabra de reproche, hacía lo que le placía por todo el barco. Siempre vestida de blanco, parecía deslizarse como una sombra por todo tipo de lugares sin mancharse lo más mínimo; y no había rincón donde no hubiesen pisado sus pies de hada ni recoveco que no hubiese sido visitado por la cabecita dorada con sus ojos de azul profundo.

Cuando levantaba los ojos de su ardua tarea, el fogonero a veces veía esos ojos dirigidos con fascinación hacia las profundidades rugientes de la caldera y después, con horror y lástima, hacia él, como si creyera que estaba en terrible peligro. Después el timonel se paraba y sonreía al ver asomarse la bella cabeza en la ventana de la sala de máquinas, para desaparecer un momento más tarde. Mil veces al día la bendecían rudas voces, y sonrisas de una dulzura inusitada cruzaban ásperos rostros a su paso; y cuando pasaba sin miedo por lugares peligrosos, manos rugosas y sucias se extendían involuntariamente para allanarle el camino.

Tom, que tenía la naturaleza dulce y impresionable de su bondadosa raza que se inclina siempre hacia lo puro y lo sencillo, observaba a la pequeña con un interés que crecía día a día. Le parecía una cosa casi divina; y cuando se asomaban la cabeza dorada y los ojos azules desde detrás de alguna oscura bala de algodón o lo miraba por encima de una colina de paquetes, casi creía que veía a un ángel surgido de su Nuevo Testamento.

Muchas veces se paseaba ella con tristeza por los lugares donde estaban encadenados los hombres y mujeres de la cuadrilla de Haley. Se deslizaba entre ellos, mirándolos con un aire de perplejidad y pena; a veces levantaba las cadenas con sus finas manos y suspiraba melancólicamente mientras se alejaba. Varias veces apareció de repente ante ellos con las manos llenas de caramelos, frutos secos y naranjas, que repartía alegremente entre ellos antes de desaparecer de nuevo.

Tom había observado mucho a la pequeña dama antes de cualquier intento de hacer amistad. Conocía infinidad de pequeños actos que propiciaban e invitaban a la gente menuda a acercarse, y decidió desempeñar con mucha habilidad su papel. Sabía tallar cestitas con huesos de cereza, sabía dibujar caras grotescas sobre las nueces de pacana y fabricar extrañas figuras móviles con pulpa de saúco y era un verdadero Pan a la hora de modelar silbatos de todos los tamaños y formas. Llevaba los bolsillos llenos de toda suerte de objetos atractivos, que había juntado en tiempos pasados para los hijos de su amo y que sacó ahora, uno por uno, con loable parsimonia y lentitud, como invitaciones a la amistad.

La pequeña era tímida, a pesar de su vivo interés por todo lo que ocurría a su alrededor, y no era fácil de domar. Durante algún tiempo, solía posarse como un canario sobre alguna caja o algún paquete cerca de donde Tom se entretenía con las artimañas antes descritas, y, con una especie de vergüenza y seriedad, coger los artículos que le ofrecía. Pero finalmente se hicieron bastante amigos.

– ¿Cómo se llama la señorita? -preguntó Tom por fin, cuando creyó que era el momento de hacer tales indagaciones.

– Evangeline St. Clare -dijo la pequeña- aunque papá y mamá y todo el mundo me llaman Eva. ¿Y cómo te llamas tú?

– Me llamo Tom; los niños me llamaban tío Tom, allá en Kentucky.

– Entonces yo también pienso llamarte tío Tom porque, verás, me caes bien -dijo Eva-. Así, pues, tío Tom, ¿adónde te diriges?

– No lo sé, señorita Eva.

– ¿Que no lo sabes? -preguntó Eva.

– No; me van a vender a alguien. No sé a quién.

– Mi padre puede comprarte -dijo Eva enseguida-; y si él te compra, lo pasaremos muy bien. Se lo voy a decir hoy mismo.

– Gracias, mi pequeña dama -dijo Tom.

En ese momento atracó el barco en un pequeño embarcadero para cargar leña y Eva, oyendo la voz de su padre, se fue corriendo ágilmente. Tom se levantó y se acercó para ofrecer sus servicios para cargar la leña y pronto estaba ocupado entre los braceros.

Eva y su padre se encontraban de pie juntos cerca de la barandilla para ver cómo salía el barco del embarcadero; la rueda había girado una o dos veces en el agua cuando, por un movimiento repentino, la pequeña perdió el equilibrio, se cayó por la borda e iba directamente al agua. Su padre, sin saber apenas lo que hacía, estaba a punto de lanzarse tras ella, pero alguien detrás de él lo retuvo, viendo que había llegado una ayuda más eficiente.

Tom estaba exactamente debajo de la niña cuando ésta se cayó. La vio dar en el agua y hundirse y se tiró tras ella al instante. No le costó nada a un hombre de amplio pecho y fuertes brazos como él mantenerse a flote en el agua hasta que, un momento o dos después, salió la niña a la superficie y la cogió en sus brazos y se fue nadando a la borda del barco y la alzó, goteando, para que la cogieran cientos de manos que estaban extendidas ansiosamente para recibirla como si pertenecieran a un solo hombre. Unos momentos más y la llevó su padre, chorreando e inconsciente, al camarote de las señoras donde, como suele ocurrir en casos de este tipo, hubo una bienintencionada y bondadosa contienda entre las ocupantes femeninas para ver quién hacía más para armar alboroto y evitar en lo posible su recuperación.

Hacía un tiempo sofocante y bochornoso el día siguiente mientras el barco se aproximaba a Nueva Orleáns. Se extendió un bullicio de expectación por toda la nave; en los camarotes unos y otros recogían sus pertenencias y las preparaban para bajar a tierra. El contramaestre, la camarera y los demás estaban ocupados limpiando, puliendo y arreglando el gran barco para hacer la gran entrada.

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